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L@S MERETRICES DE LA POLÍTICA
Marcos Roitman Rosenmann |
México
Si miembros de la
elite política, gobernante o en la oposición, son
capaces de renunciar a su responsabilidad de servicio
público y venderse a cambio de dinero, honor o
reconocimiento social, su acción no difiere de quienes
comercian con su cuerpo. La disimilitud entre
prostituirse y corromperse reside en el fin de la
acción. La corrupción política se construye extramuros y
no conlleva, en la mayoría de los casos, un beneficio
personal. Son los partidos, las empresas o los gobiernos
quienes se benefician de ella.
Ejercer la
prostitución política, en cambio, trae consigo
convertirse en mercancía. Ofertarse y ser deseado,
su práctica no ataca la credibilidad de
instituciones y organismos donde se desarrolla. La
voz del diccionario de uso del español de María
Moliner la concibe como un empleo deshonroso de
cargo o autoridad; por ejemplo, obteniendo provecho
ilícito de ellos o sirviendo intereses mezquinos.
Hacer alguien uso deshonroso de cualquier cosa que
posee y que en sí es noble, vendiéndola o
envileciéndola: prostituir su inteligencia.
La prostitución
política no está exenta de las reglas que posee su par,
la prostitución sexual. Es ante todo, un acto de compra
y venta sometido a la lógica del mercado. Su referente
es la seducción y la libido. Solo que en este caso, el
deseo no se activa con el uso de ligueros, tacones,
faldas cortas, musculatura exuberante o tamaño de los
miembros. Para prostituirse políticamente hay que
mostrarse cínico, nihilista, falto de ética, mentiroso,
plutócrata y desde luego no tener escrúpulos. Los
reconocemos por sus actos. Se prestan para cualquier
servicio, día y noche. No descansan nunca. Declaran
guerras, crisis diplomáticas, comercian con su voto y
renuncian voluntariamente a su dignidad a cambio de
efímeros momentos de gloria. Venden al mejor postor la
soberanía nacional, la memoria histórica, cualquier cosa
que se les solicite. Una vez prostituidos gozan con ser
requeridos continuamente. Se consideran el o la más
deseada del burdel. Por ello se vanaglorian de dar
clases en universidades extranjeras a las órdenes del
cabrón. Y de vez en cuando de ser el o la favorita. Pero
no dejan de ser meretrices de la política. Por su
singularidad las encontramos en todo el espectro
ideológico.
En esta sociedad
donde prima la economía de mercado, el ejercicio libre
profesional de prostitutas y prostitutos no puede
considerarse un acto reprochable. La condena la
guardamos para los casos y circunstancias donde existe
violencia física y psíquica. El juicio moral lo
establecemos cuando se trata de trabajo esclavo y de
proxenetas, donde asistimos a la degradación de hombres
y mujeres, niños y niñas, destinados a satisfacer un
turismo sexual para los beneficiados de un capitalismo
sin fronteras.
Tampoco la visión
religiosa de la prostitución del cuerpo, en tanto mala
conciencia que expresa el fracaso moral es nuestro
referente. La iglesia, dirá Gonzalo Puente Ojea, Acon la
vinculación conocimiento, sexo, lujuria, culpa, caída…,
ha impedido secularmente que el individuo pudiera
acceder al ejercicio de una libertad integral, que tiene
que comenzar por la libre disposición sobre el propio
cuerpo como substrato unitario de todas sus potencias y
continuar, en conexión indisoluble, con la libre
disposición sobre la propia mente, instancia fundadora
de su racionalidad.
La prostitución
política la podemos identificar como una práctica
hipócrita. Es una doble moral alejada de los principios
éticos sobre los cuales se fundamenta el quehacer
republicano. Prostituirse políticamente es ofertar un
producto que no pertenece al meretriz. Hablamos de
bienes públicos, de riquezas naturales, de fuentes
energéticas, de decisiones soberanas, de votos, de
acervo cultural, de independencia. Sin embargo, para
quines deciden prostituirse en la política, nada escapa
a la compra y venta. Mientras se sea ministro, diputado,
senador, jefe de gobierno puede uno jugar y dilapidar el
patrimonio de un pueblo o una nación. Resulta curioso
constatar que su práctica se extiende de manera
generalizada comprometiendo a una proporción no
despreciable de las elites en el poder. Tampoco extraña
que la prostitución política se asiente con mayor fuerza
en países donde la derecha política encarna supuestas
reformas y transiciones democráticas o donde la
izquierda se volatiza perdiendo su identidad a cambio de
una ayuda humanitaria o de luchar contra la corrupción.
Ahora, cuando el
gobierno republicano de los EE.UU. decide profundizar su
política de acoso y derribo del gobierno constitucional
de la República de Cuba, se apuntan nuevas y viejas
meretrices que se disputan el ser la más consentida y la
mejor pagada. En este despropósito y sin ningún rubor
han decidido despojarse de las reticencias morales que
aún guardaban y muestran su desnudez sin ambages
esperando que se les llame para cumplir su trabajo. No
estamos en presencia de una violación, estamos
asistiendo a un alumbramiento de un orden donde se pide
con fuerza el rol de sumiso y obediente. Papel que acaba
con cualquier vestigio de dignidad política. Nada puede
haber más abyecto en política que desear prostituirse
con la finalidad de destruir una revolución como la
cubana, que más allá de errores y aciertos, ha sido
ejemplo para todo América Latina. Lo más lamentable es
que sea desde el gobierno del PAN, en México, de donde
se esté urdiendo la trama conspiradora para este fin.
Cuales el precio que se adeude a estas meretrices de la
política solo lo saben sus amos. Pero no cabe duda de
que no se trata de una acción aislada. Una vez aceptada
la condición de prostituto político, no hay límite para
el ejercicio de la profesión.
Tomado de
La
Jornada
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