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PANAMÁ: ¿QUÉ SIGUE?
Angel
Guerra Cabrera |
México
Tal como había
denunciado anticipadamente La Habana la presidenta de
Panamá Mireya Moscoso decretó, vísperas del fin de su
mandato, el indulto a cuatro connotados terroristas
internacionales de origen cubano y sus cómplices. Sus
hechos de sangre más notorios -entre otros muchos
cometidos a lo largo de décadas- y añeja vinculación con
la CIA y la contrarrevolución de Miami han sido ya
reseñados ampliamente por numerosos autores y medios,
incluso varios de probada antipatía hacia la revolución
cubana. El escandaloso perdón de Moscoso ha hecho
circular en el mundo sus acciones terroristas contra el
pueblo de Cuba y también las ejecutadas en diversos
países como operativos de la guerra sucia de
Estados Unidos contra los movimientos populares
latinoamericanos. Igualmente, los asesinatos y
sabotajes que han cometido en el propio suelo de la
potencia norteña. Estos datos deberían haber bastado
para que figuraran en la lista de los criminales más
peligrosos y buscados internacionalmente. Sin embargo,
únicamente la oportuna denuncia de Fidel Castro forzó a
que fueran detenidos y enjuiciados cuando preparaban una
masacre que no sólo habría cobrado la vida del
presidente cubano sino la de cientos de panameños.
Juristas y personalidades de la nación canalera han
destacado que se les indultó vulnerando groseramente la
Constitución, las leyes y varios tratados
internacionales de los que Panamá es signatario.
Pero, como veremos,
hay algo bastante más ominoso en este asunto. Resulta
que tres de los terroristas tienen su residencia
permanente y están cobijados por el pasaporte de la
superpotencia que reivindica el liderazgo mundial de la
“guerra contra el terrorismo”. Fue de allí que salieron
hacia Panamá y allí a donde han regresado luego de que
Moscoso los liberara, sin que haya actuado contra ellos
el inmenso aparato montado por Washington supuestamente
para combatir el terrorismo. Fue portando un pasaporte
estadounidense a nombre de otra persona que las
autoridades panameñas autorizaron la salida de su
territorio de Luis Posada Carriles, el cuarto integrante
del grupo y a todas luces su jefe, documento con el que
según el gobierno de Honduras ingresó a su jurisdicción
en San Pedro Sula, donde desapareció misteriosamente. El
meollo de la cuestión es que esta película de James Bond
no puede ocurrir en Panamá, Honduras y Miami sin el
patrocinio o la complacencia de la Casa Blanca. Mucho
menos cuando Cuba había venido alertando pública y
enérgicamente desde meses atrás que algo se tramaba por
la mafia contrarrevolucionaria asentada en Florida para
conseguir la excarcelación de los criminales. La
denuncia había logrado romper el cerco informativo
anticubano, entre otras razones por el vigoroso
movimiento de repudio que provocó en organizaciones
sociales panameñas y latinoamericanas.
Los heroicos pueblos
de América Central tienen una larga historia de lucha
por su soberanía y contra la injerencia de Estados
Unidos. Son herederos de Morazán, Sandino, Farabundo
Martí, Victoriano Lorenzo y Omar Torrijos. En su
haber están la revolución nicaragüense, la guerra
popular en El Salvador y la estoica guerrilla
guatemalteca. Precisamente por eso han sido víctimas de
un plan contrarrevolucionario y genocida de factura
estadounidense que ha generalizado el control de la
región por gobiernos peleles. La llegada a la
presidencia de Panamá de Martín Torrijos podría
representar un primer paso en la reversión de esa
tendencia. Independientemente de los méritos personales
que eventualmente posea, para nadie es un secreto que
con su elección los panameños buscan reivindicar la
dignidad, la soberanía y el espíritu latinoamericanista
de los que su padre, el general Omar Torrijos, fue un
estandarte señero.
Cuba, que rompió –y
mantiene rotas- las relaciones diplomáticas con Panamá
una vez que Moscoso indultó a los terroristas, ha
advertido que hará lo mismo con cualquier gobierno que
los acoja o proteja. Martín Torrijos ha censurado la
actuación de Moscoso y sus voceros han asegurado que
buscarán de inmediato restaurar la amistad con Cuba.
Cabe esperar que en ese tenor proceda rápidamente a
solicitar la extradición de los criminales refugiados en
Estados Unidos y en cualquier otra parte y a restablecer
el proceso judicial interrumpido por su antecesora. No
tiene otro camino para restablecer la honra del Estado
panameño y actuar de acuerdo con el legado de su padre.
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