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NICOLÁS GUILLÉN,
UNA PÁGINA RESCATADA
Ricardo
Viñalet |
La Habana
El 30 de abril de
1939, el relevante poeta y editor español Manuel
Altolaguirre, cumplimentando la invitación extendida por
la Institución Hispano-Cubana de Cultura que
―como
se sabe— presidía Fernando Ortiz, dictó una conferencia
sobre Garcilaso de la Vega. Allí fue presentado por
Nicolás Guillén cuyas palabras en tal ocasión vieron la
luz en la revista Ultra (Vol. VI, N° 36,
junio de 1939, pp. 563 – 564).
Desde entonces
reposaban en estantes de bibliotecas institucionales o
privadas sin que
―hasta
donde conozco―
volvieran a publicarse: diríase en un limbo entre el
olvido y el desconocimiento. Por ende, no se han
incluido aún en los volúmenes que recogen su obra:
involuntaria y desafortunada carencia. El lector será
capaz de comprobar los valores del texto, y quizás
llegue a compartir mi opinión de que se trata de una de
sus mejores prosas poéticas.
No hacía mucho
Altolaguirre había llegado a La Habana como exiliado
republicano, luego de haber vivido su personal infierno
durante la Guerra Civil y la salida de España. Se sintió
en la necesidad de insertar algunos desgarrados
comentarios a lo largo de su conferencia, y de
establecer determinadas relaciones entre el poeta
renacentista con otros actuales, contemporáneos suyos en
el arte y el dolor. De tal suerte, incluyó determinados
fragmentos ilustrativos que aparecieron en el ya citado
número de Ultra (pp. 564 – 566), a seguidas de
las palabras de Guillén.
Dijo Altolaguirre:
“Perdonadme
que al comenzar mi conferencia me refiera a casos y
cosas personales. Os voy a hablar de Garcilaso empezando
por hablar de mí mismo, de mi vida, no de mis estudios,
aunque luego tenga que dar salida a lo que estudié, poco
y secundario. Y es que de Garcilaso de la Vega los
poetas españoles de hoy hemos vivido disciplinas,
paisajes, muertes y pasiones.
Escuchad estos versos de Garcilaso:
Los
montes Pirineos (que se estima
De abajo que la cima está en el cielo
Y desde arriba el suelo en el infierno)
Desde arriba y desde
todas partes, el suelo de esos montes Pirineos en el
infierno estaban cuando los dejé yo hace dos meses” (p.
564).
Más adelante expresa:
“El
poeta Garcilaso de la Vega murió en octubre de 1536 en
el mediodía de Francia, cerca de donde ha muerto este
año mi maestro entrañable, maestro de toda la juventud
de habla española, D. Antonio Machado. Y murió Garcilaso
como D. Antonio, rodeado de recuerdos de guerra, en
medio de una juventud heroica, él a consecuencia de una
pedrada que le dieron los franceses; D. Antonio estoy
por decir que de una misma muerte. La pedrada que le
dieron a Garcilaso le abrió la frente como una granada.
D. Antonio recibió en el pecho el duro golpe. Garcilaso
murió al poco tiempo de ser herido en los brazos de un
santo, el marqués de Lombay, San Francisco de Borja; D.
Antonio en los brazos de su anciana madre, que murió con
él, sin él, a los pocos días.
Perdonadme, repito, que siga hablando de mi maestro, de
mis compañeros, de mis atormentadas vidas españolas, que
hable de Federico García Lorca, al que escuchasteis
desde esta misma tribuna, asesinado en Granada en
octubre de 1936, el mismo mes, en el mismo año en
que debieran celebrar el centenario de la muerte heroica
del poeta del imperio español, Garcilaso de la Vega.
El
centenario de la muerte de Garcilaso coincide en este
siglo exactamente con la muerte de García Lorca como
coincidió en el siglo XIX con un dichoso alumbramiento.
En el año 1836 nació nuestro gran poeta romántico
Gustavo Adolfo Bécquer.
Pero con esta
referencia a los tristes y alegres números 36 del
calendario español, me salgo del primer pasaje de
Garcilaso, citado anteriormente. De aquél ‘suelo en el
infierno’ en donde tanto noble pueblo español sufre y
perece” (p. 564).
Era imposible para
un ser humano de sensibilidad como la de Manuel
Altolaguirre, con sus lacerantes vivencias descarnadas
todavía, sumergirse en el análisis de un autor de los
Siglos de Oro a puro golpe intelectual de clasicismo,
desentendido de los martillazos
―pedradas—
acabados de recibir junto a su pueblo. Por ello, retorna
en movimiento pendular:
“Suyos
son los versos a la desgraciada derrota de Los Gelves:
Él
arena quemaba, el sol ardía,
La gente se caía medio muerta...
según
leemos en la égloga segunda. ‘La gente se caía medio
muerta’. Tal vez recordase este verano en medio de su
agonía Don Antonio Machado, como lo recordaba yo en
medio de mi locura. Yo estuve loco, sí, detrás de unos
barrotes, desnudo, conducido entre burlas por los
senegaleses, sin comer ni beber durante nueve días. El
haber perdido la razón entonces es lo único que me
consuela de no haber muerto. Ya lo dije en mi elegía a
Federico:
Solo
los muertos deben ser nombrados.
Los que vivimos no tenemos nombre”
Garcilaso nos dice:
La
inhumana furia infernal, por otro nombre guerra...” (p.
565).
En
efecto, había arribado a La Habana desde la inhumana
furia infernal que lo había marcado para siempre, y
ahora lo obligaba a hacer suyos unos versos que citó en
la conferencia después de afirmar: “Repito yo
superviviente”:
“... Y
sobre todo fáltame la lumbre
De la
esperanza con que andar solía
por la
oscura región de vuestro olvido” (p. 565).
Nicolás
Guillén y Manuel Altolaguirre se habían encontrado antes
en España, en 1937, durante el antifascista II Congreso
Internacional de Escritores para la Defensa de la
Cultura, celebrado en Barcelona, Valencia y Madrid. En
ese contexto, hizo Guillén una lectura de “Sóngoro
cosongo” y Altolaguirre fue su presentador. El cubano le
resultó una revelación poética, expresión que
María Zambrano retoma en su artículo “Dos conferencias
en la Casa de la Cultura”, publicado ese mismo año en la
revista Hora de España, donde reseña la lectura
de Guillén, así como una conferencia de Juan Marinello.
De modo
que, en La Habana, nadie mejor que Nicolás para
introducir a Altolaguirre ante su auditorio. Las
vibraciones espirituales del poeta cubano, la emoción
que se desborda en el texto ante la presencia del amigo
y colega recién venido del horror, su densidad
conceptual y artística, la aguda percepción del crítico
literario, ese acto sublime de hablar de un poeta desde
la poesía misma, el reconocimiento de la valía literaria
y humana del español, la sinceridad y probidad del
elogio al poeta comprometido, hacen de estas páginas
―entre
otras razones y desde mi punto de vista―,
una joya más de las escritas por Nicolás Guillén.
Sobradamente merece ser desempolvada su Presentación
de Manuel Altolaguirre y reconocerle el debido sitio
dentro de su obra.
La Habana, 1° de octubre de 2004.
PRESENTACIÓN DE MANUEL
ALTOLAGUIRRE
Nicolás Guillén
La
pugna española ha sido como una gran tormenta, cuya
fuerza de dispersión hubiera arrojado hacia todas las
esquinas de la tierra un semillero de enérgico poder
germinador. En tanto esa pugna mantuvo milagrosamente
equilibrada la tensión entre una genuina y desvalida
categoría hispánica, ansiosa de mejoramiento, y las
enormes fuerzas movidas para oponérsele, España fue,
como nunca, una ansiedad perenne en las inteligencias
preocupadas por el destino último de una preciosa
herencia de cultura. ¿Perecería tan rico legado
espiritual bajo el peso de una bárbara concepción de la
vida humana, y con él, cuanto entonces hallárase a su
servicio para iluminar y engrandecer esa misma vida?
Como los duendes de nuestra niñez, ¿podría la cultura
acorralada, perseguida, traspasar paredones y cercos,
murallas y encerronas, y lanzarse por fin, rehecha y
libre, en busca de nuevos espíritus sobre los cuales
incubar? Tal era la doble contradictoria interrogación.
Pero cuando se deshizo el milagro, cuando se rompió el
equilibrio, cuando desplomóse al cabo la fuerza que
había estado resistiendo hasta límites titánicos, y aún
se apagó ese largo alarido que nace de todo brutal
desgarramiento, la tormentosa angustia fuese
concentrando lentamente, hasta formar un quieto poso en
nuestro espíritu. La respuesta, en medio de aquel magno
desastre, era alentadora. Cierto que ráfagas tremendas
habían sacudido la recia y secular vegetación,
desvistiendo los viejos robles; pero no lo era menos
también que bajo la armazón deshecha quedaba la honda
raíz, más viva ahora en cuanto había sido abonada con la
cal de innumerables huesos anónimos e ilustres. España
iba a salvarse, pues, en el instante mismo en que muchos
creían perderla, y cuando otros se imaginaban que
podrían ganarla. Iba a salvarse con su espíritu, con
cultura.
Aquella
gran tormenta dispersadora de la cual os hablaba al
comienzo de estas palabras, que lanzó al espíritu de
España fuera de su cuerpo, al cerebro español fuera de
su cráneo, servirá, paradójicamente, para unir la España
en carne viva
―en
carne viva del espíritu―
con esta España nuestra, americana y trasatlántica,
dispersa sobre un vasto continente: servirá para unir a
España; a España consigo misma, porque lo que la
tormenta ha diseminado momentáneamente de aquella tierra
es en verdad todo lo que al sembrarse en la tierra del
Nuevo Mundo, hace cuatro siglos, dio tono y proyección a
la cultura americana.
Húmedo
todavía por la lluvia; todavía deslumbrado por los
relámpagos; ensordecido aún por el trueno; envuelto en
el gran soplo dramático de la tempestad europea, he aquí
a Manuel Altolaguirre, andaluz y español
―vale
apuntar ambas cualidades―
recibiendo a rostro pleno el sol cubano, tantas veces
entrevisto por él desde su Málaga natal, sumergida
también en la misma blanca luz de nuestra isla.
Hermano
de otros tres grandes poetas andaluces, más ricos en
años, pero no en gracia lírica
―Lorca,
Alberti, Emilio Prados―
Altolaguirre viene, igual que ellos, de ese mismo
litoral poético en el que, al sur de la Península, se ha
fraguado la más alta poesía española de nuestra edad.
Con el autor de "Marinero en Tierra', con el de
"Romancero Gitano", con el de "Llanto en la Sangre",
este poeta de "Las Islas Invitadas" forma parte de la
fina familia hispano-arábiga que engendraron Juan Ramón
Jiménez y el pobrecito Antonio Machado. Gracia
alquitarada de pueblo, o si queréis, gracia de pueblo
alquitarado, vuela sobre la poesía de Altolaguirre y
escala cimas de aire, para decirlo con su propia voz; y
así como a Lorca y a Rafael Alberti diéronles Machado y
Lope el tono de lo popular, a Manuel Altolaguirre le
prestan su don hermético Góngora y Juan Ramón. Más que
poeta puro, puro poeta, Altolaguirre es tan lírico en su
obra como en su vida, que ambas hállanse traspasadas y
unidas por un mismo hilo musical. Toda su vida y toda su
obra forman así una masa celeste, una sola unidad de
ensueño, de amor y de inocencia.
Sin
embargo, la guerra vino a despertarle. Llevóle la guerra
a otro mundo lleno de gritos despedazados, de sangre y
de másculas canciones, y le enseñó cómo lo poético puede
convertirse en suceso de vigencia inmediata, en una
maravillosa manera de servir. La rebelión militarista le
sorprendió entregado a la tarea de imprimir en taller
propio ―su
pulcro taller de artista tipógrafo de la calle Viriato,
en Madrid―
un libro antológico de su obra, donde se juntaban versos
a los olmos y a los manantiales y a los ocasos y a las
praderas y a las playas y a la angustia y a los héroes y
al amor: todo hacia dentro de sí mismo, todo dicho con
esa fina voz íntima que habla tan alto en Altolaguirre y
que ha llevado hacia fuera tan lejos, por sobre el mar,
su definitivo nombre de gran poeta en nuestra edad. Vio
entonces al pueblo correr en pos de armas para
defenderse; le vio levantar la cabeza tras el golpe
traicionero, y acudió en su ayuda para ofrecerle lo más
limpio de su corazón. Y al pueblo dedicó su libro.
Fueron los días en que ya para siempre se puso en pie lo
más recio y genuino del pensamiento, del espíritu
español: Machado, Alberti, María Teresa León, Emilio
Prados, Bergamín, Arconada, Aparicio, Cernuda... Su
esfuerzo se entregó totalmente a la liberación de los
hombres de la calle; al enriquecimiento de la cultura
popular, a la lucha esperanzada y despierta por la
formación de un mundo menos malo. Así fue como le
encontraron los hombres de América que pudieron tocar de
cerca la carne española: así le encontré yo, al año de
combate, en 1937, cuando los días del Segundo Congreso
de Escritores Antifascistas, celebrado en Valencia,
Barcelona y Madrid. Su antigua ternura era la misma; su
limpia sonrisa infantil no había cambiado; pero su
gracia de poeta, su claro numen, militaba insomne al
servicio de la victoria republicana. Era soldado, no al
modo del gran poeta de quien él os hablará dentro de
pocos instantes, Garcilaso que no lo fue como hijo de su
tiempo por oficio imperialista, por mandato
conquistador, sino como mílite de una fuerza de cultura
y de paz, que no aspira sino al amor entre los hombres,
a la justicia y el bien. Todo el movimiento cultural de
la República en guerra
―como
antes, en la paz―
debe a Altolaguirre una deuda que nunca podrá pagarle y
que él no quiere que le paguen. Tipógrafo, edita para
las masas los libros que las masas necesitan; poeta de
elevadísimo rango y recogida voz, lanza a la calle, para
obreros y milicianos, el canto simple y directo, que así
llora la muerte de Saturnino Ruiz, como levanta este
sencillo nombre a la altura del ejemplo heroico; hombre,
en fin, con dos manos poderosas, con sangre, con
pulmones, con huesos, busca en el frente un arma, y se
pone a luchar y a morir contra los invasores de su
patria.
De allá viene, de aquel hermoso grupo dispersado por la
tormenta. A pie, en la hora aciaga, atravesó las
gargantas heladas de los Pirineos, cuando la lucha fue
ya imposible. Supo entonces del horror de vivir
agonizando en un campo de concentración; del exilio en
la miseria; de la desesperación sobre la nieve ―él,
malagueño y solar. Ahora le tenemos aquí, en la América;
aquí, en Cuba; aquí en la Hispanocubana. Hace muchos
años que ya era nuestro, pero ahora lo será mucho más.
Ahora será ejemplo vivo para nuestra juventud pensadora,
porque su honrosa peripecia enseña cómo es posible que
el arte de un poeta no le salga al paso a su
responsabilidad de hombre, y que antes bien ha de
servirle para que la convoque y exalte, poniéndose a
luchar (Ultra, Vol. VI, N° 36, junio de 1939, pp.
563-564). |