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EL USO DE LA PALABRA COMO UNA FORMA
DE RESISTENCIA EN MUJERES INDÍGENAS
Silvia
Soriano Hernández|
México
Introducción
Me interesa rescatar
lo que significa el uso de la palabra que hacen mujeres
indígenas que han vivido o viven en un escenario de
guerra. El pensamiento más disperso y silenciado es el
de los grupos considerados subalternos, como los
indígenas, pero si a ello añadimos que son mujeres, sus
ideas se pierden todavía más. Normalmente la relación
que existe entre la guerra y las mujeres, la que
comúnmente hemos visto, es aquella que se encamina hacia
la victimización de éstas, la cual por supuesto no voy a
negar, pero por ser éste el primer vínculo que se da,
quiero partir de romperlo para desentrañar otra
perspectiva. La inevitable conexión entre guerra y
desgracias, entre guerra y muerte, sumando las víctimas,
la desolación, la tragedia, me llevó a buscar otra cara
de la guerra, porque la guerra se impulsa desde muy
diferentes perspectivas. Si bien la guerra es un recurso
para conseguir el poder, no todos ni todas de quienes
optan por esta vía, la relacionaban con la carga
negativa midiendo los costos, o bien, aún viendo esta
parte, valoraron que valía la pena arriesgarse por el
resultado esperado. La acción bélica que emprendieron
grupos revolucionarios en el continente latinoamericano
se justificó en aras de construir lo nuevo y para ello,
había que destruir lo viejo.
Mi interés versa
fundamentalmente en rescatar cómo vivieron la guerra
algunas mujeres, pero sobre todo, cómo encontraron
espacios positivos de representación precisamente como
consecuencia de un acontecimiento que es capaz de
trastocar no sólo las relaciones políticas, sino también
las personales. En otras palabras, quiero reconstruir
historias de mujeres que encontraron en la guerra una
resignificación de su vida. Unas mujeres, las menos, que
apostaron por la guerra pero otras, a las que la
violencia las envolvió y que apostaron por la vida.
La guerra que se
presenta como mecanismo para conseguir un cambio no es
nueva. Es más, muchas de las transformaciones habidas en
la sociedad no podrían comprenderse si no fuera a partir
de una experiencia bélica. Así que la guerra sí es
destrucción, pero también es construcción, y la historia
no nos deja mentir.
Una guerra, cambia
radicalmente el escenario en el que se desarrolla. Todo
lo que sucede cotidianamente adquiere un cariz diferente
cuando la guerra se apropia de la región. Si una guerra
es capaz de modificar tan cruentamente la cotidianidad,
¿será capaz de trastocar las relaciones de género? Y si
lo logra, ¿el cambio es de fondo o sólo coyuntural?
Quiero, en las siguientes líneas ir desentrañando lo que
la guerra modifica, lo que rompe, lo que conserva, lo
que destruye y construye en las mujeres. Pero no estamos
hablando de cualquier guerra, sino de una que lleva un
apellido, la guerra revolucionaria, la que tiene un
proyecto que abarca más allá de población masculina, una
guerra revolucionaria que lleva implícita la posibilidad
de una vida mejor. Esta promesa hizo y sigue haciendo
que población de lo más diverso se incorpore a ese
proyecto de cambio, así sea a través de un recurso que
para muchos suena condenable, una guerra.
Ahora bien, la guerra
se ve y se piensas en masculino. Primero porque son
hombres quienes la deciden, porque son ellos quienes
integran un ejército regular, porque ellos combaten y
mueren mayoritariamente. Pero la guerra no sólo es cosa
de hombres, desde que hay conflictos bélicos, las
mujeres también la han vivido desde muy diversas
formas. Las mujeres que se involucraron en un ejército
revolucionario en América Latina, aspiraban a ser
iguales a los hombres. Ponerse el uniforme masculino,
aprender a utilizar armas, cargar mochila al hombro y
sufrir las inclemencias del tiempo, para combatir de
igual a igual contra un ejército que era sólo masculino.
La idea de igualdad de las mujeres militantes en un
ejército rebelde significaba ser como ellos, en muchos
aspectos, no sólo el castrense. Este fue el primer reto
que ellas quisieron ganar, muchas lo lograron, llegaron
a ser comandantes, mayores, capitanas. Pero ser
militarmente como los hombres no constituía la mayor
dificultad, como finalmente fueron aprendiendo. Rescatar
a las mujeres porque forman parte de la historia como lo
han hecho los hombres, no es el objetivo de este ensayo;
tampoco presentarlas como una “comunidad de mujeres” que
las contempla como homogéneas y que deja fuera a los
hombres, finalmente definir a las mujeres como un grupo
cerrado, no muestra sino una paradoja que reproduce la
misma exclusión de la que se consideran víctimas. Así
que la idea central de este ensayo, es unir a las
mujeres con la guerra, una guerra revolucionaria, desde
una perspectiva que las rescate a ellas como sujetos
sociales, como partícipes de un acontecimiento que
algunas planearon pero que a muchas más les tomó por
sorpresa, y reaccionaron. Un ejemplo de cambio y
resistencia.
El escenario de la guerra
Me
interesó buscar regiones en donde la guerra se
escenificó, donde las mujeres participaron activamente y
de donde pudiera extraer conclusiones generales. Así
opté por dos escenarios de guerra que pudieran
presentarse juntos, sin querer comparar los procesos,
pero a los cuales pudiera ir separando y uniendo de
acuerdo al fenómeno que me iba acercando. Así me decidí
por rescatar las experiencias guatemalteca y chiapaneca.
La guerra comenzó en Guatemala desde la década de los
sesenta en un momento en que las revoluciones por el
socialismo comenzarían a ser noticia; en Chiapas la
declaración de guerra apareció en otro tiempo, en un
momento en que nadie esperaba que grupos de hombres y
mujeres organizados como guerrilla, irrumpieran en un
mundo globalizado, y por tanto donde el discurso del
socialismo no tendría cabida.
El elemento que más
me motivó a estudiar dos escenarios de guerra
diferentes, es precisamente el tiempo verbal en que se
habla de ésta. Para las mujeres guatemaltecas la
experiencia de la guerra, con todo lo difícil que fue,
con todas las secuelas que aún se cargan, con todos los
costos materiales y emocionales que implica, es una
vivencia en pasado. Las negociaciones, los acuerdos de
paz, la desmovilización de la guerrilla, todos ellos son
signos de que la guerra (por lo menos la revolucionaria)
quedó atrás. Las mujeres chiapanecas viven la guerra
porque, a pesar de un cese al fuego y de que ambos
ejércitos (el gubernamental y el zapatista) no entablen
enfrentamientos, tampoco existe ni una derrota militar
que simbolice el fin de la guerra que los rebeldes
declararon en enero del 94, ni unas negociaciones que
llevaran a buen fin lo que significa esa declaración de
guerra. Así entonces, para la población de Chiapas que
se comprometió de diversas maneras con un proyecto
revolucionario, la guerra no necesariamente es pasado y
no sólo a juzgar porque no hay enfrentamientos, sino por
la política contrainsurgente que implementa el gobierno
mexicano.
Mi idea es rescatar
voces de mujeres (en itálicas) a las que la guerra
transformó en otras personas. Debo subrayar que no estoy
presentando un trabajo comparativo, que mi objetivo es
rescatar dos experiencias que pueden tener ejes comunes
pero también grandes diferencias. Que hablo de Guatemala
como una nación en guerra y de Chiapas como un estado
convulsionado por una declaración de guerra; ninguno de
los dos espacios fueron completamente envueltos por
enfrentamientos, por muertos, por el largo etcétera que
conlleva un conflicto bélico. Empero, se habla de la
guerra en Chiapas y de la guerra en Guatemala y mi deseo
es retomar ambas guerras, una que se vive y piensa en
pasado y la otra en presente y también futuro.
En
un caso (Guatemala) la distancia histórica ofrece otra
mirada. Ya no hay la esperanza de que con la guerra se
podría construir un mundo nuevo, y el discurso es
contradictorio, para muchas personas se valora lo que se
vivió y se reconocen grandes avances en la sociedad que
emergió cuando se puso fin a la guerra, pero para otras
más, los costos son enormes y no se equiparan a los
logros. El pasado y enumerar el recuento de pérdidas es
recurrente en las guatemaltecas. En este sentido las
críticas a las organizaciones revolucionarias no es raro
que broten. En el otro contexto (Chiapas) todavía no se
ofrece la mirada del pasado y muchas ideas en torno a un
futuro mejor siguen bailando en el discurso de las
mujeres. La esperanza no se ha borrado de su
vocabulario, el cambio prometido con un nuevo uso de la
palabra es motivo de hablar en presente y en futuro. Se
sigue pensando en destruir y construir, se retoma la
palabra dignidad como bandera de lucha. Esto se
constituye también en una limitante, por un lado, cuando
se trata de hablar del ejército revolucionario, no es
fácil que se diga abiertamente lo que se piensa. Para
muchas mujeres que ahora están desmovilizadas, es
difícil compartir su militancia revolucionaria, viven,
de alguna manera, otra clandestinidad. Así que iré
presentando una reflexión sobre
las voces de las mujeres que experiencia de vida,
mujeres a las que la guerra le ha conferido un
significado especial a esa vida, diferente, quizá no
mejor ni peor pero sí otro.
las experiencias chiapaneca y guatemalteca cuentan con
grandes diferencias. La primera de éstas es el tiempo
verbal en que se habla. Las mujeres guatemaltecas
recuerdan y platican en pasado sobre la guerra, para las
de Chiapas, si bien la experiencia bélica se vive en
presente, la magnitud de la violencia no se equipara a
la vivida en la vecina Guatemala.
Otra diferencia tiene que ver también con el tiempo, en
este caso el transcurrido. Podemos hablar de más de 30
años de guerra en el país centroamericano si pensamos en
su fin, una vez que se terminaron las rondas de
negociaciones y que se llegó a la firma de un acuerdo de
paz, tres décadas de guerra son suficientes para marcar
a varias generaciones de mujeres y hombres y si añadimos
la magnitud de la violencia, las secuelas son inmensas.
En Chiapas han corrido diez años a partir de la
declaración de guerra, los enfrentamientos
característicos de un conflicto bélico duraron doce
días, en los que el miedo, el desconcierto, la desazón
afloraron; el paso a la ronda de las negociaciones, si
bien representó un cese al fuego, dio entrada a otro
tipo de guerra que lleva también una fuerte carga de
violencia.
Además
de estas precisiones, las voces que iré presentando
provienen de mujeres diferentes en muchos aspectos:
edad, raza, clase social, ocupación, participación en la
guerra, entre otros. Quiero subrayar sobre todo las
palabras de mujeres indígenas, pero como no son las
únicas a las que les ha tocado vivir inmersas en un
escenario de guerra, intercalaré también las de algunas
no indígenas precisamente para descubrir cómo las
vivencias son diferentes cuando las personas son
diferentes.
Entre
las mujeres guatemaltecas que rescato, el mosaico de
voces está integrado por: una mujer urbana que perdió a
su hija militante de la Organización Revolucionaria del
Pueblo en Armas (ORPA), nunca vio el cadáver, y se
volvió la madre de su nieto; comenzó una militancia muy
activa al enterarse de la muerte de su hija, en la misma
organización donde ésta entregó la vida. Una mujer
urbana militante del Ejército Guerrillero de los Pobres
(EGP) en la ciudad, estudió en la universidad y ello le
facilitó su reinserción después de la guerra; no perdió
a ningún ser querido durante la época de la violencia a
pesar de que muchos de su familia se involucraron, tuvo
que separarse de su hija para dedicarse de tiempo
completo a la revolución; conservó su relación de
pareja. Una mujer que perdió a su hijo del cual ignoraba
su actividad, comenzó un largo peregrinar para tratar de
encontrarlo y a pesar de los años transcurridos, siguió
buscando junto a muchos otros y otras como ella,
desesperados e impotentes; fue fundadora del Grupo de
Apoyo Mutuo (GAM) y sigue con una militancia muy
comprometida. Una mujer campesina que perdió a su esposo
guerrillero y que colaboró activamente con la guerrilla
como base de apoyo, incluso cuando tuvo que salir al
refugio; volvió viuda a su país y con muchas secuelas
psicológicas causadas por el miedo y el dolor; una hija
suya que también vivió en el refugio en México le dejó
un hijo para que no viviera sola; tiene poco más de
setenta años. Una mujer que es indígena rural que tiene
una experiencia muy grande, fue parte de las Comunidades
de Población en Resitencia (CPR), colaboró con el EGP,
fue refugiada y después participó activamente en el
proceso de retorno en las Comunidades Permanentes (CCPP),
no cuenta con muertos en su familia y con el regreso
sigue pensando en lo importante que es estar organizada.
Otra mujer indígena, del campo, que primero se organizó
a través de la iglesia católica, participó en el Comité
de Unidad Campesina (CUC) y en el EGP como guerrillera y
después en la Coordinadora Nacional de Viudas de
Guatemala (CONAVIGUA), fue secuestrada por el ejército,
detenida y torturada, logró salvarse escapando de su
encierro y regresó a la lucha; desde muy joven se opuso
a su destino de no ser ella quien escogiera a su esposo,
muchas experiencias, algunas muy dolorosas vinieron con
su actitud rebelde. Una joven mujer indígena que llegó
al refugio en México siendo una niña, allí aprendió la
importancia de estar organizada y no ha dejado de
estarlo a pesar de serias dificultades, retornó y
continúa el trabajo con Mamá Maquín (MMQ); su juventud y
tantos años de refugiada le dieron un sentido especial a
su vida que muchas indígenas como ella no comparten, es
madre soltera. Otra mujer campesina que huyó de las
masacres hacia México y comenzó a trabajar en la
organización de las mujeres refugiadas, después del
retorno continúa rescatando la experiencia que le dio el
refugio para reproducirla en su país; ella misma
considera que ha tratado de evitar que sus hijos
reproduzcan patrones machistas, que pesan tanto en el
campo. Así, entre organizaciones legales y clandestinas,
entre el campo y la ciudad, entre mujeres jóvenes y
otras no tanto, las vivencias de la guerra empujaron a
estas mujeres a organizarse.
El tiempo se desestructura en Guatemala
Conversando con este abanico de mujeres, considero que
la palabra pérdida es la que más se repite, y lo que
vale la pena resaltar es que no sólo sufrieron la
pérdida de alguien, de algo, sino que también durante
buen tiempo, se encontraron perdidas hasta de sí mismas.
Asimismo, muchas de estas mujeres se significaron en la
organización, cualesquiera que esta fuera, tuviera la
forma que tuviera (clandestina o legal, de mujeres o
mixta), estar organizada representa una manera de
encontrar un nuevo sentido a su vida que ya no se
perdería, a pesar de la desesperanza que podemos decir
priva en la actual Guatemala.
Como
veremos en las líneas siguientes, no es lo mismo ser
joven que tener más años, ser del campo que de la
ciudad, ser pobre que rica o de clase media, ser
indígena o no, haber estudiado o ser monolingüe, a pesar
de que todas sean mujeres, existen grandes diferencias
que las marcan y que la guerra no logra homogeneizar,
cada una vivió la guerra de manera diferente, pues son
mujeres diferentes. Me interesa sobre todo, rescatar lo
que la guerra trajo de positivo en estas mujeres,
ninguna de ellas, a pesar de lo desgarradoras que son
sus experiencias, se asume como víctima pasiva. Por
supuesto que han sido víctimas, pero no se quedaron en
ese papel, son mujeres que sufrieron y muchas de ellas
siguen sufriendo, pero resignificaron su vida dándole un
giro a partir de la guerra. Estoy rescatando a las
mujeres que en la organización aprendieron a valorarse,
a crecer y a reconocer lo importante que es ser mujer y
por tanto, a sentirse orgullosas de ello, y que al
actuar no buscaron parecer hombres sino que siendo
mujeres encontraron un valor que sólo una conciencia de
género podía darles, a pesar de que muchas de ellas no
lo exterioricen así, sus vidas tienen una perspectiva en
la que el género es parte integrante de éstas. Algunas
de estas mujeres se organizaron para la guerra, otras
por la guerra.
reflexionaremos en las siguientes páginas cómo cambiaron
las relaciones familiares como consecuencia de la
guerra, cómo se convivió tan cercana y cruelmente con la
muerte, cómo se transformaron los roles de madres e
hijas, la idea que se tenía y se tiene ahora de los
grupos armados, cómo el miedo se convirtió en parte
integrante de sus vidas y cómo lograron transformar el
sufrimiento gracias a que se organizaron, porque no
deseaban quedarse igual.
Desestructurar las
relaciones familiares en un contexto de guerra
¿Qué
es lo primero que cambia cuando una guerra aparece? Las
relaciones familiares se rompen, se modifican, se
alteran sensible y muchas veces, irremediablemente. Se
pierde la imagen de la comunidad campesina, se deja en
muchos casos de ser padre o madre así como hijo o hija
para cumplir con una misión que se considera histórica,
impostergable. Una gran cantidad de jóvenes se involucró
con una abnegación sin par, en un proyecto del que se
apropiaron completamente convencidos de que esa era su
misión, que había que cumplirla, costase lo que costase.
Las relaciones convencionales de padre y madre, pero
sobre todo ésta última, se transformaron para dar paso a
nuevas y comúnmente conflictivas formas de tratarse. Se
convirtieron en padres personas que biológicamente no lo
son, en una relación que podía ser temporal o
definitiva, y en ambos casos las consecuencias son
difíciles de asumir.
Entrar
a la revolución significa penetrar a una vida
clandestina, “olvidar” el pasado con todo lo que lleve
implícito este verbo. Muchos jóvenes de ambos sexos
descubrieron un discurso prometedor que los envolvió y
los transformó. La idea del cambio social prendió en una
juventud entregada a una causa en donde la frase “patria
o muerte” no era retórica pura, sino una realidad
cotidiana. La muerte se volvió más cotidiana que la
patria, pero vivir con ella a diario no la transformó en
algo familiar y muchas veces las lágrimas se convertían
en un lujo o en algo prescindible.
El
grave problema de los desaparecidos políticos en América
Latina es aterrador y Guatemala no es la excepción. La
pérdida de un ser querido daría fuerza a muchas mujeres
para salir de su espacio (fuera el que fuera: la casa,
el campo, un trabajo remunerado) e introducirse por un
sendero de muerte e impotencia que las marcó
profundamente somos una organización que nació en
tiempos de la violencia… nos organizamos un grupo de
mujeres, las que nos atrevimos en ese tiempo a salir a
la calle a gritar. Para algunas, la militancia
comenzaría precisamente en el momento en que perdieron a
uno de sus hijos, ya sea porque el sacrificio de éste
les empujó a tratar de continuar lo que él ya no pudo, o
porque al buscar a ese ser querido, se involucraron en
actividades nuevas, difíciles y generalmente dolorosas.
Las amenazas y el miedo no las doblegaron, la imagen de
aquel hijo que ya no verían era más fuerte, sería
precisamente esa vida perdida la que les empujó a actuar
como antes no lo habían hecho. En estas experiencias
podemos decir que fueron los hijos quienes cambiaron la
mentalidad de los padres, que la militancia de los
primeros llevó a la militancia de los segundos, un
cambio de roles.
Cuando
una hija o un hijo mueren luchando en una causa que
consideran justa o son desaparecidos, la madre reacciona
y bien, o busca de alguna manera honrar la muerte de ese
ser querido haciendo lo que él ya no pudo, o comienza un
largo peregrinar por saber en qué terminó esa persona
que no había hablado de la causa que lo involucraba,
porque era parte de una lucha clandestina, porque
mientras menos se supiera mejor. Entonces se conoce de
otra manera a ese alguien, cuando ya no está, se le
valora diferente, ya no sólo se le extrañará sino que se
le honrará en acciones futuras, pasará inconscientemente
a formar parte de una figura mítica. La madre (más que
el padre, sin negar que éste también actúa) en la
búsqueda del hijo cifrará muchas de sus acciones
futuras, pero ello la llevará a involucrarse de otra
manera, se introduce en un ambiente de violencia que no
había percibido en toda su magnitud; así, además de la
búsqueda de su hijo o hija ausentes ella irá
encontrándose como un ser nuevo y sin duda diferente,
antes que encontrar a su familiar se encontrará a sí
misma y se valorará porque con su vida va construyendo
un nuevo sendero que ella no fue capaz de prever.
Participé directamente hasta que ella murió... antes
no lo hizo, la desaparición de su hija la transformó en
un ser participativo en un ámbito nuevo.
Rescato dos experiencias diferentes de madres que
sufrieron la muerte de sus hijos. La madre que pierde al
hijo pero que no sabe de su paradero, que no tiene (por
lo menos durante un tiempo) la certeza de la muerte y
que como desaparecido lo busca Ya en esos tiempos
escuchar que fulano no llegó a dormir era motivo para
pensar que no volvería. Por otro lado, la madre que
sabe que su hija murió pero que no vio el cuerpo, que
sospechaba que andaba en actividades subversivas pero
que lo comprueba cuando aparece la lista de los muertos
en un enfrentamiento, ella no busca el cuerpo para
sepultarlo pues tiene miedo, pero como no vio el
cadáver, vive con una mezcla de esperanza y temor de
asegurarse en algún momento, que la muerte efectivamente
llegó. Añadamos que ninguna de las dos puede hacer
público su dolor por el ambiente de terror que se
enseñoreó en el país. Además tiene la responsabilidad de
su nieto, no sólo de cuidarlo sino de anunciarle la
muerte de sus padres y de tratar de ocupar su lugar.
La
guerra, sin lugar a dudas, reestructuró las relaciones
pero también, y sin dudar, el ser madre, a pesar de
haberse modificado, dejó intacta la responsabilidad de
una mujer (la que fuera) por los hijos propios o los que
se apropió por las circunstancias. Afloraron
sentimientos contradictorios, por un lado de culpa por
no poder estar cerca de los hijos, por otro de
tranquilidad frente a la represión por saberlos en un
lugar seguro. Así, la madre que optó por la guerrilla
sabía que no podía combinarlo con sus roles maternales,
había que escoger. Saberse la madre biológica y que otra
se asumiera como tal en las ausencias también fue
doloroso, volver a encontrarse con un hijo pequeño y que
nombre a otra como mamá fue una experiencia de difícil
resolución.
La
madre que se fue a luchar y que dejó a alguno de sus
hijos con una madre sustituta, sufrió y resintió
fuertemente el que otra “usurpara” el lugar que
ella debería estar ocupando, ello creó fricciones a
pesar de que la madre sustituta podría ser alguien
cercano, como una hermana en muchos de los casos. ¿Quién
es la madre? Cuando volvía a verla como visita, como
visita temporal, sí me costó mucho, porque le decía mamá
a mi hermana, y de hecho fue algo que lastimó la
relación con ella. Pero a pesar de la represión y el
riesgo nunca pensé que no volvería a verla. Y a
pesar de que el cuidado se dejara a otra persona, el ser
madre y militante en tiempos de guerra se veía como un
problema de difícil solución. Pero no se optaba por no
tener hijos, a pesar de conocer las dificultades, de
militar, de estar armada y expuesta a enfrentamientos
que podían costar la vida los hijos de alguna manera
se veían como un problema, porque no podías seguir con
las mismas tareas. Los embarazos no se evitaban y
ello nos presenta a la maternidad como algo inevitable,
como una necesidad natural que no puede evadirse, ni
siquiera pensando en la guerra como opción. Una mujer es
una madre a pesar del contexto en que se dé la
maternidad y de los costos emocionales que puede
acarrear. Sólo conocí a una mujer militante que optó por
no tener hijos conciente de lo que la maternidad
implicaba en tiempos de guerra, pero sin duda es la
excepción.
Dos
mujeres que debieron separarse de sus hijos por la
situación de guerra, una por ser militante del EGP y la
otra porque viviendo en condiciones tan complicadas con
las CPR, los más vulnerables como niños y ancianos
tuvieron que refugiarse, en tanto, otras como ella
continuarían en las montañas, recuerdan esa decisión
yo recuerdo ese momento de separación como uno de los
más duros desde la guerra y la otra para mí fue
lo más duro que me hayan dicho, mire que sus hijos y sus
abuelos se vayan pero usted y su esposo se tienen que
quedar. Ambas sufrieron por la decisión, en parte
por lo fuerte que estaba la represión, la primera dejó a
su hija para evitar que fuera lastimada, la segunda tuvo
que separarse pero se iba con la incertidumbre de saber
si se volverían a encontrar pues en cualquier momento la
muerte les acechaba y en ese contexto la despedida podía
ser definitiva. Era un rompimiento familiar bastante
duro que además venía acompañado del desarraigo. Y
la mujer que perdió al esposo guerrillero y que se queda
sola, pero que su hija le deja a su hijo para que la
acompañe. Parte de la desestructuración de las familias
también apareció en el refugio, cuando algunos volvieron
y otros se quedaron; la hija de esta mujer se casó con
un mexicano y como tuvo otros hijos, le dejó uno para
fuera la compañía de la abuela que volvía sola y viuda a
Guatemala. Esta mujer como esposa de un guerrillero supo
cuando se volvió una viuda, una vez que le llegó la
comunicación de la muerte, no requirió mayor
confirmación, empero, la suegra no aceptó la muerte del
hijo hasta que tuvo sus restos con ella, ella no se
atrevía a repartir la tierra que le tocaría a éste; la
viuda lo comprendió así y le entregó lo que quedaba del
hijo para que la madre se convenciera de la muerte. No
contar con los restos de los muertos es un elemento que
fortalece la duda y también la esperanza de que esa
muerte, a pesar de que muchos la sostengan, no sucedió.
Para
los militantes la familia debía pasar a otro plano muy
alejado de las obligaciones que imponía la revolución.
En este caso las familias también fueron desmembradas
por la causa. Esto es, la violencia separó núcleos
familiares pero la incorporación voluntaria en la guerra
también llevó a rompimientos. Muchas veces, partiendo de
que los revolucionarios eran en su gran mayoría jóvenes
de ambos sexos, ellos también se alejaron de sus
familias sin mediar explicación alguna yo no les
puedo decir que estoy haciendo, pero tengan la certeza
de que nunca se van a avergonzar de lo que hago...
Un
primer elemento que llama la atención al escuchar a las
mujeres guatemaltecas hablar de la violencia, es que la
plantean, fundamentalmente a partir de la generada por
el ejército y los grupos paramilitares; me parece que
una conclusión que se puede extraer es que la violencia
ejercida por los aparatos represivos del Estado hizo que
la otra violencia, la cotidiana, la llamada doméstica,
prácticamente se diluyera en el discurso de las mujeres.
Aún inquiriendo sobre ella, las mujeres la tocaban
apenas (excepción hecha de una sola, que aunque la
reconoce, también afirma que peor es la violencia)
pero si se trataba de recordar las agresiones sufridas a
manos de los grupos armados, allí sus ideas brotaban
rápidamente y sus palabras se convertían en una mezcla
de denuncia e impotencia.
La
mujer indígena normalmente no decide con quién desea
unirse en matrimonio, sin embargo ya hay muchas que han
ido rompiendo la costumbre de no dejarlas hablar. Una de
ellas, cuestionó esa tradición de darla en matrimonio
sin consultarla, se atrevió a ello, pero siente que como
de cualquier forma no le fue bien con su pareja (aún
habiéndolo escogido ella), alguna de las maldiciones que
le enviaron aquellos que la pidieron para el hijo que
ella no aceptó, la alcanzó, y por eso ya no me salió
bien mi suerte. Valiente para decidirse a romper la
tradición pero se siente castigada por haberlo hecho,
por atreverse a lo que casi nadie y menos siendo mujer.
Las
experiencias que giran en torno de la muerte durante una
guerra, a pesar de ser cotidianas, nunca se asimilan, es
tan frecuente y dolorosa la muerte de los otros y sin
embargo escapa a cualquier raciocinio, una de las
razones es precisamente porque la muerte tocaba a los
más jóvenes, a quienes todavía debían tener muchas cosas
por hacer. Al enterarse de la muerte de la hija ya
nada más malo me podía pasar. O aquella otra madre
que no creyó la muerte de su hijo y le preguntaba a la
esposa de éste, que sabía que él estaba en la guerrilla,
cómo le daba la seguridad de que su hijo había
muerto. Una no ha encontrado ni los restos del hijo
desaparecido, otra no recuperó el cuerpo de su hija
muerta en un enfrentamiento con el ejército y a pesar de
haber visto su nombre en la lista de muertos dudó mucho
tiempo si de verdad había estado ella en esa casa, la
duda esperanzadora de que fuera una equivocación, de que
todavía podría estar por allí, en otro lugar, luchando
por lo mismo, pero viva. Y después explicarle al nieto
que pasaría a ser el hijo la muerte de ambos padres
nos molestaba la muerte tan seguida. La recuperación
de los cadáveres de los familiares desaparecidos es una
consigna que no pierde actualidad, a pesar de los años
transcurridos, recuperar el cuerpo para llenar un
vacío que tenemos, porque tenemos un vacío ¿qué se hizo?
¿dónde está?, no conocer ni siquiera la fecha en que
murió.
Y los
otros muertos, los que perecieron huyendo de la
represión, de la violencia indiscriminada diario
había velorios, había muertos diario, en la huida
por la vida muchas se perdieron, sobre todo de niños.
Toda esa población campesina que al ser perseguida salía
buscando la vida en la distancia pero que no siempre fue
alcanzable. Esas muertes que no fueron producidas
directamente por las balas o la tortura, también son
atribuibles al ejército y a quienes cobijados en éste
atacaban impunemente. El primer recuento de las pérdidas
se asocia a la de seres como ellos que no lograron
sobrevivir a la represión; salieron huyendo, algunos
sacaron al más pequeño en los brazos y se les olvidó
despertar al más grande, y total que hubo pérdidas de
familias. Y el segundo corresponde al espacio que se
habitaba, a la cotidianidad que se dejaba.
La
mujer viuda, indígena y campesina que presenta la
importancia del resarcimiento es muy clara al afirmar
que te quitaran a tu marido eso ya nunca lo vas a
encontrar, otro que sea igual, aunque no sea tan bueno.
La aplicación de la justicia que parece no tener
cabida en Guatemala a pesar de la firma de los acuerdo
de paz, a pesar de la exigencia de resarcimiento, a
pesar de los gritos de castigo, a pesar de comisiones y
de gobiernos civiles, allí mismo las mujeres organizadas
siguen exigiendo castigo a los culpables de tanto dolor
y tanta pérdida, que pueden ser candidatos a la
presidencia sin que la justicia los alcance.
Cómo vimos a los grupos armados
Es
evidente que cada mujer tiene una particular percepción
de los grupos armados. Una aclaración pertinente tiene
que ver con el momento en que se habla. Los grupos
represores prácticamente son vistos siempre como lo
mismo: son los que tienen el poder, los que maltratan,
los que asesinan, los que persiguen, finalmente como los
responsables de tanto dolor y tantas desgracias, pero
además como los intocables, como aquellos a quienes la
justicia no alcanza. En cambio los revolucionarios sí
han logrado que la gente modifique su percepción,
quienes aún militan en la (Unión Revolucionaria Nacional
Guatemalteca) URNG piensan que todavía pueden tener
puesta la esperanza en ésta, quienes ya no se encuentran
vinculadas a ella, son más críticas y la desesperanza
brota en sus palabras.
El
tiempo transcurrido y (determinante) la conclusión a
tantos años de guerra da al recuerdo una perspectiva más
crítica, primero se admiraba a los grupos
revolucionarios, se les idealizaba desde fuera, se les
veía como los valientes que luchaban por nobles ideales
admiraba mucho a los grupos revolucionarios... antes
de haber tomado parte, pero una vez que se les
conoce desde dentro, la idea mítica se fue transformando
y peor aún, cuando se asociaba a las muertes que fueron
apareciendo como estériles. La idea de la montaña formó
parte de un mito en muchas mujeres, la que se alzaba era
más valorada tanto por ella misma como por otras, se
convirtió en un ideal el ser guerrillera me hubiera
gustado estar en la montaña... yo admiraba a los
compañeros que estaban allá..
Pero
la mujer que apoyaba a la guerrilla con sus
conocimientos de salud para que ellos mismos ayudaran
a que cayeran menos compañeros en la guerra fue
presionada para quedarse con ellos, fue prácticamente
obligada pues las órdenes se cumplen y no se discuten
la estructura militar revolucionaria no gozaba de mucha
democracia, a pesar de que ésta era una de las razones
de la lucha. La estructura jerárquica del ejército,
llámese revolucionario o gubernamental, se convierte en
un espacio de poder y autoridad del cual es difícil
escapar. Para la guerrilla el objetivo era la toma del
poder para conseguir un cambio social, y a pesar de que
el discurso era del todo atrayente, la igualdad, la
justicia, el socialismo, y con éste el hombre nuevo, las
prácticas cotidianas distaban mucho de acercarse a ese
planteamiento idílico, tú estás en una guerra y
tienes que ir. Por otro lado, la crítica no parecía
ser bien recibida y se corría el riesgo de ser tachado
de enemigo del pueblo si ésta afloraba. Muy
probablemente, estas críticas no brotaron antes, en los
años de la guerra y sólo es posible apropiarse de estos
razonamientos con el tiempo y la desilusión del
movimiento. Se considera incluso, que a pesar de ser un
ejército que se preparaba para la guerra, no había
mucha capacidad militar, una de las razones por las
que los enfrentamientos dejaban tal cantidad de muertos.
Y cuando por fin esta mujer puede irse, sus compañeros
guerrilleros le dan la salida, molestos y prácticamente
la dejan a su suerte, por no continuar con ellos, con la
guerrilla.
Por
otro lado, el testimonio de una mujer campesina nos deja
ver también la negligencia de la guerrilla. Los
guerrilleros pedían el apoyo de abastecimiento, lo
conseguían en una comunidad y no cuidaban que el
ejército pudiera detectar a esta comunidad como base de
apoyo. Se daba la orden y todos entraban al acuerdo. Se
compraba más allá de las necesidades reales de la gente
y se despertaban sospechas que traían consecuencias
terribles para las comunidades, pasaban los comestibles
frente a los soldados cuando en eso pues se dieron
cuenta y los reprimían, estando ellos desarmados y
aquellos que sí tenían armas seguramente se encontraban
en un lugar lejano y seguro.
Tanto
la guerrilla como el ejército se disputaban el control
de las comunidades campesinas y si bien la primera
despertaba mayor simpatía, muchas veces se debía optar
por uno de los grupos armados aún sin tener un verdadero
convencimiento nosotros fuimos víctimas de esas dos
fuerzas pero quizá lo peor fuera que no teníamos
armas y en ese sentido pasaron a ser los más
vulnerables y los más reprimidos.
Si
bien entre la policía y el ejército lo que predomina es
la actitud represiva, intimidante y de poder, en los
cuadros bajos, podemos rescatar de un testimonio, que
había quien, de alguna manera, trataba de proteger
señora váyase de aquí que se la van a llevar presa...
Reclamar los cuerpos de los muertos en
enfrentamientos generalmente llevaba a perseguir a la
familia, buscando más información; si alguien se atrevía
a querer recuperar el cuerpo, seguramente sería
hostilizado, en el mejor de los casos; pero un soldado,
que lo sabía, previno a esa mujer. Aquí no estamos
hablando de las dos caras de una misma política
represiva sino de elementos aislados que no
necesariamente compartían la línea dictada desde arriba
o que tenían una sensibilidad diferente.
Las
amenazas no han cesado, el poder lo sigue teniendo el
ejército y mientras se busque justicia, esas voces de
mujeres unidas desafían a los culpables cuando exigen el
castigo a los crímenes, que no necesariamente pertenecen
a un pasado de guerra, siguen existiendo, actuábamos
siendo reprimidas y amenazadas. Son los intocables y
lo demuestran cuando pueden. Razón de más para
valorar a aquellas mujeres que continúan luchando a
pesar del temor producto de las amenazas.
Una
idea que es importante explicitar, es que muchos hombres
y mujeres, no estaban realmente involucrados con alguno
de los grupos armados, la represión les empujó a las
filas guerrilleras, llegaba el ejército y no estaba
viendo quien es quien, razón suficiente para
decidirse por ser alguien, porque oímos que el
ejército llegaba matando a la gente, unos se fueron con
la guerrilla y otros nos fuimos a México.
Y la
certeza de que el ejército lo que quería era
agarrarnos vivos, era un elemento mayor de terror,
el que llegaba a sus manos con vida, ya sabía de las
torturas y por tanto también sabía lo doloroso que
podría ser y lo mejor era resistir, huyendo, mientras
más lejos, mejor. De la duda se transitó a la certeza de
que las fuerzas gubernamentales eran parte de quienes
inspiraban temor primero y después terror. Todavía
después del retorno, la población fue agredida
pensamos que nos van a lastimar, y efectivamente los
lastimaron. La impunidad es otro elemento que lleva a
desconfiar de que la situación cambiaría, los soldados
han matado, han desaparecido gente y no hay castigo, a
pesar de que se exige reiteradamente.
Y toda
esta violencia organizada, toda esta represión que
deseaba intimidar, que se encaminaba a obligar a la
resignación, a la colaboración con el ejército, muy
comúnmente fomentó la rebeldía, incluso de mujeres
campesinas e indígenas, como la que nos dice, después de
enterarse de la muerte de sus hermanos en las primeras
masacres como que da más coraje pues de lo que
hicieron, y pues yo me metí más de lleno a la Unidad
Campesina. A una violencia organizada había que
hacer frente con una organización, muchos lo
comprendieron y así actuaron.
Finalmente un elemento que vale la pena reflexionar es
el de todas aquellas mujeres que quedaron viudas como
producto de la violencia. Las viudas obligadas por el
ejército gubernamental se organizaron para exigir no
sólo la aparición de sus familiares, sino que se fueron
politizando exigiendo mucho más; pero, aquellas mujeres
que el esposo militaba en la guerrilla y que también
quedaron solas yo como viuda, como mujer sola no
recibí más ayuda de nadie, ni de la guerrilla solo
recibían la comunicación de que él había muerto
combatiendo por la patria nueva y a ver cómo se ocupaba
ella de sí misma y de sus hijos en adelante.
Por qué nos involucramos en la guerra
Son muchas las
razones por las que estas mujeres quedaron inmersas en
la guerra, para muchas de ellas no fue opción, para
otras esa era la única senda por la que podía
transitarse. Una vez que la guerra se instaló en el país
y que las mujeres la vivieron como parte integrante de
su ser, las reacciones también son diversas.
En Guatemala se fue
desarrollando una fuerte conciencia social en muchos
jóvenes de ambos sexos, a algunos les surgió a la par
del cristianismo, para otros la situación de pobreza que
era evidente en el país, unida a un discurso incendiario
de justicia fue la razón para organizarse. Era difícil
permanecer al margen pero debemos hacer una diferencia
conociendo las razones que les empujaron a participar,
como fuera. Tomar las armas era sólo otra manera, pero
no la única así como matar con balas era también sólo
una forma frente a muchas más. Pero la esperanza en un
cambio es una frase que se repite constantemente en las
palabras de estas mujeres, provinieran de quien fuera,
tuvieran la edad que tuvieran, es evidente que deseaban
un cambio, que peor no podían estar y que había que
involucrarse para llegar a ese cambio.
Frente a la violencia
indiscriminada ya no quedaba otro camino que hacer
que juntarse todas las mujeres y de organizarse, la
importancia de estar organizadas queda evidente en
muchas mujeres, ¿de qué otra manera se podría resistir
un embate tan fuerte? las mujeres se fueron
encontrando y encontrándose, si bien no es el
sentido que ella le quiere dar, me parece central esta
frase entendiéndola como mujeres que están perdidas
hasta de sí mismas, que no se encuentran con nadie, ni
con ellas, pero que al compartir sus experiencias, sus
sueños y desventuras lograron no sólo encontrar a
alguien con las mismas palabras, sino que se encontraron
con otras para después saber, y llegar a conocer,
quiénes eran ellas mismas, las que sólo hablaban de
pérdidas de todo tipo pero que comenzaban a encontrar.
Había que organizarse pero no quedarse allí; la idea
giraba en torno a estar organizadas para luchar, para
exigir, para no sentirse solas, para comprobar la fuerza
que significa estar unidas en una lucha, a pesar de la
represión o más bien a causa de ella.
Algunos lograron
salvarse y conservar la vida, para ellos, en un contexto
de extrema vulnerabilidad, significaba seguir adelante y
luchar por no perderla. Saberse inocente no era
suficiente, la violencia arrasó y como un torbellino
arrastró. Mujeres y hombres oían de muertes, de
desapariciones, de matanzas y el temor se fue apoderando
de ellos, pero también creció un germen de valentía y de
revertir esa violencia. Algunas mujeres se consideran
guerrilleras por su colaboración y abierta simpatía con
la guerrilla no agarraron su arma ni nada, pero
trabajaron de muchas formas, es importante resaltar
que en la guerra se participa desde diferente frentes y
que las armas son sólo uno más, y no necesariamente la
forma en que más se arriesgaba la vida, muchos de los
muertos se cuentan entre población civil que podía
haberse inclinado por alguno de los bandos pero que no
estaba en condiciones de repeler la agresión armada del
ejército y los grupos paramilitares. Exigir al gobierno
significaba para éste que quien lo hiciera formaba
parte de la guerrilla, cualquier forma de organización,
así fuera para demandar el esclarecimiento en el
paradero de los familiares, era visto como sinónimo de
guerrillero, en ese sentido era enemigo y la población
lo fue comprendiendo poco a poco, con altos costos. De
cierta manera, estas formas organizativas lograban
cuestionar un poder que se fue imponiendo con el terror
y por ello eran, sin ser parte integrante de alguna
organización guerrillera, enemigos.
No había espacio de
diálogo. Muchos entraron por la puerta que les abrían
los grupos guerrilleros y otros deseaban, a pesar de lo
limitado de los cauces legales, hablar de derechos
humanos, de desaparecidos, de organización. En este
ambiente, es de resaltarse la valentía de aquellas
mujeres que se atrevieron a hablar conociendo la
represión que se vivía, sabiendo que, aún sin serlo,
podrían ser acusadas de guerrrilleras y por tanto
reprimidas. Es lamentable escuchar a una mujer joven
decir que ella seguía luchando casi por los mismos
ideales que mi abuelo, casi dos generaciones perdidas
digamos, entre cierta libertad democrática y ciertas
conquistas básicas, tan atrasado es el régimen político
de Guatemala, que llegó un momento en que me di cuenta
que aunque por la vía de las armas, básicamente las
reivindicaciones del 44 eran las mismas y no sería
raro que su hija repitiera la misma frase algunos años
más adelante. Las condiciones de la Guatemala actual no
han variado sustancialmente en tantos años. La
indiscriminada represión quizá forma parte del pasado
pero fue una represión tan fuerte que ya no había
esperanza de la sobrevivencia de uno mismo,
conservar la vida parece no tener explicación.
Siguiendo la idea
anterior, otro aspecto que me gustaría rescatar es cómo
se fortaleció la creencia en algún dios para llegar a
esperar milagros que salvaran la vida; no justicia, no
castigo a los violadores de los derechos humanos, pero
por lo menos la posibilidad de que si la causa era
justa, dios ayudaría. Una indígena pensaba que ella no
estaba por gusto en lo que estaba haciendo, sino que
era una lucha, y yo dejaba en las manos de dios, si es
bueno lo que estaba haciendo que me diera fuerza, si es
malo lo que estaba haciendo, que me quitara la vida,
porque no aguantaba yo. Y su reflexión es cierta,
¿por qué tendría ella que soportar tantas torturas si lo
que hacía era bueno? ¿por qué ese dios, si no la ayudaba
a salir, por lo menos no la ayudaba a morir? Su madre le
rezó a un santo que la ayudó a escapar y, si pensamos en
todo lo que los soldados eran capaces de hacer a quienes
capturaban, hombre o mujer, el que ella lograra escapar,
sólo puede formar parte de un milagro, de algo
inexplicable
Esta misma mujer que
cayó prisionera, no encontró la solidaridad de la gente
de su comunidad, pues según afirma, sus propias
compañeras dijeron que ella se fue con otro hombre.
Este es un elemento que encontraremos repetidamente,
a las mujeres que participan políticamente, que se salen
de su espacio doméstico, lo primero que les sucede es
que pasan a formar parte de un sector de la población
que se sale de los marcos establecidos y quien queda
fuera es juzgado como trasgresor. Se la llevó el
ejército para torturarla, seguramente para matarla, y al
notar su ausencia, sabiendo quién se la llevó,
dijeron que ella se fue con otro hombre... Algunas cosas
fueron dichas por equivocación y otras por chisme
cómo pesa esto en la vida de las mujeres que brincan las
trancas.
Es claro que para
quienes la guerra fue una opción el posterior escenario
de violencia, era, de alguna manera, el esperado
(seguramente la realidad superó a las previsiones) y se
prepararon para ello. Pero para las otras, para aquellas
a las que la violencia arrastró, no había ni previsiones
ni preparación previa, sobre el camino fueron
descubriendo y rescatando formas de lucha y resistencia
para hacer frente a la política contrainsurgente. Siendo
o no elección, la guerra resignificó la vida de muchas
mujeres.
¿Y
los sentimientos?
No es
fácil para muchas de estas mujeres hablar de cómo se
sienten después de tanto dolor. Narrar la experiencia de
la guerra, de la violencia, del temor, de los
alejamientos y las pérdidas es revivirlo, es comprobar
que el olvido no forma parte de su recuperación como
sujetos. A pesar de grandes esfuerzos no han dejado de
ser víctimas de la violencia.
Al
paso de los años, alguna mujer reflexiona sobre la
suerte que significa encontrarse viva, de la rebeldía
que la caracterizó durante su juventud y de no haber
mostrado temor ante el peligro. Podía incluso enfrentar
a soldados y hablar de la justeza de su lucha sin
titubear, pero, ahora que tiene hijos pequeños sus
sentimientos se transforman, ahora teme por su vida pero
no por ella misma, sino por los pequeños que dejaría
huérfanos, de faltarles ella como la madre. Una mujer
que fue capturada, que logró evadirse, que fue amenazada
y a la que trataron de sobornar, a la que le hicieron
ofrecimientos para que se alejara de su actividad
política con las viudas
las
demás viudas que se están muriendo de hambre con sus
hijos.
Su
lucha era porque hubiera un cambio, porque hubiera
justicia para tantas mujeres a las que el ejército
obligó a construir sus vidas sin un esposo, pero ella no
tenía miedo, el miedo lo tiene ahora. Cuando afirma que
a su padre lo mataron no directamente, sino que
lo
dejaron con miedo,
a ella
la estaban buscando, contra ella se dirigieron pero al
no encontrarla,
buscaron al padre que después moriría, pues lo dejaron
con miedo. Esta política de intimidación es un claro
ejemplo de cómo el terror también llevaba a la muerte. Y
si ello no fuera suficiente, también existían otros
mecanismos si hubieras salido de la organización, si
hubieras dejado la manifestación, si hubieras dejado de
luchar, todo tranquilo y cabal pero ella no optó por
esa tranquilidad.
La
idea de que la gente se fue volviendo dura porque la
situación así lo obligaba. La madre que recuerda a su
hija muerta, pensó que ella estaba cambiando porque notó
cierto endurecimiento emocional que achacaba a que el
nieto comenzaba a quererla mucho, el niño al que la
madre se veía obligada a dejar por largas temporadas
pero que finalmente hubo de dejar por siempre. Ese miedo
se le confirmó a la madre militante cuando la muerte la
atrapó. Las experiencias fueron marcando a toda una
generación de guatemaltecos que cohabitaron con la
muerte,
lo más
triste... el miedo fue más... no me duermo en las noches
y recuerdo...
Las
que perdieron a algún familiar y se comenzaron a
organizar, no partían de un miedo en abstracto, generado
por ejemplo por rumores, a la pérdida del hijo o hija,
seguirían las amenazas
en un
principio nos causó mucho dolor primero, verdad y luego
temor, pero no, no, vencimos el temor y seguimos
adelante.
Como
en Guatemala las amenazas no han cesado, como el miedo
parece que llegó para quedarse, la inseguridad priva en
cada una de las acciones
rápido
se vino a mi mente lo que me ha pasado a mí,
el
pasado de dolor no se fue, sigue cohabitando con cada
una de las víctimas de la guerra y sigue causando
estragos en la forma de vivir. La palabra tranquilidad
está ausente de su vocabulario. El ruido de un caro, el
ladrar de los perros, incluso el silencio de la noche,
recrean el clima de terror.
Es
inevitable el sentimiento de culpa en la mayoría de las
mujeres. Se da como cierto remordimiento de que los
hijos pagan la rebeldía de la madre, porque no tuvieron
la oportunidad de ir a la escuela, dice una, porque no
tuvieron una vida normal, piensa otra. Culpabilidad por
la muerte de la madre de un niño pequeño que siente que
no debió haberla dejado sola. Y aunque no es la norma,
también hay una mujer que no se siente culpable por la
muerte de la hija militante, ella fue la que escogió su
camino.
Y
aquélla mujer refugiada que una vez planteado el retorno
no quiso volver al lugar de donde salió porque yéndose a
otra parte donde
no
hubo tanta guerra o habría, pero nosotros no lo vimos
así, así lo pensé yo,
ella
sentía que la guerra se había quedado en el lugar donde
la dejó. Para hombres y mujeres el desplazamiento fue
una experiencia muy dura pero para las mujeres dadoras
de la vida, la carga era fuerte, entonces esa
angustia de andar ahí, de cargar a los hijos, de saber o
no saber si el marido vive era un gran martirio para las
mujeres. Hubo quien murió por los problemas
derivados de la preocupación.
Impresionante es la cantidad de miedos que se rescatan
de entre tantas palabras así como
lo que
nos pasaba nos daba más fuerza para seguir adelante,
vencimos el temor,
y no
estamos hablando de un miedo fácil de describir, estamos
hablando de gente que vio, que supo, que sintió
cercanamente la política represiva difícil de narrar. Es
evidente que ese miedo se quedó grabado. Algunas
tuvieron tiempo de sentir dolor, pero el miedo era el
que se imponía, para actuar o para dejar de hacerlo,
otros sentimientos vinieron después. Son muchos los
miedos que ellas han ido venciendo, pero muchos también
los que quedan. La gente sigue con miedo y no se atreve
a salir, a buscar apoyo, a tratar de organizarse, no es
la indiferencia, es el miedo lo que les impide actuar.
Una de las razones es sin duda la impunidad y la otra,
es que sigue fomentándose esa política de temor pues el
aparato represivo continúa matando gente y corriendo
rumores sobre lo que puede suceder.
Las
demás mujeres no quieren venir porque les da miedo,
no es
en pasado que se habla, el miedo sigue presente, en
jóvenes y viejos, en mujeres y hombres, en el campo y en
la ciudad.
Entre
tanta desolación llegar a decir que
la
mayoría teníamos que hacer la lucha de alegrarnos, de
mantenernos la moral en lo alto
significa que no es fácil vencer la resistencia cuando
se opta por la vida, aunque se siga con miedo, a pesar
de que prevalezca la desconfianza, se aferraron a la
vida y son un testimonio de que increíblemente se
encuentran vivos. Tienen problemas de salud relacionados
con el miedo, con las tensiones, con las preocupaciones,
que ningún acuerdo de paz contempló
no he
tenido la posibilidad de ver si todavía tengo remedio.
Los
daños a la salud de las mujeres campesinas, pobres y
solas, no son tema de preocupación (lamentablemente para
nadie, en las rondas de negociaciones) cuando una mujer
me señala que la mente se le va, hay que verla para
comprender lo que quiere decir, hay que estar cerca de
ella cuando se le fue la mente para entender que se les
dejó literalmente abandonadas, el miedo entró en su
cerebro y no se fue, pasan los años y su mente prefiere
irse de ese cuerpo adolorido y ella se va acostumbrando
a vivir sus ausencias de sí misma, sin llegar a saber
si
todavía tengo remedio.
No
encontrar la palabra que describiría cómo se sienten
para concluir que lo que inundaba su ser era el
sufrimiento. Salían de un miedo, de sufrir y entraban a
otro sufrimiento
las
mujeres nos fuimos quitando el miedo
y
hablaron y exigieron, pero cuando dicen
sufrimos un tiempo
es
claro que no es el dolor el que marca su vida, sino la
resistencia, y saber sobreponerse, gracias, en parte, a
la organización que fueron armando. La represión empujó
a las comunidades del campo guatemalteco a irse, pero
después hubieron de enfrentar otra disyuntiva que las
llevó a cuestionarse si continuaban como desplazados o
si se iban a México. Para algunos, irse de Guatemala era
como
traicionar a la madre patria,
para
otros, lo importante era conservar la vida y con ella
continuar la lucha. Los que cruzaron la frontera fueron
bien recibidos por sus iguales mexicanos
la
gente se compadeció mucho de nosotros y entonces nos
aceptaron.
Y es
cierto que sufrieron, pero sobre todo muchas de ellas
valoran la importancia de estar organizadas.
¿Nos íbamos a quedar igual o íbamos a echar a andar lo
que aprendimos?
Una
primera pregunta que surge después de escuchar historias
varias de mujeres diversas y su experiencia con la
guerra, tiene que ver con saber si lo vivido ha valido
la pena, si los costos se equiparan a los beneficios, si
el balance que ellas hacen, como mujeres, sobre el
tiempo en que la violencia se enseñoreó en su
cotidianidad es positivo o negativo. Y aunque las
respuestas varían dependiendo más que nada de las
pérdidas humanas con las que cuentan (el esposo, algún
hijo o hija, por ejemplo) y de que pareciera que lo que
priva es la desesperanza, rescatando los testimonios
podemos rastrear otras perspectivas de cómo ellas han
ido reinterpretando esas pérdidas y de la fuerza que
adquirieron al formar parte de una organización. También
debemos subrayar que mucho depende de la opción que
tuvieran frente a la guerra, esto es, como vimos páginas
atrás, si ellas se incorporaron a alguna organización
armada clandestina con el objetivo de tomar el poder, de
cambiar el sistema político y económico de su país, de
aportar para mejorar las condiciones de vida, su idea
gira en torno de (ante lo inevitable de la guerra)
comprender y analizar que el camino que siguieron era el
único y que así hay que valorarlo y en ese marco
interpretar los resultados. Si por otra parte, la guerra
las arrastró y no les quedó otra vía que actuar una vez
inmersas en ese remolino, su reflexión gira más en torno
a lo inútil de tanta sangre derramada pero aún así,
ellas valoran ampliamente lo que significa su
experiencia organizativa, lo que aprendieron en esos
años difíciles que les generó una nueva perspectiva de
vida, de la cual ya no pueden desprenderse, a pesar de
las dificultades, a pesar de que se hable de la firma de
unos acuerdos de paz, pero que esa paz no forme parte de
la vida diaria.
Considero que la madre que perdió a su hija militante,
lamenta que la lucha por la que ella dio la vida, no
llegara al final deseado,
nunca
se imaginaron que íbamos a perder
y aquí
se puede pensar que se apostó por una causa que
efectivamente llevara al triunfo, pero también queda la
interrogante de qué tan bien se prepararon para lograrlo
y si los costos podían haberse reducido. Fueron muchas
las muertes (que se sabe forman parte de la guerra) y ya
no pensando en cada bando en el que se encontraran los
actores de la experiencia bélica o de las expectativas
puestas en ésta, sino como país, es importante analizar
la situación a partir de todo lo que murió con la
guerra, desde allí debería darse la reflexión. No se
tomó el poder por los rebeldes, la guerra popular
prolongada fue en extremo prolongada y la política
contrainsurgente no conoció freno, pero tampoco logró
derrotar a las guerrillas; la esperanza del cambio se
fue diluyendo no así el recuerdo de los muertos que se
fue fortaleciendo, no se podía pensar que la sangre
derramada abonó una mejor sociedad, no hay ese consuelo,
la muerte no trajo mejor vida para los que quedaron.
Antes bien, la conclusión es la contraria.
Nos
han quitado la esperanza,
pero se las quitaron no sólo las fuerzas represivas,
también se las arrebató el grupo rebelde en el que la
habían depositado, y a pesar de esta conclusión muchas
mujeres siguen participando, siguen actuando. Por su
parte, la madre de un desaparecido afirma que
la
esperanza nunca la hemos tenido completa,
estas
madres luchan por la aparición de todos los
ausentes que se llevó el poder sabiendo de antemano lo
difícil que sería encontrarlos, no sólo por lo que se
sabía hacían con estos perseguidos, sino también porque
su actividad cuestiona a culpables que no son castigados
y a los que nadie asume abiertamente como tales. Con la
impunidad prevaleciendo, ellas siguen esperando que las
cosas mejoren, pero sabiendo que el ejército está detrás
y los riesgos que esto implica. La magnitud de la
represión queda evidente cuando ella dice el primer
logro es que todavía estamos aquí contando la historia,
afirma no tener grandes logros porque el objetivo
principal: la aparición de los desaparecidos, sigue
siendo difícil de conseguir. Aunque esto es cierto,
también podemos rescatar lo que para muchas mujeres
significó tener un espacio al cual acudir para denunciar
primero la desaparición de su esposo, de su hijo y
después para exigir que se lo devolvieran. Espacio en el
que se vieron con el mismo rostro de desesperación pero
en el que también comprendieron que no estaban solas,
que no eran las únicas y que podían unirse para
compartir su dolor y transformarlo en lucha, y así lo
hicieron. El discurso fue cambiando y ahora lo que piden
es la aparición de los restos, no hay ninguna certeza,
pero no parece ser que alguien piense que los van a
encontrar con vida, y el duelo les hace tanta falta.
Promover los derechos humanos es otro de los logros de
estas mujeres además del respaldo de la comunidad
internacional. No han cumplido su principal objetivo
pero tienen otras conquistas de las cuales sentirse
orgullosas, aunque el duelo se siga postergando, siga
pendiente. Y todavía más, a pesar de que ella sabía que
su hijo no aparecería, yo continué en la lucha.
Este es un ejemplo de que una vez que algunas mujeres se
incorporaron a cualquier forma de organización, no
luchaban sólo por su objetivo inmediato sino que
siguieron participando. Encontraron un lugar en su vida
que las transformó y del cual no desean salir.
La
idea de estar organizadas fue creciendo en muchas
mujeres que enfrentaron de diferente manera a la guerra.
Sufrieron y aprendieron
en
medio del sufrimiento también fue un aprendizaje para
nosotros, nos sirvió bastante;
la
idea de no quedarse en el lamento es muy importante en
este contexto. Las mujeres que salieron al refugio,
aprendieron una forma de vida que les fortaleció mucho y
que asimismo les abrió un horizonte nuevo que quisieron
traer de nuevo a Guatemala, por eso es ella, una mujer
refugiada, quien nos dice que podían seguir igual o
echar a andar lo que aprendieron, porque además, no
podían quedarse como si nada hubiese pasado, las huellas
de la violencia, del desplazamiento y de la muerte no
son erradicables; sentarse a llorar era más fácil y
continuar viviendo representaba un reto. Sobrevivieron
masacres que costaron muchas vidas, así que empezaron a
trabajar para vencer primero la desolación y después
comprobar que a partir de organizarse, los logros
podrían ser más realizables. La identidad de encontrarse
en un país diferente al propio, de llegar huyendo, de
escuchar los bombardeos, de saberse pobre y finalmente
desconociendo los derechos, se fue fortaleciendo para
dar paso a mujeres nuevas, a mujeres organizadas que
ganaban un espacio novedoso, que de muchas maneras las
enriquecía. Incluso, cuando volvieron a Guatemala
tuvieron diferencias con las mujeres que no habían
salido y que no compartían tan rica experiencia
organizativa. Había algunas que pensaban que la
organización en el refugio era coyuntural, que sólo
obedecía al momento, yo regresé a Guatemala pensando
en ya no trabajar pero no fue así, la necesidad de
estar organizada es más fuerte y sigue latiendo.
Una
constante es que una vez que las mujeres desean
organizarse, lo primero que deben vencer es la
resistencia de los hombres de la familia y después una
serie de chismes que para muchas es difícil superar
siempre hay pleito con las casadas, con la participación
y con las mujeres casadas siempre tienes problemas.
Eso no detiene a las convencidas que desean incorporar a
las demás, ni siquiera las amenazas que no cesan han
sido un motivo tan fuerte como para desmoralizarlas,
saben que la violencia no quedó atrás y particularmente
aquellas que están organizadas desafiando el poder como
las del GAM o CONAVIGUA, viven en un clima de
hostigamiento constante, tenemos que intentar a ver
dónde llegamos, porque como ella misma dice, el
problema sigue, así que lo mejor es luchar para cambiar,
a pesar de que se sabe que el camino no es fácil. Los
desafíos comienzan en casa, pero van más allá porque al
estar organizadas están cuestionando una serie de
elementos que tienen que ver directamente con el poder,
el de los hombres sobre sus mujeres y el del gobierno
sobre los pueblos.
La que
fue militante urbana del EGP sabe que fue suya la
decisión de incorporarse a la guerra pero lo ve como una
decisión impuesta por las circunstancias; su
participación política la hace sentirse satisfecha y
aunque sabe que en Guatemala las situación actual no es
buena, considera como logro de la guerra lo poco o mucho
que se haya ganado. Esto hace una gran diferencia, no es
lo mismo que la violencia te arrastrara a que formes
parte de una violencia organizada.
Un
proceso largo tiene que ver con cómo se sienten ellas
como mujeres, ellas se saben mujeres y la conclusión a
que llegan es que no es igual, pues somos mujeres,
algunas de sus ideas se relacionan con cuestiones de
discriminación real como la que tiene que ver con el
derecho a la tierra. Ser una mujer propietaria de la
tierra no tiene que ver con una costumbre, ni para ellos
ni para ellas, presupone que se puede tener acceso a
créditos y una mujer campesina no es sujeta a éstos y
aunque pudiera serlo, gracias a algunos acuerdos, para
ellas no es fácil tocar esa puerta si son mujeres solas,
a veces, si tienen un hijo varón lo hacen pero si no,
prefieren no hacerlo tenemos miedo porque no existe
con qué pagar. Si bien el miedo a la violencia no ha
desaparecido por completo, ahora hay que aumentar el
miedo que da la incertidumbre económica. Por ello
algunas organizaciones como las de las refugiadas, se
han ido transformando también en instancias que ayuden a
mejorar las condiciones diarias de la vida. Mientras no
se logre garantizar la subsistencia de cada día, la
organización de las mujeres queda como algo difuso, sin
sustento material y por tanto difícil de conservar.
La
subestimación de otros hacia las mujeres y de ellas
mismas es algo que lograron ir venciendo al estar
organizadas, no sólo al ir conociendo sus derechos sino
también al irse descubriendo como capaces de salir de su
ámbito doméstico para penetrar a actividades nuevas.
Como mujeres que no buscaron ser hombres sino que se
descubrieron como sujetos sociales capaces de avanzar y
de demostrar fortaleza, primero a ellas y después a los
otros. Nos encontrábamos con otras mujeres igual que
nosotras.
Hay
que entender estas formas organizativas en el contexto
de la guerra y la fuerte violencia. Mujeres que salieron
con muchos más huyendo de las bombas, del fuego, del
ejército, y que al descubrirse vivos comenzaron a
organizarse, primero para conservar la vida y después
para hacer esa vida menos difícil: la alimentación, la
seguridad, la salud, todo en aras de conservar la vida.
Una vez que las mujeres comenzaron a organizarse y que
les pareció una experiencia importante, ellas mismas
trataron de que otros hicieran lo mismo. La cuestión
es unir nuestras voces… y no vivir lo mismo. Sobre
todo eso es lo que queremos, que las mujeres ya
puedan hablar, que digan cómo lo quieren, descubrir
que la voz tiene importancia, que hay que usarla y saber
que será escuchada.
Como
familiares de desaparecidos, como desplazadas, como
guerrilleras, como viudas, simplemente como mujeres
violentadas que buscaron la manera de encontrarse, se
juntaron con otras como ellas y se organizaron. Gracias
a esta experiencia no son víctimas pasivas, son mujeres
organizadas con una identidad que primero es de mujeres
y después vendría lo otro: mujeres viudas, mujeres
desplazadas, mujeres refugiadas, mujeres madres, mujeres
militantes, etcétera.
Ellas
se encontraron a sí mismas en la organización y sólo
entonces fueron capaces de valorarse y construirse.
Ya tuvimos experiencia y hay que luchar para que esto
cambie.
El
tiempo no se detiene en Chiapas
Como ya he mencionado, el que no haya enfrentamientos en
el estado de Chiapas entre ambos ejércitos, no significa
que no se viva un ambiente bélico, pero sin duda, los
resultados son diferentes. Un ejército que se preparó
para la revolución pero que no está combatiendo, no
tiene mucha razón de ser. Los diez años de preparación
para la guerra significaron apoyo, entrenamientos,
disciplina, estudio, clandestinidad y por supuesto un
proyecto a futuro; los diez años posteriores marcan una
gran diferencia y creo que la principal es que es
ejército rebelde está desmovilizado ¿dónde están los que
serían los combatientes cuando no se contemplan combates
en puerta? Esas mujeres que optaron por la vía de las
armas, que salieron de sus comunidades para ser
militares de tiempo de completo, que rompieron tantos
esquemas y roles tradicionales ¿qué espacio pueden
ocupar? ¿Pueden volver a esas comunidades donde la
tradición pesa como la pobreza? ¿Pueden mantener un
espacio que descubrieron fuera del lugar donde
crecieron, al volver? ¿Ganaron o perdieron en su vida
cotidiana? ¿Fue la guerra un catalizador?
Pero no sólo encontramos a mujeres indígenas que se
volvieron militares, otras mujeres también sufrieron
modificaciones en su identidad al vivir momentos de
guerra. Retomando la idea de la violencia, para la
mayoría de las mujeres de Chiapas con las que conversé,
ésta no viene a su mente a partir de enero del 94, la
violencia forma parte de sus vidas desde siempre. Por
ello voy a rescatar sus palabras cuando recrean el
contexto violento en que han nacido, crecido y
sobrevivido, el mismo que desean romper a partir del
pensamiento zapatista.
Así como en Guatemala la palabra pérdida es la
que más se repite, en Chiapas la frase que más brota en
las mujeres es tenemos palabra. Ellas quieren
hablar y quieren ser escuchadas, muy comúnmente señalan
que no tenían palabra pero que ahora la tienen y piensan
utilizarla, ya no desean dejarla.
En
lo que toca a la organización revolucionaria, el momento
actual no da margen para muchas palabras. Sentimientos
encontrados marcan las reflexiones de las mujeres. Una
mezcla de esperanza e incertidumbre así como desilusión
en algunos casos, da forma a los testimonios que se
narran en presente. Presento el mosaico de voces de las
mujeres que dieron forma a este apartado: cuatro ex
integrantes del Ejército Zapatista de Liberación
Nacional (EZLN), de ellas, tres viven en una ciudad y la
otra, tzotzil, se reintegró a su comunidad como
promotora de salud en 1996. De las tres restantes, una
de ellas, chol, ya hablaba español antes de incorporarse
al ejército zapatista, sabía leer y escribir así que
ahora trabaja en una Organización no Gubernamental
(ONG), las otras dos, que aprendieron español en la
montaña así como a leer y a escribir, no volvieron a sus
comunidades y ahora trabajan como empleadas domésticas
de mujeres que a su vez trabajan en alguna ONG. Las
cuatro se casaron con hombres que conocieron en su vida
clandestina, tienen pocos hijos, no mas de dos. Sólo la
que volvió a su comunidad continúa con un trabajo
organizativo; las otras dos se desmovilizaron pero no
tienen resentimiento con la organización revolucionaria
y dicen sentirse dispuestas a volver al ejército si éste
las llamara, la otra, tuvo problemas y por ello salió y
se encuentra muy decepcionada.
Dos mujeres urbanas que comenzaron a militar en la
iglesia, una religiosa, varias indígenas, una de ellas
empleada doméstica. Salvo dos mujeres, las demás han
encontrado en la participación organizativa un nuevo
sentido a su vida, saber que tienen derechos es un
descubrimiento fundamental para luchar, para cambiar,
para encontrarse, para redefinirse. Las mujeres urbanas
fueron fuertemente violentadas y ello las empujó a
buscar una solución a su vida de mujeres golpeadas.
Salir de casa
No se dice nada nuevo
cuando se habla de la obligatoriedad del matrimonio en
muchas comunidades indígenas de Chiapas, del trabajo
infantil, de las responsabilidades que se van
adquiriendo desde muy temprana edad y por supuesto de la
violencia intrafamiliar. Lo que deseo rescatar de los
testimonios es cómo ese escenario adverso llevó a varias
mujeres indígenas a salir de su espacio, de su casa,
buscando romper con un destino al que comenzaron a
cuestionar. Algunas de estas mujeres encontraron un
nuevo horizonte primero al penetrar a un trabajo
remunerado, y después al incorporarse a alguna forma
organizativa que les retribuyó un nuevo sentido en su
vida. Pero el punto de partida era dejar lo que parecía
inevitable.
La migración
económica de ser mayoritariamente masculina unos años
atrás, se fue volviendo mixta; mientras que ellos
aspiran a trabajar en la construcción o en algunos
servicios como chóferes, ellas piensan en la ciudad para
ser trabajadoras domésticas
Ahora yo no vivo en
mi comunidad porque necesitamos dinero; todos en mi
comunidad se van para conseguir trabajo porque ahí no
hay dinero. Los hombres se van a trabajar a Cancún en la
construcción y las mujeres, ellas se quedan a cuidar de
la casa, de los niños y otras nos vamos al trabajo de
las casas, pero no mucho las mujeres salimos, más se
quedan en la comunidad y los hombres se van de chóferes
o a la construcción a Cancún.
El
matrimonio muchas veces no es visto como una opción,
como un derecho, sino como una obligación.
Como
yo no me quería casar fui a decirle a la maestra, la que
fue mi maestra en la primaria, le dije que no me quería
casar y que mi papá ya me había dado.
Esta
mujer, joven e indígena se atrevió a decir no, pero no
podía hacerlo sola, buscó a quien le tenía confianza
para que la apoyara, en este caso fue su maestra de
primaria. La maestra efectivamente le ayudó a romper el
destino que parecía inevitable, invitándola a ser su
empleada doméstica, otro que también parece ser un
camino para aquellas mujeres que se atreven a salir de
su comunidad. Pero esa joven que dijo no, fue amenazada
con que sería robada, entonces ella necesitó no sólo el
apoyo de la maestra que se la podría llevar a la ciudad,
sino el del padre, y lo obtuvo, pero
como yo le dije mucho a mi papá que no quería casarme,
entonces él fue a la casa, y como no querían recibir el
dinero, entonces él lo dejó en la mesa. Yo creía que mi
papá no me iba a apoyar pero luego que yo le dije, buscó
a los papás para que recibieran el dinero.
Ella
se fue de casa huyendo de la obligatoriedad del
matrimonio, se fue de empleada doméstica, no siguió
estudiando, cambió su rutina de trabajo y siente que
escapó a los golpes que los hombres siempre dan a las
mujeres, pero el padre la apoyó, y ella así lo valora.
Salir
del espacio habitual se convirtió para muchas mujeres en
un reto, y la que lo consiguió, no sólo dejó un espacio
físico, sino que rompió con una serie de ataduras de las
que difícilmente podría desprenderse quedándose en la
comunidad. Hay algunas mujeres que logran cuestionar no
sólo el matrimonio no elegido, sino la vida de trabajo y
golpes que trae aparejada la cotidianidad en el campo Soy
originaría de San Pedro Chenaló, en la cabecera. Ya
llevo aquí, como veinti… tantos años que estoy aquí. Me
vine aquí como en ochenta y dos, vine aquí a San
Cristóbal. Era por necesidad, por lo que me vine de
allá, pues no había trabajo y tuve que salir huyendo de
mi casa porque yo no quería quedarme, yo no quería ser…
ser campesina, no quería ser como ama de casa, cargando
hijos y sufriendo golpes del marido.
Pero
para salir no se podía pedir permiso porque éste no se
obtendría, entonces salía huyendo, y si las cosas no
eran como se planeaban, el regreso no formaba parte de
los nuevos proyectos.
Trabajar como empleada doméstica significó para muchas
mujeres un ingreso monetario al que no estaban
habituadas pero también una nueva forma de mal trato, el
que venía de la dueña de la casa y muchas veces también
del esposo de ésta, añadiendo la posibilidad de abuso
sexual. Una mujer joven, recién salida de la comunidad y
por lo tanto monolingüe, pero que se atreve a irse a
donde no conoce, a donde no le entenderán es, de
entrada, una mujer valiente que carga con la conciencia
de que lo que encontrará, no puede ser peor que lo que
tiene. Cuando yo salí de mi comunidad, tenía yo 16
años. Pues tampoco yo no lo entiendo por qué quise
salirme de la comunidad, bueno creo que yo así lo decidí
como que desde, desde antes, cuando estaba yo pues más
chica como de ocho años, diez años, como casi ya lo
tenía ya en la mente que yo no me voy a quedar aquí,
pues yo me voy a ir a buscar mi trabajo ¿no? pero nunca,
nunca pensé si tengo que sufrir, no, como que no, eso no
lo pensaba yo… pero volver a la comunidad, ya no.
¿Qué
es lo que se aprende fuera de la comunidad? Primero, y
ello abre muchas puertas, otra lengua, la de la mayoría,
ellas comienzan aprendiendo español y van ganando
confianza en sí mismas, pueden entender y pueden decir.
También descubren que no tienen que casarse tan jóvenes
ni tener tantos hijos y por esta nueva experiencia son
mal vistas, pero algunas también son admiradas por ellas
mismas cómo fui tan fuerte y tan valiente de salir de
mi comunidad a pesar de que yo tenía el niño chico,
esto es, se valoran, se significan en otro contexto y
reconocen que lo que han hecho es digno de contarse.
Para
una ex zapatista, la salida de la comunidad significó
mucho porque aprendió español, pero no en donde nació,
sino
en la
comunidad a la que me fui, no en mi comunidad, porque
allí lo que se aprende es a tortear, a moler el maíz, a
trabajar en la milpa, no se aprende nada.
Para ella salir e incorporarse a la organización
significó descubrir otros espacios en los que no hubiera
podido incursionar al quedarse. Fue su padre quien la
invitó a unirse a las filas zapatistas porque no
había otro camino; pero el ejército rebelde se
desmovilizó y ella no regresó a su comunidad, ella se
fue a una ciudad, pero como no tenía estudios previos,
había terminado la educación primaria y a decir de ella,
sólo aprendí a escribir mi nombre, ¿en qué podría
trabajar si lo que aprendió después de tortear fue
entrenamiento militar? El español vino después, así que
en la ciudad, ella, al dejar las armas, toma la escoba
para volverse empleada domestica de mujeres vinculadas a
ONG y está contenta, porque a la comunidad no quiere
volver vivir en los pueblos es muy difícil. Y
aunque otra afirma que le gustaría trabajar en otro
lugar, dice que no sabe hacer otra cosa. Argumenta que
la razón por la que no desea volver a su comunidad es
porque ahora tiene hijos y quiere darles escuela, quiere
que tengan educación y esa sólo la puede encontrar en
una ciudad.
Pero
el español para las que fueron militares de las filas
zapatistas no sólo significó el uso de una nueva lengua,
también
yo creo
que algo bueno de haber salido del pueblo es que
aprendimos a vernos como mujeres, de otra manera,
diferente a como estamos en la comunidad, es mejor para
ellas, para las mujeres, las cosas que aprendimos fuera
de la comunidad, no sólo el español que lo podemos
hablar, sino que hablamos, podemos hablar lo que
sentimos, lo que queremos, lo que pensamos.
El uso
de la palabra para transmitir emociones y deseos.
Transformar en palabras lo que vive en sus mentes y
corazones es un logro que ellas valoran ampliamente.
Estas
mujeres que nacieron indígenas pero que ya no viven en
una comunidad, tienen menos hijos, y ellas mismas lo
aprecian como un logro si estuviera allá ya tendría
un montón de hijos, las que estuvieron en la montaña
con los zapatistas esperaron para tenerlos, una de ellas
tiene ahora treinta y dos años y ha tenido sólo un
parto, otra, con veinticuatro no está pensando todavía
en embarazarse. Ambas se casaron con compañeros de la
organización y piensan que en la comunidad, allí
tienes que tener hijos. Pero como ellas estaban en
la lucha, los hijos quedaban para otro momento. Otras de
las que migraron, no tienen más de dos hijos.
Un
cambio también tiene que ver con algunas tradiciones
como el uso del traje ¿lo abandonan fuera de la
comunidad? La mayoría de las mujeres indígenas que
migran a alguna ciudad dejan el traje. Primero porque al
integrarse como empleadas domésticas, a muchas de las
patronas no les gusta que lo usen y ellas lo dejan, pero
no es ésta la única razón
yo ya no
uso más el traje, ahora siempre traigo pantalón, es más
cómodo, ni cuando voy a la comunidad me lo pongo, ya no
lo uso.
Para
otra yo dejé el traje desde que salí de la comunidad,
pero cuando voy, cuando voy a visitar a la familia,
entonces me pongo el traje, sólo allí lo uso, me gusta
ponérmelo en la comunidad. Diferente significado que
puede tener el traje. Algunas que salieron ya no lo usan
pero lo refieren en relación a la comodidad de portar
otro tipo de ropa, pero para otras el traje es usado
sólo dentro de la comunidad, si vuelven a visitar a la
familia, se lo ponen, si no, ya no lo usan.
Desde
que estoy aquí, en San Cristóbal cambié mi ropa, allá
uso una blusa floreada y una falda larga, pero desde que
estoy aquí cambié por esta ropa; pero cuando voy a mi
comunidad me la pongo otra vez porque no les gusta que
me ponga otra. Yo me siento más a gusto con esta ropa.
También el pelo lo cambié, allá lo usaba trenzado y con
su listón pero aquí lo puedo tener de otra manera.
También me lo quiero cortar pero mi mamá no quiere. De
por sí, cuando se viene a trabajar sabemos que muchas
señoras no quieren que usemos el traje así que lo
cambiamos, de por sí.
Esto
también debemos enmarcarlo en el contexto racista de
vivir en una ciudad donde el indígena es menos, es mal
tratado, es despreciado, discriminado y dejar un
elemento que lo significa como indio es quizá como si se
quitara de encima una razón para ser considerado menos.
La
violencia hacia las mujeres aunado al consumo desmedido
del alcohol es una razón de peso para que algunas
mujeres quieran irse,
hay
pocos hombres que no pegan, pero casi todos pegan, por
eso yo me salí de la comunidad, porque no quería que me
pegaran,
incluso una vez que ella tiene la certeza de que no se
le debe golpear, piensa que de nada sirve, que podría
hablar con el hombre que se fuera a casar sé que le
puedo platicar que no me pegue pero no me va a oír.
Así que la violencia diaria es una pesada carga que
algunas mujeres ya no desean traer a cuestas.
La
violencia de siempre y una más
La
violencia en Chiapas no apareció con la guerra. Aquí, y
a partir de las palabras de las mujeres, me gustaría
referirme a dos formas de violencia que a ellas las han
marcado fuertemente, la primera, la de siempre, la que
parece no tener principio ni fin, la que se vive con
sufrimiento y resignación pero que se comienza a
cuestionar fuertemente; la otra, la que llegó con la
presencia del ejército pero que, a diferencia de
Guatemala, para muchas de las mujeres en Chiapas no ha
diluido a la primera.
Las
violaciones sexuales dentro de la comunidad son una
constante, muchas mujeres han sido violentadas y además
de la impunidad que prevalece pues el culpable nunca es
castigado, ellas deben cargar un hijo y olvidarse del
matrimonio, a menos que sea con un viudo. Pasan lo que
muchas otras, primero se les cuestiona si no serían
ellas las culpables de que el hombre tuviera relaciones
sexuales con ellas, como generalmente tal es la
conclusión, entonces no hay delito que perseguir, en
ocasiones ellas son apoyadas por la familia pero otras,
toda la comunidad las repudia.
Porque
él dijo que porque yo me había ofrecido, como siempre
¿no? después se lavan las manos y dicen que una es la
culpable y todo eso, entonces francamente mi palabra no
me la creyeron, pues sí fue acusado, pero no lo
castigaron.
Hablar
de la violencia significa recrear una serie de vivencias
demasiado cotidianas, pues la verdad, como siempre he
vivido las violencias ¿cómo me he dado cuenta? ¿cómo?
pues yo desde chiquita o desde mi comunidad yo he visto
toda la violencia,
que lleva aparejada la impotencia. A esa violencia no se
le ve el fin como tampoco el comienzo. Mujeres que
migraron la cuestionaban desde que estaban en su entorno
habitual, sin haber sido aconsejadas, algunas lograron
cuestionar una costumbre que parece inamovible, que
forma parte de la vida, como el alcohol, como los
chismes, como los hijos.
Los
chismes son una pesada carga en la vida de las
comunidades. Lo que dicen los otros, las otras, lo que
le cuentan al esposo, al padre, le metieron chismes y
se me fue, me quedé con un bebé y estaba yo embarazada
otra vez. Porque ella quiso comenzar a participar y
su actitud se veía como la de una transgresora que
merecía ser señalada y condenada, y qué mejor que la
calumnia que viene con los chismes porque ya la gente
nomás estaba hablando muy mal de mí y me fui con él,
se casó con un hombre al que no quería para ver si con
ello evitaba lo que la gente decía. Una mujer sola es
sujeto de muchos comentarios negativos, al igual que la
maternidad, el destino del matrimonio no se cuestiona y
aquélla que no arriba a ese fin, por elección propia, es
criticada. Y llenan pues los chismes de la comunidad
¿no? lo vimos paseando, lo vimos que, que está saliendo
a caminar al medianoche, entonces que no es cierto ¿no?
entonces que ni, ni salimos a pasear ¿no? entonces nomás
el trabajo que estamos haciendo y entonces como le digo
a mi papá, pues si lo creen, o sea total ni es cierto.
No es cierto pero pesa.
Las
mujeres que a partir de la iglesia católica comenzaron
una reflexión de su realidad, encontraron en la Biblia
la respuesta a sus interrogantes pero también la
solución. La Coordinadora Diocesana de Mujeres (CODIMUJ)
se convirtió en un espacio femenino para cuestionar la
subordinación, pero primero, cuestionar la violencia.
Bueno
para mi, empecé yo a luchar con las mujeres por lo mismo
que nosotras las mujeres vivimos que es la violencia.
Yo, la mera verdad, al principio, yo vivía yo la
violencia porque tomaba mucho mi esposo y de ahí, ya no
me sentía yo bien, como que no encontraba yo salida, ya
estaba yo desesperada, como que pienso yo matarme porque
dicen su puta madre no te vales, eres mujer, no vales
nada,
y
sería lo que ella llama la palabra de dios lo que la
ayudó a saber que sí vale, porque comenzó a perder el
miedo. Descubrir que la virgen María era mujer pero a la
que todos valoran, le abrió los ojos para verse a sí
misma como mujer que tiene un valor, aunque muchos digan
lo contrario.
La
violencia doméstica no es exclusiva de las comunidades
campesinas en Chiapas, al grado que una mujer urbana de
Comitán llegó a afirmar
así
que yo no conozco una mujer que no haya sido golpeada…
sí casi todas, cuanta mujer he conocido ha sido
golpeada.
Esta
es una aseveración muy fuerte, como decir que no conoce
planta sin flor, como que es parte del paisaje. Ella
huyó más lejos, se fue a la ciudad de México para
escapar de los golpes, cuando volvió también encontró en
la palabra de dios la herramienta para cuestionar la
violencia porque comenzó a tener conciencia de que
las mujeres tenemos derechos, de que las mujeres nos
teníamos que defender. Su vida comenzó a cambiar
entonces, pero no a la par de la de su compañero, así
que lo dejó. Ese parece ser el destino de la mujer que
cuestiona, quedarse sin pareja porque ellas van
cambiando solas.
Hay
mujeres que reflexionan que después de vivir tantos años
violentadas, ellas mismas asumen la misma actitud con
quien se puede, con los hijos, con las nueras, con quien
puedan descargar la impotencia de ser la víctima. De
allí la importancia de comprender y cuestionar ese
ambiente que daña fuertemente a las familias.
Ahora
hay quienes piensan que otras deben conocer lo que
ellas, saber que existen derechos y que pueden exigirse.
A esta
violencia hay que añadir la que llegó con el ejército y
los grupos paramilitares. Esa, a la que muchas llaman
otra violencia. A las mujeres que estaban
participando en alguna forma organizativa, fuera de la
iglesia, fuera productiva (talleres artesanales,
panadería, una tienda colectiva) se les ubicó como
subversivas, se les acusó de ser zapatistas (como en el
contexto de la guerra fría ser comunista era la peor
acusación que se podía lanzar, en el Chiapas actual, ser
zapatista es una acusación que trae implícitas muchas
amenazas y miedos) por ser las que se juntan, se reúnen,
discuten, y por supuesto opinan y toman partido
si
no dejan de participar, les voy a agarrar porque ya los
conozco muy bien, que son ustedes, que hablan mucho.
Ese es
el riesgo que corre cualquier poder, que hables, que
cuestiones, que digas tu palabra.
Como
ya mencioné, las mujeres con las que platiqué hablan de
la violencia diaria más que la que llegó aparejada con
el ejército. Dicen que supieron que han violado mujeres,
que se ha incrementado la prostitución, que los
militares armados, cuando están tomados, llegan a
balearse en la calle con cualquier otra persona, que
incluso se han incrementado los precios en los mercado
porque ellos consumen más, pero todo lo cuentan a partir
de las cosas que han oído. Sólo una religiosa me hablo
de problemas vinculados a la violencia sexual
sabemos que en los retenes violaron mujeres, eso pues
nosotros lo sabíamos, las mujeres… eso nosotros no lo
podíamos denunciar directamente porque las mujeres
directamente agredidas pues no quisieron,
quiere
decir que este problema es mucho más fuerte de lo que se
sabe. Veamos ahora cómo sienten la presencia de
ambos ejércitos.
Los
ejércitos
Lo
primero que sucedió cuando apareció públicamente un
ejército declarando la guerra al gobierno mexicano, es
que comenzaron a correr muchos rumores.
Cuando
pasaron los zapatistas por mi comunidad me acuerdo que
la gente decía que había que esconder el dinero porque
venían a robarnos, nos decían que venían unas personas
malas, que te comen, que comen los animales, que van
violando a las mujeres, que teníamos que escondernos.
Después descubrieron otras cosas, que no pasaban
robando, que invitaban a unirse a la guerra, que eran
muy pobres. Nos daban miedo los zapatistas, tenían la
cara tapada, pero ya después entendimos que no nos hacen
nada, que no quieren nada malo, ya les creímos un poco,
los queremos ayudar pero tienen claridad de que una
guerra representa muerte y no se quieren incorporar a
ella, a pesar de la invitación, y la reflexión final a
nosotros ellos nos dan pena porque son pobres, ellos son
muy pobres, están caminando todo el tiempo, por eso
queremos ayudarlos porque sufren, como ellos son pobres
pues sí necesitan luchar, nosotros no somos muy pobres
pues tenemos animales.
Otro
de los rumores tenía que ver con que los zapatistas
venían a quitarles sus casas a quienes tuvieran más de
una, así que mucha gente no sabía como repartirse para
proteger sus propiedades. Hubo quien hizo maletas para
huir de la muerte que trae la guerra. El ejército
también soltó muchos rumores, sobre todo para hostigar a
la gente que consideraba podía apoyar a los rebeldes. La
diócesis era vista como enemiga. Como a muchos sectores
de la iglesia, particularmente a las religiosas de
Altamirano, les cayeron encima muchas acusaciones sin
fundamento. El pueblo se volcó a recibir al ejército
cuando entró a la ciudad como al salvador los primeros
días de enero del 94, y a las religiosas se les
consideró guerrilleras (como a Samuel Ruiz, como a otros
sacerdotes) y se les presionó de diferentes formas.
Entre el ejército y los ganaderos, los rumores tomaron
vuelo. Cuando llegó población desplazada a la zona (la
que previamente se desplazó por los rumores) también fue
utilizada por éstos para agredir a las religiosas.
Y por
supuesto el estado completamente militarizado y el
problema del tránsito. Las religiosas que se
convirtieron en centro de acopio debían sortear muchos
obstáculos en los retenes nos retenían tres horas,
bajando absolutamente todo lo del camión, revisando
todo, o sea absurdo. Una lata de leche en polvo cerrada,
que la empiezan a mover, y te dicen que esto pesa más de
lo normal. Ahora bien, ella afirma que a ellas, las
monjas, no se les agredió físicamente de ninguna forma.
Una indígena de Tenejapa que se habituó al paso por los
retenes, también fue encontrando formas de resistencia,
y aunque no nos guste, pues a veces les sonreímos y
así nos dejan pasar.
Una
mujer indígena habitante de San Cristóbal descubrió
aquel primero de enero, a mujeres de su comunidad entre
las insurgentes, ello le sorprendió mucho así que fue a
platicar con ellas en tzotzil. Quería saber por qué
estaban allí y la respuesta era
ya es
muchísima la violencia, lo que hacen las autoridades, no
somos tomados en cuenta y si pedimos algo pues siempre
somos pisoteados de los indígenas, entonces por eso
nosotros levantamos a los indígenas, que nos vean que sí
podemos levantarnos, podemos hacer una guerra.
Le
sorprendió mucho ver a mujeres armadas pero además le
dijeron que se fuera, que el ejército federal podía
aparecer en cualquier momento y que ella está desarmada,
que estaban esperando un enfrentamiento. Se asustó y
pensó en la muerte, pero también tuvo otra reflexión cuando
vi a esas mujeres, bueno, yo pensé algo… dije, es que sí
se puede hacer, entonces las mujeres pueden usar armas,
las mujeres también tenemos el derecho a levantar,
también las mujeres podemos hacer algo. Pero eso
fue en el 94, ahora se interroga sobre si los zapatistas
se arrepintieron o qué fue lo que pasó, como que algo
quedó incompleto.
Una
mujer que fue militante zapatista, ahora desmovilizada,
que regresó a su comunidad y se integró a trabajar como
promotora de salud, ella es testigo de cómo algunas
mujeres se dejan envolver por promesas de soldados y el
riesgo que corren de contraer alguna enfermedad de
transmisión sexual o de quedar embarazadas. Por un lado,
las familias priistas viven más de cerca con los
militares, los invitan a comer y estos enamoran a las
mujeres jóvenes y solteras (a veces también a las
casadas), ellos les dan dinero, dependiendo de la edad
de ellas, pueden ser cien o cincuenta pesos.
Algunas salen embarazadas, y tienen el hijo, solas.
Porque el soldado luego se va, se cambia y luego la
mujer queda ahí. En la comunidad, empiezan a decir
muchas cosas, a no pensar bien lo que se está haciendo y
además mismo el gobierno viene a chingar. O sea, en vez
de que el soldado lo proteja a la gente ellos llegan a
chingar. Así estas mujeres embarazadas entonces tienen a
su hijo y se quedan con su familia, algunas ya no se
casan y algunas sí se casan, porque los soldados que
están ahí son indígenas también, la mayoría, pero ya ves
que como tienen mujer, en otro lado, sólo para un rato
pues. Algunas de las mujeres que se van con los soldados
están casadas. Algunas se abortan porque no quieren
tenerlo porque saben que después no lo van a poder
mantener.
La idea que tiene otra mujer ex zapatista sobre el
ejército federal integrado por indígenas es interesante:
cuando regresé los volví a ver en el 96 y sentí coraje
de saber lo que los ejércitos hicieron cuando entraron.
No respetan, asustan a la comunidad, no respetan si
están de militar y también había muchos como nosotros,
indígenas como nosotros pero ya vestidos de militar ya
son otros.
Son otros.
Y agrega una idea que muchas otras repiten
yo pienso es que un poco bien haber hecho la guerra
porque el gobierno ya dice de justicia y libertad que
nosotros decimos antes.
Las palabras que los zapatistas pusieron en la boca de
muchas personas.
Por
último quiero mencionar la crítica que una mujer hace a
las bases de apoyo zapatistas, que sin ser parte de los
ejércitos, están identificadas con uno de los bandos. La
crítica surge, a decir de ella, de la inconsistencia
entre el discurso y la realidad. Ella considera que el
derecho de la mujer no se ejercía, pues los dirigentes
de las bases, sólo hablaban pero no cumplían, militantes
de la CODIMUJ que a su vez formaban parte de las bases
de apoyo, fueron presionadas para optar sólo por una
militancia, la segunda. La idea de rechazar toda
propuesta del gobierno, es vista por ella como que
ahí
son muy así cerrados y empecé también a ver que ellos no
daban apoyo, lo que veía yo es pura violencia hacia las
mujeres también, empezaron a violar las compañeras,
empezaron a darles hijos a las compañeras solteras, a
abusar de ellas, no respetaban lo que es el derecho de
la mujer…
Hablar de derechos
A
partir de las rondas de negociación entre el gobierno y
los rebeldes, muchas mujeres comenzaron una militancia
que ya no abandonarían. La palabra dignidad acompañada
del derecho a tener derechos se amplió no sólo a una
cuestión política del poder o elecciones, sino que
siguiendo el discurso zapatista, se retomaron muchos
aspectos de hacer política desde el espacio en el que se
participase, desde la iglesia, desde organizaciones
productoras, y lo más difícil, desde la casa. Estuve
participando porque vi que sí se puede participar y
también podemos defendernos y tenemos el derecho de
protestar, porque es lo que aprendí que sí se puede.
Pero más antes no, porque estaba yo como una mujer tonta
que no podía yo contestar, no podemos contradecir al
hombre, no podemos contestar a ninguna autoridad,
entonces siempre la mujer somos bajo demanda, bajo
amenaza, somos… no puedes levantar la voz.
Si la
violencia intrafamiliar es el estigma que deben cargar
muchas mujeres, saber que tienen el derecho de no ser
maltratas, es un paso muy importante para cuestionarlo.
Ahora ya no nos pega porque ya estamos grandes y
porque ya lo podemos demandar, así dicen ahí en la
comunidad, que lo podemos demandar si nos pega, y él
sabe que podemos ir a decir. Si decimos que pega,
entonces lo pueden meter a la cárcel. Pero para que
esto suceda se necesita no sólo que ella sepa que nadie
tiene derecho a golpearla, que puede denunciar a quien
lo haga, se requiere también que la justicia se ejerza.
Como que ya tenemos
el derecho, el derecho de buscarnos pareja, tenemos el
derecho de reclamar algo, tenemos el derecho de decidir
cuantos hijos pues tener, tenemos el derecho de buscar
tus ropas buenas.
Derechos que se
desconocían. Hay una mujer indígena que siente que fue
conociendo gente de fuera de la comunidad, que ellas,
las de dentro, pudieron saber de esos derechos
Entonces cuando llegué al grupo, como que sí, algo
cambio, como que… hay no sé como te dijera… como que…
gente mestizos, gente de
otro costumbre, como que sí, como que se dio muchas
costumbres de ellos, eso es lo que más… No lo
puede exteriorizar bien pero sabe que las otras, las de
otra costumbre fueron las que le trajeron el cambio.
Y la Biblia fue otro
instrumento que también colocó la palabra derechos en el
vocabulario de muchas mujeres, entonces empecé a
platicar en la palabra de Dios, empecé a platicar lo que
es el derecho, agarraba yo la Biblia… incluso una
mujer pudo convencer a su esposo de que él no tenía el
derecho de golpearla porque si era católico debía seguir
la palabra de dios y de nuevo los chismes, pero mi
suegra, mis cuñadas, lo vieron muy mal, por qué me daba
libertad, porque ya lo tengo mandoneado, porque ya le
hice algo a mi marido, porque ya no me dice nada, porque
mi pantaleta ya lo tiene encapuchado, ya no le dices
nada a tu mujer.
Las
mujeres pueden saber que tienen derechos, pero si los
hombres no lo asimilan, el camino es difícil, por ello,
hacemos talleres, encuentros, como que vamos a
sensibilizar a las compañeras mujeres y a los hombres
para que tengan idea también de los derechos de la
mujer, los derechos deben ser conocidos por todos y
estando organizadas, es más factible hacerlos posibles.
Comenzar a organizarse
Algunas mujeres ya se encontraban organizadas cuando
llegó el 94 y con él la guerra. En Chiapas brotaron
muchas divisiones a partir de ese enero, aquellas
mujeres que estaban en grupos con un enfoque productivo,
también quisieron hacer uso de la palabra mujeres de
toda la comunidad venían participando, pero hay algunas
que no quieren participar, nomás quieren dedicar nada
más de vender, de sus tejidos nada más eso, entonces hay
otras mujeres que quieren participar de otras cosas...
pues como de marchas, de mitin, de eso pues, como
participar de política, si no quieren participar las
otras, porque queremos aprender también dicen, o sea
queremos dar nuestras palabras y entonces ahí fue pues
casi poco a poco se dividió la cooperativa, ya después
del 94. No comenzaron a organizarse pero sí
comenzaron una nueva forma de organización que incluyera
las palabras. Espacios tradicionales se fueron
politizando y las mujeres también.
La
lucha contra la violencia cotidiana fue otro impulso
para juntarse, las mujeres estamos tratando de
organizar para que no nos pase nada, para que nos
respeten las personas. Pero eso de las violaciones y de
la violencia pasa desde hace mucho aquí, decía mi mamá.
Esa violencia que no es nueva pero que ahora tiene
nombre y que ellas saben que la pueden denunciar y
tratar de erradicar. Ello fue impulsado desde antes del
94 pero adquirió más fuerza gracias a que muchas
hicieron suyo el discurso zapatista.
Entonces así, poco a poco, fui aprendiendo, empecé a
formar mi grupo de mujeres, como de por sí tengo la
experiencia de hacer pan, empecé a capacitar a las
compañeras mujeres que son maltratadas que tienen
necesidad como conseguir dinero, como quieran salir
adelante y empecé a predicar la palabra de dios y de ahí
empezamos a formar un colectivo de mujeres, a trabajar
como panadería.
La
resistencia de los hombres es tan fuerte como la del
gobierno cuando se trata de exigir derechos, quien
detenta el poder no lo suelta sin dar la pelea y quien
decide cuestionarlo también debe entablar la lucha.
Con los hombres, aunque no nos dan permiso o se enojan,
pero y ya lo vieron también que no, que sí participan
las mujeres, entonces ahí se empezaron a dar cuenta
también los hombres… las mujeres como que a veces tienen
miedo, ya sí como que ya después van dejando también el
miedo, pues ellas mismas platican también con su marido…
ya se atreven también de salir. Poco a poco van
consiguiendo el espacio por el que están luchando.
Primero las solteras tienen más posibilidades de
integrarse a una organización, pero después lo han ido
logrando algunas casadas. Cuando convocábamos a una
reunión venían los hombres y decían que no podían llegar
las mujeres porque les da vómito el carro, o no pueden
hablar y tienen miedo, entonces lo que tratamos de
hacer, o sea, no es conveniente, si es cooperativa de
mujeres tienen que participar y pues sí nos costó mucho
lograr también eso, no puedes hacer un día para otro...
Con muchos tropiezos pero esta resistencia se ha
debilitado, por eso estas mujeres hablan de un avance
también de los hombres. Ellas no pueden caminar solas,
el cambio debe ser compartido y quienes así lo han
comprendido avanzan más solidamente y con menos miedos.
Manejar los recursos, el dinero que consiguen con sus
actividades, es algo que a los hombres les cuestiona
mucho su ser, su rol impuesto, ellos son los proveedores
del hogar y ellas comienzan a mover dinero propio,
ganado con su trabajo.
Para
una mujer que estuvo en las filas zapatistas, aprender
a decir lo que se piensa es lo importante de la
organización, yo ya no me quedo callada pensando, digo
lo que quiero y mi voz es importante.
Pero ya no se encuentra organizada en ninguna instancia,
dice que si los compañeros la llaman, ella apoya, ya no
iría a la montaña porque ahora tiene hijos, pero sigue
estando bien con la organización, sólo que ahora nada
más tiene tiempo de ser empleada doméstica, no puede
hacer otra cosa, ella dice que es porque no estudió. Su
esposo era su compañero de organización, así que siente
que crecieron juntos, que él la apoya, sobre todo que él
no toma alcohol y que no le pega, así que se siente
feliz con su vida actual, pero valora que en la
organización, además de aprender español, comprendió el
valor de su voz, no sólo como mujer militar sino como lo
que ahora es, como ama de casa. Su espacio es otro pero
en él ella también quiere conservar el poder de su
pensamiento traducido en palabras.
Hay
quienes se organizaron y cuestionaron su vida antes del
zapatismo hemos entendido por qué la mujer pues ha
sido tan discriminada tan apartada de muchos derechos
que a ella le corresponden y de allí ha nacido nuestro
deseo de organizarnos también… De hecho no era a partir
del conflicto que nos dimos cuenta, anteriormente ya
teníamos muchos problemas, nada más que a muchas cosas
no les podíamos poner el nombre pero hay otras que
ya estaban en ese camino pero eso no lo sabíamos
antes y agradecemos, hasta cierto punto agradecemos al
conflicto del EZ porque se nos fueron abriendo mucho los
ojos y ya le pudimos poner nombre a todas estas
situaciones que vivíamos… porque sigue siendo la misma
situación, pero en esta búsqueda de mejorar nuestra
vida, en este querer vivir de una manera diferente,
vamos descubriendo que somos personas valiosas, que
queremos estar juntas, queremos contar nuestras
experiencias porque en ese contar nuestras experiencias,
pus vamos encontrando caminos para seguir adelante, nos
sentimos que somos un poco más valiosas.
En la
sociedad civil, como base de apoyo, como artesanas, en
relación con la iglesia católica, incluso como
desmovilizadas, las mujeres insisten en el uso de la
palabra como un logro, como un derecho que ya no desean
perder. En Chiapas, la palabra esperanza no se ha
desvanecido.
Reflexión final
Hemos
venido rescatando voces de mujeres en torno a dos ejes
comunes: la guerra y la necesidad de estar organizadas
en las mujeres tanto en Guatemala como en Chiapas. A
pesar de grandes diferencias, quisiera reflexionar sobre
algunos aspectos que me parecen relevantes en el marco
de la necesidad de encontrar espacios, así sea pequeños,
para decir la palabra, para expresar la voz. Sobre todo
partiendo de que estas voces provienen de mujeres,
indígenas en su mayoría, pobres y violentadas, pero que
no se asumen como víctimas pasivas sino como sujetos
sociales. Para quienes cargan con una tradición de
silencio el proceso no fue fácil.
El
momento histórico en que surge el zapatismo dio pie a un
discurso nuevo. Las mujeres combatientes pasaron de ser
parte del pueblo combatiente que luchaba por el
socialismo, a ser mujeres, pobres e indígenas
combatientes que se reivindicaron como tales, que
demandaban democracia, justicia y dignidad y que
exigieron ser tomadas en cuenta en tanto esas tres
características les confieren derechos y
reivindicaciones especiales. Pero no sólo hacia fuera,
sino al interior de su organización político militar
también.
La
idea de estar organizadas en las guatemaltecas fue
formando una conciencia nueva en muchas mujeres que
fueron incorporando a su lucha diaria. Esto significa
que fue un contexto desfavorable el que creó las
condiciones para que mujeres que cargaban miedo,
enfermedades y subordinaciones varias, lograran crear un
nuevo ambiente en el que comenzaron a valorarse. La
violencia del ejército las transportó a un mundo
diferente en el que aprenderían, de nuevas vivencias,
pero sobre todo, rescatarían la importancia de la
organización que, para muchas mujeres fue coyuntural
pero que para otras, es cierto, la minoría, se convirtió
en una razón de vida.
Las
mujeres campesinas de Chiapas que participan en
organizaciones de productoras, rescataron primero una
cualidad que las mujeres han cultivado por años y es la
de producir bordados. Algo que cotidianamente han hecho
pero que adquiere un valor nuevo en la medida en que se
valoriza económicamente, que implica un ingreso
adicional en el hogar. Pero algunas de las mujeres que
comenzaron a unirse para participar conjuntamente en una
actividad, así sea encaminada a la producción y venta de
artesanías, no se quedaron a ese nivel, el levantamiento
zapatista se ha convertido en motor para impulsar y
buscar niveles participativos eminentemente políticos.
Ellas bordan, es cierto pero también asisten a marchas,
participan en plantones y cuestionan la poca
credibilidad que les da el gobierno incapaz de cumplir
acuerdos.
En el contexto de la
fuerte represión que se vivió en Guatemala, a las
mujeres que se organizaron tanto para exigir la
aparición de los desaparecidos como el de los restos de
éstos, debe valorárseles como una iniciativa
excepcional, como un esfuerzo muy importante de mujeres
que supieron unir sus voces para desafiar un poder
omnipotente y omnipresente. Esa fuerza sólo pudieron
adquirirla porque una fuerte necesidad de vencer la
incertidumbre las empujó, rompiendo la impotencia, y el
miedo que reproducía el ejército.
Frente a la violencia
institucional, la guerrilla ofrecía una violencia
llamada revolucionaria, pero todas aquellas que no se
encontraban en las filas rebeldes, también tuvieron una
respuesta, y la encontraron en la organización,
cualquier tipo de organización, el sólo hecho de unirse
imprimió un nuevo sentido a vidas desoladas, a mujeres
solas, a mujeres violentadas. Esta violencia logró que
muchas mujeres encontraran un espacio de expresión en el
que ellas mismas comenzaron a valorarse, a encontrarse
consigo mismas, a vencer un miedo creciente. La
resistencia frente a la muerte es un elemento central en
la experiencia guatemalteca.
La guerra en
Guatemala no se ganó por los rebeldes y se podría decir
que en términos formales tampoco se perdió. Sin embargo,
para muchas mujeres, el espacio ganado constituye un
triunfo, se fueron formando mujeres nuevas, mujeres a
las que la violencia sacó abruptamente de un espacio
para introducirlas a una realidad que necesariamente las
transformó. Sufrieron eso es cierto, pero las mujeres
que se decidieron por participar en una instancia
organizativa, fuese la que fuese, cambiaron en un breve
lapso lo que a otras generaciones les tomó mucho tiempo.
Supieron que tienen derechos y decidieron hacerlos
valer, se encontraron con mujeres que compartían las
mismas inquietudes, las mismas voces y se unieron para
hacerse escuchar. La experiencia que adquirieron, se
volvió para muchas parte integral de su vida y ya no
estaban dispuestas a dejarla ir.
La preparación de la
guerra por los rebeldes chiapanecos, abrió un espacio a
las mujeres indígenas que no encontrarían en ningún otro
ambiente. Salieron de sus comunidades apoyadas por su
familia, se desprendieron casi mágicamente de muchas de
las ataduras que cargaban sus madres y abuelas,
aprendieron español, el control de su sexualidad,
supieron que podían escoger pareja de común acuerdo, se
resignificaron como mujeres en un ejército
revolucionario y la marcha atrás no forma parte de su
vocabulario. Tienen palabra.
Para muchas de las
mujeres que han participado en organizaciones legales,
abiertas, el primer reto que deben afrontar es la
descalificación de quienes les rodean, vencer la
resistencia de los varones de la casa es otro obstáculo
al que no todas pueden hacer frente. Vencer la violencia
doméstica sigue siendo el reto en el estado de Chiapas.
Mujeres urbanas, rurales, pobres y no tanto, monolingües
y ladinas, han debido enfrentar la violencia dentro de
sus casas. Le pusieron nombre a la situación en que
viven y se decidieron por tratar de combatirla y qué
mejor que uniendo sus voces. Porque como muchas lo
repitieron mi voz es importante.
La guerra, es cierto,
tiene una fuerte carga negativa, se comience desde donde
se comience, ya sea como promesa de un mundo más
equitativo o como combate de la sublevación. Las mujeres
que dieron forma a este ensayo vivieron esa carga
negativa pero encontraron varios aspectos positivos que
modificaron su vida y que no sólo eso, sino que la
volvieron mejor. |