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Alejo Carpentier,
París y la música popular cubana:
de las circunstancias a la fijeza
Vale hoy más que nunca la lección crítica de Alejo
Carpentier al mostrarnos cómo más allá de determinadas
circunstancias y los vaivenes de la moda, en las músicas
populares cubanas había que buscar como fundamento de su
innovación la emancipación rítmica y su capacidad de
asimilación y reconversión de los más diversos
afluentes.
Pedro de
La Hoz |
La Habana
|
A Lilia Esteban y Marta Rojas |
1.
Cuando Alejo Carpentier llegó por primera vez a París,
la música popular cubana saltaba —también por primera
vez de manera orgánicamente vinculada a la industria del
espectáculo— al otro lado del Atlántico. Ya no era el
caso de los ritmos de tango trasegados por marineros e
indianos que decidirían el curso de la habanera por
tierras españolas y francesas, ni de las rutilantes
incursiones de virtuosos ejecutantes negros y mestizos,
quienes luego de asombrar a cortesanos y entendidos con
impecables interpretaciones de los maestros románticos,
daban testimonio del acriollamiento de la danza. Se
trataba esta vez de la presencia de una identidad
definitivamente cuajada en la Isla que comenzaba a
circular con vida propia por los escenarios del mundo,
sustentada por la novedad del disco, reciente invención
que permitía no solo registrar la memoria musical, sino
también reproducirla y difundirla en el ámbito
doméstico.
En la propia Isla, los géneros y formatos instrumentales
que definirían el sello de lo “popular cubano” recién
acababan de adquirir una consistencia nacional. Las
variantes trova-soneras cultivadas desde la medianía del
siglo XIX en la región oriental del país se habían
transplantado en la capital y la zona occidental, donde
fueron asimiladas y se injertaron en su trama sonora, en
medio de un complejo proceso de intercambios y trasiegos
—explicado con sumo rigor analítico por el musicólogo
Danilo Orozco
1—
en el que mucho tuvo que ver la dislocación del Ejército
Libertador tras la independencia mediatizada por la
intervención norteamericana.
Carpentier fue testigo de la convergencia de dos modelos
trova-soneros que alcanzaron una estable difusión en la
tercera década de la pasada centuria, a partir de dos
figuras emblemáticas: Miguel Matamoros e Ignacio Piñeiro.
Ambos “contribuyen muy especialmente con su quehacer
creativo a establecer una suerte de “modelo o canon”
sonero, cada uno de los cuales resume, desde su
perspectiva individual en el contexto, el flujo de
elementos y las incidencias estilísticas en las zonas
orientales y capitalinas respectivamente, aún cuando el
modelo habanero de Piñeiro, con flexibles y ampliados
arcos melódicos, floreos de la trompeta acompañante y un
sentido más cerrado de la estructura, no dejaba
demostrar tumbaos en el bajo y ciertos cortes de
estribillo que eran, curiosamente, remedos de los “bajos
en tierra” y cantares orientales”.2
También habían empezado a adquirir una dimensión mítica
popular ciertos trovadores, entre ellos una mujer, María
Teresa Vera, quien en sus dúos con otro grande, Manuel
Corona, “soneaba” una de las primeras formas genéricas
de la canción cubana, la guaracha.3
Por esa época el danzón, que como parte de la afirmación
nacionalista que acompañó la formación del ideal
independentista había sido considerado el baile
nacional, comenzó a generalizar el formato denominado
charanga francesa, a base de piano, uno o dos violines,
contrabajo, timbales o pailas, y percusión menor,
formación mucho más reducida y dúctil que la de las
orquestas típicas de instrumentos de aliento, y en la
que comenzó a estimularse, sin dejar de prestar atención
a los bailadores, el virtuosismo interpretativo en
determinados pasajes, elemento que influirá
decisivamente en la atracción que ejercería la música
cubana fuera del país.
La rumba, ese complejo de géneros afrocubanos, nacido en
los barracones de esclavos y forjado como expresión
autóctona en las accesorias y solares donde se hacinaban
negros y mestizos sumidos en el fondo de la estructuras
de clases de la república mediatizada, permeaba las
prácticas soneras no solo con sus pujantes claves y
acentos, sino con inflexiones melódicas.
Todo ello influyó notablemente en la percepción de
Carpentier sobre la música popular de su país. Para un
músico como él, con temprana información sobre la
evolución de las formas académicas europeas, sumamente
actualizado, promotor de las vanguardias emergentes en
el período entre guerras, que se puso al servicio de la
difusión en el medio insular de las novedades más
trascendentes, el conocimiento de las músicas populares
nunca partió de una actitud condescendiente ante el
hecho folclórico, sino de un compromiso vital. Supo
valorar que el son, “más que un género, es una
‘atmósfera’”; que “gracias al son, la percusión
afrocubana, confinada en barracones y cuarterías de
barrio, reveló sus maravillosos recursos expresivos,
alcanzado una categoría de valor universal”; que “no hay
una rumba, sino varias rumbas”.4
Y tras el goce de los pregones de los vendedores
ambulantes, advirtió interesantes procesos sintéticos,
como el que terminó por hacer elíptica la cualidad dual
del sabroso tamal en hojas, anunciado solamente por una
frase que hubiera maravillado hoy a los redactores
publicitarios: “Pican, no pican”.5
Ese Alejo Carpentier es el que se instala en París a
fines de los años 20 y registra con sagacidad y hondura,
el llamado primer boom europeo de la música
popular cubana.
2.
El joven periodista, pero ya avisado y perspicaz crítico
que era Carpentier, se introdujo en la vida cultural
parisina de finales de los años 20 y el primer lustro de
los 30. Tiempos agitados aquellos en los que Francia se
abría a unos cuantos caminos del mundo.
Él es quien cuenta a los cubanos la historia musical de
los suyos en París: la irrupción de Rita Montaner, el
establecimiento de Filiberto Rico en La Cabaña Cubana,
el furor que causó Moisés Simmons y la buena pegada de
Eliseo Grenet, sin dejar, por supuesto, de impulsar la
inserción parisina de sus amigos compositores Amadeo
Roldán y Alejandro García Caturla, fundadores de la
vanguardia musical cubana. En una de las primeras
crónicas remitidas a la revista Carteles, en la que
reseñaba el espectáculo nocturno del cabaret La Jungla,
llama la atención sobre la manera en que músicos
provenientes de la Isla, profesionalmente eficaces en la
ejecución charlestons y ragtimes,
“deslizan uno que otro danzoncillo”.6
No deja de ser elocuente el elogio que dedica a Rita
Montaner, en su condición de “abrecaminos” en París.
“Rita Montaner, en los dominios de lo afrocubano —nos
dice—, resulta insuperable. (...) Con ella nos situamos
lejos de la lánguida dilettante vocal, que canta
criollas melosas entornando los ojos y crispando los
dedos sobre un abanico ochocentista. Rita Montaner se ha
creado un estilo: nos grita, a voz abierta, con un
formidable estilo del ritmo, canciones arrabaleras,
escritas por un Simmons o un Grenet, que saben (...) a
patio de solar, batey de ingenio, puesto de chinos,
fiesta ñáñiga y pirulí premiado”.7
Percatémonos sobre cómo, a fines de los 20, el futuro
novelista, mediante la enumeración citada, consigue
reflejar en imágenes el concepto de lo popular
transculturado, que por el mismo tiempo desarrolla
Fernando Ortiz para legarnos una visión esencial de la
identidad insular más profunda.
De manera muy particular destaca el caso de “El
manisero”, de Moisés Simmons, el éxito internacional más
resonante de la música cubana en su tiempo, comparable
únicamente con la fiebre que generó años después
“Siboney”, de Ernesto Lecuona, y en fecha más reciente
el “Chan chan”, de Francisco Repilado (Compay Segundo),
y la buenaventura de Eliseo Grenet, quien a lo largo de
los años 30 logra que “Mama Inés” se convierta en tema
referencial y capitaliza la atención del público y la
crítica con sus partituras para revistas musicales de
envergadura.
El propio Carpentier protagoniza un acontecimiento de
enorme impacto para el despegue de la música popular
cubana en los predios parisinos, cuando en un local
cercano al Molino Rojo, con el auxilio de músicos
residentes en la capital francesa y por iniciativa de su
amigo Juan Bruno Zayas, presentó a la crítica una
conferencia ilustrada para demostrar que “era imposible
hablar de la música cubana globalmente (...) ya que por
su riqueza incomparable ofrece una gran diversidad de
expresiones” y explicar la naturaleza del son “y sus
maneras de traducir el lirismo popular”.8
Al revisar sus textos de entonces, se descubre la
necesidad de rescatar figuras claves no sólo en la
internacionalización de los géneros cubanos sino también
para el seguimiento de lo que representó ese alcance
universal para el enriquecimiento y mestizaje de esos
géneros. El saxofonista y clarinetista Filiberto Rico,
por ejemplo, alterna con músicos norteamericanos y
antillanos procedentes de los territorios franceses de
ultramar. Emilio Barreto, tresero, y sus hermanos se
posicionan en el Melody’s Bar, junto con ejecutantes
locales, antillanos, británicos y norteamericanos. París
es punto de encuentro de las orquestas de Don Aspiazu,
Julio Brito y los Lecuona’s Cuban Boys. En estas
experiencias la paleta instrumental se rige por el
modelo de las bandas de jazz.
El musicólogo Leonardo Acosta observa cómo “este
insólito movimiento surgido en París reunía nuevamente
en una misma música tres factores que confluyeron en el
jazz de Nueva Orleans: los estilos afrocubanos, las
culturas creole de las Antillas Francesas y el jazz
hot afronorteamericano”. Si bien apunta que “el
estilo de estas jaz bands puede parecer algo ya pasado
de moda en los años 30, cuando el jazz entraba en la era
del swing (...), debe admitirse que aquí se trata
de un antecedente del jazz afrolatino de los años 40 y
de hoy (...) de mayor autenticidad que lo intentado por
las grandes bandas norteamericanas de la época, en las
cuales cuando hay un elemento afrolatino está empleado
de una manera más superficial, más bien como un rasgo de
color que como algo integrado a la pieza musical”.9
Quien primero se dio cuenta de lo que estaba sucediendo
fue justamente Alejo Carpentier. En su crónica “Don
Aspiazu en París”
10
ofrece una vívida descripción acerca de cómo las
variantes del son cobran una dimensión insospechada
mediante lo que denomina “percusión articulada” de las
cuerdas, las maderas y los metales sobrepuestos a la
batería. Al comentar lo que conceptualmente estaba
desarrollando la orquesta de Lecuona, subraya cómo “sus
realizaciones aplican la fórmula consistente en dotar la
melodía de un rico ropaje sonoro, por medio de
instrumentaciones nuevas, raras combinaciones de
timbres, variaciones y specials confiados a los
solistas”. A continuación nos dice que “el intento es
más importante que lo que parece a primera vista”, pues
“nos lleva a explorar una zona en la que casi nada hay
hecho hasta ahora”.11
3.
Los comentarios de Carpentier sobre el boom
inicial de las músicas populares cubanas en el París de
los 20 y los 30 resultan reveladores no solo por su
enorme valor testimonial sino, más aún, por situar
coordenadas útiles para la verdadera comprensión de la
actual vague cubaine.
A mediados de los 90 irrumpieron en la arena
internacional creadores e intérpretes que pusieron la
música cubana a circular con éxito y profesión. Sin
lugar a dudas, el epicentro de la nueva movida fue el
proyecto Buenavista Social Club, un “ven tú” atribuido
al productor y guitarrista norteamericano Ry Cooder,
pero que en realidad responde a la iniciativa de Juan de
Marcos González, quien buscó los músicos de la primera
formación para ese y otro proyecto de igual eficacia (Afrocuban
All Stars) y al olfato del productor discográfico Nick
Gold. Hay que recordar también cómo la Vieja Trova
Santiaguera y Compay Segundo llegan a imponerse por la
misma época en París —quien esto escribe fue testigo
excepcional del primer contacto arrebatador de Repilado
en el Café de la Danse en octubre de 1995
12—
y comienzan a venderse los discos de Los Jubilados, las
Hermanas Fáez y Caridad Hierrezuelo.
En este nuevo boom se conjugan varios factores:
muchos coinciden en que la saturación y agotamiento del
complejo rock / pop a esas alturas hacía necesario una
especie de “refresco acústico”; la industria del
entretenimiento había descubierto el filón de las
llamadas “músicas del mundo”, etiqueta cuestionable por
cuanto implica una relación ambigua entre los centros
(el mundo desarrollado) y la periferia (el Tercer
Mundo); a lo que habría que añadir la ruptura del
aislamiento relativo a que había sido sometida la
cultura musical cubana tras el triunfo de la Revolución
en 1959. No olvidemos que el mercado natural de los
músicos cubanos era Estados Unidos, cuyas casas
discográficas distribuían sus creaciones para Europa.
Por otro lado, solo a principios de los 90 los
mecanismos de promoción de la producción musical cubana
de la isla comenzaron a insertarse en los circuitos
comerciales internacionales, dejando atrás la reductora
práctica de las embajadas artísticas y las giras
promocionales.
También se ha manejado la tesis de una supuesta
manipulación de la nostalgia. Coincido con Leonardo
Acosta quien se pregunta de qué clase de nostalgia se
habla. “Porque la música cubana que conocieron los
públicos extranjeros (...) fue más bien la de Grenet,
Simmons y Lecuona, luego Machito y Pérez Prado, así como
‘embajadores’ que oscilaban entre los Xavier Cugat
primero y después gente como Tito Puente, Johnny Pacheco
y los Palmieri. En cambio, la música que hace Buenavista
es la que oían y bailaban los cubanos en la Isla, no era
de exportación”. El colega llega a la conclusión de que
“cuando algo se hace popular es porque está ofreciendo
aquello que la gente venía deseando y estaba esperando,
y es doblemente válido cuando lo respaldan la calidad,
el profesionalismo y la vigencia de una música que ha
pasado la prueba del tiempo”.13
Sin embargo, hay que admitir cierto grado de
manipulación en este fenómeno, y no precisamente por el
hecho de que se explote comercialmente —a fin de cuentas
todas las músicas se realizan en el mercado—, sino por
el intento de circunscribir el desarrollo de la música
cubana a ese estadío pasado, y fundamentar su actualidad
en la estrategia de reparar un olvido.
14
Se suele obviar en tal sentido la presencia paralela en
los circuitos internacionales de la música de dos
vertientes sonoras de notable impacto: la “timba” y el
jazz latino. Si nos atenemos a lo que suena y se acepta
en París tendremos que mirar hacia locales como el
Elysee Montmartre, La Java y el New Morning donde es
frecuente escuchar a Los Van Van, Manolito Simonet,
Issac Delgado, Pachito Alonso y los Kini Kini, el
Charangón de Elio Revé, Adalberto Álvarez y NG la Banda,
por citar a algunos de los representantes de los nuevos
desarrollos de la música popular bailable cubana, o a
Chucho Valdés, Irakere, Ramón Valle, Omar Sosa, Miguel
Angá, Gonzalo Rubalcaba y Maraca y Otra Visión,
protagonistas de primera línea en la renovación
jazzística de la Isla. Como antes hubo un Don Barreto,
hoy en París el pianista cubano Alfredo Rodríguez, quien
ha convocado a Bobby Carcassés a sumarse al “ven tú”
llamado Acerekó, ha sentado plaza.
Un registro a fondo de este fenómeno nos lleva
nuevamente a tomar a Carpentier como brújula de
orientación en tres direcciones: para una necesaria
decantación entre lo esencial y lo accesorio, lo
auténtico y lo artificial, el modo y la moda; para
reencontrar el camino de la dialéctica que articula los
valores locales en el concierto universal; y, en
consecuencia, para despojarnos de los extremos
eurocentristas y cubanocentristas que no pocas veces
enturbian una visión equilibrada de los procesos de
creación, circulación y recepción de nuestras músicas.
Vale hoy más que nunca la lección crítica de Alejo
Carpentier al mostrarnos cómo más allá de determinadas
circunstancias y los vaivenes de la moda, en las músicas
populares cubanas había que buscar como fundamento de su
innovación la emancipación rítmica y su capacidad de
asimilación y reconversión de los más diversos
afluentes.
Por ello es que me permito una ficción para nada
fantástica al final de estas líneas: soñar con lo que
hubiera dicho Alejo en París o Alamar ante las
invenciones de Orishas o X Alfonso. Pienso que el hip
hop cubano, el auténtico, el que propone innovadores
mestizajes y raigales aproximaciones, no le sería ajeno.
Notas:
1.
Orozco, Danilo.
Nexos globales desde la música cubana con rejuegos de
son y no son. Ediciones Ojalá. La Habana, 2003. pp.
23-27.
2. Orozco, Danilo. Op. cit p. 32.
3. Linares, María Teresa. “La ida”.
En La música entre Cuba y España. Tomo 1.
Fundación Autor. Madrid. 1999. p. 115 y 155.
4. Carpentier, Alejo. “Maravilla de la
música de Cuba. El son en la música y el baile popular”.
En Revista de América, julio, 1948. p. 124.
5. Carpentier, Alejo. “Pregones
habaneros”. En Temas de la lira y el bongó.
Letras Cubanas. La Habana, 1994. p. 223.
6. Carpentier, Alejo. Temas... p.
258.
7. Carpentier, Alejo. Temas... p.
270.
8. Carpentier, Alejo. Temas... p.
274.
9. Acosta, Leonardo. Otra visión de
la música popular cubana. Letras Cubanas, La Habana,
2004. pp. 217 - 219.
10. Carpentier, Alejo. Temas...
pp. 306 - 312.
11. Carpentier, Alejo. Temas...
p. 337.
12. De la Hoz, Pedro. “La toma de la
Bastilla por Compay Segundo”. En Granma,
26/10/1995. p.6.
13. Acosta, Leonardo. Op. cit.
pp. 157 - 159.
14. Cf. Los artículos “El sublime
encanto de la nostalgia cultural”, de Román de la Campa,
y “La excusa: semiosis, ideología y montaje en
Buenavista Social Club”, de Rufo Caballero en Temas,
La Habana. no. 27, octubre-diciembre 2001.
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