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El cuento de La Jiribilla

Onoloria

Miguel Collazo

En medio de tantas guerras y litigios entre las demarcaciones vecinas, aquel pedacito de tierra había permanecido intacto durante siglos. Pero cuando Lisuarte se asomaba a las ventanas, los árboles, las fuentes y arroyuelos, los animales huidizos, las mismas piedras, todo lo que veía, en suma, se le antojaba verdaderamente un tanto irreal. Su casa, de recios muros, poblada de bellos tapices y costosos muebles, se elevaba sobre una breve colina circundada por un bosquecillo. Desde estas ventanas también podía verse ahora, hacia el lado norte, una floreciente ciudad, con sus blancos palacios amontonados unos sobre otros, su catedral, sus angostas calles, y su plaza, donde bajo alegres toldos multicolores, merceros y pañeros ofrecían sus mercancías. De pie tras las vidrieras de su casa, Lisuarte contemplaba el curioso movimiento de la ciudad con un imperceptible parpadeo... Esa ciudad estaba tan cerca que, en los días claros, distinguía perfectamente los rostros de las personas que transitaban por sus calles, y tan lejos que dos buenas jornadas a caballo no eran suficientes para salvar esa distancia. En realidad, entre un punto y otro había tantos caminos visibles como ocultos. De pronto, en mitad de alguno de esos caminos, podía atravesarse un árbol caído, una gran piedra, o cualquier otra cosa imprevista.
A veces, estando allí con las manos quietas en el antepecho de la ventana, Lisuarte advertía que no estaba solo; luego él y su esposa volvían las cabezas guiados por el crujir de las hojas secas, y las veían entrar lentamente como un ejército de escarabajos.
Onoloria estaba por esa época recién llegada a la casa; todavía le resultaba difícil orientarse por los laberínticos corredores, y durante las noches, Lisuarte sentía que ella se mantenía despierta.

Había sido aquélla, por cierto, una boda extraña, una especie de transacción comercial. Sin haber reparado mucho en ello, ahora tenía en la casa una hermosa mujer que lo amaba y atendía con suma ternura. Sin embargo, esta mujer no parecía estar al alcance de sus manos. Ahí, junto a él, muy erguida en sus ricos y vistosos ropajes, ofrecía ese mismo encanto misterioso que rodea a las cosas intocables. ¿Lo amaba ella realmente? Esta pregunta nunca se la había hecho Lisuarte. Para él fue así, quizá, desde el primer momento en que la vio y la eligió, casi al azar, entre su numerosa parentela. Había lanzado una fugaz mirada a las doncellas reunidas y había dicho:

—Ésta.

En aquel momento, y puesto que se le brindaba la oportunidad, sólo pensaba en dar término a un enojoso pleito, pero no había pasado por alto que la joven estaba como suspendida mirándolo. Rememorando ese instante comprendía que, después de todo, tal vez no había obrado tan a la ligera, ya que Onoloria podía haberlo estado esperando, y los jueces y testigos parecían saber de antemano el desenlace del asunto. En realidad los acontecimientos se habían producido con demasiada rapidez, y él se había sentido un poco al margen de todo aquello. Por otra parte, pronto descubrió que él también la amaba, aunque esto, en definitiva, habría sido lo más natural para cualquiera, porque, ¿cómo era posible no amar a aquella noble criatura de extraordinaria belleza? Desde un principio, este amor se había dado en su totalidad, casi de golpe, entre la urdimbre insólita de las circunstancias.
Durante el camino de regreso supo de ella cuanto necesitaba. Probablemente en esa ocasión Onoloria hubiese estado dispuesta a contarle algo más de su vida si él se lo hubiera pedido; pero Lisuarte guardaba ya silencio, y con ello ponía punto final a un tema sobre el cual nunca volverían a hablar. Dos días después de su llegada, para complacerla, hizo llamar a un pintor, y esa misma tarde posaban de pie en el centro de la alcoba con las manos tomadas.
El retrato no fue terminado en la casa, o Lisuarte no supo que el pintor, un hombre de rostro pálido, extremadamente sensible, prefería trabajar sin modelos y pasaba las horas encerrado en uno de los aposentos del fondo.
Un día el cuadro apareció en una de las paredes de la biblioteca; Lisuarte apenas reparó en él, pero quiso invitar al pintor a cenar con ellos. La mirada que le dirigió Onoloria era tan dulce como siempre, y, no obstante, fue claro para él que aquello, de alguna manera, había desagradado a su esposa. Como Lisuarte se había anticipado a su propio deseo, no tuvo más remedio que seguir adelante, y esa noche el pintor estaba allí, vestido como un príncipe.
Tal como lo suponía, Onoloria, pretextando algún malestar, no bajó a cenar, y él pasó la velada en compañía de aquel hombre de carácter difícil, que apenas hablaba y sólo sabía acariciar los objetos con sus manos delicadas y nerviosas, mirando en derredor como alguien que se sorprende de que haya todavía en este mundo cosas hermosas, y para quien toda forma de belleza era una suerte de desafío. Ante él, los sirvientes se portaban como si el invitado, en vez de un simple pintorcillo, fuera un gran señor, y esto no parecía tener nada que ver con el hecho de que sus ropas fuesen tan lujosas y sus modales tan exquisitos.
Fue precisamente por esos días cuando Lisuarte advirtió que algo ocurría entre la servidumbre.
La mayoría de los criados, ciertamente, habían desaparecido.
Desde el comienzo había notado que su esposa parecía sentirse incómoda en presencia de ellos. Quizá por eso, actuando de un modo irreflexivo, casi sin darse cuenta, él mismo los había ido despidiendo. Los pocos que quedaban podría decirse que eran los más fieles, aunque acaso sólo lo fueran por ser los más viejos. Pero a éstos, inclusive, Onoloria los evitaba.
Aun cuando ella no lo manifestara, sabían los sirvientes que a los aposentos de su señora no debían entrar. Era para ellos un verdadero misterio el hecho de que las habitaciones de Onoloria se mantuviesen siempre limpias y ordenadas, y no tardaron en imaginar las cosas más fantásticas. Con el instinto de quienes durante toda su vida no habían hecho otra cosa que servir a sus amos y anticiparse a sus menores deseos, presentían a su señora mucho antes de que ella apareciera; entonces abandonaban presurosos el lugar, pero ya todo estaba dispuesto para recibirla. Por ese tiempo Onoloria había adquirido la costumbre de levantarse antes del alba, y recorriendo los interminables pasillos, se asomaba a las estancias vacías como si tratara de descubrir algo que no podía ser visto a la luz del sol.
A veces los criados sentían la necesidad imperiosa de ocultarse para verla pasar; en esas ocasiones, se les antojaba que esta joven gentil y bella tenía en su rostro la serenidad de una virgen.

II

Deslizándose en la biblioteca a esas tempranas horas, Onoloria solía sentarse ante el retrato y estarse quieta a medida que la luz iba desplazando a las tinieblas, y en las profundidades de la pintura comenzaban a insinuarse los volúmenes, las diferentes calidades de las superficies y los diversos matices de los colores, tal como ahora ocurría a su alrededor al derramarse la luz del amanecer por las ventanas. Entonces Onoloria curioseaba por los rincones, se inclinaba sobre la larga mesa, rozando apenas con sus manos pequeñas y ensortijadas los libros iluminados, los mapas y los misteriosos emblemas alquímicos de brillantes colores, todos esos objetos preciosos que resaltaban sobre el tapete negro modelados delicadamente por la luz, y que luego ella, de un modo casi imperceptible, variaba de posición.
Sus manos, al tomar cualquiera de esos objetos, permanecían un instante relajadas sobre la materia inerte, y después se abrían con sumo cuidado, como quien trata de dejar en equilibrio un castillo de naipes. Al sentarse a esa mesa y abrir los libros, Lisuarte podía sentir aún el perfume de su mujer, con tanta intensidad como cuando cogía aquellas manos entre las suyas y las cubría de besos; pero nunca estaba seguro de que su esposa hubiera estado realmente allí.
Onoloria permanecía en la biblioteca hasta que, con los primeros ruidos de la casa, se desvanecía el hechizo que sobre ella ejercía la contemplación de todas aquellas cosas. Para entonces, las hojas secas se arremolinaban a sus pies, y ella las miraba sin mucha atención; únicamente si ella las pisaba no crujían. Veíanse en todas partes y quienes estaban encargados de la limpieza se mostraban muy desconcertados al descubrir tanta hojarasca en la planta alta.
Pero era sobre todo en la pequeña cámara de los tapices persas donde más se acumulaban las hojas. Una verdadera alfombra de hojas doradas, azules o grises en una cámara silenciosa cuyas paredes estaban totalmente cubiertas de telas que incluían todos los matices del rojo.
Cada atardecer se quemaban montañas de estas hojas; el humo que se esparcía era espeso y aromático como el del incienso. Pero las hojas volvían a reaparecer en la casa casi con la misma rapidez con que el fuego las consumía.
Unas veces eran menudas, como pequeñas virutas de madera con un cierto olor a sándalo o a mirra; otras, eran grandes y muy arrugadas; entonces se convertían en unos cuerpecitos con muchas patas. Sin embargo, no lograban crear una impresión de suciedad y desorden; hasta podría decirse que era hermoso ver tantas hojas por los rincones.

Estas que Onoloria veía ahora, aunque parecían secas, conservaban un intenso color verde.
Los criados, armados con sus instrumentos de limpieza, se daban a la tarea de recoger hojas con un rigor admirable. Era una especie de lucha sorda y tenaz, algo así maniático. Por lo demás, las hojas siempre vencían, y no eran precisamente sus amos quienes se molestaban con ello.
Uno de los primeros ruidos de la casa era el barrer de hojas en el zaguán.
Retrocediendo lentamente con los brazos abiertos, Onoloria alcanzaba entonces el umbral de la biblioteca y se retiraba a sus habitaciones. Esa mañana, sin embargo, al entrar Lisuarte, ella estaba todavía inclinada sobre la mesa. Cuando Onoloria advirtió su presencia, apartó la vista y recogió sus manos enlazándolas por encima de su vientre.
Días atrás él le había hablado de ciertos sabios señores que estaban de paso en la ciudad, y aunque no le había manifestado su deseo de entrevistarse con ellos, Onoloria había entendido que aquellos hombres vendrían a la casa; con toda seguridad, los esperaba en esos momentos.
En el alféizar de la ventana apareció el cuerpo escamoso de un lagarto; la mirada de Onoloria saltó de ese punto a un detalle iluminado en los artesones del techo, y de ahí a las manos un tanto inquietas de su esposo. Examinando los libros, algo obligó a Lisuarte a levantar rápidamente la cabeza y buscar con los ojos a su esposa, cuando de ella ya sólo eran visibles los últimos pliegues de su falda.
Un instante más tarde la vio deslizarse silenciosamente por la alfombra del corredor.
Después sintió pasos en el zaguán, y pudo ver a su mujer al pie de la escalera, rodeada por un manto de hojarasca, mirando subir a los visitantes. De alguna manera remota, aquello que le desagradaba parecía a la vez divertirla. Lisuarte, de pronto, le sonrió desde lo alto, y ella quizá muy a su pesar no pudo devolverle la sonrisa. Los cuatro hombres que habían llegado tenían en realidad aspecto de mercaderes, pero ninguna avidez podía descubrirse en sus pupilas; sus manos eran blancas y estaban siempre relajadas.
Cruzando ante las ventanas, Onoloria veía los signos dibujados cuidadosamente por aquellas manos, los dedos recorriendo los libros abiertos, las cabezas muy unidas y los rostros vueltos hacia lo alto, como si entre las oscuras vigas del techo se escondiera el más inquietante misterio.
Entonces desplegaban hermosos emblemas, y un hombre de barba azafranada explicaba el arcano de las figuras en un lenguaje de fórmulas químicas y confusas alegorías. Sentada junto al fuego en un sillón guarnecido de cuero verde, Onoloria observaba con curiosidad los relieves del bronce y las cabezas infernales que sostenían la leña. Su sombra se proyectaba agigantada sobre los tapices. Lisuarte podía ver sus manos dormidas en el regazo, el paño azul que caía desde sus rodillas y se abría como una mancha en el suelo. Aquí y allá, prendidas en la tela, resaltaban algunas hojas pálidas y otras rojas.
Extrañamente, como si el aposento contiguo donde estaba su esposa pudiese girar gracias a un formidable mecanismo oculto, el ángulo visual de Lisuarte abarcó de pronto la figura completa de Onoloria, y fue como si ella hubiera estado todo el tiempo mirándolo y él no se hubiese dado cuenta. El rostro de su esposa se destacaba nítidamente contra el fondo de apagados lilas y azules de las cortinas. El que hablaba ahora, un anciano de ojos grises y afables, se volvió en ese instante, pero sólo vio algo borroso en el espejo, y luego fijó su atención en el montoncito de hojas que se movían en el umbral igual que torpes insectos trepando unos sobre otros.
Onoloria ya no estaba en su sitio.
A partir de ese momento, Lisuarte y aquellos hombres comenzaron a no entenderse.
Por otra parte, había algunos puntos oscuros en los cuadernos de Lisuarte que ellos no habían pasado por alto, y discutían entre sí como si no lograran ponerse de acuerdo, en un idioma que a él le era enteramente desconocido. Finalmente, el de la barba color azafrán contuvo sus palabras y el anciano meneó con benevolencia la cabeza.
Los otros dos, algo más jóvenes y probablemente discípulos de aquéllos, parecían olfatear el aire. Cuando Onoloria apareció de improviso en el salón, Lisuarte recordó que los hombres se irían después de la cena.
En la mesa, su esposa mantuvo la vista baja, y su silencio, su apacible semblante, su deslumbrante belleza, todo en ella, sobrecogió un tanto a los huéspedes. Un tema sobre filtros y hechicería iniciado festivamente por uno de los que parecían discípulos, tropezó con una extraña resistencia, y al no encontrar resonancia languideció por sí mismo. Luego sobrevino el silencio. Incluso los más jóvenes se dedicaron a sus platos, pero ninguno de ellos probó el vino. Por encima de este silencio y de las cabezas inclinadas, Lisuarte y Onoloria se miraron.
Cuando la cena terminó y se levantaron los manteles, los señores volvieron al salón para firmar el pliego de cortesía. Entonces Lisuarte notó con sorpresa que solamente los discípulos habían dibujado al final de sus firmas la cruz latina.

III

Esa noche Lisuarte revisó cuidadosamente sus escritos: Todo estaba en orden, y tan claro que hasta un niño lo hubiese entendido. Tampoco recordaba haber actuado con reserva, y sin embargo sabía exactamente qué era lo que había despertado la curiosidad y a la vez el recelo de los maestros.
Se le ocurrió pensar entonces que si los hombres regresaran en ese instante probablemente ni siquiera lo reconocerían. ¿Qué había ocurrido en realidad? Todo se le presentaba confuso y sin ningún sentido, como las imágenes caóticas de un sueño. Tal vez había esperado demasiado de ellos, del mismo modo que cualquier alucinado espera la revelación inclinado en el oratorio. Pero no podía engañarse a sí mismo: había algo más. De pronto sintió deseos de levantarse y buscar a su esposa, aunque no tenía muy definido lo que, en tales circunstancias, habría deseado esperar de ella, ni aun en el caso de que la hallara donde él se imaginaba que podía estar.
En verdad, desde hacía algún tiempo, había logrado encontrar en aquella vida de retiro y dedicación al estudio una cierta compensación; pero quizá ahora estaba obsesionado. Era una especie de veneno que había entrado en él lentamente, y probablemente era esto lo que de algún modo actuaba como un antídoto frente a los encantos de su mujer. Mientras trabajaba y se dejaba arrastrar por los enigmas de los textos criptográficos, trashojando voluminosos libros, sentía que su esposa se acercaba, pero sólo hasta un punto. Desde la ventana, podía verla sentada en el jardín, rodeada de esa aura apacible que ninguna violencia podría turbar, atenta al vuelo de las aves que venían a comer en su regazo. Arropada en un grueso abrigo púrpura, Onoloria parecía descansar sobre sí misma, cómodamente, como si ningún otro apoyo le fuera necesario.
Viéndola allí, daba la impresión de que tenía muy pocos vínculos con este mundo, y al mismo tiempo, se diría que bajo su influjo las cosas existían como tales. Por lo demás, Lisuarte creía haber olvidado cómo era realmente el mundo antes de conocerla.
Entre el antes y el después comenzaba a notar que había una cesura muy definida, y así, tal como un péndulo, fluctuaba su alma.
Con todo, presentía que si algo de provecho podría encontrarse en su vida frente al último juicio, estaría seguramente del lado de acá. En el jardín, su esposa contemplaba los pájaros y las tardías flores: Era a veces tan hermosa y tan irreal como un ángel, y también, por ello mismo, una criatura ciertamente inquietante. Pero Lisuarte terminaba por sacudir la cabeza y volver a sus estudios, sonriendo un poco ante tales cosas. Luego, cuando Onoloria aparecía a su lado y él la miraba a los ojos, el rostro de su esposa se sonrojaba de un modo encantador; y este rubor en sus mejillas se acentuaba si él, con el desenfado propio de su sexo, la tomaba en sus brazos y la sentaba en sus rodillas. Entonces era exactamente igual que remover un montoncito de brasas cubiertas de blanca y reluciente ceniza.
Durante los siguientes días, sin embargo, Lisuarte se fue retirando hacia las habitaciones interiores y apenas se dejó ver; pasaba casi todo el tiempo entre sus libros, y sirviéndose de la puerta trasera hacía frecuentes y misteriosas salidas.
En la biblioteca, sus cuadernos permanecían abiertos y como olvidados, y Onoloria los miraba mientras el aire hacía vibrar las hojas como si fuesen las alas extendidas de un insecto. Cada mañana, sentada a la mesa del desayuno, contemplaba esa silla que se mantenía vacía ante ella; pero en realidad no parecía estarlo esperando. Se diría que Lisuarte estaba del otro lado de la mesa devolviéndole la mirada. Yendo de una habitacion a otra, Onoloria se detenía a veces frente a una puerta, con los ojos muy abiertos, sin atreverse a tocarla. Tampoco lograba vencer la resistencia a volverse y mirar hacia atrás. Un juego de luces, un tapiz o un cuadro, ocupaban enteramente su atención, retardando su paso. Y era esto precisamente lo que le había ocurrido al principio.
Más tarde supo por un criado que su esposo hacía regulares visitas de consulta a unos clérigos amigos: indudablemente trabajaba en algo que debía ser importante para él. Sin embargo, ¿era ésta la verdadera causa de su aislamiento? Desde luego, ella nunca podría plantearse las cosas de esta manera. Tal vez él se dejaba fascinar con todo aquello: se aseguraba de que las ventanas estuviesen bien cerradas y cubría los espejos con gruesos paños.
Cierta noche, al salir ella al jardín, vio a Lisuarte inclinado entre las sombras acariciando a un extraño animal.
Aunque el enfrentamiento había sido inesperado, él no se sobresaltó; parecía no haberla visto con sus verdaderos ojos.
¿O acaso ella lo había soñado?
La noche, por otra parte, estaba demasiado oscura, y aquel animal podría haber sido, en suma, un simple gato. La vegetación se movía de un lado a otro, suavemente, como las algas bajo el oleaje. Por primera vez veía ella las flores lunares que se abrían, blancas y azules, con sus pétalos delgados y largos, semejantes a unas manos cadavéricas.
Poco después, mientras observaba el follaje negro de los árboles, Onoloria vio salir la luna nueva, y de pronto se asombró de estar allí a esas horas.
Al día siguiente apareció una nota en la biblioteca.
Paseándose por la casa ella había tenido oportunidad de acercarse a la puerta tras la cual parecía estar su esposo. Pero su oído la engañaba. Sin embargo, ya no podía tener dudas. Si la nota era vaga en cuanto a los pretextos, era en cambio bastante explícita en la ubicación. En el fondo, sentía que debía interpretar aquello como un juego.
También ella había estado de pie junto a esa puerta por otras causas que ya había olvidado; con toda seguridad, Lisuarte no hubiera pasado por alto esta pequeña vacilación, aunque entonces ella estaba recién llegada a la casa y de una puerta a otra podría mediar un abismo. Pero ahora era muy diferente; y, después
de todo, aquella era también su casa. En realidad nunca había pensado en esto, como tampoco en que las cosas pudiesen ser de alguna otra manera. En adelante, aprovechando las ausencias de Lisuarte, Onoloria atravesaba el pasillo y abría la puerta poniendo mucho cuidado en no hacer ruido; se asomaba a la habitación y permanecía de pie en el umbral, perfectamente inmóvil, mientras sus grandes ojos, llenos de una serena perplejidad, recorrían despaciosamente la estancia.
Siempre, al regresar, Lisuarte sentía la necesidad de pasar la mano por los muebles, del mismo modo que haría un ciego, para convencerse de que estaba solo en el cuarto.

IV

Los días parecían alargarse.
Lisuarte se movía ahora por la casa como una sombra. En ocasiones, Onoloria lo sentía pasar y detenerse ante su puerta; entonces fingía dormir. Una de esas veces, mientras se hallaba tendida en la cama con los ojos cerrados, le pareció que su esposo estaba sentado a la cabecera de la cama. No abrió los ojos, pero la sensación de que él estaba realmente a su lado persistió durante cierto tiempo. ¿Era de día o de noche?
Manteniendo los ojos obstinadamente cerrados, Onoloria fue perdiendo lentamente la noción de las cosas y terminó por dormirse. Lisuarte entonces se le apareció en sueños.
Estaba de pie en el umbral del zaguán, tambaleante, la visera del yelmo alzada y la mirada ausente, desgarradas y cubiertas de sangre las ricas vestiduras; sostenía la espada en la mano con tal firmeza que ella tuvo que forcejear para quitársela. Al abrirse los dedos y abandonar la empuñadura, la poca sangre que quedaba en su esposo escapó victoriosa por la diminuta herida que guardaba en la palma de la mano. El cuerpo, completamente exangüe, se desinfló, y las ropas, sin ese cuerpo que las sostuviese, vacías, flotaron un instante y luego cayeron blandas y silenciosas a los pies de Onoloria. Sólo el yelmo, como un cráneo pelado, golpeó las baldosas y rebotó con ruido de campana agrietada.
Onoloria despertó un tanto sobresaltada; pero él estaba allí, inclinado sobre ella, y se apresuró a tomarle las manos.
De improviso, su esposa lo abrazó y lo retuvo junto a sí con cierta ansiedad. En ella tal comportamiento era algo verdaderamente desconcertante. Cuando él la interrogó, Onoloria apartó la vista y manifestó un gran embarazo. Las pocas palabras que oyó entonces de boca de su esposa carecían de significado. Luego comprendió que ella continuaba durmiendo y se alejó en silencio.
Esa noche Lisuarte tuvo una visita inesperada.
El maestro de la barba azafranada se presentó en su casa, pero ahora venía vestido de un modo que le daba cierto aire de astrólogo. Tal vez por asociación de ideas, Lisuarte recordó que ese año era bisiesto.
Como surgido de la nada, el hombre estaba allí junto a su mesa, ligeramente encorvado, con un gorro negro y puntiagudo y una túnica color violeta, el rostro cadavérico, sosteniendo en alto un sobre lacrado con un extraño signo. En realidad, había estado merodeando por los alrededores sin decidirse a entrar, aunque exactamente «decidirse» no era la palabra.
De acuerdo con sus insinuaciones, Lisuarte entendió que algo le impedía el acceso, y que aquel signo dibujado en el sobre, a manera de talismán, se lo había permitido.
Pero, ¿cómo interpretar aquello?
Su casa estaba abierta y no había guardianes, ni siquiera un perro.
Con sus ademanes siempre ceremoniosos, el hombre hizo entonces ciertas alusiones a los peligros que amenazaban constantemente la vida de todo hombre en esos tiempos, y luego, de pronto, le preguntó si no lo habían asaltado.
Ciertamente le resultaba muy raro que esto no hubiese ocurrido. Ante la mirada apremiante de Lisuarte, el maestro desvió la conversación. Su rostro, inclinado sobre el brasero, tenía una expresión de profunda perplejidad, y sus manos tan blancas se crisparon como si estrujaran en el aire un objeto inexistente; pero no parecía dispuesto a hablar claro, o quizá no podía. Por otra parte, Lisuarte sabía a qué venía ese hombre.
No había continuado su viaje sólo por eso, y ahora se presentaba sin previo aviso en su casa; allí, sentado, tenía un aspecto un tanto deslucido, como el de alguien que no posee la astucia necesaria para llevar adelante sus propósitos.
Además, ¿qué podría él revelarle?
Ese rostro afilado por la vigilia, ligeramente dulcificado por la oración, pero, de cualquier manera, un rostro alucinado, fue para Lisuarte, por un instante, como un espejo. Se sintió incómodo y trató de desembarazarse de él del modo más cortés que pudo. Ya en la puerta, el de la barba azafranada se detuvo un momento como si estudiara la disposición de las baldosas. Su túnica de astrólogo restalló con el viento. Se quitó el gorro y lo estrujó contra el pecho. Miró a Lisuarte con asombro, vaciló y sacudió la cabeza. De repente, con supersticioso sobrecogimiento, trazó una cruz en el aire y se alejó apresuradamente.
La sorpresa impidió a Lisuarte lo que seguramente el hombre, yéndose tan aprisa, había temido.
La túnica saltó y se retorció en las sombras como si el cuerpo del maestro fuera el de un animal enfurecido o de un demonio. Desde el umbral, Lisuarte vio después que la figura emergía a lo lejos con paso reposado, nuevamente bajo el aspecto de un sabio señor, pero ya no llevaba la túnica color violeta. Las nubes se movieron veloces en el cielo negro con un súbito cambio de aire.
La mano de Lisuarte se relajó lentamente sobre la empuñadura de la daga.
Cuando regresaba a su aposento, un pensamiento lo asaltó a mitad de camino. Volviendo sobre sus pasos se dirigió a la alcoba de Onoloria. Sigilosamente se acercó a la puerta y escuchó; sólo cuando estuvo convencido de que su esposa dormía, se retiró a su cuarto. En el lecho, comenzó a dar vueltas inquieto. Finalmente se levantó, tomó su daga y, en camisón, salió al pasillo.
Esperó, atento al menor ruido, con el arma apretada contra el pecho. Pero nada ocurrió. En definitiva, ¿qué era lo que esperaba que ocurriese?

V

Lisuarte se tornó un tanto desconfiado, y a menudo sentía una vaga irritación contra sí mismo a consecuencia de ello. Un día, después del toque de Ángelus, vio salir de la casa una figura embozada.
Por su aspecto y el paso vacilante, podía haber sido cualquiera de esas ancianas que ofrecían sus labores de costura a las señoras. Pero como a la hora de la cena Onoloria no hizo alusión alguna a esa visita, Lisuarte se vio obligado a preguntarle. Sin embargo, la sola pregunta le resultó en sí misma algo completamente extraño, y antes de que su esposa se recobrara de un momentáneo asombro, ya él había encontrado la única respuesta posible.
De hecho, cualquiera podía entrar y salir libremente de aquella casa, incluso recorrer durante horas alcobas, salones y pasillos sin que un solo sirviente se le cruzara en el camino.
En verdad el maestro de la barba azafranada podía ser un hombre alucinado y supersticioso, pero, con todo, tal vez tenía razón al considerar significativo que los ladrones reconocidos, y aun quienes ni siquiera lo aparentaban, no hubiesen asaltado una casa desprovista de buenos perros y fieles guardianes dispuestos a defenderla al precio que fuera necesario.
En ese instante reflexionó en lo inexplicable que era la confianza que en sí mismo tenía al acostarse cada noche, mientras su esposa dormía apaciblemente en su apartada alcoba. ¿Pero acaso esta confianza no se la había infundido la simple presencia de su enigmática mujer?
En realidad, desde que ella se instaló en la casa había traído consigo la tranquila certidumbre de un orden inviolable, una especie de encantamiento.
En esos momentos Onoloria tenía las manos reunidas sobre el borde de la mesa y la cabeza inclinada. ¿Hacía sus oraciones o esperaba por su señor para dar inicio a la comida? Probablemente ni una cosa ni la otra. A veces Lisuarte se sorprendía a sí mismo indagando en aquellas pupilas limpias y cándidas, buscando encontrar cualquiera de esas manifestaciones por las que puede reconocerse el alma de una persona. Podía cansarse. Ante todo estaban su tierna y rara feminidad y su belleza hechizante, como un velo maravilloso, pero absolutamente impenetrable.
Si algo se ocultaba tras esa encantadora apariencia, sólo Dios podía saberlo.
Onoloria alzó la copa de plata que él le ofrecía y la acercó lentamente a sus labios como si fuese a besarla, gustando por anticipado el sabor del vino. Entretanto, su mirada iba de un detalle a otro, recorriendo con íntimo regocijo el salón y la mesa magníficamente servida, para detenerse por último en el rostro ahora un poco ensombrecido de Lisuarte. Onoloria lo miraba y sus labios estaban entreabiertos; colocó la copa en la mesa, suavemente, sin que sus ojos descendieran a ese acto ni sus manos tampoco, como si la copa por sí misma regresara a su sitio.
Comieron y bebieron, pero quizá él bebió más de lo debido. Los criados se movían como sombras solícitas. De pronto Lisuarte sintió que esos seres que servían y retiraban platos le molestaban. ¿Qué le ocurría? Miró a su esposa a los ojos y la halló más hermosa que nunca. Tal vez él no lo hubiese deseado así, pero había en todo aquello una fuerza superior, o la benevolencia de quien goza un extraño privilegio lo hacía ceder contra su propia voluntad, por encima de todas sus resistencias y prejuicios. Del modo que fuese, hubo algo así como un tácito acuerdo entre los dos.
En consecuencia, los tres criados que habían atendido la mesa fueron sorpresivamente despedidos al día siguiente.
No obstante, y aunque una semana después otros dos sirvientes abandonaban espontáneamente la casa, el servicio doméstico parecía seguir siendo el mismo de antes. Incluso la casa estaba más limpia y ordenada que nunca.
Solamente la hojarasca continuaba su avance.
Estrellas azules, curiosas formas dentadas, hojas finas y largas como estiletes, de suave color amarillo, descubríanse en los lugares más insospechados. Al abrir Onoloria un armario podían caer como copos de nieve blancas hojitas de las más variadas formas.

VI

Cuando Onoloria permanecía en su alcoba mucho más tiempo del que acostumbraba, Lisuarte abandonaba sus libros y subía a buscarla. Le gustaba tanto verla allí entre sus cosas que retardaba siempre el momento de entrar y tomarla en sus brazos. Muebles de ricas maderas, sillas y butacones guarnecidos de terciopelo y suaves pieles la rodeaban; sus manos se hundían en las ropas olorosas y limpias que guardaban sus armarios y sus mejillas acariciaban esas telas brillantes y multicolores. Ante el espejo peinaba y trenzaba cuidadosamente su larga cabellera. La divertía entonces encontrar en su pelo pequeñas hojas que podían ser identificadas de acuerdo con su color y tamaño por los lugares que ocupaban en la casa.
Comúnmente él podía verla allí, entre sus cofres y arcas policromados, descalza y con el pelo suelto, moviéndose de un punto a otro como una paciente nodriza que debe atender a la vez muchos niños, probándose aquí una sortija y allá un vistoso prendedor o un collar.
Pero a veces estaba sencillamente de pie, ataviada con un lujo deslumbrante, la cabeza ladeada y una dulce expresión en el rostro, absorta, tal como si un coro de ángeles cantara para ella y sólo ella pudiese oírlo. Esa imagen, por otra parte, podría ser perfectamente la que a Onoloria le hubiese gustado que él conservara de su esposa al evocarla.
Permanecer ella en su alcoba fuera de lo normal, era una suerte de invitación. Sucedían entonces las cosas más imprevistas y maravillosas y el amor era una extraña ascensión, llena de una intensidad concentrada y plácida. Pero en los últimos días Lisuarte había observado que Onoloria pasaba las tardes en alguna otra parte de la casa: la sombra de su mujer se proyectaba en las paredes y desaparecía subiendo una escalerilla.
Se trataba quizá de los cuartos abandonados de la antigua servidumbre, pero por allí había también pequeños salones y silenciosas cámaras, de techos bajos y paredes blancas, con grandes ventanales. Cierta vez, siguiendo a Onoloria, Lisuarte abrió uno de esos cuartos. En la semipenumbra vio los objetos más raros y antiguos, todo en desorden y cubierto de polvo, ya que probablemente nadie había estado allí desde hacía muchos años.
Al atravesar un oscuro pasillo vaciló un momento; luego sonrió sorprendido. No era nada extraño por lo demás que su esposa conociera aquella casa mejor que él.
A pesar de todo, no fue enteramente casual que encontrara a Onoloria en una de las cámaras del ala derecha. Se hallaba junto a la ventana, inclinada sobre un gran paño, y sus manos bordaban con una habilidad que él no hubiese imaginado. Sin que ella pudiese notarlo, Lisuarte se le aproximó, y mirando por encima de su hombro pudo ver un fragmento del bordado; el resto caía y se extendía más allá de sus pies, perdiéndose en suaves ondulaciones como un paisaje que entra en el crepúsculo lentamente.
Cuando ella notó que no estaba sola, sus manos se posaron tranquilas, y al volver la cabeza y mirarlo, sus ojos tenían un aire distante y embelesado; parecía regresar a disgusto de un sueño largo y hermoso donde las cosas existían sólo de acuerdo con sus deseos, sin que en ello mediara siquiera ningún esfuerzo de su voluntad.
Lisuarte apartó la vista de su mujer; se sentía un poco cohibido, pero no hallaba la manera de irse sin que ella lo notara. Por otro lado, aquel mundo que se abría sobre las rodillas de su esposa lo atraía, y se inclinó nuevamente.
En la tela veíase un bosquecillo florido lleno de figurillas multicolores, poblado de animales fabulosos y símbolos.
A una mirada más atenta, Lisuarte vio en un claro de ese bosque a un rey y una reina que yacían con las manos tomadas sobre la hierba cubierta de flores y mariposas. Entre ambas figuras corría un hilo de plata que en realidad parecía dividir el bordado en dos mitades. A través del follaje que rodeaba a la pareja, espiaban unas especies de duendecillos de caprichosas vestimentas. Las dos mitades se correspondían con una cierta simetría en los elementos, pero mientras en la parte de la reina predominaban los diversos matices del azul, el verde y el violeta, en la del rey resaltaban los rojos, los naranjas y los amarillos.
Hacia ambos lados el bosque se extendía, bello y misterioso. Era algo fascinante. De pronto Lisuarte pensó que una labor así debía haber requerido, aun de la más hábil bordadora, meses de entera dedicación.
Ante las amables palabras que él pronunció, Onoloria pareció halagada. Pero había en su actitud algo que Lisuarte no pudo precisar, y mientras él estuvo a su lado ella no tocó los hilos.
Al volverse para salir sintió que su mujer se erguía en el asiento y reanudaba su labor. Ya en el pasillo se le ocurrió imaginar que aquella reina gordita y graciosa era la propia Onoloria, y que aquel rey podría ser él mismo.

VII

Lisuarte recordó que apenas unos días atrás Onoloria había estado curioseando en su mesa de trabajo.
Creía verla ahora pasando sus manos sobre los dibujos que ilustraban los textos, como si al contacto de sus dedos pudiera revelársele el secreto que encerraban las figuras, o como si esa caricia bastara para animarlas.
La mirada de su mujer se había detenido luego en uno de aquellos emblemas: al acercar ella esa lámina a la luz, él había visto a un rey y a una reina con las manos tomadas, o sea, una interpretación del «Matrimonio Alquímico», algo que, ahora se daba cuenta, guardaba una estrecha relación con la pareja del bordado y el retrato de sus desposorios que colgaba en la biblioteca. Los labios de su esposa se mantenían entreabiertos, y Lisuarte sentía en la mejilla el soplo de su aliento; miraban juntos la ilustración, y era como si en aquel momento las tres imágenes, yuxtaponiéndose imaginariamente, coincidieran hasta el punto de convertirse en una sola; pero los rostros dibujados en la lámina eran sus propios rostros.
Sin embargo, ahora le resultaba difícil precisar con exactitud cuándo había ocurrido aquello. Era natural, después de todo, que esto le sucediera: Con frecuencia Lisuarte perdía la noción del tiempo.
El día seguía a la noche, y la noche al día.
El tiempo real transcurría de modo innegable, y dejaba huellas bien visibles de su paso en las cosas; pero en su verdadera esencia, ¿cómo diferenciar un día de otro?
A veces, cuando Onoloria cerraba el cofrecito de sus labores y abandonaba la pieza, Lisuarte subía a ver el bordado. Había algo fascinante, sobre todo, en ir descubriendo esos pequeños detalles ornamentales que se perfilaban ahora donde antes el dibujo no parecía poder admitirlos, o los que, días atrás, apenas estaban trazados a punta de plata en la tela desnuda.
Figurillas apagadas adquirían de pronto un relieve singular. Enmarcadas con orlas y guirnaldas se constituían en pequeños centros, a cuyo alrededor comenzaba a organizarse un mundillo fantástico, con los brillantes colores de los metales y los esmaltes heráldicos.
Entre el follaje aparecían y desaparecían los animales, o se transformaban en alguna otra cosa.
En general, era evidente que su esposa no seguía ya un plan determinado. El bordado crecía ahora de manera caprichosa, poblándose de elementos inesperados y desconcertantes; y no obstante, el conjunto mantenía una íntima y misteriosa armonía, ya que cada cosa parecía ocupar allí el espacio que la Providencia le había señalado.
Pero un extraño y repentino interés por las labores de la cocina desvió a Onoloria de su bordado; y aun cuando trabajaba en él era como si la obra estuviese terminada.
A menudo Lisuarte se sorprendió al verla allí, con su alto cuello de blanquísimo encaje, entre los calderos de bruñido cobre, trasvasando líquidos, avivando la llama con el fuelle, revolviendo una gran olla humeante, como una linda hechicera. En realidad, sólo estaba en la cocina unos breves momentos; pero luego la mesa era servida espléndidamente.
¿Quién la servía?
Lisuarte vivía como en un sueño. Y a pesar de que trabajaba con ahínco y entusiasmo, sabía que aquello era en cierto modo como una lucha contra sí mismo. Los clérigos amigos y los viejos doctores de largas barbas podrían sonreír con aprobación, aconsejándole con sabias sentencias extraídas de libros que solamente ellos conocían. Pero no sería ésta la recompensa que él esperaría, y cuando veía junto a él a su hermosa mujer, en no pocas ocasiones se reprochaba el tiempo quizá excesivo que dedicaba a sus estudios. Por otra parte, la satisfacción que recibía con su obra, ¿no era en el fondo una satisfacción pueril?
Onoloria, deslumbrada con los dibujos, los esquemas y las láminas que Lisuarte había logrado reunir, advertía de pronto que las ingenuas figuras bordadas por ella en un paño adquirían una extraña significación, insertándose en un complejo de ideas tan vasto como incomprensible.
Seguir día a día el desarrollo de esas imágenes tenía para Onoloria el encanto de un juego; no dejaba de halagarla tampoco que su esposo mezclara en sus estudios al rey y a la reina que ella había imaginado. Por supuesto, nunca le hubiese preguntado nada a Lisuarte con respecto a estas cosas; miraba sencillamente con sus grandes ojos y se retiraba en silencio, iluminado el semblante por una complacencia que no podría ser traducida en palabras.
Por su parte, Lisuarte subía cada día a contemplar el bordado.
Era en verdad algo maravilloso extendido en el suelo, aunque él no se lo podía imaginar colgado en una pared. Ocupaba ya casi todo el piso de la habitación, de manera que Onoloria caminaba descalza sobre la tela, con paso cauteloso, tal como si atravesara un auténtico bosque lleno de sorpresas.

VIII

Una tarde, cuando él subió a ver el bordado, su esposa estaba allí, de pie sobre el inmenso paño multicolor, en el centro de un haz luminoso, la doble cola del vestido extendida y abierta como las alas de una gran mariposa. Con el pequeño cofre reluciente en las manos parecía una de esas imágenes votivas de los iconos.
No había dudado Lisuarte que, de intentar aproximársele, Onoloria retrocedería, de la misma manera exasperante que retrocede un espejismo. Esta rara sensación en realidad la experimentaba a menudo, sobre todo el enfrentarse con su esposa en los vastos salones desiertos, o en las horas silenciosas del amanecer, viéndola surgir como de la nada en la blanca luz del alba; por otra parte, esto también le ocurría en sueños.
Al despertar, ella podía estar asomada a su rostro, como una luz que entra sin que se adivine su procedencia. Los besos de su mujer tenían a veces ese sabor un tanto desconcertante de ciertas frutas silvestres que se degustan sin llegar a saberse jamás si son agradables o desagradables, o sencillamente insípidas. Pero acaso no era él mismo el que estaba allí; lo sabía, volvía del sueño como un niño desamparado y esperaba encontrar tanto calor y ternura que Onoloria, por contraste, se le tornaba en esos momentos fría y distante.
Cada nuevo día, al abrir los ojos, sentía una vaga inquietud, como si con el curso de los días algo estuviera escapándosele de las manos. ¿Qué podría ser? Tal vez no se decidía a tomar ningún camino determinado. ¿Cómo definir el estado de un alma que se resiste a su propia realización sólo porque los medios que se ofrecen no parecen estar en armonía con el orden natural de las cosas?
¿Qué significaba este orden después de todo? ¿No era para él, en suma, una pura abstracción? De pronto sentía el deseo de desembarazarse de todo, de esa estúpida carga de convencionalismos, como un cuerpo que se desnuda y recibe dichoso la lluvia.
Onoloria volvía entonces la cabeza y se alejaba en silencio.
Asomado a la ventana, con la mano en el puño de la daga, Lisuarte contemplaba abstraído la ciudad cercana y distante, irreal.
Se diría que un muro, tan sólido como invisible, se hubiera levantado alrededor de su casa. Tenía a veces la impresión de que las personas que ocasionalmente transitaban por allí miraban la casa con la curiosidad y el desasosiego de quienes se hallan del otro lado de un abismo.
Algo verdaderamente ridículo; pero una cosa lo divertía entonces, y era preguntarse quién, en todo caso, estaría realmente a salvo, ¿los que estaban del lado de allá o él?
Allí, justamente bajo esa ventana, entre las piedras cubiertas de musgo, venían a morir ciertos arácnidos. Inclinándose un poco hacia adelante, Lisuarte podía ver escorpiones y arañas escarbando deses-peradamente. Su agonía era breve, y luego, como cuerpos que se resecan, los animalitos se doblaban sobre sí mismos. Antaño los criados quemaban esas cuevas, removían la tierra y aromaban el lugar con sustancias vegetales; pero por encima del fuego, la resina y el azadón, los moribundos artrópodos reconocían aquel sitio como un cementerio.
Cierta vez, un escorpión entró en la alcoba de Onoloria.
Se deslizó por la pared bordeando los iconos y los tapices. Pero no fue hasta el cuarto día cuando Lisuarte lo descubrió, negro y enorme, resaltando en la blancura encalada de la pared. Nunca antes había visto un ejemplar de tales dimensiones.
A pesar de haber recorrido el animal todas las paredes, y aun cuando ella debía dormir con ese peligro latente, Onoloria no le había dicho nada; sabía que no bajaría de la pared. Por lo demás ya estaba muerto cuando él lo vio, sólo que se aferraba al muro exactamente igual que si estuviera vivo, y de la misma manera su aguijón estaba allí, enhiesto.
Al amanecer, desde la ventana, Lisuarte observaba el bullir de patas y tenazas, ya que de algún modo su mirada evitaba proyectarse más allá del bosquecillo que circundaba la casa.
Suavemente, sin perturbar siquiera el aire con los vuelos de su ropaje, Onoloria aparecía entonces a su lado, y sus manos se posaban delicadamente en el antepecho de la ventana, junto a las de su esposo. Al encontrarse cada mañana, de un modo distinto a como suelen hacerlo dos personas que se aman y conviven bajo un mismo techo, ellos se miraban simplemente sin decir una palabra. En realidad la palabra era a veces un burdo sustituto, y además, ¿qué podrían decirse ellos que no supieran? De pie uno junto a otro, permanecían unos instantes en silencio, soberbios en sus magníficos trajes, como dos monarcas. Luego, se reunían abajo, cuando la mesa del desayuno ya estaba dispuesta, sin que él, en ninguna ocasión, hubiera visto a su esposa ocupada en esos preparativos.
De ordinario, antes de sentarse a la mesa, Onoloria lo retenía un momento a su lado y le hacía besar la gran cruz de plata y pedrería que llevaba al cuello. Era, más que un acto de devoción, un simple juego lleno de candidez, una especie de ceremonial femenil; pero había en ello una extraña seducción, un misterioso hechizo. Al inclinarse sobre la fragancia de ese escote, Lisuarte sentía que sus manos rozaban un sutil encaje, algo así como el límite confuso entre la realidad de todos los días y un mundo maravilloso.
Por entonces Lisuarte trabajaba poco en sus libros.
Había resumido en un breve tratado el misterio alquímico. Lo había expuesto, como un raro animal en una jaula; pero el misterio estaba todavía allí. En realidad, salvo pequeñas lagunas, la obra estaba terminada, y sin embargo no se decidía a tomar la pluma y darle fin. Curiosamente, el bordado de su esposa se había detenido en un punto semejante.
Onoloria subía con cierta regularidad a la apartada cámara y se ocupaba en algunos detalles, pero en la tela se veían unos claros que ninguna imagen parecía poder llenar. En los días sucesivos apenas pudo él advertir los insignificantes cambios que ella había realizado. Fue por esa época cuando las hojas comenzaron a retirarse de la casa.
Primero desocuparon los desvanes y los cuartos más apartados; luego abandonaron los grandes salones, pero parecieron detenerse indecisas en los corredores y en las habitaciones de la planta baja.
Conservaban sus brillantes colores aun cuando se tornaban cada vez más finas y quebradizas. Al paso de Onoloria la hojarasca se arremolinaba tras la cola de su vestido y ascendía lentamente; tan tenues eran las hojas que la menor corriente de aire las arrastraba y escapaban raudas a través de puertas y ventanas como leves nubecillas. Un día, mientras contemplaba el movimiento de las hojas, Lisuarte sintió que alguien caminaba por la casa.
Quienquiera que fuese lo hacía tal como lo podría hacer él mismo. Instintivamente sacó el puñal y aguardó.
Cuando los pasos cesaron, Lisuarte supo de pronto quién estaba en la casa. Guardó entonces el arma y se dirigió a la biblioteca.
Envuelto en la capa, la cabeza rígida en lo alto de un vistoso cuello de encaje, el pintor estaba allí frente a su obra, con el aspecto de un hombre que ha de emprender un largo viaje y viene a despedirse. Efectivamente, el maestro regresaba a su país. Pidió excusas; en realidad nadie había salido a su encuentro.
Obligado por la presencia del pintor, Lisuarte observó un instante la pintura. Era en verdad un trabajo admirable, pero ya él estaba relacionando las cosas, y de repente aquel retrato se convirtió en un símbolo. Ante sus palabras, el pintor arqueó las cejas. Luego se despidió. Era evidente que algo lo inquietaba. Había como una vaga tristeza en sus ojos. A pesar de todo fue amable y cortés, aunque las pocas palabras que dirigió a Lisuarte bien podrían haber sido las que una persona pronuncia no tanto para ser oída como para oírse a sí misma.
Miró el retrato por última vez, y su estado de ánimo pareció variar. Su rostro pálido se coloreó ligeramente, e incluso antes de abandonar la casa sonrió.
En el jardín se entretuvo todavía unos instantes contemplando las florecillas y las piedras, acariciando las plantas que se abrían a su paso en el sendero.
Cuando el pintor volvió la cabeza, se encontraba ya a una distancia incalculable. Lisuarte lo siguió con la mirada y no abandonó su lugar hasta que lo perdió de vista.
En el umbral se arremolinaron las hojas, y luego el viento, de golpe, las arrastró fuera.
Eran probablemente las últimas.

IX

Al día siguiente Onoloria enrolló el bordado.
La pequeña cámara soleada y blanca ofrecía a los ojos de Lisuarte un triste aspecto, como un hermoso jardín que de pronto hubiera sido arrasado.
Sobre el mármol ajedrezado del piso cruzó una lagartija. En un rincón estaba la tela enrollada, igual que un cuerpo muerto abandonado a su suerte, mostrando por el envés formas confusas y manchas de colores.
Lisuarte permaneció allí hasta que notó con sorpresa que el bordado se había convertido en un verdadero nido de insectos y lagartijas.
Más tarde interrogó a su mujer. Onoloria alzó la cabeza y lo miró un tanto desconcertada. Dijo entonces algo cuyo sentido él no pudo captar de momento, a pesar de que en cierto modo correspondía a la idea que Lisuarte se había hecho alrededor de ese asunto. Era en el fondo una cosa bien sencilla: el bordado estaba terminado. Por lo demás, ella pareció muy halagada con la proposición de su señor de que la tela fuese colgada, sólo que ninguno de los dos encontró luego suficientes razones para llevarla a la práctica. Y entretanto estaban ahí, uno frente a otro, sintiendo que el mundo pendía en un vacío, como esta casa encantada. Lisuarte sabía que podía interpretar las cosas de la manera que quisiera, pero había algo cierto, innegable, y era que ella, al menos, había deseado esta soledad por sobre todas las cosas.
Para entonces sus labios estaban unidos, y se besaron delicadamente. ¿Qué era esta soledad?
¿Era en sí misma un fin, o un punto de partida? Imposible saberlo; toda señal podría ser equívoca. Y en suma, ¿qué importaba?
Se sentía transportado.
Dejaba hacer y hacía precisamente todo aquello que, años atrás, hubiera considerado como el mayor desatino. Pero ya no había puntos de referencia; y por otra parte, todas las cosas que habían ocupado su vida durante los últimos meses comenzaban ahora a mostrarse distantes, como las aventuras de un viajero que ha tomado un camino equivocado y vuelve al punto de partida; algo que en la memoria se parece al sueño.
El amor renacía, o en realidad se manifestaba en su verdadera naturaleza. Ahora se buscaban a menudo a través de habitaciones y pasillos desiertos.
Se encaminaban entonces hacia el jardín o daban cortos paseos por el bosquecillo.
Una niebla plateada cubría todos los senderos, y cuando el viento soplaba saltaban en esa niebla las hojas doradas, grises y negras que yacían debajo. La hierba emergía entre la niebla y las flores se abrían como si flotaran en el aire.
A Onoloria le gustaba asistir al milagro de la luz, y estaba rodeada de flores mucho antes de que el sol asomara en las lejanas colinas. Sentía que esa luz alcanzaba también su sangre y ascendía por su cuerpo, iluminándola por dentro como si ella fuera una copa que se llenara lentamente de un licor dorado.
La tierra se dividía. Había de pronto tramos donde sólo podían admirarse colores cálidos, y hasta la tierra tenía una calidad tersa, como de barro lavado, intensamente roja. Y en otros, el sol iluminaba suaves matices azules y todas las degradaciones del violeta, entre el verdor de la hierba salpicada de flores blancas. El arroyo corría delimitando las zonas, serpenteando, ensanchándose en pequeños remansos, saltando sobre las piedras.
Al borde de este arroyo se detenía Onoloria, en un liso pedestal de roca, imperceptiblemente inclinada hacia adelante, como si una nueva vastedad se abriera ante sus ojos. En el agua se reflejaba su imagen, dispersa, con el vestido extendido por el viento, semejante a un alma que asciende.

Frecuentemente, cuando ella lo tomaba de la mano y lo arrastraba tras algún capricho, Lisuarte sentía que lo invadía una extraña felicidad; era algo completamente nuevo, una especie de liberación. Se diría que marchaba entonces, dichoso como un niño, al encuentro consigo mismo, guiado por la mano de su ángel de la guarda. Se oía el canto de los pájaros, y las ramas altas caían atravesadas por los rayos oblicuos del sol como en la nave de una catedral.
Ciertamente, este mundo hermoso también estaba poblado de misterios y peligros, pero afrontarlos o rehuirlos ya no parecía ser asunto suyo.
En realidad, lo que podía llamar su libre determinación, ¿no había estado regida desde siempre por un oculto designio?
Todo cuanto había sido y cuanto había hecho debía haberlo conducido forzosamente por esta vereda. Y en una vuelta del camino, apacible y dócil, con sus manos recogidas sobre el vientre, estaba Onoloria, como alguien que de un modo enteramente casual se cruza en nuestra vida.

X

Bajo la mirada atenta, el más pequeño de los insectos mostraba sus caprichosas formas, tan perfectamente articuladas sin embargo a este mundo de seres disímiles como una puerta de sólidos goznes. Pero ese lindo rostro que asomaba admirado entre el follaje parecía estar más allá de todas las cosas y de sí mismo, con la belleza irreal de una flor que se abre en la noche.
El final de la tarde los sorprendía bajo la verde bóveda de los árboles, suspendidos en una región remota, llena de signos y alegorías, como un inmenso emblema del cual ellos formaran parte, y cuyo significado escapaba a toda comprensión.
Entretanto, los lagartos buscaban entre las piedras el sitio más alto para dormirse con el último rayo de luz. El bosque era entonces ruidoso y sorpresivo, a la manera de una gran casa que se trata de poner en orden.
Cierta vez, estando ambos tendidos sobre la hierba escuchando el canto de los pájaros, Onoloria se incorporó de pronto y miró en torno suyo. Hojas y flores silvestres se habían prendido de sus cabellos. El sol estaba todavía muy alto.
Cuando él se levantó ya ella se había adelantado y regresó tendiéndole las manos alegremente. En ese momento su mujer le dijo:
—Todo es hermoso, mi señor. Pero se hace tarde para mí.
Parecía feliz y estaba atenta a cuanto se movía alrededor; sin embargo, ¿qué había querido decir en realidad su esposa? Lisuarte se apresuró a conducirla hacia la casa. Invariablemente regresaban por el camino más largo, atravesando los viales del jardín, para que ella escogiera las flores que adornarían su alcoba. Pero esta vez, Onoloria se contentó con deshojar algunas, esparciendo los pétalos sobre los blancos guijos del camino.
Lisuarte presentía que algo extraño iba a producirse.
Y algo ocurrió entonces.
A la mañana siguiente Onoloria no quiso levantarse de la cama, y a la otra ya no pudo hacerlo. No estaba enferma, su rostro resplandecía; se diría que su salud nunca había sido mejor.
Y a pesar de todo estaba ahí en su lecho, tras las cortinas, bajo un silencio obstinado y dichoso. Sólo a veces, cuando parecía dormir, su respiración se hacía irregular, y sus manos se crispaban ligeramente si Lisuarte las tomaba entre las suyas. Al abrir los ojos, siempre quedaba la posibilidad de que apartara las cortinas y saltara de la cama, ya que por otra parte todos los días se le presentaban iguales.
Pero Onoloria tenía ahora sueños inquietantes.
Al despertar, el sueño era un recuerdo confuso de sensaciones angustiosas que asomaba en el trasfondo de su mente, y que su propia mente negaba, como un cuerpo extraño que el organismo rechaza.
En ocasiones, al correr las cortinas para inclinarse sobre ese lecho, Lisuarte descubría en su mujer una expresión insólita, algo indefinible que, sin embargo, ensombrecía su apacible semblante. Cuando las miradas se cruzaban, ella le sonreía tendiéndole las manos; pero nada parecía capaz de arrancarla de allí.
Era como si Onoloria luchara calladamente contra una fuerza que no hacía demostraciones, sino que actuaba como una muralla alrededor de ella. Los encajes del lecho ascendían y se anudaban arriba en un gran lazo, y desde lo alto descendía la luz en un rayo oblicuo. A través de ese haz luminoso diríase que el propio ángel de la Anunciación podría descender a la tierra. De pronto Lisuarte recordó que por esos días cumplirían un año de casados, y entonces creyó saber lo que le ocurría a su mujer.
Tal vez ella había deseado esto de un modo secreto, o probablemente, sin saberlo siquiera, su propia naturaleza femenina se imponía al final... Pero de la manera que fuese, Lisuarte tuvo la certeza de que su esposa, realmente, no estaba embarazada. Y aunque su rostro se volvía risueño hacia él y sus ojos parecían mirar con atención, Onoloria se hallaba ausente. Con el paso de los días, Lisuarte sentía que esa distancia que comenzaba a separarlos crecía cada vez más.
A menudo, al apartar la vista de su mujer, pensaba ahora si, después de todo, ella no sería tan sólo el reflejo de su alma solitaria; y sin embargo, no experimentaba por ello ni angustia ni tristeza. Se sentía inexplicablemente tranquilo y confiado.
Entretanto, había terminado su libro y lo guardó con cuidado. Más tarde se sorprendió a sí mismo ordenando sus cosas, como quien lo dispone todo para la eternidad. Entonces no le pareció extraño encontrar a su esposa esperándolo en el comedor esa mañana. Estaba allí, vestida de lila, con su blanca toca orlada de perlas y las manos cruzadas sobre el vientre, en su habitual actitud, conservando esa misteriosa aura con que el pintor la había retratado en los días de sus desposorios. Los pliegues de su vestido, que partían desde el fajín de seda verde que la ceñía por debajo de los senos, se abrían y descendían suavemente.

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