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El cuento de La Jiribilla
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Onoloria
Miguel Collazo
En medio de tantas guerras y litigios entre las
demarcaciones vecinas, aquel pedacito de tierra había
permanecido intacto durante siglos. Pero cuando Lisuarte
se asomaba a las ventanas, los árboles, las fuentes y
arroyuelos, los animales huidizos, las mismas piedras,
todo lo que veía, en suma, se le antojaba verdaderamente
un tanto irreal. Su casa, de recios muros, poblada de
bellos tapices y costosos muebles, se elevaba sobre una
breve colina circundada por un bosquecillo. Desde estas
ventanas también podía verse ahora, hacia el lado norte,
una floreciente ciudad, con sus blancos palacios
amontonados unos sobre otros, su catedral, sus angostas
calles, y su plaza, donde bajo alegres toldos
multicolores, merceros y pañeros ofrecían sus
mercancías. De pie tras las vidrieras de su casa,
Lisuarte contemplaba el curioso movimiento de la ciudad
con un imperceptible parpadeo... Esa ciudad estaba tan
cerca que, en los días claros, distinguía perfectamente
los rostros de las personas que transitaban por sus
calles, y tan lejos que dos buenas jornadas a caballo no
eran suficientes para salvar esa distancia. En realidad,
entre un punto y otro había tantos caminos visibles como
ocultos. De pronto, en mitad de alguno de esos caminos,
podía atravesarse un árbol caído, una gran piedra, o
cualquier otra cosa imprevista.
A veces, estando allí con las manos quietas en el
antepecho de la ventana, Lisuarte advertía que no estaba
solo; luego él y su esposa volvían las cabezas guiados
por el crujir de las hojas secas, y las veían entrar
lentamente como un ejército de escarabajos.
Onoloria estaba por esa época recién llegada a la casa;
todavía le resultaba difícil orientarse por los
laberínticos corredores, y durante las noches, Lisuarte
sentía que ella se mantenía despierta.
Había sido aquélla, por cierto, una boda extraña, una
especie de transacción comercial. Sin haber reparado
mucho en ello, ahora tenía en la casa una hermosa mujer
que lo amaba y atendía con suma ternura. Sin embargo,
esta mujer no parecía estar al alcance de sus manos.
Ahí, junto a él, muy erguida en sus ricos y vistosos
ropajes, ofrecía ese mismo encanto misterioso que rodea
a las cosas intocables. ¿Lo amaba ella realmente? Esta
pregunta nunca se la había hecho Lisuarte. Para él fue
así, quizá, desde el primer momento en que la vio y la
eligió, casi al azar, entre su numerosa parentela. Había
lanzado una fugaz mirada a las doncellas reunidas y
había dicho:
—Ésta.
En
aquel momento, y puesto que se le brindaba la
oportunidad, sólo pensaba en dar término a un enojoso
pleito, pero no había pasado por alto que la joven
estaba como suspendida mirándolo. Rememorando ese
instante comprendía que, después de todo, tal vez no
había obrado tan a la ligera, ya que Onoloria podía
haberlo estado esperando, y los jueces y testigos
parecían saber de antemano el desenlace del asunto. En
realidad los acontecimientos se habían producido con
demasiada rapidez, y él se había sentido un poco al
margen de todo aquello. Por otra parte, pronto descubrió
que él también la amaba, aunque esto, en definitiva,
habría sido lo más natural para cualquiera, porque,
¿cómo era posible no amar a aquella noble criatura de
extraordinaria belleza? Desde un principio, este amor se
había dado en su totalidad, casi de golpe, entre la
urdimbre insólita de las circunstancias.
Durante el camino de regreso supo de ella cuanto
necesitaba. Probablemente en esa ocasión Onoloria
hubiese estado dispuesta a contarle algo más de su vida
si él se lo hubiera pedido; pero Lisuarte guardaba ya
silencio, y con ello ponía punto final a un tema sobre
el cual nunca volverían a hablar. Dos días después de su
llegada, para complacerla, hizo llamar a un pintor, y
esa misma tarde posaban de pie en el centro de la alcoba
con las manos tomadas.
El retrato no fue terminado en la casa, o Lisuarte no
supo que el pintor, un hombre de rostro pálido,
extremadamente sensible, prefería trabajar sin modelos y
pasaba las horas encerrado en uno de los aposentos del
fondo.
Un día el cuadro apareció en una de las paredes de la
biblioteca; Lisuarte apenas reparó en él, pero quiso
invitar al pintor a cenar con ellos. La mirada que le
dirigió Onoloria era tan dulce como siempre, y, no
obstante, fue claro para él que aquello, de alguna
manera, había desagradado a su esposa. Como Lisuarte se
había anticipado a su propio deseo, no tuvo más remedio
que seguir adelante, y esa noche el pintor estaba allí,
vestido como un príncipe.
Tal como lo suponía, Onoloria, pretextando algún
malestar, no bajó a cenar, y él pasó la velada en
compañía de aquel hombre de carácter difícil, que apenas
hablaba y sólo sabía acariciar los objetos con sus manos
delicadas y nerviosas, mirando en derredor como alguien
que se sorprende de que haya todavía en este mundo cosas
hermosas, y para quien toda forma de belleza era una
suerte de desafío. Ante él, los sirvientes se portaban
como si el invitado, en vez de un simple pintorcillo,
fuera un gran señor, y esto no parecía tener nada que
ver con el hecho de que sus ropas fuesen tan lujosas y
sus modales tan exquisitos.
Fue precisamente por esos días cuando Lisuarte advirtió
que algo ocurría entre la servidumbre.
La mayoría de los criados, ciertamente, habían
desaparecido.
Desde el comienzo había notado que su esposa parecía
sentirse incómoda en presencia de ellos. Quizá por eso,
actuando de un modo irreflexivo, casi sin darse cuenta,
él mismo los había ido despidiendo. Los pocos que
quedaban podría decirse que eran los más fieles, aunque
acaso sólo lo fueran por ser los más viejos. Pero a
éstos, inclusive, Onoloria los evitaba.
Aun cuando ella no lo manifestara, sabían los sirvientes
que a los aposentos de su señora no debían entrar. Era
para ellos un verdadero misterio el hecho de que las
habitaciones de Onoloria se mantuviesen siempre limpias
y ordenadas, y no tardaron en imaginar las cosas más
fantásticas. Con el instinto de quienes durante toda su
vida no habían hecho otra cosa que servir a sus amos y
anticiparse a sus menores deseos, presentían a su señora
mucho antes de que ella apareciera; entonces abandonaban
presurosos el lugar, pero ya todo estaba dispuesto para
recibirla. Por ese tiempo Onoloria había adquirido la
costumbre de levantarse antes del alba, y recorriendo
los interminables pasillos, se asomaba a las estancias
vacías como si tratara de descubrir algo que no podía
ser visto a la luz del sol.
A veces los criados sentían la necesidad imperiosa de
ocultarse para verla pasar; en esas ocasiones, se les
antojaba que esta joven gentil y bella tenía en su
rostro la serenidad de una virgen.
II
Deslizándose en la biblioteca a esas tempranas horas,
Onoloria solía sentarse ante el retrato y estarse quieta
a medida que la luz iba desplazando a las tinieblas, y
en las profundidades de la pintura comenzaban a
insinuarse los volúmenes, las diferentes calidades de
las superficies y los diversos matices de los colores,
tal como ahora ocurría a su alrededor al derramarse la
luz del amanecer por las ventanas. Entonces Onoloria
curioseaba por los rincones, se inclinaba sobre la larga
mesa, rozando apenas con sus manos pequeñas y
ensortijadas los libros iluminados, los mapas y los
misteriosos emblemas alquímicos de brillantes colores,
todos esos objetos preciosos que resaltaban sobre el
tapete negro modelados delicadamente por la luz, y que
luego ella, de un modo casi imperceptible, variaba de
posición.
Sus manos, al tomar cualquiera de esos objetos,
permanecían un instante relajadas sobre la materia
inerte, y después se abrían con sumo cuidado, como quien
trata de dejar en equilibrio un castillo de naipes. Al
sentarse a esa mesa y abrir los libros, Lisuarte podía
sentir aún el perfume de su mujer, con tanta intensidad
como cuando cogía aquellas manos entre las suyas y las
cubría de besos; pero nunca estaba seguro de que su
esposa hubiera estado realmente allí.
Onoloria permanecía en la biblioteca hasta que, con los
primeros ruidos de la casa, se desvanecía el hechizo que
sobre ella ejercía la contemplación de todas aquellas
cosas. Para entonces, las hojas secas se arremolinaban a
sus pies, y ella las miraba sin mucha atención;
únicamente si ella las pisaba no crujían. Veíanse en
todas partes y quienes estaban encargados de la limpieza
se mostraban muy desconcertados al descubrir tanta
hojarasca en la planta alta.
Pero era sobre todo en la pequeña cámara de los tapices
persas donde más se acumulaban las hojas. Una verdadera
alfombra de hojas doradas, azules o grises en una cámara
silenciosa cuyas paredes estaban totalmente cubiertas de
telas que incluían todos los matices del rojo.
Cada atardecer se quemaban montañas de estas hojas; el
humo que se esparcía era espeso y aromático como el del
incienso. Pero las hojas volvían a reaparecer en la casa
casi con la misma rapidez con que el fuego las consumía.
Unas veces eran menudas, como pequeñas virutas de madera
con un cierto olor a sándalo o a mirra; otras, eran
grandes y muy arrugadas; entonces se convertían en unos
cuerpecitos con muchas patas. Sin embargo, no lograban
crear una impresión de suciedad y desorden; hasta podría
decirse que era hermoso ver tantas hojas por los
rincones.
Estas que Onoloria veía ahora, aunque parecían secas,
conservaban un intenso color verde.
Los criados, armados con sus instrumentos de limpieza,
se daban a la tarea de recoger hojas con un rigor
admirable. Era una especie de lucha sorda y tenaz, algo
así maniático. Por lo demás, las hojas siempre vencían,
y no eran precisamente sus amos quienes se molestaban
con ello.
Uno de los primeros ruidos de la casa era el barrer de
hojas en el zaguán.
Retrocediendo lentamente con los brazos abiertos,
Onoloria alcanzaba entonces el umbral de la biblioteca y
se retiraba a sus habitaciones. Esa mañana, sin embargo,
al entrar Lisuarte, ella estaba todavía inclinada sobre
la mesa. Cuando Onoloria advirtió su presencia, apartó
la vista y recogió sus manos enlazándolas por encima de
su vientre.
Días atrás él le había hablado de ciertos sabios señores
que estaban de paso en la ciudad, y aunque no le había
manifestado su deseo de entrevistarse con ellos,
Onoloria había entendido que aquellos hombres vendrían a
la casa; con toda seguridad, los esperaba en esos
momentos.
En el alféizar de la ventana apareció el cuerpo escamoso
de un lagarto; la mirada de Onoloria saltó de ese punto
a un detalle iluminado en los artesones del techo, y de
ahí a las manos un tanto inquietas de su esposo.
Examinando los libros, algo obligó a Lisuarte a levantar
rápidamente la cabeza y buscar con los ojos a su esposa,
cuando de ella ya sólo eran visibles los últimos
pliegues de su falda.
Un instante más tarde la vio deslizarse silenciosamente
por la alfombra del corredor.
Después sintió pasos en el zaguán, y pudo ver a su mujer
al pie de la escalera, rodeada por un manto de
hojarasca, mirando subir a los visitantes. De alguna
manera remota, aquello que le desagradaba parecía a la
vez divertirla. Lisuarte, de pronto, le sonrió desde lo
alto, y ella quizá muy a su pesar no pudo devolverle la
sonrisa. Los cuatro hombres que habían llegado tenían en
realidad aspecto de mercaderes, pero ninguna avidez
podía descubrirse en sus pupilas; sus manos eran blancas
y estaban siempre relajadas.
Cruzando ante las ventanas, Onoloria veía los signos
dibujados cuidadosamente por aquellas manos, los dedos
recorriendo los libros abiertos, las cabezas muy unidas
y los rostros vueltos hacia lo alto, como si entre las
oscuras vigas del techo se escondiera el más inquietante
misterio.
Entonces desplegaban hermosos emblemas, y un hombre de
barba azafranada explicaba el arcano de las figuras en
un lenguaje de fórmulas químicas y confusas alegorías.
Sentada junto al fuego en un sillón guarnecido de cuero
verde, Onoloria observaba con curiosidad los relieves
del bronce y las cabezas infernales que sostenían la
leña. Su sombra se proyectaba agigantada sobre los
tapices. Lisuarte podía ver sus manos dormidas en el
regazo, el paño azul que caía desde sus rodillas y se
abría como una mancha en el suelo. Aquí y allá,
prendidas en la tela, resaltaban algunas hojas pálidas y
otras rojas.
Extrañamente, como si el aposento contiguo donde estaba
su esposa pudiese girar gracias a un formidable
mecanismo oculto, el ángulo visual de Lisuarte abarcó de
pronto la figura completa de Onoloria, y fue como si
ella hubiera estado todo el tiempo mirándolo y él no se
hubiese dado cuenta. El rostro de su esposa se destacaba
nítidamente contra el fondo de apagados lilas y azules
de las cortinas. El que hablaba ahora, un anciano de
ojos grises y afables, se volvió en ese instante, pero
sólo vio algo borroso en el espejo, y luego fijó su
atención en el montoncito de hojas que se movían en el
umbral igual que torpes insectos trepando unos sobre
otros.
Onoloria ya no estaba en su sitio.
A partir de ese momento, Lisuarte y aquellos hombres
comenzaron a no entenderse.
Por otra parte, había algunos puntos oscuros en los
cuadernos de Lisuarte que ellos no habían pasado por
alto, y discutían entre sí como si no lograran ponerse
de acuerdo, en un idioma que a él le era enteramente
desconocido. Finalmente, el de la barba color azafrán
contuvo sus palabras y el anciano meneó con benevolencia
la cabeza.
Los otros dos, algo más jóvenes y probablemente
discípulos de aquéllos, parecían olfatear el aire.
Cuando Onoloria apareció de improviso en el salón,
Lisuarte recordó que los hombres se irían después de la
cena.
En la mesa, su esposa mantuvo la vista baja, y su
silencio, su apacible semblante, su deslumbrante
belleza, todo en ella, sobrecogió un tanto a los
huéspedes. Un tema sobre filtros y hechicería iniciado
festivamente por uno de los que parecían discípulos,
tropezó con una extraña resistencia, y al no encontrar
resonancia languideció por sí mismo. Luego sobrevino el
silencio. Incluso los más jóvenes se dedicaron a sus
platos, pero ninguno de ellos probó el vino. Por encima
de este silencio y de las cabezas inclinadas, Lisuarte y
Onoloria se miraron.
Cuando la cena terminó y se levantaron los manteles, los
señores volvieron al salón para firmar el pliego de
cortesía. Entonces Lisuarte notó con sorpresa que
solamente los discípulos habían dibujado al final de sus
firmas la cruz latina.
III
Esa noche Lisuarte revisó cuidadosamente sus escritos:
Todo estaba en orden, y tan claro que hasta un niño lo
hubiese entendido. Tampoco recordaba haber actuado con
reserva, y sin embargo sabía exactamente qué era lo que
había despertado la curiosidad y a la vez el recelo de
los maestros.
Se le ocurrió pensar entonces que si los hombres
regresaran en ese instante probablemente ni siquiera lo
reconocerían. ¿Qué había ocurrido en realidad? Todo se
le presentaba confuso y sin ningún sentido, como las
imágenes caóticas de un sueño. Tal vez había esperado
demasiado de ellos, del mismo modo que cualquier
alucinado espera la revelación inclinado en el oratorio.
Pero no podía engañarse a sí mismo: había algo más. De
pronto sintió deseos de levantarse y buscar a su esposa,
aunque no tenía muy definido lo que, en tales
circunstancias, habría deseado esperar de ella, ni aun
en el caso de que la hallara donde él se imaginaba que
podía estar.
En verdad, desde hacía algún tiempo, había logrado
encontrar en aquella vida de retiro y dedicación al
estudio una cierta compensación; pero quizá ahora estaba
obsesionado. Era una especie de veneno que había entrado
en él lentamente, y probablemente era esto lo que de
algún modo actuaba como un antídoto frente a los
encantos de su mujer. Mientras trabajaba y se dejaba
arrastrar por los enigmas de los textos criptográficos,
trashojando voluminosos libros, sentía que su esposa se
acercaba, pero sólo hasta un punto. Desde la ventana,
podía verla sentada en el jardín, rodeada de esa aura
apacible que ninguna violencia podría turbar, atenta al
vuelo de las aves que venían a comer en su regazo.
Arropada en un grueso abrigo púrpura, Onoloria parecía
descansar sobre sí misma, cómodamente, como si ningún
otro apoyo le fuera necesario.
Viéndola allí, daba la impresión de que tenía muy pocos
vínculos con este mundo, y al mismo tiempo, se diría que
bajo su influjo las cosas existían como tales. Por lo
demás, Lisuarte creía haber olvidado cómo era realmente
el mundo antes de conocerla.
Entre el antes y el después comenzaba a notar que había
una cesura muy definida, y así, tal como un péndulo,
fluctuaba su alma.
Con todo, presentía que si algo de provecho podría
encontrarse en su vida frente al último juicio, estaría
seguramente del lado de acá. En el jardín, su esposa
contemplaba los pájaros y las tardías flores: Era a
veces tan hermosa y tan irreal como un ángel, y también,
por ello mismo, una criatura ciertamente inquietante.
Pero Lisuarte terminaba por sacudir la cabeza y volver a
sus estudios, sonriendo un poco ante tales cosas. Luego,
cuando Onoloria aparecía a su lado y él la miraba a los
ojos, el rostro de su esposa se sonrojaba de un modo
encantador; y este rubor en sus mejillas se acentuaba si
él, con el desenfado propio de su sexo, la tomaba en sus
brazos y la sentaba en sus rodillas. Entonces era
exactamente igual que remover un montoncito de brasas
cubiertas de blanca y reluciente ceniza.
Durante los siguientes días, sin embargo, Lisuarte se
fue retirando hacia las habitaciones interiores y apenas
se dejó ver; pasaba casi todo el tiempo entre sus
libros, y sirviéndose de la puerta trasera hacía
frecuentes y misteriosas salidas.
En la biblioteca, sus cuadernos permanecían abiertos y
como olvidados, y Onoloria los miraba mientras el aire
hacía vibrar las hojas como si fuesen las alas
extendidas de un insecto. Cada mañana, sentada a la mesa
del desayuno, contemplaba esa silla que se mantenía
vacía ante ella; pero en realidad no parecía estarlo
esperando. Se diría que Lisuarte estaba del otro lado de
la mesa devolviéndole la mirada. Yendo de una habitacion
a otra, Onoloria se detenía a veces frente a una puerta,
con los ojos muy abiertos, sin atreverse a tocarla.
Tampoco lograba vencer la resistencia a volverse y mirar
hacia atrás. Un juego de luces, un tapiz o un cuadro,
ocupaban enteramente su atención, retardando su paso. Y
era esto precisamente lo que le había ocurrido al
principio.
Más tarde supo por un criado que su esposo hacía
regulares visitas de consulta a unos clérigos amigos:
indudablemente trabajaba en algo que debía ser
importante para él. Sin embargo, ¿era ésta la verdadera
causa de su aislamiento? Desde luego, ella nunca podría
plantearse las cosas de esta manera. Tal vez él se
dejaba fascinar con todo aquello: se aseguraba de que
las ventanas estuviesen bien cerradas y cubría los
espejos con gruesos paños.
Cierta noche, al salir ella al jardín, vio a Lisuarte
inclinado entre las sombras acariciando a un extraño
animal.
Aunque el enfrentamiento había sido inesperado, él no se
sobresaltó; parecía no haberla visto con sus verdaderos
ojos.
¿O acaso ella lo había soñado?
La noche, por otra parte, estaba demasiado oscura, y
aquel animal podría haber sido, en suma, un simple gato.
La vegetación se movía de un lado a otro, suavemente,
como las algas bajo el oleaje. Por primera vez veía ella
las flores lunares que se abrían, blancas y azules, con
sus pétalos delgados y largos, semejantes a unas manos
cadavéricas.
Poco después, mientras observaba el follaje negro de los
árboles, Onoloria vio salir la luna nueva, y de pronto
se asombró de estar allí a esas horas.
Al día siguiente apareció una nota en la biblioteca.
Paseándose por la casa ella había tenido oportunidad de
acercarse a la puerta tras la cual parecía estar su
esposo. Pero su oído la engañaba. Sin embargo, ya no
podía tener dudas. Si la nota era vaga en cuanto a los
pretextos, era en cambio bastante explícita en la
ubicación. En el fondo, sentía que debía interpretar
aquello como un juego.
También ella había estado de pie junto a esa puerta por
otras causas que ya había olvidado; con toda seguridad,
Lisuarte no hubiera pasado por alto esta pequeña
vacilación, aunque entonces ella estaba recién llegada a
la casa y de una puerta a otra podría mediar un abismo.
Pero ahora era muy diferente; y, después
de todo, aquella era también su casa. En realidad nunca
había pensado en esto, como tampoco en que las cosas
pudiesen ser de alguna otra manera. En adelante,
aprovechando las ausencias de Lisuarte, Onoloria
atravesaba el pasillo y abría la puerta poniendo mucho
cuidado en no hacer ruido; se asomaba a la habitación y
permanecía de pie en el umbral, perfectamente inmóvil,
mientras sus grandes ojos, llenos de una serena
perplejidad, recorrían despaciosamente la estancia.
Siempre, al regresar, Lisuarte sentía la necesidad de
pasar la mano por los muebles, del mismo modo que haría
un ciego, para convencerse de que estaba solo en el
cuarto.
IV
Los días parecían alargarse.
Lisuarte se movía ahora por la casa como una sombra. En
ocasiones, Onoloria lo sentía pasar y detenerse ante su
puerta; entonces fingía dormir. Una de esas veces,
mientras se hallaba tendida en la cama con los ojos
cerrados, le pareció que su esposo estaba sentado a la
cabecera de la cama. No abrió los ojos, pero la
sensación de que él estaba realmente a su lado persistió
durante cierto tiempo. ¿Era de día o de noche?
Manteniendo los ojos obstinadamente cerrados, Onoloria
fue perdiendo lentamente la noción de las cosas y
terminó por dormirse. Lisuarte entonces se le apareció
en sueños.
Estaba de pie en el umbral del zaguán, tambaleante, la
visera del yelmo alzada y la mirada ausente, desgarradas
y cubiertas de sangre las ricas vestiduras; sostenía la
espada en la mano con tal firmeza que ella tuvo que
forcejear para quitársela. Al abrirse los dedos y
abandonar la empuñadura, la poca sangre que quedaba en
su esposo escapó victoriosa por la diminuta herida que
guardaba en la palma de la mano. El cuerpo,
completamente exangüe, se desinfló, y las ropas, sin ese
cuerpo que las sostuviese, vacías, flotaron un instante
y luego cayeron blandas y silenciosas a los pies de
Onoloria. Sólo el yelmo, como un cráneo pelado, golpeó
las baldosas y rebotó con ruido de campana agrietada.
Onoloria despertó un tanto sobresaltada; pero él estaba
allí, inclinado sobre ella, y se apresuró a tomarle las
manos.
De improviso, su esposa lo abrazó y lo retuvo junto a sí
con cierta ansiedad. En ella tal comportamiento era algo
verdaderamente desconcertante. Cuando él la interrogó,
Onoloria apartó la vista y manifestó un gran embarazo.
Las pocas palabras que oyó entonces de boca de su esposa
carecían de significado. Luego comprendió que ella
continuaba durmiendo y se alejó en silencio.
Esa noche Lisuarte tuvo una visita inesperada.
El maestro de la barba azafranada se presentó en su
casa, pero ahora venía vestido de un modo que le daba
cierto aire de astrólogo. Tal vez por asociación de
ideas, Lisuarte recordó que ese año era bisiesto.
Como surgido de la nada, el hombre estaba allí junto a
su mesa, ligeramente encorvado, con un gorro negro y
puntiagudo y una túnica color violeta, el rostro
cadavérico, sosteniendo en alto un sobre lacrado con un
extraño signo. En realidad, había estado merodeando por
los alrededores sin decidirse a entrar, aunque
exactamente «decidirse» no era la palabra.
De acuerdo con sus insinuaciones, Lisuarte entendió que
algo le impedía el acceso, y que aquel signo dibujado en
el sobre, a manera de talismán, se lo había permitido.
Pero, ¿cómo interpretar aquello?
Su casa estaba abierta y no había guardianes, ni
siquiera un perro.
Con sus ademanes siempre ceremoniosos, el hombre hizo
entonces ciertas alusiones a los peligros que amenazaban
constantemente la vida de todo hombre en esos tiempos, y
luego, de pronto, le preguntó si no lo habían asaltado.
Ciertamente le resultaba muy raro que esto no hubiese
ocurrido. Ante la mirada apremiante de Lisuarte, el
maestro desvió la conversación. Su rostro, inclinado
sobre el brasero, tenía una expresión de profunda
perplejidad, y sus manos tan blancas se crisparon como
si estrujaran en el aire un objeto inexistente; pero no
parecía dispuesto a hablar claro, o quizá no podía. Por
otra parte, Lisuarte sabía a qué venía ese hombre.
No había continuado su viaje sólo por eso, y ahora se
presentaba sin previo aviso en su casa; allí, sentado,
tenía un aspecto un tanto deslucido, como el de alguien
que no posee la astucia necesaria para llevar adelante
sus propósitos.
Además, ¿qué podría él revelarle?
Ese rostro afilado por la vigilia, ligeramente
dulcificado por la oración, pero, de cualquier manera,
un rostro alucinado, fue para Lisuarte, por un instante,
como un espejo. Se sintió incómodo y trató de
desembarazarse de él del modo más cortés que pudo. Ya en
la puerta, el de la barba azafranada se detuvo un
momento como si estudiara la disposición de las
baldosas. Su túnica de astrólogo restalló con el viento.
Se quitó el gorro y lo estrujó contra el pecho. Miró a
Lisuarte con asombro, vaciló y sacudió la cabeza. De
repente, con supersticioso sobrecogimiento, trazó una
cruz en el aire y se alejó apresuradamente.
La sorpresa impidió a Lisuarte lo que seguramente el
hombre, yéndose tan aprisa, había temido.
La túnica saltó y se retorció en las sombras como si el
cuerpo del maestro fuera el de un animal enfurecido o de
un demonio. Desde el umbral, Lisuarte vio después que la
figura emergía a lo lejos con paso reposado, nuevamente
bajo el aspecto de un sabio señor, pero ya no llevaba la
túnica color violeta. Las nubes se movieron veloces en
el cielo negro con un súbito cambio de aire.
La mano de Lisuarte se relajó lentamente sobre la
empuñadura de la daga.
Cuando regresaba a su aposento, un pensamiento lo asaltó
a mitad de camino. Volviendo sobre sus pasos se dirigió
a la alcoba de Onoloria. Sigilosamente se acercó a la
puerta y escuchó; sólo cuando estuvo convencido de que
su esposa dormía, se retiró a su cuarto. En el lecho,
comenzó a dar vueltas inquieto. Finalmente se levantó,
tomó su daga y, en camisón, salió al pasillo.
Esperó, atento al menor ruido, con el arma apretada
contra el pecho. Pero nada ocurrió. En definitiva, ¿qué
era lo que esperaba que ocurriese?
V
Lisuarte se tornó un tanto desconfiado, y a menudo
sentía una vaga irritación contra sí mismo a
consecuencia de ello. Un día, después del toque de
Ángelus, vio salir de la casa una figura embozada.
Por su aspecto y el paso vacilante, podía haber sido
cualquiera de esas ancianas que ofrecían sus labores de
costura a las señoras. Pero como a la hora de la cena
Onoloria no hizo alusión alguna a esa visita, Lisuarte
se vio obligado a preguntarle. Sin embargo, la sola
pregunta le resultó en sí misma algo completamente
extraño, y antes de que su esposa se recobrara de un
momentáneo asombro, ya él había encontrado la única
respuesta posible.
De hecho, cualquiera podía entrar y salir libremente de
aquella casa, incluso recorrer durante horas alcobas,
salones y pasillos sin que un solo sirviente se le
cruzara en el camino.
En verdad el maestro de la barba azafranada podía ser un
hombre alucinado y supersticioso, pero, con todo, tal
vez tenía razón al considerar significativo que los
ladrones reconocidos, y aun quienes ni siquiera lo
aparentaban, no hubiesen asaltado una casa desprovista
de buenos perros y fieles guardianes dispuestos a
defenderla al precio que fuera necesario.
En ese instante reflexionó en lo inexplicable que era la
confianza que en sí mismo tenía al acostarse cada noche,
mientras su esposa dormía apaciblemente en su apartada
alcoba. ¿Pero acaso esta confianza no se la había
infundido la simple presencia de su enigmática mujer?
En realidad, desde que ella se instaló en la casa había
traído consigo la tranquila certidumbre de un orden
inviolable, una especie de encantamiento.
En esos momentos Onoloria tenía las manos reunidas sobre
el borde de la mesa y la cabeza inclinada. ¿Hacía sus
oraciones o esperaba por su señor para dar inicio a la
comida? Probablemente ni una cosa ni la otra. A veces
Lisuarte se sorprendía a sí mismo indagando en aquellas
pupilas limpias y cándidas, buscando encontrar
cualquiera de esas manifestaciones por las que puede
reconocerse el alma de una persona. Podía cansarse. Ante
todo estaban su tierna y rara feminidad y su belleza
hechizante, como un velo maravilloso, pero absolutamente
impenetrable.
Si algo se ocultaba tras esa encantadora apariencia,
sólo Dios podía saberlo.
Onoloria alzó la copa de plata que él le ofrecía y la
acercó lentamente a sus labios como si fuese a besarla,
gustando por anticipado el sabor del vino. Entretanto,
su mirada iba de un detalle a otro, recorriendo con
íntimo regocijo el salón y la mesa magníficamente
servida, para detenerse por último en el rostro ahora un
poco ensombrecido de Lisuarte. Onoloria lo miraba y sus
labios estaban entreabiertos; colocó la copa en la mesa,
suavemente, sin que sus ojos descendieran a ese acto ni
sus manos tampoco, como si la copa por sí misma
regresara a su sitio.
Comieron y bebieron, pero quizá él bebió más de lo
debido. Los criados se movían como sombras solícitas. De
pronto Lisuarte sintió que esos seres que servían y
retiraban platos le molestaban. ¿Qué le ocurría? Miró a
su esposa a los ojos y la halló más hermosa que nunca.
Tal vez él no lo hubiese deseado así, pero había en todo
aquello una fuerza superior, o la benevolencia de quien
goza un extraño privilegio lo hacía ceder contra su
propia voluntad, por encima de todas sus resistencias y
prejuicios. Del modo que fuese, hubo algo así como un
tácito acuerdo entre los dos.
En consecuencia, los tres criados que habían atendido la
mesa fueron sorpresivamente despedidos al día siguiente.
No obstante, y aunque una semana después otros dos
sirvientes abandonaban espontáneamente la casa, el
servicio doméstico parecía seguir siendo el mismo de
antes. Incluso la casa estaba más limpia y ordenada que
nunca.
Solamente la hojarasca continuaba su avance.
Estrellas azules, curiosas formas dentadas, hojas finas
y largas como estiletes, de suave color amarillo,
descubríanse en los lugares más insospechados. Al abrir
Onoloria un armario podían caer como copos de nieve
blancas hojitas de las más variadas formas.
VI
Cuando Onoloria permanecía en su alcoba mucho más tiempo
del que acostumbraba, Lisuarte abandonaba sus libros y
subía a buscarla. Le gustaba tanto verla allí entre sus
cosas que retardaba siempre el momento de entrar y
tomarla en sus brazos. Muebles de ricas maderas, sillas
y butacones guarnecidos de terciopelo y suaves pieles la
rodeaban; sus manos se hundían en las ropas olorosas y
limpias que guardaban sus armarios y sus mejillas
acariciaban esas telas brillantes y multicolores. Ante
el espejo peinaba y trenzaba cuidadosamente su larga
cabellera. La divertía entonces encontrar en su pelo
pequeñas hojas que podían ser identificadas de acuerdo
con su color y tamaño por los lugares que ocupaban en la
casa.
Comúnmente él podía verla allí, entre sus cofres y arcas
policromados, descalza y con el pelo suelto, moviéndose
de un punto a otro como una paciente nodriza que debe
atender a la vez muchos niños, probándose aquí una
sortija y allá un vistoso prendedor o un collar.
Pero a veces estaba sencillamente de pie, ataviada con
un lujo deslumbrante, la cabeza ladeada y una dulce
expresión en el rostro, absorta, tal como si un coro de
ángeles cantara para ella y sólo ella pudiese oírlo. Esa
imagen, por otra parte, podría ser perfectamente la que
a Onoloria le hubiese gustado que él conservara de su
esposa al evocarla.
Permanecer ella en su alcoba fuera de lo normal, era una
suerte de invitación. Sucedían entonces las cosas más
imprevistas y maravillosas y el amor era una extraña
ascensión, llena de una intensidad concentrada y
plácida. Pero en los últimos días Lisuarte había
observado que Onoloria pasaba las tardes en alguna otra
parte de la casa: la sombra de su mujer se proyectaba en
las paredes y desaparecía subiendo una escalerilla.
Se trataba quizá de los cuartos abandonados de la
antigua servidumbre, pero por allí había también
pequeños salones y silenciosas cámaras, de techos bajos
y paredes blancas, con grandes ventanales. Cierta vez,
siguiendo a Onoloria, Lisuarte abrió uno de esos
cuartos. En la semipenumbra vio los objetos más raros y
antiguos, todo en desorden y cubierto de polvo, ya que
probablemente nadie había estado allí desde hacía muchos
años.
Al atravesar un oscuro pasillo vaciló un momento; luego
sonrió sorprendido. No era nada extraño por lo demás que
su esposa conociera aquella casa mejor que él.
A pesar de todo, no fue enteramente casual que
encontrara a Onoloria en una de las cámaras del ala
derecha. Se hallaba junto a la ventana, inclinada sobre
un gran paño, y sus manos bordaban con una habilidad que
él no hubiese imaginado. Sin que ella pudiese notarlo,
Lisuarte se le aproximó, y mirando por encima de su
hombro pudo ver un fragmento del bordado; el resto caía
y se extendía más allá de sus pies, perdiéndose en
suaves ondulaciones como un paisaje que entra en el
crepúsculo lentamente.
Cuando ella notó que no estaba sola, sus manos se
posaron tranquilas, y al volver la cabeza y mirarlo, sus
ojos tenían un aire distante y embelesado; parecía
regresar a disgusto de un sueño largo y hermoso donde
las cosas existían sólo de acuerdo con sus deseos, sin
que en ello mediara siquiera ningún esfuerzo de su
voluntad.
Lisuarte apartó la vista de su mujer; se sentía un poco
cohibido, pero no hallaba la manera de irse sin que ella
lo notara. Por otro lado, aquel mundo que se abría sobre
las rodillas de su esposa lo atraía, y se inclinó
nuevamente.
En la tela veíase un bosquecillo florido lleno de
figurillas multicolores, poblado de animales fabulosos y
símbolos.
A una mirada más atenta, Lisuarte vio en un claro de ese
bosque a un rey y una reina que yacían con las manos
tomadas sobre la hierba cubierta de flores y mariposas.
Entre ambas figuras corría un hilo de plata que en
realidad parecía dividir el bordado en dos mitades. A
través del follaje que rodeaba a la pareja, espiaban
unas especies de duendecillos de caprichosas
vestimentas. Las dos mitades se correspondían con una
cierta simetría en los elementos, pero mientras en la
parte de la reina predominaban los diversos matices del
azul, el verde y el violeta, en la del rey resaltaban
los rojos, los naranjas y los amarillos.
Hacia ambos lados el bosque se extendía, bello y
misterioso. Era algo fascinante. De pronto Lisuarte
pensó que una labor así debía haber requerido, aun de la
más hábil bordadora, meses de entera dedicación.
Ante las amables palabras que él pronunció, Onoloria
pareció halagada. Pero había en su actitud algo que
Lisuarte no pudo precisar, y mientras él estuvo a su
lado ella no tocó los hilos.
Al volverse para salir sintió que su mujer se erguía en
el asiento y reanudaba su labor. Ya en el pasillo se le
ocurrió imaginar que aquella reina gordita y graciosa
era la propia Onoloria, y que aquel rey podría ser él
mismo.
VII
Lisuarte recordó que apenas unos días atrás Onoloria
había estado curioseando en su mesa de trabajo.
Creía verla ahora pasando sus manos sobre los dibujos
que ilustraban los textos, como si al contacto de sus
dedos pudiera revelársele el secreto que encerraban las
figuras, o como si esa caricia bastara para animarlas.
La mirada de su mujer se había detenido luego en uno de
aquellos emblemas: al acercar ella esa lámina a la luz,
él había visto a un rey y a una reina con las manos
tomadas, o sea, una interpretación del «Matrimonio
Alquímico», algo que, ahora se daba cuenta, guardaba una
estrecha relación con la pareja del bordado y el retrato
de sus desposorios que colgaba en la biblioteca. Los
labios de su esposa se mantenían entreabiertos, y
Lisuarte sentía en la mejilla el soplo de su aliento;
miraban juntos la ilustración, y era como si en aquel
momento las tres imágenes, yuxtaponiéndose
imaginariamente, coincidieran hasta el punto de
convertirse en una sola; pero los rostros dibujados en
la lámina eran sus propios rostros.
Sin embargo, ahora le resultaba difícil precisar con
exactitud cuándo había ocurrido aquello. Era natural,
después de todo, que esto le sucediera: Con frecuencia
Lisuarte perdía la noción del tiempo.
El día seguía a la noche, y la noche al día.
El tiempo real transcurría de modo innegable, y dejaba
huellas bien visibles de su paso en las cosas; pero en
su verdadera esencia, ¿cómo diferenciar un día de otro?
A veces, cuando Onoloria cerraba el cofrecito de sus
labores y abandonaba la pieza, Lisuarte subía a ver el
bordado. Había algo fascinante, sobre todo, en ir
descubriendo esos pequeños detalles ornamentales que se
perfilaban ahora donde antes el dibujo no parecía poder
admitirlos, o los que, días atrás, apenas estaban
trazados a punta de plata en la tela desnuda.
Figurillas apagadas adquirían de pronto un relieve
singular. Enmarcadas con orlas y guirnaldas se
constituían en pequeños centros, a cuyo alrededor
comenzaba a organizarse un mundillo fantástico, con los
brillantes colores de los metales y los esmaltes
heráldicos.
Entre el follaje aparecían y desaparecían los animales,
o se transformaban en alguna otra cosa.
En general, era evidente que su esposa no seguía ya un
plan determinado. El bordado crecía ahora de manera
caprichosa, poblándose de elementos inesperados y
desconcertantes; y no obstante, el conjunto mantenía una
íntima y misteriosa armonía, ya que cada cosa parecía
ocupar allí el espacio que la Providencia le había
señalado.
Pero un extraño y repentino interés por las labores de
la cocina desvió a Onoloria de su bordado; y aun cuando
trabajaba en él era como si la obra estuviese terminada.
A menudo Lisuarte se sorprendió al verla allí, con su
alto cuello de blanquísimo encaje, entre los calderos de
bruñido cobre, trasvasando líquidos, avivando la llama
con el fuelle, revolviendo una gran olla humeante, como
una linda hechicera. En realidad, sólo estaba en la
cocina unos breves momentos; pero luego la mesa era
servida espléndidamente.
¿Quién la servía?
Lisuarte vivía como en un sueño. Y a pesar de que
trabajaba con ahínco y entusiasmo, sabía que aquello era
en cierto modo como una lucha contra sí mismo. Los
clérigos amigos y los viejos doctores de largas barbas
podrían sonreír con aprobación, aconsejándole con sabias
sentencias extraídas de libros que solamente ellos
conocían. Pero no sería ésta la recompensa que él
esperaría, y cuando veía junto a él a su hermosa mujer,
en no pocas ocasiones se reprochaba el tiempo quizá
excesivo que dedicaba a sus estudios. Por otra parte, la
satisfacción que recibía con su obra, ¿no era en el
fondo una satisfacción pueril?
Onoloria, deslumbrada con los dibujos, los esquemas y
las láminas que Lisuarte había logrado reunir, advertía
de pronto que las ingenuas figuras bordadas por ella en
un paño adquirían una extraña significación,
insertándose en un complejo de ideas tan vasto como
incomprensible.
Seguir día a día el desarrollo de esas imágenes tenía
para Onoloria el encanto de un juego; no dejaba de
halagarla tampoco que su esposo mezclara en sus estudios
al rey y a la reina que ella había imaginado. Por
supuesto, nunca le hubiese preguntado nada a Lisuarte
con respecto a estas cosas; miraba sencillamente con sus
grandes ojos y se retiraba en silencio, iluminado el
semblante por una complacencia que no podría ser
traducida en palabras.
Por su parte, Lisuarte subía cada día a contemplar el
bordado.
Era en verdad algo maravilloso extendido en el suelo,
aunque él no se lo podía imaginar colgado en una pared.
Ocupaba ya casi todo el piso de la habitación, de manera
que Onoloria caminaba descalza sobre la tela, con paso
cauteloso, tal como si atravesara un auténtico bosque
lleno de sorpresas.
VIII
Una tarde, cuando él subió a ver el bordado, su esposa
estaba allí, de pie sobre el inmenso paño multicolor, en
el centro de un haz luminoso, la doble cola del vestido
extendida y abierta como las alas de una gran mariposa.
Con el pequeño cofre reluciente en las manos parecía una
de esas imágenes votivas de los iconos.
No había dudado Lisuarte que, de intentar aproximársele,
Onoloria retrocedería, de la misma manera exasperante
que retrocede un espejismo. Esta rara sensación en
realidad la experimentaba a menudo, sobre todo el
enfrentarse con su esposa en los vastos salones
desiertos, o en las horas silenciosas del amanecer,
viéndola surgir como de la nada en la blanca luz del
alba; por otra parte, esto también le ocurría en sueños.
Al despertar, ella podía estar asomada a su rostro, como
una luz que entra sin que se adivine su procedencia. Los
besos de su mujer tenían a veces ese sabor un tanto
desconcertante de ciertas frutas silvestres que se
degustan sin llegar a saberse jamás si son agradables o
desagradables, o sencillamente insípidas. Pero acaso no
era él mismo el que estaba allí; lo sabía, volvía del
sueño como un niño desamparado y esperaba encontrar
tanto calor y ternura que Onoloria, por contraste, se le
tornaba en esos momentos fría y distante.
Cada nuevo día, al abrir los ojos, sentía una vaga
inquietud, como si con el curso de los días algo
estuviera escapándosele de las manos. ¿Qué podría ser?
Tal vez no se decidía a tomar ningún camino determinado.
¿Cómo definir el estado de un alma que se resiste a su
propia realización sólo porque los medios que se ofrecen
no parecen estar en armonía con el orden natural de las
cosas?
¿Qué significaba este orden después de todo? ¿No era
para él, en suma, una pura abstracción? De pronto sentía
el deseo de desembarazarse de todo, de esa estúpida
carga de convencionalismos, como un cuerpo que se
desnuda y recibe dichoso la lluvia.
Onoloria volvía entonces la cabeza y se alejaba en
silencio.
Asomado a la ventana, con la mano en el puño de la daga,
Lisuarte contemplaba abstraído la ciudad cercana y
distante, irreal.
Se diría que un muro, tan sólido como invisible, se
hubiera levantado alrededor de su casa. Tenía a veces la
impresión de que las personas que ocasionalmente
transitaban por allí miraban la casa con la curiosidad y
el desasosiego de quienes se hallan del otro lado de un
abismo.
Algo verdaderamente ridículo; pero una cosa lo divertía
entonces, y era preguntarse quién, en todo caso, estaría
realmente a salvo, ¿los que estaban del lado de allá o
él?
Allí, justamente bajo esa ventana, entre las piedras
cubiertas de musgo, venían a morir ciertos arácnidos.
Inclinándose un poco hacia adelante, Lisuarte podía ver
escorpiones y arañas escarbando deses-peradamente. Su
agonía era breve, y luego, como cuerpos que se resecan,
los animalitos se doblaban sobre sí mismos. Antaño los
criados quemaban esas cuevas, removían la tierra y
aromaban el lugar con sustancias vegetales; pero por
encima del fuego, la resina y el azadón, los moribundos
artrópodos reconocían aquel sitio como un cementerio.
Cierta vez, un escorpión entró en la alcoba de Onoloria.
Se deslizó por la pared bordeando los iconos y los
tapices. Pero no fue hasta el cuarto día cuando Lisuarte
lo descubrió, negro y enorme, resaltando en la blancura
encalada de la pared. Nunca antes había visto un
ejemplar de tales dimensiones.
A pesar de haber recorrido el animal todas las paredes,
y aun cuando ella debía dormir con ese peligro latente,
Onoloria no le había dicho nada; sabía que no bajaría de
la pared. Por lo demás ya estaba muerto cuando él lo
vio, sólo que se aferraba al muro exactamente igual que
si estuviera vivo, y de la misma manera su aguijón
estaba allí, enhiesto.
Al amanecer, desde la ventana, Lisuarte observaba el
bullir de patas y tenazas, ya que de algún modo su
mirada evitaba proyectarse más allá del bosquecillo que
circundaba la casa.
Suavemente, sin perturbar siquiera el aire con los
vuelos de su ropaje, Onoloria aparecía entonces a su
lado, y sus manos se posaban delicadamente en el
antepecho de la ventana, junto a las de su esposo. Al
encontrarse cada mañana, de un modo distinto a como
suelen hacerlo dos personas que se aman y conviven bajo
un mismo techo, ellos se miraban simplemente sin decir
una palabra. En realidad la palabra era a veces un burdo
sustituto, y además, ¿qué podrían decirse ellos que no
supieran? De pie uno junto a otro, permanecían unos
instantes en silencio, soberbios en sus magníficos
trajes, como dos monarcas. Luego, se reunían abajo,
cuando la mesa del desayuno ya estaba dispuesta, sin que
él, en ninguna ocasión, hubiera visto a su esposa
ocupada en esos preparativos.
De ordinario, antes de sentarse a la mesa, Onoloria lo
retenía un momento a su lado y le hacía besar la gran
cruz de plata y pedrería que llevaba al cuello. Era, más
que un acto de devoción, un simple juego lleno de
candidez, una especie de ceremonial femenil; pero había
en ello una extraña seducción, un misterioso hechizo. Al
inclinarse sobre la fragancia de ese escote, Lisuarte
sentía que sus manos rozaban un sutil encaje, algo así
como el límite confuso entre la realidad de todos los
días y un mundo maravilloso.
Por entonces Lisuarte trabajaba poco en sus libros.
Había resumido en un breve tratado el misterio
alquímico. Lo había expuesto, como un raro animal en una
jaula; pero el misterio estaba todavía allí. En
realidad, salvo pequeñas lagunas, la obra estaba
terminada, y sin embargo no se decidía a tomar la pluma
y darle fin. Curiosamente, el bordado de su esposa se
había detenido en un punto semejante.
Onoloria subía con cierta regularidad a la apartada
cámara y se ocupaba en algunos detalles, pero en la tela
se veían unos claros que ninguna imagen parecía poder
llenar. En los días sucesivos apenas pudo él advertir
los insignificantes cambios que ella había realizado.
Fue por esa época cuando las hojas comenzaron a
retirarse de la casa.
Primero desocuparon los desvanes y los cuartos más
apartados; luego abandonaron los grandes salones, pero
parecieron detenerse indecisas en los corredores y en
las habitaciones de la planta baja.
Conservaban sus brillantes colores aun cuando se
tornaban cada vez más finas y quebradizas. Al paso de
Onoloria la hojarasca se arremolinaba tras la cola de su
vestido y ascendía lentamente; tan tenues eran las hojas
que la menor corriente de aire las arrastraba y
escapaban raudas a través de puertas y ventanas como
leves nubecillas. Un día, mientras contemplaba el
movimiento de las hojas, Lisuarte sintió que alguien
caminaba por la casa.
Quienquiera que fuese lo hacía tal como lo podría hacer
él mismo. Instintivamente sacó el puñal y aguardó.
Cuando los pasos cesaron, Lisuarte supo de pronto quién
estaba en la casa. Guardó entonces el arma y se dirigió
a la biblioteca.
Envuelto en la capa, la cabeza rígida en lo alto de un
vistoso cuello de encaje, el pintor estaba allí frente a
su obra, con el aspecto de un hombre que ha de emprender
un largo viaje y viene a despedirse. Efectivamente, el
maestro regresaba a su país. Pidió excusas; en realidad
nadie había salido a su encuentro.
Obligado por la presencia del pintor, Lisuarte observó
un instante la pintura. Era en verdad un trabajo
admirable, pero ya él estaba relacionando las cosas, y
de repente aquel retrato se convirtió en un símbolo.
Ante sus palabras, el pintor arqueó las cejas. Luego se
despidió. Era evidente que algo lo inquietaba. Había
como una vaga tristeza en sus ojos. A pesar de todo fue
amable y cortés, aunque las pocas palabras que dirigió a
Lisuarte bien podrían haber sido las que una persona
pronuncia no tanto para ser oída como para oírse a sí
misma.
Miró el retrato por última vez, y su estado de ánimo
pareció variar. Su rostro pálido se coloreó ligeramente,
e incluso antes de abandonar la casa sonrió.
En el jardín se entretuvo todavía unos instantes
contemplando las florecillas y las piedras, acariciando
las plantas que se abrían a su paso en el sendero.
Cuando el pintor volvió la cabeza, se encontraba ya a
una distancia incalculable. Lisuarte lo siguió con la
mirada y no abandonó su lugar hasta que lo perdió de
vista.
En el umbral se arremolinaron las hojas, y luego el
viento, de golpe, las arrastró fuera.
Eran probablemente las últimas.
IX
Al día siguiente Onoloria enrolló el bordado.
La pequeña cámara soleada y blanca ofrecía a los ojos de
Lisuarte un triste aspecto, como un hermoso jardín que
de pronto hubiera sido arrasado.
Sobre el mármol ajedrezado del piso cruzó una lagartija.
En un rincón estaba la tela enrollada, igual que un
cuerpo muerto abandonado a su suerte, mostrando por el
envés formas confusas y manchas de colores.
Lisuarte permaneció allí hasta que notó con sorpresa que
el bordado se había convertido en un verdadero nido de
insectos y lagartijas.
Más tarde interrogó a su mujer. Onoloria alzó la cabeza
y lo miró un tanto desconcertada. Dijo entonces algo
cuyo sentido él no pudo captar de momento, a pesar de
que en cierto modo correspondía a la idea que Lisuarte
se había hecho alrededor de ese asunto. Era en el fondo
una cosa bien sencilla: el bordado estaba terminado. Por
lo demás, ella pareció muy halagada con la proposición
de su señor de que la tela fuese colgada, sólo que
ninguno de los dos encontró luego suficientes razones
para llevarla a la práctica. Y entretanto estaban ahí,
uno frente a otro, sintiendo que el mundo pendía en un
vacío, como esta casa encantada. Lisuarte sabía que
podía interpretar las cosas de la manera que quisiera,
pero había algo cierto, innegable, y era que ella, al
menos, había deseado esta soledad por sobre todas las
cosas.
Para entonces sus labios estaban unidos, y se besaron
delicadamente. ¿Qué era esta soledad?
¿Era en sí misma un fin, o un punto de partida?
Imposible saberlo; toda señal podría ser equívoca. Y en
suma, ¿qué importaba?
Se sentía transportado.
Dejaba hacer y hacía precisamente todo aquello que, años
atrás, hubiera considerado como el mayor desatino. Pero
ya no había puntos de referencia; y por otra parte,
todas las cosas que habían ocupado su vida durante los
últimos meses comenzaban ahora a mostrarse distantes,
como las aventuras de un viajero que ha tomado un camino
equivocado y vuelve al punto de partida; algo que en la
memoria se parece al sueño.
El amor renacía, o en realidad se manifestaba en su
verdadera naturaleza. Ahora se buscaban a menudo a
través de habitaciones y pasillos desiertos.
Se encaminaban entonces hacia el jardín o daban cortos
paseos por el bosquecillo.
Una niebla plateada cubría todos los senderos, y cuando
el viento soplaba saltaban en esa niebla las hojas
doradas, grises y negras que yacían debajo. La hierba
emergía entre la niebla y las flores se abrían como si
flotaran en el aire.
A Onoloria le gustaba asistir al milagro de la luz, y
estaba rodeada de flores mucho antes de que el sol
asomara en las lejanas colinas. Sentía que esa luz
alcanzaba también su sangre y ascendía por su cuerpo,
iluminándola por dentro como si ella fuera una copa que
se llenara lentamente de un licor dorado.
La tierra se dividía. Había de pronto tramos donde sólo
podían admirarse colores cálidos, y hasta la tierra
tenía una calidad tersa, como de barro lavado,
intensamente roja. Y en otros, el sol iluminaba suaves
matices azules y todas las degradaciones del violeta,
entre el verdor de la hierba salpicada de flores
blancas. El arroyo corría delimitando las zonas,
serpenteando, ensanchándose en pequeños remansos,
saltando sobre las piedras.
Al borde de este arroyo se detenía Onoloria, en un liso
pedestal de roca, imperceptiblemente inclinada hacia
adelante, como si una nueva vastedad se abriera ante sus
ojos. En el agua se reflejaba su imagen, dispersa, con
el vestido extendido por el viento, semejante a un alma
que asciende.
Frecuentemente, cuando ella lo
tomaba de la mano y lo arrastraba tras algún capricho,
Lisuarte sentía que lo invadía una extraña felicidad;
era algo completamente nuevo, una especie de liberación.
Se diría que marchaba entonces, dichoso como un niño, al
encuentro consigo mismo, guiado por la mano de su ángel
de la guarda. Se oía el canto de los pájaros, y las
ramas altas caían atravesadas por los rayos oblicuos del
sol como en la nave de una catedral.
Ciertamente, este mundo hermoso también estaba poblado
de misterios y peligros, pero afrontarlos o rehuirlos ya
no parecía ser asunto suyo.
En realidad, lo que podía llamar su libre determinación,
¿no había estado regida desde siempre por un oculto
designio?
Todo cuanto había sido y cuanto había hecho debía
haberlo conducido forzosamente por esta vereda. Y en una
vuelta del camino, apacible y dócil, con sus manos
recogidas sobre el vientre, estaba Onoloria, como
alguien que de un modo enteramente casual se cruza en
nuestra vida.
X
Bajo la mirada atenta, el más pequeño de los insectos
mostraba sus caprichosas formas, tan perfectamente
articuladas sin embargo a este mundo de seres disímiles
como una puerta de sólidos goznes. Pero ese lindo rostro
que asomaba admirado entre el follaje parecía estar más
allá de todas las cosas y de sí mismo, con la belleza
irreal de una flor que se abre en la noche.
El final de la tarde los sorprendía bajo la verde bóveda
de los árboles, suspendidos en una región remota, llena
de signos y alegorías, como un inmenso emblema del cual
ellos formaran parte, y cuyo significado escapaba a toda
comprensión.
Entretanto, los lagartos buscaban entre las piedras el
sitio más alto para dormirse con el último rayo de luz.
El bosque era entonces ruidoso y sorpresivo, a la manera
de una gran casa que se trata de poner en orden.
Cierta vez, estando ambos tendidos sobre la hierba
escuchando el canto de los pájaros, Onoloria se
incorporó de pronto y miró en torno suyo. Hojas y flores
silvestres se habían prendido de sus cabellos. El sol
estaba todavía muy alto.
Cuando él se levantó ya ella se había adelantado y
regresó tendiéndole las manos alegremente. En ese
momento su mujer le dijo:
—Todo es hermoso, mi señor. Pero se hace tarde para mí.
Parecía feliz y estaba atenta a cuanto se movía
alrededor; sin embargo, ¿qué había querido decir en
realidad su esposa? Lisuarte se apresuró a conducirla
hacia la casa. Invariablemente regresaban por el camino
más largo, atravesando los viales del jardín, para que
ella escogiera las flores que adornarían su alcoba. Pero
esta vez, Onoloria se contentó con deshojar algunas,
esparciendo los pétalos sobre los blancos guijos del
camino.
Lisuarte presentía que algo extraño iba a producirse.
Y algo ocurrió entonces.
A la mañana siguiente Onoloria no quiso levantarse de la
cama, y a la otra ya no pudo hacerlo. No estaba enferma,
su rostro resplandecía; se diría que su salud nunca
había sido mejor.
Y a pesar de todo estaba ahí en su lecho, tras las
cortinas, bajo un silencio obstinado y dichoso. Sólo a
veces, cuando parecía dormir, su respiración se hacía
irregular, y sus manos se crispaban ligeramente si
Lisuarte las tomaba entre las suyas. Al abrir los ojos,
siempre quedaba la posibilidad de que apartara las
cortinas y saltara de la cama, ya que por otra parte
todos los días se le presentaban iguales.
Pero Onoloria tenía ahora sueños inquietantes.
Al despertar, el sueño era un recuerdo confuso de
sensaciones angustiosas que asomaba en el trasfondo de
su mente, y que su propia mente negaba, como un cuerpo
extraño que el organismo rechaza.
En ocasiones, al correr las cortinas para inclinarse
sobre ese lecho, Lisuarte descubría en su mujer una
expresión insólita, algo indefinible que, sin embargo,
ensombrecía su apacible semblante. Cuando las miradas se
cruzaban, ella le sonreía tendiéndole las manos; pero
nada parecía capaz de arrancarla de allí.
Era como si Onoloria luchara calladamente contra una
fuerza que no hacía demostraciones, sino que actuaba
como una muralla alrededor de ella. Los encajes del
lecho ascendían y se anudaban arriba en un gran lazo, y
desde lo alto descendía la luz en un rayo oblicuo. A
través de ese haz luminoso diríase que el propio ángel
de la Anunciación podría descender a la tierra. De
pronto Lisuarte recordó que por esos días cumplirían un
año de casados, y entonces creyó saber lo que le ocurría
a su mujer.
Tal vez ella había deseado esto de un modo secreto, o
probablemente, sin saberlo siquiera, su propia
naturaleza femenina se imponía al final... Pero de la
manera que fuese, Lisuarte tuvo la certeza de que su
esposa, realmente, no estaba embarazada. Y aunque su
rostro se volvía risueño hacia él y sus ojos parecían
mirar con atención, Onoloria se hallaba ausente. Con el
paso de los días, Lisuarte sentía que esa distancia que
comenzaba a separarlos crecía cada vez más.
A menudo, al apartar la vista de su mujer, pensaba ahora
si, después de todo, ella no sería tan sólo el reflejo
de su alma solitaria; y sin embargo, no experimentaba
por ello ni angustia ni tristeza. Se sentía
inexplicablemente tranquilo y confiado.
Entretanto, había terminado su libro y lo guardó con
cuidado. Más tarde se sorprendió a sí mismo ordenando
sus cosas, como quien lo dispone todo para la eternidad.
Entonces no le pareció extraño encontrar a su esposa
esperándolo en el comedor esa mañana. Estaba allí,
vestida de lila, con su blanca toca orlada de perlas y
las manos cruzadas sobre el vientre, en su habitual
actitud, conservando esa misteriosa aura con que el
pintor la había retratado en los días de sus
desposorios. Los pliegues de su vestido, que partían
desde el fajín de seda verde que la ceñía por debajo de
los senos, se abrían y descendían suavemente. |