Agustín Parlá
EL PRIMER AVIADOR CUBANO
Josefina Ortega
| La
Habana
Se dice que por
intrigas profesionales e ignorancia de algunos
funcionarios, incapaces de reconocer los valores de los
seres humanos, su alma padeció hasta el mismo instante
en que se decidió quitarse la vida.
Poco antes se le
había negado, incluso, la posibilidad de la emisión de
un sello conmemorativo, para perpetuar una de sus
hazañas.
Se dice también que
su muerte —por su propia mano— se produjo además por
haber quedado, de golpe, cesante de su trabajo como 1er.
Inspector General de Aeropuertos, a principios de 1946.
Su muerte, ocurrida
el 31 de julio de ese año, terminaba con la vida
aventurera y fascinante de Agustín Parlá, el primer
aviador cubano.
Es cierto que fueron
tres los más destacados fundadores; pero Domingo Rosillo
—hijo de padres españoles— había nacido en Argelia, y el
cienfueguero Jaime González Grocier, mucho más joven,
obtuvo su licencia de aviador —como Rosillo— después que
Parlá.
Lo cierto es que
Parlá había sido el primer alumno cubano en graduarse
del curso de la Escuela de Aviación Curtiss, de la
Florida, aunque antes estudió allí el tristemente
célebre Arsenio Ortiz, llamado con el tiempo el Chacal
de Oriente y por la época testaferro del entonces
presidente José Miguel “Tiburón” Gómez; pero Ortiz no
terminó su curso.
En su primer vuelo,
el 9 de febrero de 1912, Parlá obtenía excelentes
calificaciones, y su instructor, el piloto
norteamericano Charles Witner lo señaló como el mejor
piloto del curso.
Parlá había llegado a
aquella escuela recomendado por John Mac’Curdy y Charles
Walsh, ambos aviadores norteños, a quienes conoció
cuando el joven era solo un intérprete de inglés que
trabajaba en el hotel Perla de Cuba.
Uno de los pilotos
estadounidense, en una de sus muchas demostraciones en
La Habana, solicitó un voluntario para volar con él en
el espectáculo. El joven cubano se ofreció y Walsh quedó
sorprendido con la valentía, la cooperación y la
destreza del criollo.
Tres meses después
Parlá obtenía su propia licencia, solo que al regresar a
La Habana descubrió que era no más que un “piloto en
tierra”.
Por la época, un
endeble y precario hidroavión Curtiss —versión militar—
valía no menos de cinco mil pesos, cantidad a cinco
mil... pies de altura del bolsillo de Parlá.
Gracias a muchos
amigos, conocidos y admiradores que hicieron colectas,
rifas y campañas el recién estrenado aviador conseguía
su propia máquina, justo pocos días antes de iniciarse
una prueba planteada por el Ayuntamiento de La Habana en
la que se ofrecía 10 mil pesos al piloto que hiciera por
primera vez el vuelo Cayo Hueso-La Habana y lo hiciera
además en menos tiempo.
Tal hazaña había sido
solo un intento frustrado por Mac ‘Curdy, dos años
antes, y ahora, para tal aventura se inscribían Parlá y
Rosillo.
Rosillo despegaba
primero y llegaba al punto de destino dos horas más
tarde, cumplida la ruta ―y las etapas marcadas por
barcos escolta y rescate— el 17 de mayo de 1913.
Parlá, sin embargo,
no pudo siquiera despegar. Desperfectos en el motor le
impidieron salir hasta el día 19.
Para la fecha las
condiciones de vuelo habían cambiado... para mal y ya no
era posible mantener en la zona los buques escoltas y
rescate.
Desoyendo toda
advertencia y el aviso meteorológico de que habría
posibilidad de borrasca, Parlá despegó a las dos de la
tarde, no sin antes radiar a La Habana un mensaje en el
que comunicaba que en el aniversario de la muerte de
Martí, partiría... “sin más auxilio que dios, con la
bandera del apóstol, la cual llevaré a costas cubanas o
me sepultaré con ella en el golfo”.
Como instrumento de
vuelo, Parlá llevaba solo una brújula de bolsillo, no
profesional y que con el traqueteo de aquel escaparate
volante y los vientos variables le produjeron un margen
de error de ¡50 kilómetros!
El audaz aviador
identificó las costas cubanas —según confesó después—
por las muchas palmas del paisaje. Sin embargo, tuvo que
amarizar en El Mariel. Solo pudo completar el viaje diez
días después, cuando posaba su aparato en las tranquilas
aguas frente a la entonces Caleta de San Lázaro, hoy
Parque Maceo del municipio de Centro Habana.
Se dice que aquel día
muchos esperaron al piloto mirando ansiosamente hacia
occidente, mientras el avión llegaba desde el norte,
pues Parlá tomó rumbo mar afuera cerca de 11 millas,
para sorprender a los ya inquietos y angustiados
curiosos.
En la larga hoja de
servicios del aviador cubano pudiera recordarse su vuelo
sobre la Sierra Maestra, sus demostraciones nocturnas
con fuegos artificiales, su labor como impulsor de un
cuerpo de aviación para el ejército y su participación
en el primer vuelo comercial EE.UU.-Cuba, al transportar
en un aparato “Sunshine” un cargamento de ¡jabones!
Días después de este
hecho Parlá realizaba un vuelo sobre la ciudad de La
Habana, ocasión en que se tomaron las primera imágenes
aéreas que se conozcan de la capital cubana.
Luego de renunciar
como primer director de la naciente Compañía Aérea
Cubana —por razones nunca suficientemente esclarecidas—,
Parlá transitó por diversas venturas y desventuras hasta
su suicidio.
Hijo de emigrados cubanos en Cayo Hueso y colaboradores
de Martí, Agustín Parlá Orduña había nacido en aquella
tierra —por circunstancias— el 11 de octubre de 1887.