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CONFERENCIA SINCRETISMO
RELIGIOSO
SANTA BÁRBARA - CHANGÓ
¿Existe sincretismo o hay transculturación entre los
basamentos de la Regla de Ocha con los de la Iglesia
Católica? Será necesario comparar los elementos
constitutivos de ambas manifestaciones religiosas, hacer
un estudio para establecer que no existe
sincretismo religioso en los elementos de
ambas manifestaciones.
Natalia Bolívar |
La Habana
El Diccionario del cristianismo, de la
Biblioteca Herder, publicado en Madrid, en 1974, define
el sincretismo así: "Sistema filosófico o religioso que
tiende a fundir varias doctrinas diferentes."
La Iglesia Católica cubana también ha dado su punto de
vista respecto del sincretismo y la religiosidad popular
en nuestro país. Así, en el Documento Final e
Instrucción pastoral de los obispos, del Encuentro
Nacional Eclesial Cubano, evento de los católicos que
tuvo lugar en La Habana, en 1986, se expresa lo
siguiente:
[...] Sabemos que la religiosidad popular está llena de
ambigüedades; que desvirtúa el mensaje; que su pastoral
es una pastoral de lógica difícil y de poco consuelo;
que sus motivaciones son a veces ambivalentes.
Evangelizar esas motivaciones es el primer deber del
evangelizador de la religiosidad popular.
Algunos párrafos del Boletín número 30, Aquí la
Iglesia, de la Arquidiócesis de La Habana, de
noviembre de 1990, sobre el sincretismo expresan:
[...] "Este fenómeno ocurre cuando los credos o cultos
de dos o más religiones o tradiciones religiosas se
entremezclan. Así pasó en Cuba con las diversas
expresiones religiosas africanas traídas a Cuba por los
esclavos de aquel continente. Estas se mezclaron y
confundieron entre sí y recibieron un fuerte influjo del
catolicismo, que era la religión de los españoles y sus
descendientes criollos, marcando ellas a su vez la
religiosidad popular católica con creencias y ritos"
[...]
"Muchos factores culturales, sociales y políticos
intervienen en los procesos de sincretización, en el
cual prácticamente nunca llegan a borrarse los elementos
iniciales implicados en ese proceso como para quedar
fundidos en uno solo totalmente nuevo. La religión más
organizada, la que tiene conceptualizaciones y preceptos
más elaborados y presenta una ética más coherente, logra
al final el influjo mayor y definitivo." [...]
[...] "Prácticamente todos estos creyentes tienen una
referencia mayor o menor a la Iglesia Católica. Muy
pocos de estos hermanos nuestros llegarían a considerar
el Catolicismo como 'otra religión' de la cual podrían
prescindir totalmente. [...]
Esta es en síntesis, la opinión de la Iglesia Católica
sobre la religiosidad popular y el sincretismo, en la
voz del Arzobispo de La Habana, Monseñor Jaime Ortega
Alamino.
A continuación emprenderemos un estudio comparado entre
los principales basamentos de la Iglesia Católica y los
de la Regla de Ocha o Santería, para establecer que no
existe sincretismo religioso en los elementos
constitutivos de ambas manifestaciones.
¿SINCRETISMO RELIGIOSO?
¿Existe sincretismo o hay transculturación entre los
basamentos de la Regla de Ocha con los de la Iglesia
Católica? Será necesario comparar los elementos
constitutivos de ambas manifestaciones religiosas.
Comencemos, pues.
IGLESIA CATÓLICA
La palabra Iglesia tiene su origen en el griego:
ekklesia, derivado de ekkalein; su significado es
llamar, realizar una convocación, asamblea o comunidad
de creyentes. La palabra católico significa universal.
La Iglesia Católica posee unidad, santidad, catolicidad
y apostolicidad. En ella hallamos la más perfecta
interrelación entre la doctrina, la liturgia y el
gobierno. Sus fieles siguen en todo el mundo las
enseñanzas de Cristo y sus apóstoles, recogidas en la
Biblia, el libro por excelencia, inspirado por Dios a
autores sagrados. La Biblia contiene el Antiguo
Testamento y el Nuevo.
El Papa, radicado en el Vaticano, Roma, es cabeza del
colegio de los Obispos, Vicario de Cristo y Pastor de la
Iglesia en la Tierra.
LA RELIGIÓN DE LOS ORISHA
En la costa occidental de África, en los territorios de
Nigeria, se halla la Sagrada Ciudad de Ifé, la cuna del
mundo para los africanos, donde nace la religión; sus
cultos, debido al infamante comercio de esclavos se
trasladan al Nuevo Mundo y se establecen aquí; se
acriollan con un cuerpo litúrgico propio, sin depender
en nada o guardar alguna relación de subordinación con
aquel lugar de origen, es decir, la Sagrada Ciudad de
Ifé.
La Regla de Ocha en Cuba no está sujeta a la guía o
gobierno espiritual de los Obbas del Continente
Africano, pues es un producto netamente criollo;
asentada en las creencias oriundas del África
Continental. No depende de los altos jefes religiosos u
Obbas de Nigeria y Dahomey; estos no trazan pautas a
seguir a los religiosos del Continente Americano; luego,
tampoco existe en la santería el similar del Papa y los
obispos de las iglesias locales. En la Regla de Ocha,
pues, cada "casa-templo" establece sus basamentos
individualmente de acuerdo con las enseñanzas de sus
ancestros. Los basamentos de la santería tampoco se
originan en la Iglesia Católica.
En Cuba, a mediados del siglo XIX, se conoce por primera
vez una reorganización de la santería y su liturgia, con
la reunificación o reordenamiento de los cultos a
orishas específicos traídos a nuestra tierra por el
negro africano esclavizado, oriundo de regiones donde
predominaban diferentes etnias. Es a mediados del siglo
XIX cuando también se establece paulatinamente una
liturgia que, al paso de los años, va sufriendo
determinadas transformaciones.
Los creyentes o iniciados en la Regla de Ocha tampoco
poseen una Biblia o algo que se le asemeje; su doctrina
se asienta en la tradición oral, trasmitida de
generación en generación, o en las ya muy conocidas
libretas de santero, que poseen los religiosos
afrocubanos, donde se guardan las enseñanzas y pattakís
o relatos de los Orishas atesorados por todos aquellos
que, al poseer el don de la escritura, pudieron legar
sus conocimientos a iniciados y ahijados y, de hecho, a
estudiosos e investigadores. Esta tradición oral es
riquísima; y su transmisión es asombrosamente bien
guardada por todos los religiosos de la Regla de Ocha o
Santería.
SANTA BÁRBARA
¡Bárbara, Bárbara, Bárbara!
¡Ay, tu nombre qué mal suena!
Yo me acuerdo de tu nombre
si Santa Bárbara Truena.
Santa Bárbara nació en Ismidt-Ismir, en la Turquía
asiática, con límites en el Mar Negro. Antiguamente,
esta ciudad era llamada Nicomedia, capital de la
provincia de Bitinia. El nacimiento de Bárbara se sitúa
en el siglo III, bajo el reinado de Maximino.
Su padre, Dióscoro, era militar de carrera, un señor
rico y poderoso, de carácter orgulloso y brutal, duro y
difícil. Su madre, Repe, de origen judío, en casi todos
los relatos siempre permanece en el anonimato.
Muy celoso de la belleza de su hija, pretendida por
numerosos nobles de la ciudad, debiendo partir para la
guerra, con el objetivo de protegerla de la vista de los
hombres y de los que podían llevarla hacia el
cristianismo ―el padre―, le hizo construir una torre a
Bárbara, donde la encerró apenas con nueve años de
edad. Allí vivía la doncella rodeada de todo tipo de
comodidades y hasta lujos, de acuerdo con su rango
social.
Al pie de la torre, para distracción de la joven, se
construyó, por expreso mandato de su padre, una especie
de poceta o piscina con dos grandes ventanas, de forma
que siempre la luz del sol entrara y la joven gozara de
este privilegio.
El padre dio a la hija maestros muy afamados con quienes
aprendió a los más célebres poetas, filósofos,
historiadores y oradores de la época. Dotada de gran
inteligencia, pronto la joven se percató de la falsedad
de la doctrina pagana y sus deidades. Acuciada por los
dislumbres de su fe, halló el medio para hacer llegar un
mensaje al sabio católico Orígenes. Unos dicen que la
propia Bárbara logró traer con múltiples astucias al
propio sabio hasta su encierro. Otros relatos afirman
que, al recibir el mensaje, el insigne doctor de la
ciudad de Alejandría, le envía a la joven un discípulo
suyo llamado Valencio, el cual tenía grandes dotes
profesorales, quien fue recibido en el castillo con
honores y atenciones sin que los familiares de Bárbara
los estorbasen en lo más mínimo por considerarlo como a
médico venido del extranjero para cuidarla.
Así, con gran júbilo para la joven, pudo comenzar su
instrucción con libros sagrados de la fe cristiana.
Algunos relatan que la joven fue bautizada por el propio
Orígenes; otros estiman que el propio discípulo de
Orígenes la bautizó. La tradición cristiana afirma que
el bautizo ocurrió en circunstancias milagrosas.
Estando ella de rodillas y en actitud de oración, brotó
ante sí una fuente que se dividió en cuatro, en forma de
cruz. Entonces se le apareció San Juan Bautista quien
la bautizó como anteriormente lo había hecho a los
judíos en el río Jordán. En medio de esta intensa luz,
el propio Jesucristo le habló, entregándole una palma y
un anillo. Dícese que cuantos visitaban con
posterioridad aquella fuente, lograron para sí curación
a sus dolencias.
El padre, Dióscoro, se hallaba en país lejano a cargo de
una expedición militar encomendada por el Emperador;
entretanto, Bárbara, en medio de su fervor cristiano,
mandó a unos albañiles a que abriesen una tercera
ventana en la torre para así honrar con su amor a la
Santísima Trinidad y tener la representación de las tres
divinas personas en su vida cotidiana. Se cuenta que la
joven, en gran acto de fe, trazó con su pulgar en un
mármol de la torre la señal de la cruz, y esta allí se
quedó grabada.
Al regresar el padre y ver las transformaciones
ocurridas en su ausencia, se presentó ante la joven y la
instó a que confesara el porqué de ese cambio en ella.
La bella muchacha se confesó cristiana y, de una forma
erudita, relató al padre los errores del paganismo y lo
verdadero de la fe en Cristo, representada en la
Trinidad (Dios Padre, Dios Hijo y Espíritu Santo), única
fuente de verdadera luz.
Dióscoro trataba por todos los medios que su hija
retornase al paganismo, mas Bárbara, que defendía su
virginidad, argumentaba que estaba desposada en forma
mística con Cristo y que ninguna riqueza ni matrimonio
terrenal eran comparables a la dicha que le esperaba en
el reino de los cielos. Al ver la obstinación de su
hija y lleno de temor de que llegase a oídos del César
que su hija era cristiana, lo cual lo exponía a caer en
desgracia, perder su cuantiosa fortuna y su fuero de
nobleza, el padre transformó su amor de fiero león hacia
su hija, en odio y venganza.
Entonces, desenvainó la espada y de modo brusco se lanzó
contra la joven, la cual en esta ocasión logró escapar;
estuvo escondida en un peñasco y se retiró a un monte,
ocultándose en la maleza; en su incansable y fiera
búsqueda, Dióscoro dio con dos pastores, uno de los
cuales le informó cómo hallarla. El padre la encontró
y, luego de martirizarla, la encerró bajo vigilancia en
una pequeña casa a las afueras de la ciudad para
ejecutar en ella los tormentos que le ordenase el tirano
pretor Marciano, quien en aquella provincia representaba
al César.
La bella joven es entregada a la justicia y comienza la
relación de sus martirios. Fue juzgada según las leyes
entonces establecidas. No obstante, el pretor, al ver a
una joven tan delicada y bella, trató por todos los
medios de disuadirla, quizás por compasión, contra lo
que él llamaba superstición. La joven se negó a ser
persuadida por el pretor Marciano, por lo que fue
amenazada con innumerables suplicios: entonces fue
despojada de sus vestiduras y azotada durante tres días;
la acostaban sobre vidrio roto y sobre las puntas de las
lanzas; abrieron sus llagas con sal y vinagre y,
totalmente desfallecida, fue tirada en un oscuro
calabozo.
La tradición cristiana dice que Jesús, viendo a Bárbara
en medio de sus sufrimientos, se le apareció a la joven
y le limpió sus heridas, la cuidó con esmero y le dio
fuerzas para resistir con su fe, cualquier nuevo
suplicio que le fuera impuesto. A los pocos días, la
muchacha fue de nuevo llevada ante el pretor Marciano,
el que quedó asombrado al verla robusta y llena de
fuerzas. Bárbara le explicó que esto no era obra de los
dioses paganos, construidos por el hombre; su
recuperación era obra del único y verdadero Dios.
Furioso, Marciano, mandó a colgarla por los pies y a
rasgar sus costados con dos garfios de hierro y
quemárselos con antorchas encendidas. Ella sonreía en
medio de estos martirios; entonces, enfurecido, el
tirano mandó que le golpeasen a la joven la cabeza con
grandes martillos; los desenfrenados excesos llegaron a
arrancarle sus dos pechos con tenazas, más ella
continuaba sonriendo. La humillaron ante el pueblo y la
expusieron desnuda por toda la ciudad, pegándole
latigazos. Bárbara, no obstante, llevaba firme su
oración al cielo. En ese momento se dice que una luz
dejó sin visión a cuantos presenciaban tan cruel
espectáculo.
Al ver a Bárbara con tanta fortaleza física y de ánimo,
el pretor Marciano ordenó entonces la pena de muerte; se
le debía cortar la cabeza a la muchacha. Dióscoro en
vez de conmoverse, endureció el corazón y reclamó para
sí el triste papel de verdugo: "Yo soy el padre ―dijo― y
no quiero que muera de otras manos más que de las
mías." Cansado de la sencillez con que la joven recibía
su suplicio, le hizo arrodillarse y, de un solo golpe,
la degolló; antes, Santa Bárbara pedía y oraba por todos
los que la habían hecho sufrir. Santa Bárbara consigue
la palma del martirio, cuando el verdugo es su propio
padre.
Cuando se retiraba de aquel lugar, luego de cometer
semejante crimen, inesperadamente, desde el cielo sereno
y sin nubes, la centella de un rayo hirió de muerte a
Dióscoro al volver a su casa, y al pretor Marciano en su
propio tribunal. Las fuentes sitúan el martirio de la
gloriosa santa, el 4 de diciembre de 238, apenas
comenzada su adolescencia.
A Santa Bárbara se la representa vestida de blanco con
un manto rojo. El color rojo en la liturgia de la
Iglesia Católica significa el martirio y el amor
encendido. El amor a Cristo está representado en la
Sagrada Hostia y en el Cáliz; el martirio, por las
palmas; la torre, más que la prisión simboliza en sí a
la Trinidad, honrada por la santa en las tres ventanas
de la torre; la espada es el arma con que recibió el
martirio. A Santa Bárbara a veces se la representa
junto a un cañón.
Es patrona de los mineros, de los artilleros, de todos
aquellos que quieren verse libres del peligro de truenos
y centellas. También le ofrecen su devoción cuantos
trabajan con explosivos y, por extensión, los bomberos,
los cocineros, los albañiles, fundidores, ingenieros,
clérigos, campaneros, canteros, arquitectos y
constructores. Santa Bárbara es, además, patrona de los
marineros y de sus naves, de los carniceros, los
enterradores y los artesanos; protege a las doncellas
cristianas; es patrona de los estudiantes, también de
algunos colegios y librerías.
La devoción a Santa Bárbara, muy difundida por toda
Europa se observa en bellas obras de arte conservadas en
diferentes sitios. Entre las pinturas famosas de Santa
Bárbara están las de Botticelli (Museo de Lucca);
Memling (Hospital de San Juan, Brujas); Burgkmair (Museo
del Emperador Federico, Berlín); autor desconocido
(Museo de Huesca) la Santa Bárbara de Jacobo de Barbari
(Galería Real de Dresde), la Santa Bárbara, de la Abadía
de Westminster, Londres y nuestros René Portocarrero,
Manuel Mendive, Zayda del Río, entre otros. También la
devoción a Santa Bárbara ha inspirado diversas obras
literarias
CHANGÓ
Changó tiene un hacha de rayos
y multiplica la furia de vivir
que muerde los fantasmas de los días rotos.
Changó es un orisha o deidad mayor. Es dios del fuego,
del rayo, del trueno, de la guerra, de los ilú-batá, del
baile, la música y la belleza viril. Es patrón de los
guerreros y los artilleros. Este orisha es hijo de
Ibaíbo y de Yemmú. Lo cuidó Obañeñe (Bayoni) o Dadá; se
dice que también pudo estar al cuidado de Yemayá Konlá,
Aggayú Solá u Obatalá-Ibaíbo.
A Changó se le atribuyen muchas virtudes y defectos de
los hombres. Es buen trabajador, muy valiente, amigo
digno de apreciar, adivino; también es algo mentiroso,
mujeriego, en algunas ocasiones, pendenciero,
jactancioso y jugador. Como padre se ocupa del hijo
mientras éste le obedece, mas no lo admite cobarde. Los
Ibeyis son sus hijos. Changó posee también innumerables
amantes; ello no le impide tener sus propias mujeres:
Oyá, Obba Yurú y Ochún.
A veces se le representa a caballo como un soldado. El
caballo del orisha, su compañero inseparable, es Esinlo
o Erinlo.
En la tierra Yoruba, Nigeria, esta deidad era Rey de la
ciudad de Oyó; se dice que cometió suicidio y, a partir
de entonces, se convirtió en orisha. Existen diversas
leyendas o pattakíes que refieren la historia de Changó.
Uno de ellos narra que Aggayú, dueño del río, tuvo
amores con Yemayá, de los cuales nació Changó. Pero
como Yemayá rechazó al hijo, éste fue acogido y criado
por Obbatalá. Al reconocerlo como hijo, le colgó un
collar rojo y blanco. Dijo entonces que sería rey del
mundo, y le construyó un castillo. Al poco tiempo, el
orisha bajó al Congo; allí se conoció a Changó por
Pungun Nsasi; al pasar los años, se convirtió en un
muchacho muy revoltoso y juguetón, de tal manera, que
Madre de Agua Kalunga se vio obligada a expulsarlo de
allí.
Entonces Changó, con su pilón, tomó su tablero y su
castillo, con los cuales había descendido del cielo, y
se encaminó hacia el destierro. Luego de mucho andar y
recorrer diversas tierras, se encontró con Orula; le
entregó a este el tablero porque vio que el sabio era
hombre de respeto y se lo iba a cuidar. A partir de
entonces, Orula se convirtió en el gran awó o sacerdote,
el sabio adivino, consejero de hombres y Orishas.
En ese momento, Olofi, Dios Supremo, el creador de
hombres y Orishas, de la Tierra, o sea, de todo cuanto
existe, al ver el estado anímico de Changó, enfadado, lo
mandó a buscar. Entonces Olofi se fue a registrar con
Orula y le salió el oddun Okana-Wori, que dice:
"El problema del menor con el mayor, surge de la
majadería del primero respecto al segundo."
Orula recomendó a Olofi que pusiera en la puerta del
castillo de Changó, el ebbó o trabajo que le había
mandado a realizar. A la siguiente mañana, Changó se
encolerizó al ver el ebbó; de inmediato fue a visitar a
Olofi. Como su ira era tremenda, sus ojos echaban
candela y chispas; por poco llega a faltar el respeto a
Olofi, el creador. Este último, cuando comprendió que
se excedía con Changó, y para que no pensase que lo
maltrataba o lo tenía a menos, le explicó que su actitud
correspondía a que lo había querido probar. Ya entonces
se había percatado el Creador de que Changó era una
persona prudente y respetuosa.
Otro relato narra cómo Changó se escondía de la ira de
Oggún, que por aquel entonces mantenía relaciones con
Oyá.
Changó desafiaba a Oggún al convertir a Oyá en su
mujer. Estando el amante Changó en casa de Oyá, dueña
de las centellas y los temporales, de pronto, enterado,
se apareció Oggún; rodeó la casa con un ejército formado
por todo tipo de armas hechas en su fragua; interpelaba
bruscamente a Changó a que saliera y le enfrentase
batalla.
Oyá, muy respetada y querida en su pueblo, y bajo la
influencia de su amor por Changó, se cortó sus largas
trenzas; se quitó también su saya de nueve colores y su
pañuelo. Vistió a Changó con todo esto. Luego abrió la
puerta de su casa y Changó, vestido con la indumentaria
de su amante, se abrió paso entre la multitud, imitando
el majestuoso paso de Oyá. Vestido así, logró escapar
de la ira a manos de Oggún, su eterno rival en el amor.
Sería demasiado extenso narrar las múltiples facetas de
la vida de Changó, quien también recibe diversos títulos
acorde con estas facetas. Así, por ejemplo, Obba Lube,
es Changó cuando está con Obba, su legítima mujer;
Obbara es el Changó pobre, andrajoso, acusado de
mentiroso; se le denomina Obbaña cuando es el rey de los
Ilú-Batá; Changó Eyée, es el guerrero que echa fuego,
deja caer rayos y lo envuelve todo de humo. Changó Alaye
y Changó Elueke es el que se presenta con el hacha
bipene, en el momento que recibe el aché de Osain; Obba
Koso es el Changó rey, que se ahorcó y que tiene su casa
en la palma, su trono; es el negro prieto bien parecido
que se viste de ropa punzó.
Changó Olufina es el de la ceiba, compadre de Oggún;
Alafi Alafi es el Changó rey de reyes, cuyo reino está
en Oyó, ciudad del país de los yoruba. Así,
sucesivamente, este orisha es capaz de resumir en sí
todas las virtudes y defectos; recibe muchos nombres de
acuerdo con sus distintas manifestaciones; también,
según las diversas tierras por las que ha pasado este
orisha, tan popular y controvertido de nuestro panteón
afrocubano.
Como hemos podido apreciar a través de estas páginas, el
relato establecido por la tradición cristiana acerca de
Santa Bárbara y los pattakíes o leyendas de Changó, no
guardan relación alguna entre sí.
Veamos a continuación como el culto al orisha Changó
tiene su origen en África y cómo se traslada a tierras
de nuestra isla caribeña.
Changó tiene su origen en África; Changó, como se le
conoce allí, toma la doble personalidad de orisha y rey
en la Tierra. Sobre este controvertido orisha se
cuentan múltiples historias en sus oriki o pattakíes;
también hay numerosos relatos, en la memoria de su
pueblo, que lo divinizó y lo convirtió en una de las
deidades más populares del panteón yoruba en América,
como en su ancestral África.
Como personaje histórico Changó fue el tercer Alafin de
Oyó, hijo de Oraniyan y Torosi, una de las hijas de
Elempe, rey de los Tapa, por lo que existía una alianza
de paz entre estos dos grandes reinos. Pero Changó
decidió instalarse en el territorio de los Koso, sus
vecinos, y allí se convirtió en un gobernante impetuoso,
déspota, lo cual le ganó una mala fama que lo
perseguiría. Al llegar a este punto de la historia
recogida sobre este orisha-hombre, existen varias
versiones: una, que fue desterrado por los viejos sabios
del país de Oyó, y abandonado por su esposa Oyá, razón
por la cual se suicidó. Esto provocó la desgracia a su
pueblo, la sequía, la esterilidad de las mujeres y la
muerte. Por orientación de los mayores se visitó a Koso
y después a Baribá, tierra de grandes brujos, en donde
consiguieron los polvos mágicos para hacer que la
naturaleza volviera a ser fértil. Oyá, angustiada por
el remordimiento, tanto lloró que convirtió sus lágrimas
en el río que lleva su nombre. En este momento, Changó
toma el título de Obakoso, rey de Koso.
En otra historia que nos brinda la admirable memoria de
los africanos se relata que Changó, fascinado por los
poderes que poseía sobre el fuego, el rayo y las
centellas, se subió a una loma que bordeaba su ciudad de
Oyó y de Koso. Jugando con sus polvos, oogun ase,
provocó una tormenta de rayos con tanta violencia que
destruyó su palacio y las chozas de la gente del pueblo,
desencadenando un gran desastre; avergonzado, abandonó
su tierra y se fue a Koso donde se ahorcó. Sus
seguidores lo elevaron a la condición de orisha,
ofrendándole sacrificios y elevándole altares en todos
los territorios bajo su dominio.
Changó llega a Cuba y a América en los barcos negreros
que transportaban grandes cargamentos de esclavos para
trabajar en las plantaciones del nuevo continente. Con
los esclavos vino Changó, su culto, sus relatos, su
vitalidad y colorido; a partir de entonces, el culto a
esta deidad se iba transmitiendo en tierra americana de
padres a hijos a través de la memoria oral, fue así como
se asentó en nuestra tierra cubana.
Como el amigo lector podrá observar, ni la historia, el
relato y el origen de Santa Bárbara y Changó, así como
su introducción en Cuba guardan algo en común, más bien
se trata de dos historias que muestran un cierto
paralelismo hasta que la misma vida pone en suelo
cubano, juntas, las dos tradiciones de las culturas
africana y europea.
Y como dijo Nicolás Guillén en su poema “La Canción del
Bongó”:
En esta tierra mulata
de africano y español
(Santa Bárbara de un lado
del otro lado Changó),
siempre falta algún abuelo,
cuando no sobra algún Don
Tomado de Los Orishas en Cuba |