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El cuento de La Jiribilla

LOS PRACTICANTES

Rafael de Águila Borges


De alguna manera Jorge se introducía dentro de Renato. Dos veces por semana se citaban a un apartamento del centro de la ciudad, sitio que alquilaban compartiendo el precio, y allí, los dos solos, se sumergían en la práctica. Jorge se desnudaba, cubría todo su cuerpo con algo muy parecido a grasa para cabello; mientras Renato h
acía gargarismos. Así pasaban algún tiempo hasta que Renato abría mucho la boca, los músculos del cuello y la cara se distorsionaban del esfuerzo, Jorge introducía primero el brazo derecho, después el izquierdo, más tarde ambos pies en el mismo orden, entonces tenía lugar un descanso o toma de fuerzas para ambos. En ese lapso Jorge respiraba de manera muy especial, reconcentrado, Renato relajaba el cuello, el abdomen se abultaba, gracias a la expansión del diafragma, las piernas buscaban; abriéndose en ángulo, restablecer el centro de gravedad. Cumplido lo anterior, Jorge introducía lentamente la cabeza, después el tronco. Entonces Renato cerraba la boca, iban relajándose poco a poco sus músculos faciales, sus piernas abríanse aún más para mantener el equilibrio ahora que cargaba dentro de sí todo el peso de Jorge. Tomaba el cronómetro y medía el tiempo que podía resistir hasta que los dolores en la espalda eran insoportables y sentía la base de sus pulmones presionada por un peso de muchas libras. Entonces bebía el vomitivo del frasco color ámbar e inmediatamente sentía grandes náuseas, unas contracciones indescriptibles en el estómago, se doblaba hacia delante y junto a un aluvión de líquido amarillento y espumoso aparecían los brazos, las piernas, la cabeza y el tronco de Jorge, todo salido exactamente en el mismo orden en que entrase. Renato se ponía blanquísimo, el sudor frío le tomaba todo el cuerpo; mientras, Jorge se esforzaba por respirar, la piel del rostro azulada, los ojos inyectados en sangre. Después del restablecimiento se palmeaban la espalda, Jorge inquiría sobre la duración, si constituía un record aullaban de alegría y se abrazaban eufóricos. Finalmente se aseaban: Jorge tomaba una ducha, Renato se sometía a un minucioso lavado bucal, y más alegres que las veces anteriores salían del apartamento.

Jorge viajaba en autobús hacia los suburbios, donde vivía; Renato caminaba tres cuadras, subía a un quinto piso, sacaba una llave algo herrumbrosa, abría una puerta y le decía a una mujer de pelo canoso que trataba de darle de beber a una anciana: “Puede irse ya, Angélica, estoy de vuelta. Y muchas gracias.” Mientras la mujer salía, Renato cogía en sus manos la taza. “Vamos, vamos, no llore, mamá, no llore. Tómese su leche que ya estoy aquí.”
 

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