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EL USO DE LA PALABRA COMO UNA FORMA
DE RESISTENCIA EN MUJERES INDÍGENAS
 
Silvia Soriano Hernández| México


Introducción

Me interesa rescatar lo que significa el uso de la palabra que hacen mujeres indígenas que han vivido o viven en un escenario de guerra. El pensamiento más disperso y silenciado es el de los grupos considerados subalternos, como los indígenas, pero si a ello añadimos que son mujeres, sus ideas se pierden todavía más. Normalmente la relación que existe entre la guerra y las mujeres, la que comúnmente hemos visto, es aquella que se encamina hacia la victimización de éstas, la cual por supuesto no voy a negar, pero por ser éste el primer vínculo que se da, quiero partir de romperlo para desentrañar otra perspectiva. La inevitable conexión entre guerra y desgracias, entre guerra y muerte, sumando las víctimas, la desolación, la tragedia, me llevó a buscar otra cara de la guerra, porque la guerra se impulsa desde muy diferentes perspectivas. Si bien la guerra es un recurso para conseguir el poder, no todos ni todas de quienes optan por esta vía, la relacionaban con la carga negativa midiendo los costos, o bien, aún viendo esta parte, valoraron que valía la pena arriesgarse por el resultado esperado. La acción bélica que emprendieron grupos revolucionarios en el continente latinoamericano se justificó en aras de construir lo nuevo y para ello, había que destruir lo viejo.

Mi interés versa fundamentalmente en rescatar cómo vivieron la guerra algunas mujeres, pero sobre todo, cómo encontraron espacios positivos de representación precisamente como consecuencia de un acontecimiento que es capaz de trastocar no sólo las relaciones políticas, sino también las personales. En otras palabras, quiero reconstruir historias de mujeres que encontraron en la guerra una resignificación de su vida. Unas mujeres, las menos, que apostaron por la guerra pero otras, a las que la violencia las envolvió y que apostaron por la vida.

La guerra que se presenta como mecanismo para conseguir un cambio no es nueva. Es más, muchas de las transformaciones habidas en la sociedad no podrían comprenderse si no fuera a partir de una experiencia bélica. Así que la guerra sí es destrucción, pero también es construcción, y la historia no nos deja mentir.

Una guerra, cambia radicalmente el escenario en el que se desarrolla. Todo lo que sucede cotidianamente adquiere un cariz diferente cuando la guerra se apropia de la región. Si una guerra es capaz de modificar tan cruentamente la cotidianidad, ¿será capaz de trastocar las relaciones de género? Y si lo logra, ¿el cambio es de fondo o sólo coyuntural? Quiero, en las siguientes líneas ir desentrañando lo que la guerra modifica, lo que rompe, lo que conserva, lo que destruye y construye en las mujeres. Pero no estamos hablando de cualquier guerra, sino de una que lleva un apellido, la guerra revolucionaria, la que tiene un proyecto que abarca más allá de población masculina, una guerra revolucionaria que lleva implícita la posibilidad de una vida mejor. Esta promesa hizo y sigue haciendo que población de lo más diverso se incorpore a ese proyecto de cambio, así sea a través de un recurso que para muchos suena condenable, una guerra.

Ahora bien, la guerra se ve y se piensas en masculino. Primero porque son hombres quienes la deciden, porque son ellos quienes integran un ejército regular, porque ellos combaten y mueren mayoritariamente. Pero la guerra no sólo es cosa de hombres, desde que hay conflictos bélicos, las mujeres también la han vivido  desde muy diversas formas. Las mujeres que se involucraron en un ejército revolucionario en América Latina, aspiraban a ser iguales a los hombres. Ponerse el uniforme masculino, aprender a utilizar armas, cargar mochila al hombro y sufrir las inclemencias del tiempo, para combatir de igual a igual contra un ejército que era sólo masculino. La idea de igualdad de las mujeres militantes en un ejército rebelde significaba ser como ellos, en muchos aspectos, no sólo el castrense. Este fue el primer reto que ellas quisieron ganar, muchas lo lograron, llegaron a ser comandantes, mayores, capitanas. Pero ser militarmente como los hombres no constituía la mayor dificultad, como finalmente fueron aprendiendo. Rescatar a las mujeres porque forman parte de la historia como lo han hecho los hombres, no es el objetivo de este ensayo; tampoco presentarlas como una “comunidad de mujeres” que las contempla como homogéneas y que deja fuera a los hombres, finalmente definir a las mujeres como un grupo cerrado, no muestra sino una paradoja que reproduce la misma exclusión de la que se consideran víctimas. Así que la idea central de este ensayo, es unir a las mujeres con la guerra, una guerra revolucionaria, desde una perspectiva que las rescate a ellas como sujetos sociales, como partícipes de un acontecimiento que algunas planearon pero que a muchas más les tomó por sorpresa, y reaccionaron. Un ejemplo de cambio y resistencia.

El escenario de la guerra

Me interesó buscar regiones en donde la guerra se escenificó, donde las mujeres participaron activamente y de donde pudiera extraer conclusiones generales. Así opté por dos escenarios de guerra que pudieran presentarse juntos, sin querer comparar los procesos, pero a los cuales pudiera ir separando y uniendo de acuerdo al fenómeno que me iba acercando. Así me decidí por rescatar las experiencias guatemalteca y chiapaneca. La guerra comenzó en Guatemala desde la década de los sesenta en un momento en que las revoluciones por el socialismo comenzarían a ser noticia; en Chiapas la declaración de guerra apareció en otro tiempo, en un momento en que nadie esperaba que grupos de hombres y mujeres organizados como guerrilla, irrumpieran en un mundo globalizado, y por tanto donde el discurso del socialismo no tendría cabida. El elemento que más me motivó a estudiar dos escenarios de guerra diferentes, es precisamente el tiempo verbal en que se habla de ésta. Para las mujeres guatemaltecas la experiencia de la guerra, con todo lo difícil que fue, con todas las secuelas que aún se cargan, con todos los costos materiales y emocionales que implica, es una vivencia en pasado. Las negociaciones, los acuerdos de paz, la desmovilización de la guerrilla, todos ellos son signos de que la guerra (por lo menos la revolucionaria) quedó atrás. Las mujeres chiapanecas viven la guerra porque, a pesar de un cese al fuego y de que ambos ejércitos (el gubernamental y el zapatista) no entablen enfrentamientos, tampoco existe ni una derrota militar que simbolice el fin de la guerra que los rebeldes declararon en enero del 94, ni unas negociaciones que llevaran a buen fin lo que significa esa declaración de guerra. Así entonces, para la población de Chiapas que se comprometió de diversas maneras con un proyecto revolucionario, la guerra no necesariamente es pasado y no sólo a juzgar porque no hay enfrentamientos, sino por la política contrainsurgente que implementa el gobierno mexicano.

Mi idea es rescatar voces de mujeres (en itálicas) a las que la guerra transformó en otras personas. Debo subrayar que no estoy presentando un trabajo comparativo, que mi objetivo es rescatar dos experiencias que pueden tener ejes comunes pero también grandes diferencias. Que hablo de Guatemala como una nación en guerra y de Chiapas como un estado convulsionado por una declaración de guerra; ninguno de los dos espacios fueron completamente envueltos por enfrentamientos, por muertos, por el largo etcétera que conlleva un conflicto bélico. Empero, se habla de la guerra en Chiapas y de la guerra en Guatemala y mi deseo es retomar ambas guerras, una que se vive y piensa en pasado y la otra en presente y también futuro.

En un caso (Guatemala) la distancia histórica ofrece otra mirada. Ya no hay la esperanza de que con la guerra se podría construir un mundo nuevo, y el discurso es contradictorio, para muchas personas se valora lo que se vivió y se reconocen grandes avances en la sociedad que emergió cuando se puso fin a la guerra, pero para otras más, los costos son enormes y no se equiparan a los logros. El pasado y enumerar el recuento de pérdidas es recurrente en las guatemaltecas. En este sentido las críticas a las organizaciones revolucionarias no es raro que broten. En el otro contexto (Chiapas) todavía no se ofrece la mirada del pasado y muchas ideas en torno a un futuro mejor siguen bailando en el discurso de las mujeres. La esperanza no se ha borrado de su vocabulario, el cambio prometido con un nuevo uso de la palabra es motivo de hablar en presente y en futuro. Se sigue pensando en destruir y construir, se retoma la palabra dignidad como bandera de lucha. Esto se constituye también en una limitante, por un lado, cuando se trata de hablar del ejército revolucionario, no es fácil que se diga abiertamente lo que se piensa. Para muchas mujeres que ahora están desmovilizadas, es difícil compartir su militancia revolucionaria, viven, de alguna manera, otra clandestinidad. Así que iré presentando una reflexión sobre las voces de las mujeres que experiencia de vida, mujeres a las que la guerra le ha conferido un significado especial a esa vida, diferente, quizá no mejor ni peor pero sí otro. las experiencias chiapaneca y guatemalteca cuentan con grandes diferencias. La primera de éstas es el tiempo verbal en que se habla. Las mujeres guatemaltecas recuerdan y platican en pasado sobre la guerra, para las de Chiapas, si bien la experiencia bélica se vive en presente, la magnitud de la violencia no se equipara a la vivida en la vecina Guatemala.

Otra diferencia tiene que ver también con el tiempo, en este caso el transcurrido. Podemos hablar de más de 30 años de guerra en el país centroamericano si pensamos en su fin, una vez que se terminaron las rondas de negociaciones y que se llegó a la firma de un acuerdo de paz, tres décadas de guerra son suficientes para marcar a varias generaciones de mujeres y hombres y si añadimos la magnitud de la violencia, las secuelas son inmensas. En Chiapas han corrido diez años a partir de la declaración de guerra, los enfrentamientos característicos de un conflicto bélico duraron doce días, en los que el miedo, el desconcierto, la desazón afloraron; el paso a la ronda de las negociaciones, si bien representó un cese al fuego, dio entrada a otro tipo de guerra que lleva también una fuerte carga de violencia.

Además de estas precisiones, las voces que iré presentando provienen de mujeres diferentes en muchos aspectos: edad, raza, clase social, ocupación, participación en la guerra, entre otros. Quiero subrayar sobre todo las palabras de mujeres indígenas, pero como no son las únicas a las que les ha tocado vivir inmersas en un escenario de guerra, intercalaré también las de algunas no indígenas precisamente para descubrir cómo las vivencias son diferentes cuando las personas son diferentes.

Entre las mujeres guatemaltecas que rescato, el mosaico de voces está integrado por: una mujer urbana que perdió a su hija militante de la Organización Revolucionaria del Pueblo en Armas (ORPA), nunca vio el cadáver, y se volvió la madre de su nieto; comenzó una militancia muy activa al enterarse de la muerte de su hija, en la misma organización donde ésta entregó la vida. Una mujer urbana militante del Ejército Guerrillero de los Pobres (EGP) en la ciudad, estudió en la universidad  y ello le facilitó su reinserción después de la guerra; no perdió a ningún ser querido durante la época de la violencia a pesar de que muchos de su familia se involucraron, tuvo que separarse de su hija para dedicarse de tiempo completo a la revolución; conservó su relación de pareja. Una mujer que perdió a su hijo del cual ignoraba su actividad, comenzó un largo peregrinar para tratar de encontrarlo y a pesar de los años transcurridos, siguió buscando junto a muchos otros y otras como ella, desesperados e impotentes; fue fundadora del Grupo de Apoyo Mutuo (GAM) y sigue con una militancia muy comprometida. Una mujer campesina que perdió a su esposo guerrillero y que colaboró activamente con la guerrilla como base de apoyo, incluso cuando tuvo que salir al refugio; volvió viuda a su país y con muchas secuelas psicológicas causadas por el miedo y el dolor; una hija suya que también vivió en el refugio en México le dejó un hijo para que no viviera sola; tiene poco más de setenta años. Una mujer que es indígena rural que tiene una experiencia muy grande, fue parte de las Comunidades de Población en Resitencia (CPR), colaboró con el EGP, fue refugiada y después participó activamente en el proceso de retorno en las Comunidades Permanentes (CCPP), no cuenta con muertos en su familia y con el regreso sigue pensando en lo importante que es estar organizada. Otra mujer indígena, del campo, que primero se organizó a través de la iglesia católica, participó en el Comité de Unidad Campesina (CUC) y en el EGP como guerrillera y después en la Coordinadora Nacional de Viudas de Guatemala (CONAVIGUA), fue secuestrada por el ejército, detenida y torturada, logró salvarse escapando de su encierro y regresó a la lucha; desde muy joven se opuso a su destino de no ser ella quien escogiera a su esposo, muchas experiencias, algunas muy dolorosas vinieron con su actitud rebelde. Una joven mujer indígena que llegó al refugio en México siendo una niña, allí aprendió la importancia de estar organizada y no ha dejado de estarlo a pesar de serias dificultades, retornó y continúa el trabajo con Mamá Maquín (MMQ); su juventud y tantos años de refugiada le dieron un sentido especial a su vida que muchas indígenas como ella no comparten, es madre soltera. Otra mujer campesina que huyó de las masacres hacia México y comenzó a trabajar en la organización de las mujeres refugiadas, después del retorno continúa rescatando la experiencia que le dio el refugio para reproducirla en su país; ella misma considera que ha tratado de evitar que sus hijos reproduzcan patrones machistas, que pesan tanto en el campo. Así, entre organizaciones legales y clandestinas, entre el campo y la ciudad, entre mujeres jóvenes y otras no tanto, las vivencias de la guerra empujaron a estas mujeres a organizarse.

El tiempo se desestructura en Guatemala

Conversando con este abanico de mujeres, considero que la palabra pérdida es la que más se repite, y lo que vale la pena resaltar es que no sólo sufrieron la pérdida de alguien, de algo, sino que también durante buen tiempo, se encontraron perdidas hasta de sí mismas. Asimismo, muchas de estas mujeres se significaron en la organización, cualesquiera que esta fuera, tuviera la forma que tuviera (clandestina o legal, de mujeres o mixta), estar organizada representa una manera de encontrar un nuevo sentido a su vida que ya no se perdería, a pesar de la desesperanza que podemos decir priva en la actual Guatemala.

Como veremos en las líneas siguientes, no es lo mismo ser joven que tener más años, ser del campo que de la ciudad, ser pobre que rica o de clase media, ser indígena o no, haber estudiado o ser monolingüe, a pesar de que todas sean mujeres, existen grandes diferencias que las marcan y que la guerra no logra homogeneizar, cada una vivió la guerra de manera diferente, pues son mujeres diferentes. Me interesa sobre todo, rescatar lo que la guerra trajo de positivo en estas mujeres, ninguna de ellas, a pesar de lo desgarradoras que son sus experiencias, se asume como víctima pasiva. Por supuesto que han sido víctimas, pero no se quedaron en ese papel, son mujeres que sufrieron y muchas de ellas siguen sufriendo, pero resignificaron su vida dándole un giro a partir de la guerra. Estoy rescatando a las mujeres que en la organización aprendieron a valorarse, a crecer y a reconocer lo importante que es ser mujer y por tanto, a sentirse orgullosas de ello, y que al actuar no buscaron parecer hombres sino que siendo mujeres encontraron un valor que sólo una conciencia de género podía darles, a pesar de que muchas de ellas no lo exterioricen así, sus vidas tienen una perspectiva en la que el género es parte integrante de éstas. Algunas de estas mujeres se organizaron para la guerra, otras por la guerra.

reflexionaremos en las siguientes páginas cómo cambiaron las relaciones familiares como consecuencia de la guerra, cómo se convivió tan cercana y cruelmente con la muerte, cómo se transformaron los roles de madres e hijas, la idea que se tenía y se tiene ahora de los grupos armados, cómo el miedo se convirtió en parte integrante de sus vidas y cómo lograron transformar el sufrimiento gracias a que se organizaron, porque no deseaban quedarse igual.

Desestructurar las relaciones familiares en un contexto de guerra

¿Qué es lo primero que cambia cuando una guerra aparece? Las relaciones familiares se rompen, se modifican, se alteran sensible y muchas veces, irremediablemente. Se pierde la imagen de la comunidad campesina, se deja en muchos casos de ser padre o madre así como hijo o hija para cumplir con una misión que se considera histórica, impostergable. Una gran cantidad de jóvenes se involucró con una abnegación sin par, en un proyecto del que se apropiaron completamente convencidos de que esa era su misión, que había que cumplirla, costase lo que costase. Las relaciones convencionales de padre y madre, pero sobre todo ésta última, se transformaron para dar paso a nuevas y comúnmente conflictivas formas de tratarse. Se convirtieron en padres personas que biológicamente no lo son, en una relación que podía ser temporal o definitiva, y en ambos casos las consecuencias son difíciles de asumir.

Entrar a la revolución significa penetrar a una vida clandestina, “olvidar” el pasado con todo lo que lleve implícito este verbo. Muchos jóvenes de ambos sexos descubrieron un discurso prometedor que los envolvió y los transformó. La idea del cambio social prendió en una juventud entregada a una causa en donde la frase “patria o muerte” no era retórica pura, sino una realidad cotidiana. La muerte se volvió más cotidiana que la patria, pero vivir con ella a diario no la transformó en algo familiar y muchas veces las lágrimas se convertían en un lujo o en algo prescindible.

El grave problema de los desaparecidos políticos en América Latina es aterrador y Guatemala no es la excepción. La pérdida de un ser querido daría fuerza a muchas mujeres para salir de su espacio (fuera el que fuera: la casa, el campo, un trabajo remunerado) e introducirse por un sendero de muerte e impotencia que las marcó profundamente somos una organización que nació en tiempos de la violencia… nos organizamos un grupo de mujeres, las que nos atrevimos en ese tiempo a salir a la calle a gritar. Para algunas, la militancia comenzaría precisamente en el momento en que perdieron a uno de sus hijos, ya sea porque el sacrificio de éste les empujó a tratar de continuar lo que él ya no pudo, o porque al buscar a ese ser querido, se involucraron en actividades nuevas, difíciles y generalmente dolorosas. Las amenazas y el miedo no las doblegaron, la imagen de aquel hijo que ya no verían era más fuerte, sería precisamente esa vida perdida la que les empujó a actuar como antes no lo habían hecho. En estas experiencias podemos decir que fueron los hijos quienes cambiaron la mentalidad de los padres, que la militancia de los primeros llevó a la militancia de los segundos, un cambio de roles.

Cuando una hija o un hijo mueren luchando en una causa que consideran justa o son desaparecidos, la madre reacciona y bien, o busca de alguna manera honrar la muerte de ese ser querido haciendo lo que él ya no pudo, o comienza un largo peregrinar por saber en qué terminó esa persona que no había hablado de la causa que lo involucraba, porque era parte de una lucha clandestina, porque mientras menos se supiera mejor. Entonces se conoce de otra manera a ese alguien, cuando ya no está, se le valora diferente, ya no sólo se le extrañará sino que se le honrará en acciones futuras, pasará inconscientemente a formar parte de una figura mítica. La madre (más que el padre, sin negar que éste también actúa) en la búsqueda del hijo cifrará muchas de sus acciones futuras, pero ello la llevará a involucrarse de otra manera, se introduce en un ambiente de violencia que no había percibido en toda su magnitud; así, además de la búsqueda de su hijo o hija ausentes ella irá encontrándose como un ser nuevo y sin duda diferente, antes que encontrar a su familiar se encontrará a sí misma y se valorará porque con su vida va construyendo un nuevo sendero que ella no fue capaz de prever. Participé directamente hasta que ella murió... antes no lo hizo, la desaparición de su hija la transformó en un ser participativo en un ámbito nuevo.

Rescato dos experiencias diferentes de madres que sufrieron la muerte de sus hijos. La madre que pierde al hijo pero que no sabe de su paradero, que no tiene (por lo menos durante un tiempo) la certeza de la muerte y que como desaparecido lo busca Ya en esos tiempos escuchar que fulano no llegó a dormir era motivo para pensar que no volvería. Por otro lado, la madre que sabe que su hija murió pero que no vio el cuerpo, que sospechaba que andaba en actividades subversivas pero que lo comprueba cuando aparece la lista de los muertos en  un enfrentamiento, ella no busca el cuerpo para sepultarlo pues tiene miedo, pero como no vio el cadáver, vive con una mezcla de esperanza y temor de asegurarse en algún momento, que la muerte efectivamente llegó. Añadamos que ninguna de las dos puede hacer público su dolor por el ambiente de terror que se enseñoreó en el país. Además tiene la responsabilidad de su nieto, no sólo de cuidarlo sino de anunciarle la muerte de sus padres y de tratar de ocupar su lugar.

La guerra, sin lugar a dudas, reestructuró las relaciones pero también, y sin dudar, el ser madre, a pesar de haberse modificado, dejó intacta la responsabilidad de una mujer (la que fuera) por los hijos propios o los que se apropió por las circunstancias. Afloraron sentimientos contradictorios, por un lado de culpa por no poder estar cerca de los hijos, por otro de tranquilidad frente a la represión por saberlos en un lugar seguro. Así, la madre que optó por la guerrilla sabía que no podía combinarlo con sus roles maternales, había que escoger. Saberse la madre biológica y que otra se asumiera como tal en las ausencias también fue doloroso, volver a encontrarse con un hijo pequeño y que nombre a otra como mamá fue una experiencia de difícil resolución.

La madre que se fue a luchar y que dejó a alguno de sus hijos con una madre sustituta, sufrió y resintió fuertemente el que otra “usurpara” el lugar que ella debería estar ocupando, ello creó fricciones a pesar de que la madre sustituta podría ser alguien cercano, como una hermana en muchos de los casos. ¿Quién es la madre? Cuando volvía a verla como visita, como visita temporal, sí me costó mucho, porque le decía mamá a mi hermana, y de hecho fue algo que lastimó la relación con ella. Pero a pesar de la represión y el riesgo nunca pensé que no volvería a verla. Y a pesar de que el cuidado se dejara a otra persona, el ser madre y militante en tiempos de guerra se veía como un problema de difícil solución. Pero no se optaba por no tener hijos, a pesar de conocer las dificultades, de militar, de estar armada y expuesta a enfrentamientos que podían costar la vida los hijos de alguna manera se veían como un problema, porque no podías seguir con las mismas tareas. Los embarazos no se evitaban y ello nos presenta a la maternidad como algo inevitable, como una necesidad natural que no puede evadirse, ni siquiera pensando en la guerra como opción. Una mujer es una madre a pesar del contexto en que se dé la maternidad y de los costos emocionales que puede acarrear. Sólo conocí a una mujer militante que optó por no tener hijos conciente de lo que la maternidad implicaba en tiempos de guerra, pero sin duda es la excepción.

Dos mujeres que debieron separarse de sus hijos por la situación de guerra, una por ser militante del EGP y la otra porque viviendo en condiciones tan complicadas con las CPR, los más vulnerables como niños y ancianos tuvieron que refugiarse, en tanto, otras como ella continuarían en las montañas, recuerdan esa decisión yo recuerdo ese momento de separación como uno de los más duros desde la guerra y la otra para mí fue lo más duro que me hayan dicho, mire que sus hijos y sus abuelos se vayan pero usted y su esposo se tienen que quedar. Ambas sufrieron por la decisión, en parte por lo fuerte que estaba la represión, la primera dejó a su hija para evitar que fuera lastimada, la segunda tuvo que separarse pero se iba con la incertidumbre de saber si se volverían a encontrar pues en cualquier momento la muerte les acechaba y en ese contexto la despedida podía ser definitiva. Era un rompimiento familiar bastante duro que además venía acompañado del desarraigo. Y la mujer que perdió al esposo guerrillero y que se queda sola, pero que su hija le deja a su hijo para que la acompañe. Parte de la desestructuración de las familias también apareció en el refugio, cuando algunos volvieron y otros se quedaron; la hija de esta mujer se casó con un mexicano y como tuvo otros hijos, le dejó uno para fuera la compañía de la abuela que volvía sola y viuda a Guatemala. Esta mujer como esposa de un guerrillero supo cuando se volvió una viuda, una vez que le llegó la comunicación de la muerte, no requirió mayor confirmación, empero, la suegra no aceptó la muerte del hijo hasta que tuvo sus restos con ella, ella no se atrevía a repartir la tierra que le tocaría a éste; la viuda lo comprendió así y le entregó lo que quedaba del hijo para que la madre se convenciera de la muerte. No contar con los restos de los muertos es un elemento que fortalece la duda y también la esperanza de que esa muerte, a pesar de que muchos la sostengan, no sucedió.

Para los militantes la familia debía pasar a otro plano muy alejado de las obligaciones que imponía la revolución. En este caso las familias también fueron desmembradas por la causa. Esto es, la violencia separó núcleos familiares pero la incorporación voluntaria en la guerra también llevó a rompimientos. Muchas veces, partiendo de que los revolucionarios eran en su gran mayoría jóvenes de ambos sexos, ellos también se alejaron de sus familias sin mediar explicación alguna yo no les puedo decir que estoy haciendo, pero tengan la certeza de que nunca se van a avergonzar de lo que hago...

Un primer elemento que llama la atención al escuchar a las mujeres guatemaltecas hablar de la violencia, es que la plantean, fundamentalmente a partir de la generada por el ejército y los grupos paramilitares; me parece que una  conclusión que se puede extraer es que la violencia ejercida por los aparatos represivos del Estado hizo que la otra violencia, la cotidiana, la llamada doméstica, prácticamente se diluyera en el discurso de las mujeres. Aún inquiriendo sobre ella, las mujeres la tocaban apenas (excepción hecha de una sola, que aunque la reconoce, también afirma que peor es la violencia) pero si se trataba de recordar las agresiones sufridas a manos de los grupos armados, allí sus ideas brotaban rápidamente y sus palabras se convertían en una mezcla de denuncia e impotencia.

La mujer indígena normalmente no decide con quién desea unirse en matrimonio, sin embargo ya hay muchas que han ido rompiendo la costumbre de no dejarlas hablar. Una de ellas, cuestionó esa tradición de darla en matrimonio sin consultarla, se atrevió a ello, pero siente que como de cualquier forma no le fue bien con su pareja (aún habiéndolo escogido ella), alguna de las maldiciones que le enviaron aquellos que la pidieron para el hijo que ella no aceptó, la alcanzó, y por eso ya no me salió bien mi suerte. Valiente para decidirse a romper la tradición pero se siente castigada por haberlo hecho, por atreverse a lo que casi nadie y menos siendo mujer.

Las experiencias que giran en torno de la muerte durante una guerra, a pesar de ser cotidianas, nunca se asimilan, es tan frecuente y dolorosa la muerte de los otros y sin embargo escapa a cualquier raciocinio, una de las razones es precisamente porque la muerte tocaba a los más jóvenes, a quienes todavía debían tener muchas cosas por hacer. Al enterarse de la muerte de la hija ya nada más malo me podía pasar. O aquella otra madre que no creyó la muerte de su hijo y le preguntaba a la esposa de éste, que sabía que él estaba en la guerrilla, cómo le daba la seguridad de que su hijo había muerto. Una no ha encontrado ni los restos del hijo desaparecido, otra no recuperó el cuerpo de su hija muerta en un enfrentamiento con el ejército y a pesar de haber visto su nombre en la lista de muertos dudó mucho tiempo si de verdad había estado ella en esa casa, la duda esperanzadora de que fuera una equivocación, de que todavía podría estar por allí, en otro lugar, luchando por lo mismo, pero viva. Y después explicarle al nieto que pasaría a ser el hijo la muerte de ambos padres nos molestaba la muerte tan seguida. La recuperación de los cadáveres de los familiares desaparecidos es una consigna que no pierde actualidad, a pesar de los años transcurridos, recuperar el cuerpo para llenar un vacío que tenemos, porque tenemos un vacío ¿qué se hizo? ¿dónde está?, no conocer ni siquiera la fecha en que murió.

Y los otros muertos, los que perecieron huyendo de la represión, de la violencia indiscriminada diario había velorios, había muertos diario, en la huida por la vida muchas se perdieron, sobre todo de niños. Toda esa población campesina que al ser perseguida salía buscando la vida en la distancia pero que no siempre fue alcanzable. Esas muertes que no fueron producidas directamente por las balas o la tortura, también son atribuibles al ejército y a quienes cobijados en éste atacaban impunemente. El primer recuento de las pérdidas se asocia a la de seres como ellos que no lograron sobrevivir a la represión; salieron huyendo, algunos sacaron al más pequeño en los brazos y se les olvidó despertar al más grande, y total que hubo pérdidas de familias. Y el segundo corresponde al espacio que se habitaba, a la cotidianidad que se dejaba.

La mujer viuda, indígena y campesina que presenta la importancia del resarcimiento es muy clara al afirmar que te quitaran a tu marido eso ya nunca lo vas a encontrar, otro  que sea igual, aunque no sea tan bueno. La aplicación de la justicia que parece no tener cabida en Guatemala a pesar de la firma de los acuerdo de paz, a pesar de la exigencia de resarcimiento, a pesar de los gritos de castigo, a pesar de comisiones y de gobiernos civiles, allí mismo las mujeres organizadas siguen exigiendo castigo a los culpables de tanto dolor y tanta pérdida, que pueden ser candidatos a la presidencia sin que la justicia los alcance.

Cómo vimos a los grupos armados

Es evidente que cada mujer tiene una particular percepción de los grupos armados. Una aclaración pertinente tiene que ver con el momento en que se habla. Los grupos represores prácticamente son vistos siempre como lo mismo: son los que tienen el poder, los que maltratan, los que asesinan, los que persiguen, finalmente como los responsables de tanto dolor y tantas desgracias, pero además como los intocables, como aquellos a quienes la justicia no alcanza. En cambio los revolucionarios sí han logrado que la gente modifique su percepción, quienes aún militan en la (Unión Revolucionaria Nacional Guatemalteca) URNG piensan que todavía pueden tener puesta la esperanza en ésta, quienes ya no se encuentran vinculadas a ella, son más críticas y la desesperanza brota en sus palabras.

El tiempo transcurrido y (determinante) la conclusión a tantos años de guerra da al recuerdo una perspectiva más crítica, primero se admiraba a los grupos revolucionarios, se les idealizaba desde fuera, se les veía como los valientes que luchaban por nobles ideales admiraba mucho a los grupos revolucionarios... antes de haber tomado parte, pero una vez que se les conoce desde dentro, la idea mítica se fue transformando y peor aún, cuando se asociaba a las muertes que fueron apareciendo como estériles. La idea de la montaña formó parte de un mito en muchas mujeres, la que se alzaba era más valorada tanto por ella misma como por otras, se convirtió en un ideal el ser guerrillera me hubiera gustado estar en la montaña... yo admiraba a los compañeros que estaban allá..

Pero la mujer que apoyaba a la guerrilla con sus conocimientos de salud para que ellos mismos ayudaran a que cayeran menos compañeros en la guerra fue presionada para quedarse con ellos, fue prácticamente obligada pues las órdenes se cumplen y no se discuten la estructura militar revolucionaria no gozaba de mucha democracia, a pesar de que ésta era una de las razones de la lucha. La estructura jerárquica del ejército, llámese revolucionario o gubernamental, se convierte en un espacio de poder y autoridad del cual es difícil escapar. Para la guerrilla el objetivo era la toma del poder para conseguir un cambio social, y a pesar de que el discurso era del todo atrayente, la igualdad, la justicia, el socialismo, y con éste el hombre nuevo, las prácticas cotidianas distaban mucho de acercarse a ese planteamiento idílico, tú estás en una guerra y tienes que ir. Por otro lado, la crítica no parecía ser bien recibida y se corría el riesgo de ser tachado de enemigo del pueblo si ésta afloraba. Muy probablemente, estas críticas no brotaron antes, en los años de la guerra y sólo es posible apropiarse de estos razonamientos con el tiempo y la desilusión del movimiento. Se considera incluso, que a pesar de ser un ejército que se preparaba para la guerra, no había mucha capacidad militar, una de las razones por las que los enfrentamientos dejaban tal cantidad de muertos. Y cuando por fin esta mujer puede irse, sus compañeros guerrilleros le dan la salida, molestos y prácticamente la dejan a su suerte, por no continuar con ellos, con la guerrilla.

Por otro lado, el testimonio de una mujer campesina nos deja ver también la negligencia de la guerrilla. Los guerrilleros pedían el apoyo de abastecimiento, lo conseguían en una comunidad y no cuidaban que el ejército pudiera detectar a esta comunidad como base de apoyo. Se daba la orden y todos entraban al acuerdo. Se compraba más allá de las necesidades reales de la gente y se despertaban sospechas que traían consecuencias terribles para las comunidades, pasaban los comestibles frente a los soldados cuando en eso pues se dieron cuenta y los reprimían, estando ellos desarmados y aquellos que sí tenían armas seguramente se encontraban en un lugar lejano y seguro.

Tanto la guerrilla como el ejército se disputaban el control de las comunidades campesinas y si bien la primera despertaba mayor simpatía, muchas veces se debía optar por uno de los grupos armados aún sin tener un verdadero convencimiento nosotros fuimos víctimas de esas dos fuerzas pero quizá lo peor fuera que no teníamos armas y en ese sentido pasaron a ser los más vulnerables y los más reprimidos.

Si bien entre la policía y el ejército lo que predomina es la actitud represiva, intimidante y de poder, en los cuadros bajos, podemos rescatar de un testimonio, que había quien, de alguna manera, trataba de proteger señora váyase de aquí que se la van a llevar presa... Reclamar los cuerpos de los muertos en enfrentamientos generalmente llevaba a perseguir a la familia, buscando más información; si alguien se atrevía a querer recuperar el cuerpo, seguramente sería hostilizado, en el mejor de los casos; pero un soldado, que lo sabía, previno a esa mujer. Aquí no estamos hablando de las dos caras de una misma política represiva sino de elementos aislados que no necesariamente compartían la línea dictada desde arriba o que tenían una sensibilidad diferente.

Las amenazas no han cesado, el poder lo sigue teniendo el ejército y mientras se busque justicia, esas voces de mujeres unidas desafían a los culpables cuando exigen el castigo a los crímenes, que no necesariamente pertenecen a un pasado de guerra, siguen existiendo, actuábamos siendo reprimidas y amenazadas. Son los intocables y lo demuestran cuando pueden. Razón de más para valorar a aquellas mujeres que continúan luchando a pesar del temor producto de las amenazas.

Una idea que es importante explicitar, es que muchos hombres y mujeres, no estaban realmente involucrados con alguno de los grupos armados, la represión les empujó a las filas guerrilleras, llegaba el ejército y no estaba viendo quien es quien, razón suficiente para decidirse por ser alguien, porque oímos que el ejército llegaba matando a la gente, unos se fueron con la guerrilla y otros nos fuimos a México.

Y la certeza de que el ejército lo que quería era agarrarnos vivos, era un elemento mayor de terror, el que llegaba a sus manos con vida, ya sabía de las torturas y por tanto también sabía lo doloroso que podría ser y lo mejor era resistir, huyendo, mientras más lejos, mejor. De la duda se transitó a la certeza de que las fuerzas gubernamentales eran parte de quienes inspiraban temor primero y después terror. Todavía después del retorno, la población fue agredida pensamos que nos van a lastimar, y efectivamente los lastimaron. La impunidad es otro elemento que lleva a desconfiar de que la situación cambiaría, los soldados han matado, han desaparecido gente y no hay castigo, a pesar de que se exige reiteradamente.

Y toda esta violencia organizada, toda esta represión que deseaba intimidar,  que se encaminaba a obligar a la resignación, a la colaboración con el ejército, muy comúnmente fomentó la rebeldía, incluso de mujeres campesinas e indígenas, como la que nos dice, después de enterarse de la muerte de sus hermanos en las primeras masacres como que da más coraje pues de lo que hicieron, y pues yo me metí más de lleno a la Unidad Campesina. A una violencia organizada había que hacer frente con una organización, muchos lo comprendieron y así actuaron.

Finalmente un elemento que vale la pena reflexionar es el de todas aquellas mujeres que quedaron viudas como producto de la violencia. Las viudas obligadas por el ejército gubernamental se organizaron para exigir no sólo la aparición de sus familiares, sino que se fueron politizando exigiendo mucho más; pero, aquellas mujeres que el esposo militaba en la guerrilla y que también quedaron solas yo como viuda, como mujer sola no recibí más ayuda de nadie, ni de la guerrilla solo recibían la comunicación de que él había muerto combatiendo por la patria nueva y a ver cómo se ocupaba ella de sí misma y de sus hijos en adelante.

Por qué nos involucramos en la guerra

Son muchas las razones por las que estas mujeres quedaron inmersas en la guerra, para muchas de ellas no fue opción, para otras esa era la única senda por la que podía transitarse. Una vez que la guerra se instaló en el país y que las mujeres la vivieron como parte integrante de su ser, las reacciones también son diversas.

En Guatemala se fue desarrollando una fuerte conciencia social en muchos jóvenes de ambos sexos, a algunos les surgió a la par del cristianismo, para otros la situación de pobreza que era evidente en el país, unida a un discurso incendiario de justicia fue la razón para organizarse. Era difícil permanecer al margen pero debemos hacer una diferencia conociendo las razones que les empujaron a participar, como fuera. Tomar las armas era sólo otra manera, pero no la única así como matar con balas era también sólo una forma frente a muchas más. Pero la esperanza en un cambio es una frase que se repite constantemente en las palabras de estas mujeres, provinieran de quien fuera, tuvieran la edad que tuvieran, es evidente que deseaban un cambio, que peor no podían estar y que había que involucrarse para llegar a ese cambio.

Frente a la violencia indiscriminada ya no quedaba otro camino que hacer que juntarse todas las mujeres y de organizarse, la importancia de estar organizadas queda evidente en muchas mujeres, ¿de qué otra manera se podría resistir un embate tan fuerte? las mujeres se fueron encontrando y encontrándose, si bien no es el sentido que ella le quiere dar, me parece central esta frase entendiéndola como mujeres que están perdidas hasta de sí mismas, que no se encuentran con nadie, ni con ellas, pero que al compartir sus experiencias, sus sueños y desventuras lograron no sólo encontrar a alguien con las mismas palabras, sino que se encontraron con otras para después saber, y llegar a conocer, quiénes eran ellas mismas, las que sólo hablaban de pérdidas de todo tipo pero que comenzaban a encontrar. Había que organizarse pero no quedarse allí; la idea giraba en torno a estar organizadas para luchar, para exigir, para no sentirse solas, para comprobar la fuerza que significa estar unidas en una lucha, a pesar de la represión o más bien a causa de ella.

Algunos lograron salvarse y conservar la vida, para ellos, en un contexto de extrema vulnerabilidad, significaba seguir adelante y luchar por no perderla. Saberse inocente no era suficiente, la violencia arrasó y como un torbellino arrastró. Mujeres y hombres oían de muertes, de desapariciones, de matanzas y el temor se fue apoderando de ellos, pero también creció un germen de valentía y de revertir esa violencia. Algunas mujeres se consideran guerrilleras por su colaboración y abierta simpatía con la guerrilla no agarraron su arma ni nada, pero trabajaron de muchas formas, es importante resaltar que en la guerra se participa desde diferente frentes y que las armas son sólo uno más, y no necesariamente la  forma en que más se arriesgaba la vida, muchos de los muertos se cuentan entre población civil que podía haberse inclinado por alguno de los bandos pero que no estaba en condiciones de repeler la agresión armada del ejército y los grupos paramilitares. Exigir al gobierno significaba para éste que quien lo hiciera formaba  parte de la guerrilla, cualquier forma de organización, así fuera para demandar el esclarecimiento en el paradero de los familiares, era visto como sinónimo de guerrillero, en ese sentido era enemigo y la población lo fue comprendiendo poco a poco, con altos costos. De cierta manera, estas formas organizativas lograban cuestionar un poder que se fue imponiendo con el terror y por ello eran, sin ser parte integrante de alguna organización guerrillera, enemigos.

No había espacio de diálogo. Muchos entraron por la puerta que les abrían los grupos guerrilleros y otros deseaban, a pesar de lo limitado de los cauces legales, hablar de derechos humanos, de desaparecidos, de organización. En este ambiente, es de resaltarse la valentía de aquellas mujeres que se atrevieron a hablar conociendo la represión que se vivía, sabiendo que, aún sin serlo, podrían ser acusadas de guerrrilleras y por tanto reprimidas. Es lamentable escuchar a una mujer joven decir que ella seguía luchando casi por los mismos ideales que mi abuelo, casi dos generaciones perdidas digamos, entre cierta libertad democrática  y ciertas conquistas básicas, tan atrasado es el régimen político de Guatemala, que llegó un momento en que me di cuenta que aunque por la vía de las armas, básicamente las reivindicaciones del 44 eran las mismas y no sería raro que su hija repitiera la misma frase algunos años más adelante. Las condiciones de la Guatemala actual no han variado sustancialmente en tantos años. La indiscriminada represión quizá forma parte del pasado pero fue una represión tan fuerte que ya no había esperanza de la sobrevivencia de uno mismo, conservar la vida parece no tener explicación.

Siguiendo la idea anterior, otro aspecto que me gustaría rescatar es cómo se fortaleció la creencia en algún dios para llegar a esperar milagros que salvaran la vida; no justicia, no castigo a los violadores de los derechos humanos, pero por lo menos la posibilidad de que si la causa era justa, dios ayudaría. Una indígena pensaba que ella no estaba por gusto en lo que estaba haciendo, sino que era una lucha, y yo dejaba en las manos de dios, si es bueno lo que estaba haciendo que me diera fuerza, si es malo lo que estaba haciendo, que me quitara la vida, porque no aguantaba yo. Y su reflexión es cierta, ¿por qué tendría ella que soportar tantas torturas si lo que hacía era bueno? ¿por qué ese dios, si no la ayudaba a salir, por lo menos no la ayudaba a morir? Su madre le rezó a un santo que la ayudó a escapar y, si pensamos en todo lo que los soldados eran capaces de hacer a quienes capturaban, hombre o mujer, el que ella lograra escapar, sólo puede formar parte de un milagro, de algo inexplicable

Esta misma mujer que cayó prisionera, no encontró la solidaridad de la gente de su comunidad, pues según afirma, sus propias compañeras dijeron que ella se fue con otro hombre. Este es un elemento que encontraremos repetidamente, a las mujeres que participan políticamente, que se salen de su espacio doméstico, lo primero que les sucede es que pasan a formar parte de un sector de la población que se sale de los marcos establecidos y quien queda fuera es juzgado como trasgresor. Se la llevó el ejército para torturarla, seguramente para matarla, y al notar su ausencia, sabiendo quién se la llevó, dijeron que ella se fue con otro hombre... Algunas cosas fueron dichas por equivocación y otras por chisme cómo pesa esto en la vida de las mujeres que brincan las trancas.

Es claro que para quienes la guerra fue una opción el posterior escenario de violencia, era, de alguna manera, el esperado (seguramente la realidad superó a las previsiones) y se prepararon para ello. Pero para las otras, para aquellas a las que la violencia arrastró, no había ni previsiones ni preparación previa, sobre el camino fueron descubriendo y rescatando formas de lucha y resistencia para hacer frente a la política contrainsurgente. Siendo o no elección, la guerra resignificó la vida de muchas mujeres.

¿Y los sentimientos?

No es fácil para muchas de estas mujeres hablar de cómo se sienten después de tanto dolor. Narrar la experiencia de la guerra, de la violencia, del temor, de los alejamientos y las pérdidas es revivirlo, es comprobar que el olvido no forma parte de su recuperación como sujetos. A pesar de grandes esfuerzos no han dejado de ser víctimas de la violencia.

Al paso de los años, alguna mujer reflexiona sobre la suerte que significa encontrarse viva, de la rebeldía que la caracterizó durante su juventud y de no haber mostrado temor  ante el peligro. Podía incluso enfrentar a soldados y hablar de la justeza de su lucha sin titubear, pero, ahora que tiene hijos pequeños sus sentimientos se transforman, ahora teme por su vida pero no por ella misma, sino por los pequeños que dejaría huérfanos, de faltarles ella como la madre. Una mujer que fue capturada, que logró evadirse, que fue amenazada y a la que trataron de sobornar, a la que le hicieron ofrecimientos para que se alejara de su actividad política con las viudas las demás viudas que se están muriendo de hambre con sus hijos. Su lucha era porque hubiera un cambio, porque hubiera justicia para tantas mujeres a las que el ejército obligó a construir sus vidas sin un esposo, pero ella no tenía miedo, el miedo lo tiene ahora. Cuando afirma que a su padre lo mataron no directamente, sino que lo dejaron con miedo, a ella la estaban buscando, contra ella se dirigieron pero al no encontrarla, buscaron al padre que después moriría, pues lo dejaron con miedo. Esta política de intimidación es un claro ejemplo de cómo el terror también llevaba a la muerte. Y si ello no fuera suficiente, también existían otros mecanismos si hubieras salido de la organización, si hubieras dejado la manifestación, si hubieras dejado de luchar, todo tranquilo y cabal pero ella no optó por esa tranquilidad.

La idea de que la gente se fue volviendo dura porque la situación así lo obligaba. La madre que recuerda a su hija muerta, pensó que ella estaba cambiando porque notó cierto endurecimiento emocional que achacaba a que el nieto comenzaba a quererla mucho, el niño al que la madre se veía obligada a dejar por largas temporadas pero que finalmente hubo de dejar por siempre. Ese miedo se le confirmó a la madre militante cuando la muerte la atrapó. Las experiencias fueron marcando a toda una generación de guatemaltecos que cohabitaron con la muerte, lo más triste... el miedo fue más... no me duermo en las noches y recuerdo...

Las que perdieron a algún familiar y se comenzaron a organizar, no partían de un miedo en abstracto, generado por ejemplo por rumores, a la pérdida del hijo o hija, seguirían las amenazas en un principio nos causó mucho dolor primero, verdad y luego temor, pero no, no, vencimos el temor y seguimos adelante. Como en Guatemala las amenazas no han cesado, como el miedo parece que llegó para quedarse, la inseguridad priva en cada una de las acciones rápido se vino a mi mente lo que me ha pasado a mí, el pasado de dolor no se fue, sigue cohabitando con cada una de las víctimas de la guerra y sigue causando estragos en la forma de vivir. La palabra tranquilidad está ausente de su vocabulario. El ruido de un caro, el ladrar de los perros, incluso el silencio de la noche, recrean el clima de terror.

Es inevitable el sentimiento de culpa en la mayoría de las mujeres. Se da como cierto remordimiento de que los hijos pagan la rebeldía de la madre, porque no tuvieron la oportunidad de ir a la escuela, dice una, porque no tuvieron una vida normal, piensa otra. Culpabilidad por la muerte de la madre de un niño pequeño que siente que no debió haberla dejado sola. Y aunque no es la norma, también hay una mujer que no se siente culpable por la muerte de la hija militante, ella fue la que escogió su camino.

Y aquélla mujer refugiada que una vez planteado el retorno no quiso volver al lugar de donde salió porque yéndose a otra parte donde no hubo tanta guerra o habría, pero nosotros no lo vimos así, así lo pensé yo, ella sentía que la guerra se había quedado en el lugar donde la dejó. Para hombres y mujeres el desplazamiento fue una experiencia muy dura pero para las mujeres dadoras de la vida, la carga era fuerte, entonces esa angustia de andar ahí, de cargar a los hijos, de saber o no saber si el marido vive era un gran martirio para las mujeres. Hubo quien murió por los problemas derivados de la preocupación.

Impresionante es la cantidad de miedos que se rescatan de entre tantas palabras así como lo que nos pasaba nos daba más fuerza para seguir adelante, vencimos el temor, y no estamos hablando de un miedo fácil de describir, estamos hablando de gente que vio, que supo, que sintió cercanamente la política represiva difícil de narrar. Es evidente que ese miedo se quedó grabado. Algunas tuvieron tiempo de sentir dolor, pero el miedo era el que se imponía, para actuar o para dejar de hacerlo, otros sentimientos vinieron después. Son muchos los miedos que ellas han ido venciendo, pero muchos también los que quedan. La gente sigue con miedo y no se atreve a salir, a buscar apoyo, a tratar de organizarse, no es la indiferencia, es el miedo lo que les impide actuar. Una de las razones es sin duda la impunidad y la otra, es que sigue fomentándose esa política de temor pues el aparato represivo continúa matando gente y corriendo rumores sobre lo que puede suceder. Las demás mujeres no quieren venir porque les da miedo, no es en pasado que se habla, el miedo sigue presente, en jóvenes y viejos, en mujeres y hombres, en el campo y en la ciudad.

Entre tanta desolación llegar a decir que la mayoría teníamos que hacer la lucha de alegrarnos, de mantenernos la moral en lo alto significa que no es fácil vencer la resistencia cuando se opta por la vida, aunque se siga con miedo, a pesar de que prevalezca la desconfianza, se aferraron a la vida y son un testimonio de que increíblemente se encuentran vivos. Tienen problemas de salud relacionados con el miedo, con las tensiones, con las preocupaciones, que ningún acuerdo de paz contempló no he tenido la posibilidad de ver si todavía tengo remedio. Los daños a la salud de las mujeres campesinas, pobres y solas, no son tema de preocupación (lamentablemente para nadie, en las rondas de negociaciones) cuando una mujer me señala que la mente se le va, hay que verla para comprender lo que quiere decir, hay que estar cerca de ella cuando se le fue la mente para entender que se les dejó literalmente abandonadas, el miedo entró en su cerebro y no se fue, pasan los años y su mente prefiere irse de ese cuerpo adolorido y ella se va acostumbrando a vivir sus ausencias de sí misma, sin llegar a saber si todavía tengo remedio.

No encontrar la palabra que describiría cómo se sienten para concluir que lo que inundaba su ser era el sufrimiento. Salían de un miedo, de sufrir y entraban a otro sufrimiento las mujeres nos fuimos quitando el miedo y hablaron y exigieron, pero cuando dicen sufrimos un tiempo es claro que no es el dolor el que marca su vida, sino la resistencia, y saber sobreponerse, gracias, en parte, a la organización que fueron armando. La represión empujó a las comunidades del campo guatemalteco a irse, pero después hubieron de enfrentar otra disyuntiva que las llevó a cuestionarse si continuaban como desplazados o si se iban a México. Para algunos, irse de Guatemala era como traicionar a la madre patria, para otros, lo importante era conservar la vida y con ella continuar la lucha. Los que cruzaron la frontera fueron bien recibidos por sus iguales mexicanos la gente se compadeció mucho de nosotros y entonces nos aceptaron.

Y es cierto que sufrieron, pero sobre todo muchas de ellas valoran la importancia de estar organizadas.

¿Nos íbamos a quedar igual o íbamos a echar a andar lo que aprendimos?

Una primera pregunta que surge después de escuchar historias varias de mujeres diversas y su experiencia con la guerra, tiene que ver con saber si lo vivido ha valido la pena, si los costos se equiparan a los beneficios, si el balance que ellas hacen, como mujeres, sobre el tiempo en que la violencia se enseñoreó en su cotidianidad es positivo o negativo. Y aunque las respuestas varían dependiendo más que nada de las pérdidas humanas con las que cuentan (el esposo, algún hijo o hija, por ejemplo) y de que pareciera que lo que priva es la desesperanza, rescatando los testimonios podemos rastrear otras perspectivas de cómo ellas han ido reinterpretando esas pérdidas y de la fuerza que adquirieron al formar parte de una organización. También debemos subrayar que mucho depende de la opción que tuvieran frente a la guerra, esto es, como vimos páginas atrás, si ellas se incorporaron a alguna organización armada clandestina con el objetivo de tomar el poder, de cambiar el sistema político y económico de su país, de aportar para mejorar las condiciones de vida, su idea gira en torno de (ante lo inevitable de la guerra) comprender y analizar que el camino que siguieron era el único y que así hay que valorarlo y en ese marco interpretar los resultados. Si por otra parte, la guerra las arrastró y no les quedó otra vía que actuar una vez inmersas en ese remolino, su reflexión gira más en torno a lo inútil de tanta sangre derramada pero aún así, ellas valoran ampliamente lo que significa su experiencia organizativa, lo que aprendieron en esos años difíciles que les generó una nueva perspectiva de vida, de la cual ya no pueden desprenderse, a pesar de las dificultades, a pesar de que se hable de la firma de unos acuerdos de paz, pero que esa paz no forme parte de la vida diaria.

Considero que la madre que perdió a su hija militante, lamenta que la lucha por la que ella dio la vida, no llegara al final deseado, nunca se imaginaron que íbamos a perder y aquí se puede pensar que se apostó por una causa que efectivamente llevara al triunfo, pero también queda la interrogante de qué tan bien se prepararon para lograrlo y si los costos podían haberse reducido. Fueron muchas las muertes (que se sabe forman parte de la guerra) y ya no pensando en cada bando en el que se encontraran los actores de la experiencia bélica o de las expectativas puestas en ésta, sino como país, es importante analizar la situación a partir de todo lo que murió con la guerra, desde allí debería darse la reflexión. No se tomó el poder por los rebeldes, la guerra popular prolongada fue en extremo prolongada y la política contrainsurgente no conoció freno, pero tampoco logró derrotar a las guerrillas; la esperanza del cambio se fue diluyendo no así el recuerdo de los muertos que se fue fortaleciendo, no se podía pensar que la sangre derramada abonó una mejor sociedad, no hay ese consuelo, la muerte no trajo mejor vida para los que quedaron. Antes bien, la conclusión es la contraria.

Nos han quitado la esperanza, pero se las quitaron no sólo las fuerzas represivas, también se las arrebató el grupo rebelde en el que la habían depositado, y a pesar de esta conclusión muchas mujeres siguen participando, siguen actuando. Por su parte, la madre de un desaparecido afirma que la esperanza nunca la hemos tenido completa, estas madres luchan por la aparición de todos los ausentes que se llevó el poder sabiendo de antemano lo difícil que sería encontrarlos, no sólo por lo que se sabía hacían con estos perseguidos, sino también porque su actividad cuestiona a culpables que no son castigados y a los que nadie asume abiertamente como tales. Con la impunidad prevaleciendo, ellas siguen esperando que las cosas mejoren, pero sabiendo que el ejército está detrás y los riesgos que esto implica. La magnitud de la represión queda evidente cuando ella dice el primer logro es que todavía estamos aquí contando la historia, afirma no tener grandes logros porque el objetivo principal: la aparición de los desaparecidos, sigue siendo difícil de conseguir. Aunque esto es cierto, también podemos rescatar lo que para muchas mujeres significó tener un espacio al cual acudir para denunciar primero la desaparición de su esposo, de su hijo y después para exigir que se lo devolvieran. Espacio en el que se vieron con el mismo rostro de desesperación pero en el que también comprendieron que no estaban solas, que no eran las únicas y que podían unirse para compartir su dolor y transformarlo en lucha, y así lo hicieron. El discurso fue cambiando y ahora lo que piden es la aparición de los restos, no hay ninguna certeza, pero no parece ser que alguien piense que los van a encontrar con vida, y el duelo les hace tanta falta. Promover los derechos humanos es otro de los logros de estas mujeres además del respaldo de la comunidad internacional. No han cumplido su principal objetivo pero tienen otras conquistas de las cuales sentirse orgullosas, aunque el duelo se siga postergando, siga pendiente. Y todavía más, a pesar de que ella sabía que su hijo no aparecería, yo continué en la lucha. Este es un ejemplo de que una vez que algunas mujeres se incorporaron a cualquier forma de organización, no luchaban sólo por su objetivo inmediato sino que siguieron participando. Encontraron un lugar en su vida que las transformó y del cual no desean salir.

La idea de estar organizadas fue creciendo en muchas mujeres que enfrentaron de diferente manera a la guerra. Sufrieron y aprendieron en medio del sufrimiento también fue un aprendizaje para nosotros, nos sirvió bastante; la idea de no quedarse en el lamento es muy importante en este contexto. Las mujeres que salieron al refugio, aprendieron una forma de vida que les fortaleció mucho y que asimismo les abrió un horizonte nuevo que quisieron traer de nuevo a Guatemala, por eso es ella, una mujer refugiada, quien nos dice que podían seguir igual o echar a andar lo que aprendieron, porque además, no podían quedarse como si nada hubiese pasado, las huellas de la violencia, del desplazamiento y de la muerte no son erradicables; sentarse a llorar era más fácil y continuar viviendo representaba un reto. Sobrevivieron masacres que costaron muchas vidas, así que empezaron a trabajar para vencer primero la desolación y después comprobar que a partir de organizarse, los logros podrían ser más realizables. La identidad de encontrarse en un país diferente al propio, de llegar huyendo, de escuchar los bombardeos, de saberse pobre y finalmente desconociendo los derechos, se fue fortaleciendo para dar paso a mujeres nuevas, a mujeres organizadas que ganaban un espacio novedoso, que de muchas maneras las enriquecía. Incluso, cuando volvieron a Guatemala tuvieron diferencias con las mujeres que no habían salido y que no compartían tan rica experiencia organizativa. Había algunas que pensaban que la organización en el refugio era coyuntural, que sólo obedecía al momento, yo regresé a Guatemala pensando en ya no trabajar pero no fue así, la necesidad de estar organizada es más fuerte y sigue latiendo.

Una constante es que una vez que las mujeres desean organizarse, lo primero que deben vencer es la resistencia de los hombres de la familia y después una serie de chismes que para muchas es difícil superar siempre hay pleito con las casadas, con la participación y con las mujeres casadas siempre tienes problemas. Eso no detiene a las convencidas que desean incorporar a las demás, ni siquiera las amenazas que no cesan han sido un motivo tan fuerte como para desmoralizarlas, saben que la violencia no quedó atrás y particularmente aquellas que están organizadas desafiando el poder como las del GAM o CONAVIGUA, viven en un clima de hostigamiento constante, tenemos que intentar a ver dónde llegamos, porque como ella misma dice, el problema sigue, así que lo mejor es luchar para cambiar, a pesar de que se sabe que el camino no es fácil. Los desafíos comienzan en casa, pero van más allá porque al estar organizadas están cuestionando una serie de elementos que tienen que ver directamente con el poder, el de los hombres sobre sus mujeres y el del gobierno sobre los pueblos.

La que fue militante urbana del EGP sabe que fue suya la decisión de incorporarse a la guerra pero lo ve como una decisión impuesta por las circunstancias; su participación política la hace sentirse satisfecha y aunque sabe que en Guatemala las situación actual no es buena, considera como logro de la guerra lo poco o mucho que se haya ganado. Esto hace una gran diferencia, no es lo mismo que la violencia te arrastrara a que formes parte de una violencia organizada.

Un proceso largo tiene que ver con cómo se sienten ellas como mujeres, ellas se saben mujeres y la conclusión a que llegan es que no es igual, pues somos mujeres, algunas de sus ideas se relacionan con cuestiones de discriminación real como la que tiene que ver con el derecho a la tierra. Ser  una mujer propietaria de la tierra no tiene que ver con una costumbre, ni para ellos ni para ellas, presupone que se puede tener acceso a créditos y una mujer campesina no es sujeta a éstos y aunque pudiera serlo, gracias a algunos acuerdos, para ellas no es fácil tocar esa puerta si son mujeres solas, a veces, si tienen un hijo varón lo hacen pero si no, prefieren no hacerlo tenemos miedo porque no existe con qué pagar. Si bien el miedo a la violencia no ha desaparecido por completo, ahora hay que aumentar el miedo que da la incertidumbre económica. Por ello algunas organizaciones como las de las refugiadas, se han ido transformando también en instancias que ayuden a mejorar las condiciones diarias de la vida. Mientras no se logre garantizar la subsistencia de cada día, la organización de las mujeres queda como algo difuso, sin sustento material y por tanto difícil de conservar.

La subestimación de otros hacia las mujeres y de ellas mismas es algo que lograron ir venciendo al estar organizadas, no sólo al ir conociendo sus derechos sino también al irse descubriendo como capaces de salir de su ámbito doméstico para penetrar a actividades nuevas. Como mujeres que no buscaron ser hombres sino que se descubrieron como sujetos sociales capaces de avanzar y de demostrar fortaleza, primero a ellas y después a los otros. Nos encontrábamos con otras mujeres igual que nosotras.

Hay que entender estas formas organizativas en el contexto de la guerra y la fuerte violencia. Mujeres que salieron con muchos más huyendo de las bombas, del fuego, del ejército, y que al descubrirse vivos comenzaron a organizarse, primero para conservar la vida y después para hacer esa vida menos difícil: la alimentación, la seguridad, la salud, todo en aras de conservar la vida. Una vez que las mujeres comenzaron a organizarse y que les pareció una experiencia importante, ellas mismas trataron de que otros hicieran lo mismo. La cuestión es unir nuestras voces… y no vivir lo mismo. Sobre todo eso es lo que queremos, que las mujeres ya puedan hablar, que digan cómo lo quieren, descubrir que la voz tiene importancia, que hay que usarla y saber que será escuchada.

Como familiares de desaparecidos, como desplazadas, como guerrilleras, como viudas, simplemente como mujeres violentadas que buscaron la manera de encontrarse, se juntaron con otras como ellas y se organizaron. Gracias a esta experiencia no son víctimas pasivas, son mujeres organizadas con una identidad que primero es de mujeres y después vendría lo otro: mujeres viudas, mujeres desplazadas, mujeres refugiadas, mujeres madres, mujeres militantes, etcétera.

Ellas se encontraron a sí mismas en la organización y sólo entonces fueron capaces de valorarse y construirse. Ya tuvimos experiencia y hay que luchar para que esto cambie.

El tiempo no se detiene en Chiapas

Como ya he mencionado, el que no haya enfrentamientos en el estado de Chiapas entre ambos ejércitos, no significa que no se viva un ambiente bélico, pero sin duda, los resultados son diferentes. Un ejército que se preparó para la revolución pero que no está combatiendo, no tiene mucha razón de ser. Los diez años de preparación para la guerra significaron apoyo, entrenamientos, disciplina, estudio, clandestinidad y por supuesto un proyecto a futuro; los diez años posteriores marcan una gran diferencia y creo que la principal es que es ejército rebelde está desmovilizado ¿dónde están los que serían los combatientes cuando no se contemplan combates en puerta? Esas mujeres que optaron por la vía de las armas, que salieron de sus comunidades para ser militares de tiempo de completo, que rompieron tantos esquemas y roles tradicionales ¿qué espacio pueden ocupar? ¿Pueden volver a esas comunidades donde la tradición pesa como la pobreza? ¿Pueden mantener un espacio que descubrieron fuera del lugar donde crecieron, al volver? ¿Ganaron o perdieron en su vida cotidiana? ¿Fue la guerra un catalizador?

Pero no sólo encontramos a mujeres indígenas que se volvieron militares, otras mujeres también sufrieron modificaciones en su identidad al vivir momentos de guerra. Retomando la idea de la violencia, para la mayoría de las mujeres de Chiapas con las que conversé, ésta no viene a su mente a partir de enero del 94, la violencia forma parte de sus vidas desde siempre. Por ello voy a rescatar sus palabras cuando recrean el contexto violento en que han nacido, crecido y sobrevivido, el mismo que desean romper a partir del pensamiento zapatista.

Así como en Guatemala la palabra pérdida es la que más se repite, en Chiapas la frase que más brota en las mujeres es tenemos palabra. Ellas quieren hablar y quieren ser escuchadas, muy comúnmente señalan que no tenían palabra pero que ahora la tienen y piensan utilizarla, ya no desean dejarla.

En lo que toca a la organización revolucionaria, el momento actual no da margen para muchas palabras. Sentimientos encontrados marcan las reflexiones de las mujeres. Una mezcla de esperanza e incertidumbre así como desilusión en algunos casos, da forma a los testimonios que se narran en presente. Presento el mosaico de voces de las mujeres que dieron forma a este apartado: cuatro ex integrantes del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), de ellas, tres viven en una ciudad y la otra, tzotzil, se reintegró a su comunidad como promotora de salud en 1996. De las tres restantes, una de ellas, chol, ya hablaba español antes de incorporarse al ejército zapatista, sabía leer y escribir así que ahora trabaja en una Organización no Gubernamental (ONG), las otras dos, que aprendieron español en la montaña así como a leer y a escribir, no volvieron a sus comunidades y ahora trabajan como empleadas domésticas de mujeres que a su vez trabajan en alguna ONG. Las cuatro se casaron con hombres que conocieron en su vida clandestina, tienen pocos hijos, no mas de dos. Sólo la que volvió a su comunidad continúa con un trabajo organizativo; las otras dos se desmovilizaron pero no tienen resentimiento con la organización revolucionaria y dicen sentirse dispuestas a volver al ejército si éste las llamara, la otra, tuvo problemas y por ello salió y se encuentra muy decepcionada.

Dos mujeres urbanas que comenzaron a militar en la iglesia, una religiosa, varias indígenas, una de ellas empleada doméstica. Salvo dos mujeres, las demás han encontrado en la participación organizativa un nuevo sentido a su vida, saber que tienen derechos es un descubrimiento fundamental para luchar, para cambiar, para encontrarse, para redefinirse. Las mujeres urbanas fueron fuertemente violentadas y ello las empujó a buscar una solución a su vida de mujeres golpeadas.

Salir de casa

No se dice nada nuevo cuando se habla de la obligatoriedad del matrimonio en muchas comunidades indígenas de Chiapas, del trabajo infantil, de las responsabilidades que se van adquiriendo desde muy temprana edad y por supuesto de la violencia intrafamiliar. Lo que deseo rescatar de los testimonios es cómo ese escenario adverso llevó a varias mujeres indígenas a salir de su espacio, de su casa, buscando romper con un destino al que comenzaron a cuestionar. Algunas de estas mujeres encontraron un nuevo horizonte primero al penetrar a un trabajo remunerado, y después al incorporarse a alguna forma organizativa que les retribuyó un nuevo sentido en su vida. Pero el punto de partida era dejar lo que parecía inevitable.

La migración económica de ser mayoritariamente masculina unos años atrás, se fue volviendo mixta; mientras que ellos aspiran a trabajar en la construcción o en algunos servicios como chóferes, ellas piensan en la ciudad para ser trabajadoras domésticas Ahora yo no vivo en mi comunidad porque necesitamos dinero; todos en mi comunidad se van para conseguir trabajo porque ahí no hay dinero. Los hombres se van a trabajar a Cancún en la construcción y las mujeres, ellas se quedan a cuidar de la casa, de los niños y otras nos vamos al trabajo de las casas, pero no mucho las mujeres salimos, más se quedan en la comunidad y los hombres se van de chóferes o a la construcción a Cancún.

El matrimonio muchas veces no es visto como una opción, como un derecho, sino como una obligación. Como yo no me quería casar fui a decirle a la maestra, la que fue mi maestra en la primaria, le dije que no me quería casar y que mi papá ya me había dado. Esta mujer, joven e indígena se atrevió a decir no, pero no podía hacerlo sola, buscó a quien le tenía confianza para que la apoyara, en este caso fue su maestra de primaria. La maestra efectivamente le ayudó a romper el destino que parecía inevitable, invitándola a ser su empleada doméstica, otro que también parece ser un camino para aquellas mujeres que se atreven a salir de su comunidad. Pero esa joven que dijo no, fue amenazada con que sería robada, entonces ella necesitó no sólo el apoyo de la maestra que se la podría llevar a la ciudad, sino el del padre, y lo obtuvo, pero como yo le dije mucho a mi papá que no quería casarme, entonces él fue a la casa, y como no querían recibir el dinero, entonces él lo dejó en la mesa. Yo creía que mi papá no me iba a apoyar pero luego que yo le dije, buscó a los papás para que recibieran el dinero. Ella se fue de casa huyendo de la obligatoriedad del matrimonio, se fue de empleada doméstica, no siguió estudiando, cambió su rutina de trabajo y siente que escapó a los golpes que los hombres siempre dan a las mujeres, pero el padre la apoyó, y ella así lo valora.

Salir del espacio habitual se convirtió para muchas mujeres en un reto, y la que lo consiguió, no sólo dejó un espacio físico, sino que rompió con una serie de ataduras de las que difícilmente podría desprenderse quedándose en la comunidad. Hay algunas mujeres que logran cuestionar no sólo el matrimonio no elegido, sino la vida de trabajo y golpes que trae aparejada la cotidianidad en el campo  Soy originaría de San Pedro Chenaló, en la cabecera. Ya llevo aquí, como veinti… tantos años que estoy aquí. Me vine aquí como en ochenta y dos, vine aquí a San Cristóbal. Era por necesidad, por lo que me vine de allá, pues no había trabajo y tuve que salir huyendo de mi casa porque yo no quería quedarme, yo no quería ser… ser campesina, no quería ser como ama de casa, cargando hijos y sufriendo golpes del marido. Pero para salir no se podía pedir permiso porque éste no se obtendría, entonces salía huyendo, y si las cosas no eran como se planeaban, el regreso no formaba parte de los nuevos proyectos.

Trabajar como empleada doméstica significó para muchas mujeres un ingreso monetario al que no estaban habituadas pero también una nueva forma de mal trato, el que venía de la dueña de la casa y muchas veces también del esposo de ésta, añadiendo la posibilidad de abuso sexual. Una mujer joven, recién salida de la comunidad y por lo tanto monolingüe, pero que se atreve a irse a donde no conoce, a donde no le entenderán es, de entrada, una mujer valiente que carga con la conciencia de que lo que encontrará, no puede ser peor que lo que tiene. Cuando yo salí de mi comunidad, tenía yo 16 años. Pues tampoco yo no lo entiendo por qué quise salirme de la comunidad, bueno creo que yo así lo decidí como que desde, desde antes, cuando estaba yo pues más chica como de ocho años, diez años, como casi ya lo tenía ya en la mente que yo no me voy a quedar aquí, pues yo me voy a ir a buscar mi trabajo ¿no? pero nunca, nunca pensé si tengo que sufrir, no, como que no, eso no lo pensaba yo… pero volver a la comunidad, ya no.

¿Qué es lo que se aprende fuera de la comunidad? Primero, y ello abre muchas puertas, otra lengua, la de la mayoría, ellas comienzan aprendiendo español y van ganando confianza en sí mismas, pueden entender y pueden decir. También descubren que no tienen que casarse tan jóvenes ni tener tantos hijos y por esta nueva experiencia son mal vistas, pero algunas también son admiradas por ellas mismas cómo fui tan fuerte y tan valiente de salir de mi comunidad a pesar de que yo tenía el niño chico, esto es, se valoran, se significan en otro contexto y reconocen que lo que han hecho es digno de contarse.

Para una ex zapatista, la salida de la comunidad significó mucho porque aprendió español, pero no en donde nació, sino en la comunidad a la que me fui, no en mi comunidad, porque allí lo que se aprende es a tortear, a moler el maíz, a trabajar en la milpa, no se aprende nada. Para ella salir e incorporarse a la organización significó descubrir otros espacios en los que no hubiera podido incursionar al quedarse. Fue su padre quien la invitó a unirse a las filas zapatistas  porque no había otro camino; pero el ejército rebelde se desmovilizó y ella no regresó a su comunidad, ella se fue a una ciudad, pero como no tenía estudios previos, había terminado la educación primaria y a decir de ella, sólo aprendí a escribir mi nombre, ¿en qué podría trabajar si lo que aprendió después de tortear fue entrenamiento militar? El español vino después, así que en la ciudad, ella, al dejar las armas, toma la escoba para volverse empleada domestica de mujeres vinculadas a ONG y está contenta, porque a la comunidad no quiere volver vivir en los pueblos es muy difícil. Y aunque otra afirma que le gustaría trabajar en otro lugar, dice que no sabe hacer otra cosa. Argumenta que la razón por la que no desea volver a su comunidad es porque ahora tiene hijos y quiere darles escuela, quiere que tengan educación y esa sólo la puede encontrar en una ciudad.

Pero el español para las que fueron militares de las filas zapatistas no sólo significó el uso de una nueva lengua, también yo creo que algo bueno de haber salido del pueblo es que aprendimos a vernos como mujeres, de otra manera, diferente a como estamos en la comunidad, es mejor para ellas, para las mujeres, las cosas que aprendimos fuera de la comunidad, no sólo el español que lo podemos hablar, sino que hablamos, podemos hablar lo que sentimos, lo que queremos, lo que pensamos. El uso de la palabra para transmitir emociones y deseos. Transformar en palabras lo que vive en sus mentes y corazones es un logro que ellas valoran ampliamente.

Estas mujeres que nacieron indígenas pero que ya no viven en una comunidad, tienen menos hijos, y ellas mismas lo aprecian como un logro si estuviera allá ya tendría un montón de hijos, las que estuvieron en la montaña con los zapatistas esperaron para tenerlos, una de ellas tiene ahora treinta y dos años y ha tenido sólo un parto, otra, con veinticuatro no está pensando todavía en embarazarse. Ambas se casaron con compañeros de la organización y piensan que en la comunidad, allí tienes que tener hijos. Pero como ellas estaban en la lucha, los hijos quedaban para otro momento. Otras de las que migraron, no tienen más de dos hijos.

Un cambio también tiene que ver con algunas tradiciones como el uso del traje ¿lo abandonan fuera de la comunidad? La mayoría de las mujeres indígenas que migran a alguna ciudad dejan el traje. Primero porque al integrarse como empleadas domésticas, a muchas de las patronas no les gusta que lo usen y ellas lo dejan, pero no es ésta la única razón yo ya no uso más el traje, ahora siempre traigo pantalón, es más cómodo, ni cuando voy a la comunidad me lo pongo, ya no lo uso. Para otra yo dejé el traje desde que salí de la comunidad, pero cuando voy, cuando voy a visitar a la familia, entonces me pongo el traje, sólo allí lo uso, me gusta ponérmelo en la comunidad. Diferente significado que puede tener el traje. Algunas que salieron ya no lo usan pero lo refieren en relación a la comodidad de portar otro tipo de ropa, pero para otras el traje es usado sólo dentro de la comunidad, si vuelven a visitar a la familia, se lo ponen, si no, ya no lo usan. Desde que estoy aquí, en San Cristóbal cambié mi ropa, allá uso una blusa floreada y una falda larga, pero desde que estoy aquí cambié por esta ropa; pero cuando voy a mi comunidad me la pongo otra vez porque no les gusta que me ponga otra. Yo me siento más a gusto con esta ropa. También el pelo lo cambié, allá lo usaba trenzado y con su listón pero aquí lo puedo tener de otra manera. También me lo quiero cortar pero mi mamá no quiere. De por sí, cuando se viene a trabajar sabemos que muchas señoras no quieren que usemos el traje así que lo cambiamos, de por sí. Esto también debemos enmarcarlo en el contexto racista de vivir en una ciudad donde el indígena es menos, es mal tratado, es despreciado, discriminado y dejar un elemento que lo significa como indio es quizá como si se quitara de encima una razón para ser considerado menos.

La violencia hacia las mujeres aunado al consumo desmedido del alcohol es una razón de peso para que algunas mujeres quieran irse, hay pocos hombres que no pegan, pero casi todos pegan, por eso yo me salí de la comunidad, porque no quería que me pegaran, incluso una vez que ella tiene la certeza de que no se le debe golpear, piensa que de nada sirve, que podría hablar con el hombre que se fuera a casar sé que le puedo platicar que no me pegue pero no me va a oír. Así que la violencia diaria es una pesada carga que algunas mujeres ya no desean traer a cuestas.

La violencia de siempre y una más

La violencia en Chiapas no apareció con la guerra. Aquí, y a partir de las palabras de las mujeres, me gustaría referirme a dos formas de violencia que a ellas las han marcado fuertemente, la primera, la de siempre, la que parece no tener principio ni fin, la que se vive con sufrimiento y resignación pero que se comienza a cuestionar fuertemente; la otra, la que llegó con la presencia del ejército pero que, a diferencia de Guatemala, para muchas de las mujeres en Chiapas no ha diluido a la primera.

Las violaciones sexuales dentro de la comunidad son una constante, muchas mujeres han sido violentadas y además de la impunidad que prevalece pues el culpable nunca es castigado, ellas deben cargar un hijo y olvidarse del matrimonio, a menos que sea con un viudo. Pasan lo que muchas otras, primero se les cuestiona si no serían ellas las culpables de que el hombre tuviera relaciones sexuales con ellas, como generalmente tal es la conclusión, entonces no hay delito que perseguir, en ocasiones ellas son apoyadas por la familia pero otras, toda la comunidad las repudia. Porque él dijo que porque yo me había ofrecido, como siempre ¿no? después se lavan las manos y dicen que una es la culpable y todo eso, entonces francamente mi palabra no me la creyeron, pues sí fue acusado, pero no lo castigaron.

Hablar de la violencia significa recrear una serie de vivencias demasiado cotidianas, pues la verdad, como siempre he vivido las violencias ¿cómo me he dado cuenta? ¿cómo? pues yo desde chiquita o desde mi comunidad yo he visto toda la violencia, que lleva aparejada la impotencia. A esa violencia no se le ve el fin como tampoco el comienzo. Mujeres que migraron la cuestionaban desde que estaban en su entorno habitual, sin haber sido aconsejadas, algunas lograron cuestionar una costumbre que parece inamovible, que forma parte de la vida, como el alcohol, como los chismes, como los hijos.

Los chismes son una pesada carga en la vida de las comunidades. Lo que dicen los otros, las otras, lo que le cuentan al esposo, al padre, le metieron chismes y se me fue, me quedé con un bebé y estaba yo embarazada otra vez. Porque ella quiso comenzar a participar y su actitud se veía como la de una transgresora que merecía ser señalada y condenada, y qué mejor que la calumnia que viene con los chismes porque ya la gente nomás estaba hablando muy mal de mí y me fui con él, se casó con un hombre al que no quería para ver si con ello evitaba lo que la gente decía. Una mujer sola es sujeto de muchos comentarios negativos, al igual que la maternidad, el destino del matrimonio no se cuestiona y aquélla que no arriba a ese fin, por elección propia, es criticada. Y llenan pues los chismes de la comunidad ¿no? lo vimos paseando, lo vimos que, que está saliendo a caminar al medianoche, entonces que no es cierto ¿no? entonces que ni, ni salimos a pasear ¿no? entonces nomás el trabajo que estamos haciendo y entonces como le digo a mi papá, pues si lo creen, o sea total ni es cierto. No es cierto pero pesa.

Las mujeres que a partir de la iglesia católica comenzaron una reflexión de su realidad, encontraron en la Biblia la respuesta a sus interrogantes pero también la solución. La Coordinadora Diocesana de Mujeres (CODIMUJ) se convirtió en un espacio femenino para cuestionar la subordinación, pero primero, cuestionar la violencia. Bueno para mi, empecé yo a luchar con las mujeres por lo mismo que nosotras las mujeres vivimos que es la violencia. Yo, la mera verdad, al principio, yo vivía yo la violencia porque tomaba mucho mi esposo y de ahí, ya no me sentía yo bien, como que no encontraba yo salida, ya estaba yo desesperada, como que pienso yo matarme porque dicen su puta madre no te vales, eres mujer, no vales nada, y sería lo que ella llama la palabra de dios lo que la ayudó a saber que sí vale, porque comenzó a perder el miedo. Descubrir que la virgen María era mujer pero a la que todos valoran, le abrió los ojos para verse a sí misma como mujer que tiene un valor, aunque muchos digan lo contrario.

La violencia doméstica no es exclusiva de las comunidades campesinas en Chiapas, al grado que una mujer urbana de Comitán llegó a afirmar así que yo no conozco una mujer que no haya sido golpeada… sí casi todas, cuanta mujer he conocido ha sido golpeada. Esta es una aseveración muy fuerte, como decir que no conoce planta sin flor, como que es parte del paisaje. Ella huyó más lejos, se fue a la ciudad de México para escapar de los golpes, cuando volvió también encontró en la palabra de dios la herramienta para cuestionar la violencia porque comenzó a tener conciencia de que las mujeres tenemos derechos, de que las mujeres nos teníamos que defender. Su vida comenzó a cambiar entonces, pero no a la par de la de su compañero, así que lo dejó. Ese parece ser el destino de la mujer que cuestiona, quedarse sin pareja porque ellas van cambiando solas.

Hay mujeres que reflexionan que después de vivir tantos años violentadas, ellas mismas asumen la misma actitud con quien se puede, con los hijos, con las nueras, con quien puedan descargar la impotencia de ser la víctima. De allí la importancia de comprender y cuestionar ese ambiente que daña fuertemente a las familias. Ahora hay quienes piensan que otras deben conocer lo que ellas, saber que existen derechos y que pueden exigirse.

A esta violencia hay que añadir la que llegó con el ejército y los grupos paramilitares. Esa, a la que muchas llaman otra violencia. A las mujeres que estaban participando en alguna forma organizativa, fuera de la iglesia, fuera productiva (talleres artesanales, panadería, una tienda colectiva) se les ubicó como subversivas, se les acusó de ser zapatistas (como en el contexto de la guerra fría ser comunista era la peor acusación que se podía lanzar, en el Chiapas actual, ser zapatista es una acusación que trae implícitas muchas amenazas y miedos) por ser las que se juntan, se reúnen, discuten, y por supuesto opinan y toman partido si no dejan de participar, les voy a agarrar porque ya los conozco muy bien, que son ustedes, que hablan mucho. Ese es el riesgo que corre cualquier poder, que hables, que cuestiones, que digas tu palabra.

Como ya mencioné, las mujeres con las que platiqué hablan de la violencia diaria más que la que llegó aparejada con el ejército. Dicen que supieron que han violado mujeres, que se ha incrementado la prostitución, que los militares armados, cuando están tomados, llegan a balearse en la calle con cualquier otra persona, que incluso se han incrementado los precios en los mercado porque ellos consumen más, pero todo lo cuentan a partir de las cosas que han oído. Sólo una religiosa me hablo de problemas vinculados a la violencia sexual sabemos que en los retenes violaron mujeres, eso pues nosotros lo sabíamos, las mujeres… eso nosotros no lo podíamos denunciar directamente porque las mujeres directamente agredidas pues no quisieron, quiere decir que este problema es mucho más fuerte de lo que se sabe. Veamos ahora cómo sienten la presencia de ambos ejércitos.

Los ejércitos

Lo primero que sucedió cuando apareció públicamente un ejército declarando la guerra al gobierno mexicano, es que comenzaron a correr muchos rumores. Cuando pasaron los zapatistas por mi comunidad me acuerdo que la gente decía que había que esconder el dinero porque venían a robarnos, nos decían que venían unas personas malas, que te comen, que comen los animales, que van violando a las mujeres, que teníamos que escondernos. Después descubrieron otras cosas, que no pasaban robando, que invitaban a unirse a la guerra, que eran muy pobres. Nos daban miedo los zapatistas, tenían la cara tapada, pero ya después entendimos que no nos hacen nada, que no quieren nada malo, ya les creímos un poco, los queremos ayudar pero tienen claridad de que una guerra representa muerte y no se quieren incorporar a ella, a pesar de la invitación, y la reflexión final a nosotros ellos nos dan pena porque son pobres, ellos son muy pobres, están caminando todo el tiempo, por eso queremos ayudarlos porque sufren, como ellos son pobres pues sí necesitan luchar, nosotros no somos muy pobres pues tenemos animales.

Otro de los rumores tenía que ver con que los zapatistas venían a quitarles sus casas a quienes tuvieran más de una, así que mucha gente no sabía como repartirse para proteger sus propiedades. Hubo quien hizo maletas para huir de la muerte que trae la guerra. El ejército también soltó muchos rumores, sobre todo para hostigar a la gente que consideraba podía apoyar a los rebeldes. La diócesis era vista como enemiga. Como a muchos sectores de la iglesia, particularmente a las religiosas de Altamirano, les cayeron encima muchas acusaciones sin fundamento. El pueblo se volcó a recibir al ejército cuando entró a la ciudad como al salvador los primeros días de enero del 94, y a las religiosas se les consideró guerrilleras (como a Samuel Ruiz, como a otros sacerdotes) y se les presionó de diferentes formas. Entre el ejército y los ganaderos, los rumores tomaron vuelo. Cuando llegó población desplazada a la zona (la que previamente se desplazó por los rumores) también fue utilizada por éstos para agredir a las religiosas.

Y por supuesto el estado completamente militarizado y el problema del tránsito. Las religiosas que se convirtieron en centro de acopio debían sortear muchos obstáculos en los retenes nos retenían tres horas, bajando absolutamente todo lo del camión, revisando todo, o sea absurdo. Una lata de leche en polvo cerrada, que la empiezan a mover, y te dicen que esto pesa más de lo normal. Ahora bien, ella afirma que a ellas, las monjas, no se les agredió físicamente de ninguna forma. Una indígena de Tenejapa que se habituó al paso por los retenes, también fue encontrando formas de resistencia, y aunque no nos guste, pues a veces les sonreímos y así nos dejan pasar.

Una mujer indígena habitante de San Cristóbal descubrió aquel primero de enero, a mujeres de su comunidad entre las insurgentes, ello le sorprendió mucho así que fue a platicar con ellas en tzotzil. Quería saber por qué estaban allí y la respuesta era ya es muchísima la violencia, lo que hacen las autoridades, no somos tomados en cuenta y si pedimos algo pues siempre somos pisoteados de los indígenas, entonces por eso nosotros levantamos a los indígenas, que nos vean que sí podemos levantarnos, podemos hacer una guerra. Le sorprendió mucho ver a mujeres armadas pero además le dijeron que se fuera, que el ejército federal podía aparecer en cualquier momento y que ella está desarmada, que estaban esperando un enfrentamiento. Se asustó y pensó en la muerte, pero también tuvo otra reflexión cuando vi a esas mujeres, bueno, yo pensé algo… dije, es que sí se puede hacer, entonces las mujeres pueden usar armas, las mujeres también tenemos el  derecho a levantar,  también las mujeres podemos  hacer algo. Pero eso fue en el 94, ahora se interroga sobre si los zapatistas se arrepintieron o qué fue lo que pasó, como que algo quedó incompleto.

Una mujer que fue militante zapatista, ahora desmovilizada, que regresó a su comunidad y se integró a trabajar como promotora de salud, ella es testigo de cómo algunas mujeres se dejan envolver por promesas de soldados y el riesgo que corren de contraer alguna enfermedad de transmisión sexual o de quedar embarazadas. Por un lado, las familias priistas viven más de cerca con los militares, los invitan a comer y estos enamoran a las mujeres jóvenes y solteras (a veces también a las casadas), ellos les dan dinero, dependiendo de la edad de ellas, pueden ser cien o cincuenta pesos. Algunas salen embarazadas, y tienen el hijo, solas. Porque el soldado luego se va, se cambia y luego la mujer queda ahí. En la comunidad, empiezan a decir muchas cosas, a no pensar bien lo que se está haciendo y además mismo el gobierno viene  a chingar. O sea, en vez de que el soldado lo proteja a la gente ellos llegan a chingar. Así estas mujeres embarazadas entonces tienen a su hijo y se quedan con su familia, algunas ya no se casan y algunas sí se casan, porque los soldados que están ahí son indígenas también, la mayoría, pero ya ves que como tienen mujer, en otro lado, sólo para un rato pues. Algunas de las mujeres que se van con los soldados están casadas. Algunas se abortan porque no quieren tenerlo porque saben que después no lo van a poder mantener.

La idea que tiene otra mujer ex zapatista sobre el ejército federal integrado por indígenas es interesante: cuando regresé los volví a ver en el 96 y sentí coraje de saber lo que los ejércitos hicieron cuando entraron. No respetan, asustan a la comunidad, no respetan si están de militar y también había muchos como nosotros, indígenas como nosotros pero ya vestidos de militar ya son otros. Son otros. Y agrega una idea que muchas otras repiten yo pienso es que un poco bien haber hecho la guerra porque el gobierno ya dice de justicia y libertad que nosotros decimos antes. Las palabras que los zapatistas pusieron en la boca de muchas personas.

Por último quiero mencionar la crítica que una mujer hace a las bases de apoyo zapatistas, que sin ser parte de los ejércitos, están identificadas con uno de los bandos. La crítica surge, a decir de ella, de la inconsistencia entre el discurso y la realidad. Ella considera que el derecho de la mujer no se ejercía, pues los dirigentes de las bases, sólo hablaban pero no cumplían, militantes de la CODIMUJ que a su vez formaban parte de las bases de apoyo, fueron presionadas para optar sólo por una militancia, la segunda. La idea de rechazar toda propuesta del gobierno, es vista por ella como que ahí son muy así cerrados y empecé también a ver que ellos no daban apoyo, lo que veía yo es pura violencia hacia las mujeres también, empezaron a violar las compañeras, empezaron a darles hijos a las compañeras solteras, a abusar de ellas, no respetaban lo que es el derecho de la mujer…

Hablar de derechos

A partir de las rondas de negociación entre el gobierno y los rebeldes, muchas mujeres comenzaron una militancia que ya no abandonarían. La palabra dignidad acompañada del derecho a tener derechos se amplió no sólo a una cuestión política del poder o elecciones, sino que siguiendo el discurso zapatista, se retomaron muchos aspectos de hacer política desde el espacio en el que se participase, desde la iglesia, desde organizaciones productoras, y lo más difícil, desde la casa. Estuve participando porque vi que sí se puede participar y también podemos defendernos y tenemos el derecho de protestar, porque es lo que aprendí que sí se puede. Pero más antes no, porque estaba yo como una mujer tonta que no podía yo contestar, no podemos contradecir al hombre, no podemos contestar a ninguna autoridad, entonces siempre la mujer somos bajo demanda, bajo amenaza, somos… no puedes levantar la voz.

Si la violencia intrafamiliar es el estigma que deben cargar muchas mujeres, saber que tienen el derecho de no ser maltratas, es un paso muy importante para cuestionarlo. Ahora ya no nos pega porque ya estamos grandes y porque ya lo podemos demandar, así dicen ahí en la comunidad, que lo podemos demandar si nos pega, y él sabe que podemos ir a decir. Si decimos que pega, entonces lo pueden meter a la cárcel. Pero para que esto suceda se necesita no sólo que ella sepa que nadie tiene derecho a golpearla, que puede denunciar a quien lo haga, se requiere también que la justicia se ejerza.

Como que ya tenemos el derecho, el derecho de buscarnos pareja, tenemos el derecho de reclamar algo, tenemos el derecho de decidir cuantos hijos pues tener, tenemos el derecho de buscar tus ropas buenas. Derechos que se desconocían. Hay una mujer indígena que siente que fue conociendo gente de fuera de la comunidad, que ellas, las de dentro, pudieron saber de esos derechos Entonces cuando llegué al grupo, como que sí, algo cambio, como que… hay no sé como te dijera… como que… gente mestizos, gente de otro costumbre, como que sí, como que se dio muchas costumbres de ellos, eso es lo que más… No lo puede exteriorizar bien pero sabe que las otras, las de otra costumbre fueron las que le trajeron el cambio.

Y la Biblia fue otro instrumento que también colocó la palabra derechos en el vocabulario de muchas mujeres, entonces empecé a platicar en la palabra de Dios, empecé a platicar lo que es el derecho, agarraba yo la Biblia… incluso una mujer pudo convencer a su esposo de que él no tenía el derecho de golpearla porque si era católico debía seguir la palabra de dios y de nuevo los chismes, pero mi suegra, mis cuñadas, lo vieron muy mal, por qué me daba libertad, porque ya lo tengo mandoneado, porque ya le hice algo a mi marido, porque ya no me dice nada, porque mi pantaleta ya lo tiene encapuchado, ya no le dices nada a tu mujer.

Las mujeres pueden saber que tienen derechos, pero si los hombres no lo asimilan, el camino es difícil, por ello, hacemos talleres, encuentros, como que vamos a sensibilizar a las compañeras mujeres y a los hombres para que tengan idea también de los derechos de la mujer, los derechos deben ser conocidos por todos y estando organizadas, es más factible hacerlos posibles.

Comenzar a organizarse

Algunas mujeres ya se encontraban organizadas cuando llegó el 94 y con él la guerra. En Chiapas brotaron muchas divisiones a partir de ese enero, aquellas mujeres que estaban en grupos con un enfoque productivo, también quisieron hacer uso de la palabra mujeres de toda la comunidad venían participando, pero hay algunas que no quieren participar, nomás quieren dedicar nada más de vender, de sus tejidos nada más eso, entonces hay otras mujeres que quieren participar de otras cosas... pues como de marchas, de mitin, de eso pues, como participar de política, si no quieren participar las otras, porque queremos aprender también dicen, o sea queremos dar nuestras palabras y entonces ahí fue pues casi poco a poco se dividió la cooperativa, ya después del 94. No comenzaron a organizarse pero sí comenzaron una nueva forma de organización que incluyera las palabras. Espacios tradicionales se fueron politizando y las mujeres también.

La lucha contra la violencia cotidiana fue otro impulso para juntarse, las mujeres estamos tratando de organizar para que no nos pase nada, para que nos respeten las personas. Pero eso de las violaciones y de la violencia pasa desde hace mucho aquí, decía mi mamá. Esa violencia que no es nueva pero que ahora tiene nombre y que ellas saben que la pueden denunciar y tratar de erradicar. Ello fue impulsado desde antes del 94 pero adquirió más fuerza gracias a que muchas hicieron suyo el discurso zapatista. Entonces así, poco a poco, fui aprendiendo, empecé a formar mi grupo de mujeres, como de por sí tengo la experiencia de hacer pan, empecé a capacitar a las compañeras mujeres que son maltratadas que tienen necesidad como conseguir dinero, como quieran salir adelante y empecé a predicar la palabra de dios y de ahí empezamos a formar un colectivo de mujeres, a trabajar como panadería.

La resistencia de los hombres es tan fuerte como la del gobierno cuando se trata de exigir derechos, quien detenta el poder no lo suelta sin dar la pelea y quien decide cuestionarlo también debe entablar la lucha. Con los hombres, aunque no nos dan permiso o se enojan, pero y ya lo vieron también que no, que sí participan las mujeres, entonces ahí se empezaron a dar cuenta también los hombres… las mujeres como que a veces tienen miedo, ya sí como que ya después van dejando también el miedo, pues ellas mismas platican también con su marido… ya se atreven también de salir. Poco a poco van consiguiendo el espacio por el que están luchando. Primero las solteras tienen más posibilidades de integrarse a una organización, pero después lo han ido logrando algunas casadas. Cuando convocábamos a una reunión venían los hombres y decían que no podían llegar las mujeres porque les da vómito el carro, o no pueden hablar y tienen miedo, entonces lo que tratamos de hacer, o sea, no es conveniente, si es cooperativa de mujeres tienen que participar y pues sí nos costó mucho lograr también eso, no puedes hacer un día para otro... Con muchos tropiezos pero esta resistencia se ha debilitado, por eso estas mujeres hablan de un avance también de los hombres. Ellas no pueden caminar solas, el cambio debe ser compartido y quienes así lo han comprendido avanzan más solidamente y con menos miedos. Manejar los recursos, el dinero que consiguen con sus actividades, es algo que a los hombres les cuestiona mucho su ser, su rol impuesto, ellos son los proveedores del hogar y ellas comienzan a mover dinero propio, ganado con su trabajo.

Para una mujer que estuvo en las filas zapatistas, aprender a decir lo que se piensa es lo importante de la organización, yo ya no me quedo callada pensando, digo lo que quiero y mi voz es importante. Pero ya no se encuentra organizada en ninguna instancia, dice que si los compañeros la llaman, ella apoya, ya no iría a la montaña porque ahora tiene hijos, pero sigue estando bien con la organización, sólo que ahora nada más tiene tiempo de ser empleada doméstica, no puede hacer otra cosa, ella dice que es porque no estudió. Su esposo era su compañero de organización, así que siente que crecieron juntos, que él la apoya, sobre todo que él no toma alcohol y que no le pega, así que se siente feliz con su vida actual, pero valora que en la organización, además de aprender español, comprendió el valor de su voz, no sólo como mujer militar sino como lo que ahora es, como ama de casa. Su espacio es otro pero en él ella también quiere conservar el poder de su pensamiento traducido en palabras.

 Hay quienes se organizaron y cuestionaron su vida antes del zapatismo hemos entendido por qué la mujer pues ha sido tan discriminada tan apartada de muchos derechos que a ella le corresponden y de allí ha nacido nuestro deseo de organizarnos también… De hecho no era a partir del conflicto que nos dimos cuenta, anteriormente ya teníamos muchos problemas, nada más que a muchas cosas no les podíamos poner el nombre pero hay otras que ya estaban en ese camino pero eso no lo sabíamos antes y agradecemos, hasta cierto punto agradecemos al conflicto del EZ porque se nos fueron abriendo mucho los ojos y ya le pudimos poner nombre a todas estas situaciones que vivíamos…  porque sigue siendo la misma situación, pero en esta búsqueda de mejorar nuestra vida, en este querer vivir de una manera diferente, vamos descubriendo que somos personas valiosas, que queremos estar juntas, queremos contar nuestras experiencias porque en ese contar nuestras experiencias, pus vamos encontrando caminos para seguir adelante, nos sentimos que somos un poco más valiosas.

En la sociedad civil, como base de apoyo, como artesanas, en relación con la iglesia católica, incluso como desmovilizadas, las mujeres insisten en el uso de la palabra como un logro, como un derecho que ya no desean perder. En Chiapas, la palabra esperanza no se ha desvanecido.

Reflexión final

Hemos venido rescatando voces de mujeres en torno a dos ejes comunes: la guerra y la necesidad de estar organizadas en las mujeres tanto en Guatemala como en Chiapas. A pesar de grandes diferencias, quisiera reflexionar sobre algunos aspectos que me parecen relevantes en el marco de la necesidad de encontrar espacios, así sea pequeños, para decir la palabra, para expresar la voz. Sobre todo partiendo de que estas voces provienen de mujeres, indígenas en su mayoría, pobres y violentadas, pero que no se asumen como víctimas pasivas sino como sujetos sociales. Para quienes cargan con una tradición de silencio el proceso no  fue fácil.

El momento histórico en que surge el zapatismo dio pie a un discurso nuevo. Las mujeres combatientes pasaron de ser parte del pueblo combatiente que luchaba por el socialismo, a ser mujeres, pobres e indígenas combatientes que se reivindicaron como tales, que demandaban democracia, justicia y dignidad y que exigieron ser tomadas en cuenta en tanto esas tres características les confieren derechos y reivindicaciones especiales. Pero no sólo hacia fuera, sino al interior de su organización político militar también.

La idea de estar organizadas en las guatemaltecas fue formando una conciencia nueva en muchas mujeres que fueron incorporando a su lucha diaria. Esto significa que fue un contexto desfavorable el que creó las condiciones para que mujeres que cargaban miedo, enfermedades y subordinaciones varias, lograran crear un nuevo ambiente en el que comenzaron a valorarse. La violencia del ejército las transportó a un mundo diferente en el que aprenderían, de nuevas vivencias, pero sobre todo, rescatarían la importancia de la organización que, para muchas mujeres fue coyuntural pero que para otras, es cierto, la minoría, se convirtió en una razón de vida.

Las mujeres campesinas de Chiapas que participan en organizaciones de productoras, rescataron primero una cualidad que las mujeres han cultivado por años y es la de producir bordados. Algo que cotidianamente han hecho pero que adquiere un valor nuevo en la medida en que se valoriza económicamente, que implica un ingreso adicional en el hogar. Pero algunas de las mujeres que comenzaron a unirse para participar conjuntamente en una actividad, así sea encaminada a la producción y venta de artesanías, no se quedaron a ese nivel, el levantamiento zapatista se ha convertido en motor para impulsar y buscar niveles participativos eminentemente políticos. Ellas bordan, es cierto pero también asisten a marchas, participan en plantones y cuestionan la poca credibilidad que les da el gobierno incapaz de cumplir acuerdos.

En el contexto de la fuerte represión que se vivió en Guatemala, a las mujeres que se organizaron tanto para exigir la aparición de los desaparecidos como el de los restos de éstos, debe valorárseles como una iniciativa excepcional, como un esfuerzo muy importante de mujeres que supieron unir sus voces para desafiar un poder omnipotente y omnipresente. Esa fuerza sólo pudieron adquirirla porque una fuerte necesidad de vencer la incertidumbre las empujó, rompiendo la impotencia, y el miedo que reproducía el ejército.

Frente a la violencia institucional, la guerrilla ofrecía una violencia llamada revolucionaria, pero todas aquellas que no se encontraban en las filas rebeldes, también tuvieron una respuesta, y la encontraron en la organización, cualquier tipo de organización, el sólo hecho de unirse imprimió un nuevo sentido a vidas desoladas, a mujeres solas, a mujeres violentadas. Esta violencia logró que muchas mujeres encontraran un espacio de expresión en el que ellas mismas comenzaron a valorarse, a encontrarse consigo mismas, a vencer un miedo creciente. La resistencia frente a la muerte es un elemento central en la experiencia guatemalteca.

La guerra en Guatemala no se ganó por los rebeldes y se podría decir que en términos formales tampoco se perdió. Sin embargo, para muchas mujeres, el espacio ganado constituye un triunfo, se fueron formando mujeres nuevas, mujeres a las que la violencia sacó abruptamente de un espacio para introducirlas a una realidad que necesariamente las transformó. Sufrieron eso es cierto, pero las mujeres que se decidieron por participar en una instancia organizativa, fuese la que fuese, cambiaron en un breve lapso lo que a otras generaciones les tomó mucho tiempo. Supieron que tienen derechos y decidieron hacerlos valer, se encontraron con mujeres que compartían las mismas inquietudes, las mismas voces y se unieron para hacerse escuchar. La experiencia que adquirieron, se volvió para muchas parte integral de su vida y ya no estaban dispuestas a dejarla ir.

La preparación de la guerra por los rebeldes chiapanecos, abrió un espacio a las mujeres indígenas que no encontrarían en ningún otro ambiente. Salieron de sus comunidades apoyadas por su familia, se desprendieron casi mágicamente de muchas de las ataduras que cargaban sus madres y abuelas, aprendieron español, el control de su sexualidad, supieron que podían escoger pareja de común acuerdo, se resignificaron como mujeres en un ejército revolucionario y la marcha atrás no forma parte de su vocabulario. Tienen palabra.

Para muchas de las mujeres que han participado en organizaciones legales, abiertas, el primer reto que deben afrontar es la descalificación de quienes les rodean, vencer la resistencia de los varones de la casa es otro obstáculo al que no todas pueden hacer frente. Vencer la violencia doméstica sigue siendo el reto en el estado de Chiapas. Mujeres urbanas, rurales, pobres y no tanto, monolingües y ladinas, han debido enfrentar la violencia dentro de sus casas. Le pusieron nombre a la situación en que viven y se decidieron por tratar de combatirla y qué mejor que uniendo sus voces. Porque como muchas lo repitieron mi voz es importante.

La guerra, es cierto, tiene una fuerte carga negativa, se comience desde donde se comience, ya sea como promesa de un mundo más equitativo o como combate de la sublevación. Las mujeres que dieron forma a este ensayo vivieron esa carga negativa pero encontraron varios aspectos positivos que modificaron su vida y que no sólo eso, sino que la volvieron mejor.

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