La Jiribilla | LETRA Y SOLFA             
Bienvenidos a LA JIRIBILLA

DOSSIER
EL GRAN ZOO

PUEBLO MOCHO

CARTELERA

CUBA EN EL MUNDO

BUSCADOR

LIBRO DIGITAL

•  GALERÍA

LA OPINIÓN
LA CARICATURA
LA CRÓNICA
CALLE DEL OBISPO
MEMORIAS
APRENDE
PÍO TAI
EL CUENTO
POR EMAIL
LA MIRADA
EN PROSCENIO
TESTIMONIOS
FILMINUTOS
LA FUENTE VIVA
NOTAS AL FASCISMO
NÚMEROS ANTERIORES
Otros enlaces
Mapa del Sitio


RECIBIR LAS
ACTUALIZACIONES
POR CORREO
ELECTRÓNICO
Click AQUÍ

  

ANTERIORES

LA UTOPÍA DEL SABIO
(DESDE LA “LUNA LLENA” DEL YO)

Alberto Garrandés | La Habana

El ejercicio de la novela desde las grandes metáforas poéticas le reserva al escritor la posibilidad de ajustar la lógica de las acciones a la maleabilidad y estratificación de un mundo que, por lo general, se encuentra suspendido por encima de la realidad cuantificable. La metáfora poética es como un sueño impreciso que va adquiriendo forma en su alusividad. Al irse llenando de esa carne activa que solemos palpar en una novela, la metáfora poética se transforma en ritual.

En la narrativa cubana de hoy aparecen ciertos libros que se apartan de la norma —un realismo que desea aprender a ser flexible y que ambiciona sumergirse en la experiencia lingüística lateral— al proponerles a los lectores y los críticos un sistema de emplazamientos donde el relato ya no alude a la convención moderna de lo real. Tal es el caso de El fundidor de espadas, la primera novela del poeta Pedro Llanes, un ofrecimiento linguoestilístico de lo más raro e violento que se haya escrito en Cuba.

Ya sabemos que Pedro Llanes es un escritor absorto (mas no perdido) en el laberinto de la cultura. En él se pueden intuir, por ejemplo, lecturas heterodoxas, si es que esa noción mantiene alguna vigencia hoy; lecturas que reconstruyen conocimientos perdidos, ignorados, o que los inventan cuando descubren, para el asombro de la historia y la razón, determinados caminos que ponen en crisis el saber aceptado o la estructura habitual de varias disciplinas, desde la geología y la física cuántica, hasta la arqueología y la lingüística. Pedro Llanes ha sido testigo de la atomización de esas disciplinas, un proceso que se torna impalpable en el registro de sus referentes y que acaba por situarse en el plano de los discursos imaginarios. Lo imaginario —y ya podemos comprender cuán importante es esa noción para Llanes— no es lo que no existe, sino lo que termina por existir después de ciertas presiones ejercidas por la presunción en el territorio de lo posible y sobre la base del magma de esas inquisiciones que son capaces de configurar el lado oscurecido del conocimiento (de la física cuántica, la arqueología, la lingüística o la geología, entre otros reinos).

Pedro Llanes es uno de los pocos escritores cubanos que manipula el lenguaje como quien tiene pruebas de su rendimiento paradójico (del más alto al más insignificante y viceversa); diríamos que agoniza, o tiembla de gozo, ante una verdad improbada e improbable: el lenguaje lo es todo y es nada, es origen y final de toda la experiencia. Hay fuertes razones para creer en esa específica singularidad de Llanes, razones que se encuentran allí, en su impávida novela.

El fundidor de espadas nos cuenta la historia del último viaje verosímil del profesor Helmut Rostbach, y el segmento crucial de ese viaje lo ocupa la totalidad del relato, cuyo inicio está marcado por la llegada del personaje al extraño Hotel Sartorio en la no menos extraña y tropical Ciudad de Todos los Santos, donde hay un Palacio Stefanía, una Plaza de los Alcázares, una Torre Escarlata y otros edificios insólitos. El recibimiento del profesor, mientras viaja en taxi hacia el hotel, es la persecución y suicidio de un extremista escandaloso. Después de su hospedaje la vida allí se torna monótona, pero posee el toque de unas negligentes extrañezas que van causando en el personaje cierta desazón. El profesor Helmut Rostbach hilvana la rutina de su vida en el Hotel Sartorio porque es un hombre que cultiva el detalle y la conjetura en torno a los otros; observa con intensidad el engranaje social del servicio, escudriña los dobleces de quienes discurren a su alrededor y se entrega, además, a la aventura de la figuración amorosa como si él no fuera él, sino un desprendimiento de sí, una prolongación de sí mismo en una suerte de viaje astral por el territorio de la simpatía y las novedades sentimentales.

El libro de Llanes tiene la positiva e interiorista morosidad de ciertas piezas de otras literaturas, europeas por más señas, y no precisamente aquellas que mejor podría conocer (aunque esa palabra, conocer, resulte un exceso) el lector cubano. Sin embargo, el efecto que causa el tejido verbal de la novela en nosotros no se constituye en ese tipo de pasmo o sugestión que suele ser congruente con el levantamiento de un mundo distinto, separado de la sensibilidad actual o de nuestras expectativas con respecto a un texto novelesco al que, aun así, le concedemos un crédito como texto incómodo.

Pero la aventura del profesor Helmut Rostbach no termina allí. Un día, después de una equivocación, se pierde en los sótanos del hotel; su sentido de la orientación es vago, no reconoce bien la compleja eficiencia de los elevadores y se enreda en la imprecisión. Es entonces cuando el profesor empieza a someterse a la prueba del laberinto y, de sospecha en sospecha, se adentra de lleno en una red de túneles que lo confinan a una indeterminación perniciosa. El profesor, enajenado de su propio yo físico, queda atrapado en un sólido régimen de ilusiones y se transforma (o cree que se transforma) en una partícula.

Lo que sucede a partir de aquí pertenece al ámbito de lo fantástico, o acaso a la demarcación de las peripecias simbólicas. El profesor Helmut Rostbach, arqueólogo de gran experiencia, desciende al encuentro de un mundo subatómico en el que el conocimiento, galvanizado por la eficacia de ciertas palabras con las cuales se expresa, adquiere una materialidad aberrante, precaria, pero al mismo tiempo tan diáfana como consistente. Su yo parece que se aleja hasta la disolución, pero logra dividirse. Por un lado, su nueva identidad, el ser que ahora le pertenece y en el cual se integra: el Fundidor de Espadas. Por otro lado el recuerdo persistente, laborioso, de su identidad humana, en especial cuando logra remitirse no a sus trabajos, no a la ciencia, no a sus descubrimientos, sino a Constance, su esposa, la mujer que lo aguarda.

En un texto sobre el sistema mitológico de H. P. Lovecraft y el temperamento de sus creaciones, Colin Wilson ha sugerido que la personalidad total se podría concebir como un círculo, como la luna llena. Pero una persona que desarrollara su personalidad total sería casi un dios. Muchos de nosotros quedamos bastante más restringidos. Somos supercautos y estamos supertensos. Incluso la personalidad más vital y abierta no es probablemente mayor que una simple cuarta parte de la luna. Wilson, autor de la novela Los parásitos de la mente, indica que las entidades vivas capaces de poblar otras dimensiones sienten una especial predilección por el examen de determinadas zonas vacías que existen entre nuestras más sólidas percepciones de lo real, entendidas como intensas cargas de energía electroquímica. En su estudio sobre las motivaciones de Lovecraft y su carácter onírico o ritualístico, Wilson deja abierta la posibilidad de que el mundo infinitesimal sea ese reducto donde se abren los portales que dan paso a dichas entidades y que, al mismo tiempo, fluidifican la conciencia hasta hacerla llegar a esos predios.

¿Es posible que el profesor Helmut Rostbach haya hecho un viaje parecido en la novela de Llanes? Sí, es posible. Pero también es posible, debido a la naturaleza simbólica y cultural de esa zona donde la aventura del profesor se hace agonía e irresolución, que Llanes haya querido dibujar el espectro completo de su yo, la personalidad total de que habla Colin Wilson. La conciencia del profesor llega a su masa crítica (o se masifica, simplemente) y una realidad desconocida se abre a su pies y se lo traga entero. Allí, en el paisaje que lo acoge (un paisaje que es también emanación de su hiperconciencia), Helmut Rostbach es y no es el mismo de antes. Saturada su actual condición de paradojas cuánticas, el personaje se metamorfosea en el Fundidor de Espadas y lleva un diario de sus singulares vivencias. Tanto él como algunas otras entidades se desenvuelven bajo nominaciones de sesgo simbólico. El nuevo espacio trae una doxa nueva. Y, sin embargo, esa doxa no deja de ser fonocéntrica, no abandona las palabras. Necesita de ellas porque Llanes ha colocado al profesor en el territorio de su propia cultura, la cultura del Hombre Despierto que se ha alejado de la vida real. Lo hace desaparecer en esa misteriosa extraterritorialidad del conocimiento porque, sin saberlo a derechas, Helmut Rostbach ha roto de manera violenta un equilibrio de fuerzas (en él como sujeto, como particularidad) entre la naturaleza y el pensamiento.

¿Es la proposición artística de Pedro Llanes una excentricidad, o estamos ante una novela que se sostiene en el poderío de su apelación a la fábula, por muy descentrada que esté en apariencia? Las dos cosas. (Y sin que esa posición redunde en favor de la comodidad salomónica.) Llanes objetiviza el espacio de la cultura y lo sitúa en un punto invisible. Su acontecer reverencia lo trágico desde la región del trastorno. Y ese trastorno es, ni más ni menos, una explicación acerca del origen y el fin de lo real. La identidad acrónica del sujeto cultural, una utopía entre tantas, es también un modo de enunciar el espacio adonde el profesor va a parar. Se trata de un espacio contaminado por la filosofía y la querella gnoseológica. Una rata sabia dialoga con el Fundidor de Espadas. La rata cita a Camus. Los pensadores Habermas y Lyotard son meros legajos que esperan ser devueltos a una coherencia general del universo. ¿O es que no hay coherencia, sino tan sólo el vaivén de la entropía de las ideas y las cosas?

La heteróclita novela de Pedro Llanes viaja de su integración a su fragmentación para volver luego a su integración, y es ese viaje el que le otorga firmeza a una legibilidad dramática tanto más volátil (en sus grafías) cuanto más se atiene al sentido del relato. Casi en la última página el profesor Helmut Rostbach logra comunicarse con Constance y le explica que se encuentra atrapado. Las Grandes Máquinas del Espacio y el Tiempo acceden a corporizarlo pasajeramente, le dan una especie de permiso, y se produce entonces su último diálogo con Constance. Y le dice a ella: Ahora comienzo otra vida en espíritu. Han transcurrido tres años, un tiempo muy largo para su esposa, pero imperceptible para él. Y como Wakefield —el protagonista del cuento homónimo de Nathaniel Hawthorne—, pero bajo otras motivaciones, el profesor Helmut Rostbach se convierte en el gran paria del universo: lejos de la Vida a causa de la encantadora prisión de la Cultura, y lejos de la Cultura a causa de la trivialidad (harto entrañable, sin duda) de la Vida.
       

......................................................................................................

PÁGINA PRINCIPAL
DOSSIER
 
| el GRAN ZOO  | PUEBLO MOCHO | CARTELERA
POR AUTORES | LIBRO DIGITAL 
Otros Enlaces
| Mapa del Sitio | Correo-Electrónico
Actualizaciones por Correo Electrónico

SUBIR



© La Jiribilla. La Habana. 2003
 IE-800X600