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Kzando a Kcho
 
Mario Jorge Muñoz | La Habana
Fotos: Diego
 

Energía. Eso me transmite la obra de Kcho. También él. Lo vengo pensando desde hace buen tiempo, cuando lo visitaba frecuentemente y siempre me sorprendía con alguna pieza nueva. Y muchas, muchas ideas. Así vi crecer en La Habana sus Objetos peligrosos, y  hasta ayudé a clavar algunas púas de pez Aguja en uno de los botes de la serie, que nos recuerda los peligros del viaje, de la aventura, también lo escabroso que resultan las relaciones humanas.

Sin duda, él continúa preocupado por el tema de la migración, igual que por el de la permanencia. Así llegó Archipiélago, en el 2003, obra con la que nos recuerda aquella famosa y polémica La Regata de hace unos cuantos años. Esta vez vuelve a la mar su flotilla, pero conformada por pequeños barcos en cuyas cubiertas se levantan casas e insólitas construcciones de la cotidianidad; embarcaciones que con su ubicación definen el contorno de un mapa de Cuba, archipiélago ubicado entre las penínsulas de Florida, Yucatán y la isla de La Española, que para Kcho van a tomar la forma de tres propelas. La casa se mueve, el terruño lo acompaña, siempre está con él, a pesar de las eventualidades de la navegación.

También tuve la suerte de asistir a algunos capítulos de la construcción de Núcleos del Tiempo, en el 2004, la casa increíble que creciera dentro de otra casa, con largos remos como piernas, con muchos de lo recuerdos pineros del artista, aunque no pocos amigos, familiares, contribuyeron con aquella fiesta de la plástica. Así se erigieron por encima de los dos metros muebles, piezas de baño, espejos, efectos electrodomésticos…

Mucho ha llovido desde que el joven Alexis Leyva se me apareciera en Radio Caribe, la emisora de la Isla de la Juventud, en 1991, para conversar sobre su participación en la muestra Los hijos de Guillermo Tell (itinerante por Venezuela y Colombia). Fue una tarde difícil, porque Kcho no era nada radiofónico, aún no lo es, incluso cuando se pone “el cabezal de lujo”, como dice cuando trata de hablar despacio.

Desde entonces, su discurso de lo efímero ha ganado importantes espacios en el mundo de la plástica contemporánea. De lejos, quizás hoy más de cerca, lo he venido siguiendo durante todos estos años. Aplaudí sus primeros éxitos de la última década; me sorprendí en el 95 —no lo niego— con su Gran Premio de la Bienal de Kwang-Ju, de Corea del Sur, y con el Premio del Fondo de Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) para la Promoción de las Artes. Kcho continuaba trabajando, no descansaba, y su nombre sonaba cada vez más en el mundo de la plástica. Así que la invitación en el 99 para trabajar en el reconocido Atelier Calder, en Francia, no fue noticia que conmocionara a los más entendidos.

Ahora, aprovechando la distancia del tiempo pasado, me atrevo a “kzar” a Kcho para que me hable de temas que van más allá de recuerdos mutuos, de sus constantes chistes, de los inevitables debates sobre política... para adentrarme en la vida interior del artista.

¿Quién es Kcho?

En estos tiempos que son para mí de autorreafirmación, de revisión de muchas cosas, te digo que soy y seguiré siendo el hijo de Martha. Eso es Kcho, nada más que eso. Me parió, pasó mucho trabajo para criarme, somos varios hermanos. Murió hace ocho años. Y siempre he tratado de luchar para que viera que su batalla, tanto esfuerzo no fue en vano. Lo más importante de mi carrera, de todo lo que he hecho, es haber logrado poner en alto, honrar el nombre de mi madre.

La primera clase de dibujo que me cambió la vida me la dio mi mamá cuando tenía 13 años. Así que yo dibujo hoy gracias a esa clase. Aquel día le tuve miedo al acto de crear, pero me gustó. Mi mamá me cogió la mano, me hizo lo que yo quería dibujar, e inmediatamente lo rompió. Y me dijo: ahora hazlo tú.

La influencia de mi familia ha sido total. Cada cosa que define mi trabajo tiene que ver con mi casa. Y es que en ella se respiraba arte. Para una de las cosas que me sirvió la escuela fue para darme cuenta de que mi entorno familiar era único. La escuela me ayudó a mirar más a mi casa.

¿Por qué prefieres trabajar con materiales de desecho?

Me gusta trabajar con los materiales usados por la energía concentrada que emana de ellos, tienen mucha luz. Yo no trabajo con desechos, sino con vida pasada. Ha sido fundamental en mi obra. Esos materiales tienen una historia anterior. Mis piezas se concentran en esa energía, que además le da participación al otro.

¿Por dónde comienzan tus obras?

Regularmente por el título. Ya tienen nombre antes de existir. Siempre la primera motivación es una idea. Puede ser una palabra o una oración. Todo parte de ahí. 

Gran parte de tu trabajo lo conforman instalaciones, sin embargo, le dedicas mucho tiempo al dibujo. ¿Por qué?

El dibujo me gusta por su intensidad. Es como la poesía. Es el pensamiento, es la idea clara y precisa, sin tanto recorrido. Es la esencia.  

¿Tienes lugares de preferencia para la creación?

Todos los lugares me sirven. Es una necesidad demasiado fuerte. Nunca he tenido un estudio en Cuba. Y eso fue un gran aprendizaje. Porque siempre estoy creando, y lo hago en cualquier lugar. En mi cabeza convierto un pequeño papel en estudio. Me adapté, puedo hacer una instalación para una sala de un museo con cientos de metros cuadrados en una servilleta. Todo en la cabeza cabe. En ese sentido, tal carencia me hizo fuerte. 

¿Por qué las migraciones son una constante en tu obra?

En el mundo contemporáneo los temas se han disuelto. Y más bien lo que uno ve son problemáticas. La vida moderna, por ejemplo, la rodean fenómenos tan disímiles que no puedes clasificarla dentro de una temática única. Entonces cada obra es un mundo diferente, es portadora, además, de una idea diferente.

El mundo está hecho de migraciones. Del sur al norte, sobre todo, la gente viaja tratando de mejorar sus condiciones de vida. Los grandes movimientos humanos son cada vez mayores. Y sean cuales sean las razones de esos desplazamientos, siempre hay alguien cercano que es parte de eso. Por ejemplo, cualquier familia cubana tiene a alguno de sus miembros lejos o que se ha lanzado al mar, tratando de llegar a EE.UU. Eso lo tenemos cerca en la casa, en el barrio, en la escuela... es parte de la vida diaria. Y el cubano es muy familiar. Toda la felicidad y la tristeza de su gente le son cercanas. Y esas personas que se separan no desaparecen. No pueden ser obviadas. Porque marcan la vida, también marcan la historia.

Me gusta tener la posibilidad de dedicarle un espacio a esa gente, a esa problemática tan universal. Es mi manera de aportar un poco de luz en algunas partes de esa historia que hay que respetar. Porque ninguna sociedad justa puede olvidar a alguien.  

¿Y tocar ese tema, tan sensible para los cubanos, no te ha traído problemas?

Mi obra ha sido atacada por consideraciones horribles, superficiales, demasiado banales. Algunos la han aprovechado para hacer especulaciones políticas. Y la mayoría de estas opiniones —no puedo llamarle análisis ni reflexiones, porque no son serias— son de cubanos que no viven en nuestro país. Gente oscura, que enseguida te preguntan si eres cubano de aquí o de allá. No entienden que se es cubano de un solo lado. Con todo eso choco bastante cuando estoy fuera de la Isla.

Cuando hice La Regata, mucha gente me tildó de contrarrevolucionario, apátrida, antisocial... y yo solamente había hecho una obra. No era más que eso. Nunca le he pedido permiso a nadie para crear. Y por eso he hecho una pila de obras sobre las cuales la gente ha dicho que debo ser o gusano o agente de la Seguridad del Estado.

Sin embargo, la crítica y el público extranjero enfrentan mi trabajo con otros ojos. Y es que el tema de las migraciones, de los constantes flujos de personas buscando trabajo y formas de vivir mejor, es preocupación en todo el mundo.

Pero yo no me preocupo mucho por eso. Lo fundamental es que mi trabajo obligue a la gente a ver las cosas de otra manera, que sea capaz de provocarte. Y, sobre todo, que me provoque a mí, que sea capaz de impresionarme. No soy un depredador de la cultura de mi país. Soy parte de su vida. Siempre estaré para lo que haga falta. Cuando no suceda así, mi arte dejará de tener sentid. 

¿El mar es otra de tus obsesiones?

Nunca he entendido por qué en Cuba, siendo una isla, el mar se ve como un peligro cuando debe ser algo tan cercano, tan querido. Es cierto que a la vez es hermoso y riesgoso. Pero todo lo que define a Cuba llegó por el mar. El descubrimiento, el Granma, la invasión de Girón... son muchas las cosas vinculadas a la historia de Cuba que están relacionadas con el mar. Hemos olvidado que esa es la puerta de nuestra casa. Entonces hay que cuidarlo y vigilarlo. Es la frontera invisible. Y lo único permanente en Cuba es que siempre será una isla.

Para mí el mar es algo muy importante. También sé cuánto significa para todos los cubanos, las historias que hay en él.  Intento con mi trabajo ayudar a pensar, a reflexionar sobre estos temas. Los artistas movemos ideas, esa es una gran responsabilidad. Por eso debemos saber bien hacia dónde mirar y cómo hacerlo. 

Muchas de tus instalaciones, precisamente por estar realizadas con materiales viejos, pudieran correr el riesgo de destruirse. ¿No le temes a eso que llaman la imperdurabilidad de la obra?

Creo que las obras perduran por la idea. No soy Dios. No duraré mil años. Soy un ser humano común y corriente interesado en hacer las cosas lo mejor que puede. Si existe verdaderamente un juicio final, preguntarán si fuiste buena persona, qué hiciste por tus semejantes en la vida, si aprovechaste tu talento. Lo más importante es el lugar que lograste ocupar en el corazón de la gente. El pueblo es quien te pone en el cielo o en el infierno. 

¿Qué haces con tu tiempo libre?

Cuando no estoy creando me dedico a enamorarme de todo. Consagro mucho tiempo a mis amigos, a la gente que quiero y que me quiere. Eso también es crear. Y crear es amar. También me encanta la pesca, el cine y la música, sobre todo el jazz.  

Has logrado triunfar en un mundo muy competitivo y regido también por las leyes del mercado. ¿A qué se debe tanto éxito?

No escondo secretos: soy hijo de un pueblo exitoso. Este país es genial por sus hijos. No es de ahora, sino de siempre. Por eso ha sido protagonista de muchas cosas bellas. Todavía le quedan muchas por hacer. Por ejemplo, Cuba está llena de bondad. Y eso es endémico de este país, porque la bondad anda perdida en este mundo. Y todo eso no lo inventé yo. Solo aprendí la lección.

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