LA REBAMBARAMBA
Josefina Ortega
| La
Habana
En noviembre de 1960 el coreógrafo
cubano Ramiro Guerra iniciaba los ensayos de un
importante estreno.
Se llevaría a escena —32 años después de haber sido
creado— un ballet polémico, mal comprendido y peor
tratado en Cuba, y que en opinión del novelista cubano
Alejo Carpentier, no había tenido, “vida coreográfica en
un moderno escenario cubano”.
La
pieza, denominada La Rebambaramba, había sido
concebida musicalmente por Amadeo Roldán y desde el
punto de vista del argumento, por Carpentier; pero
entonces “no se contaba en nuestro país —diría el
novelista— con coreógrafos ni danzarines profesionales.
En cambio sabíamos de la existencia de conjuntos
populares capaces de animar estupendas comparsas”.
La
solución planteada se había resuelto de un modo
arbitrario: hacer desfilar varias comparsas como parte
del espectáculo, que pareciera ballet sin serlo
realmente.
El
argumento, más con pantomima que con danza, daría las
claves de la historia. Era lo más que se podía hacer en
1928.
La
obra, con dos escenas relacionadas con un intermedio,
arrancaba con el ajetreo de la servidumbre en el Palacio
de Lombillo, la víspera del tradicional día de Reyes. En
esta primera escena se escuchaba entre otras la vieja
contradanza —de 1803— de San Pascual Bailón.
La
segunda escena mostraba tres comparsas: Lucumí,
de “la Culebra” y la Ñáñiga. En la escena podía
verse un decorado que recordaba las estampas de Federico
Miahle.
Pero la
obra resultaba limitada coreográficamente.
En 1960
la situación había cambiado. En Cuba ya existían
agrupaciones danzarias con calidad superior, y La
Rebambaramba, que había tenido pocas felices
realizaciones —incluyendo un buen intento en
televisión—, era ahora rescatada por Ramiro Guerra.
En el
tránsito del largo viaje de “la noche al día” —y que
duró algo más de tres décadas— la obra sufriría de mala
suerte, además del rechazo de muchos intelectuales.
En
momento en que Roldán y Carpentier daban los últimos
detalles, pasaban por Cuba dos famosos bailarines
norteamericanos: Ruth Saint Denis y Ted Shawn,
fundadores de la danza moderna estadounidense.
Ambos
bailarines —un matrimonio en la vida real— deseosos de
renovar el repertorio quisieron interactuar con La
Rebambaramba. Carpentier recordaba un episodio con
la comparsa “Lucumí”, cuando “improvisaron una
coreografía llena de ingenio, si bien carecían de la
necesaria autenticidad en cuanto a figuras y pasos”.
Shawn y
St. Dennis se marcharon de la Isla con la intención de
estrenar La Rebambaramba en Nueva York, pero
meses después, apremiados por diversas urgencias,
tuvieron que disolver la compañía.
Pero no
acabarían aquí las angustias.
El
propio Carpentier luchó por presentar la obra a un
famoso empresario, el ruso Serguei Pavlóvich Diaghilev
—rompiendo el cerco de hierro que varios consejeros
oficiosos tendían en torno al también creador de ballet—
consiguiendo que el mismo se interesara por La
Rebambaramba.
El ruso
propuso cambios e ideas nuevas —según Carpentier, más
por razones económicas que artísticas— y prometió a
trabajar de conjunto.
Sin
embargo, un año más tarde y sin haber comenzado,
Diaghilev moría en Venecia.
Pasado
largos meses Amadeo Roldán obtenía en París un éxito
extraordinario con el estreno de una suite orquestal de
La Rebambaramba.
Entre
los asistentes a la presentación estaba el músico
francés Edgard Varese, nacido en Francia en 1883, uno de
los compositores más influyentes del siglo XX, pionero
en el desarrollo de la música electrónica y famoso según
se ha dicho “por su concepto de la música como conjunto
de entidades móviles de sonido no dependientes de la
melodía o de la armonía, sino del timbre (color), de la
masa y de la relación espacial”.
Varese
mostró un muy marcado interés por ver la partitura de
Roldán, pero no era mera curiosidad.
El
francés comprendió que algo extraordinario había en la
grandiosidad de la percusión cubana donde se mezclaban
el bongó, las tumbas, las claves y el güiro, entre otros
instrumentos típicos, y más que “ver”, quiso estudiar a
fondo la forma con que Roldán había logrado reflejarlo
en el pentagrama.
Varios
días después, el galo devolvió la partitura
Con el
tiempo Edgard Varese estrenaría Ionización una
excelente pieza para percusión total.
Y
cuando por fin en 1961 Ramiro Guerra estrenaba con buena
ventura La Rebambaramba, en el Teatro Auditórium
de la Habana, se daba conclusión a una guerra demasiado
larga y demasiada injusta.
Dicho
sea de paso, la instalación poco después se llamaría
Teatro Auditórium “Amadeo Roldán”, en honor al brillante
músico cubano.
Para
más alegría, meses después partiría un grupo de artistas
para estrenarla también en París, lo cual sucedió con
bastante éxito.
Se
rompía al fin la mala racha de la obra que en su momento
provocó ataques, que Roldán soportaría a pie firme, a
pesar de una hostilidad manifiesta.
Carpentier recordaría en una ocasión, que luego de
anunciar que llevaría a Europa la partitura, alguien
quien se preciaba de defender los valores patrios le
preguntó con un tono poco amistoso “¿Usted pretende
presentar eso en París?”, “Haré cuanto sea
posible por lograrlo” respondió Carpentier.
La
riposta fue poco alentadora “Si usted presenta eso en
París, le aconsejo que no vuelva a Cuba”.
Por suerte, no pocos creyeron en la voluntad de los
creadores y las posibilidades del arte, y hoy también
—más allá de gustos y preferencias— La Rebambaramba
es parte del patrimonio de la música cubana que nos
enorgullece y nos reafirma.