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LA MUERTE DEL CRÍTICO.
PRISA CONTRA PRISA
Constantino Bértolo|
España
En la tradición
humanista y romántica sobre la que siguen descansando
nuestras cartografías culturales, la lectura de las
obras literarias se considera como una especie de
diálogo de intimidades en el que la vida interior del
lector entra en contacto directo con las verdades
superiores que el texto del autor encarna. Y da igual
que Marx, Nietzsche o Freud hayan desmontado los
supuestos básicos de tan espiritual actividad. A la hora
de la verdad – de expresar la verdad que un texto
encierra- la mayoría de los intérpretes se acogen a esta
partitura incorporando si acaso unas notas de
existencialismo más o menos rebelde según sea su actitud
de mayor o menor rechazo a los modos de vida dominantes
o unos toques de fascinación por la metaliteratura y las
simetrías borgianas. Desde esta consideración de baile
de almas es fácil entender la general sospecha que recae
sobre la figura del crítico en cuanto que éste no
dejaría de ser un “entrometido” molesto que con su
presencia interrumpe tan sublime coyunda entre el “ser
libre” del lector y el “quehacer libre” del autor. El
único crítico aceptable en tal tradición sería aquel que
limitase su presencia a bendecir (bien decir), ensalzar
y levantar acta de tales esponsales al modo de los
sacerdotes católicos en el sacramento del matrimonio.
Cualquier otro crítico que por allí aparezca con
distinta pretensión será acusado implícita o
explícitamente de arribista, impostor, eunuco o
monaguillo. Parásito intelectual viviendo siempre a la
sombra de las propinas que los padrinos de la boda
tengan a bien concederle.
De los críticos y
según fuere su pretensión podríamos distinguir tres
clases, categorías o escuelas: catadores, guardianes y
tribunos. Los primeros pretenden tan sólo dar cuenta de
su gusto y como tales no argumentan sino que enumeran y
describen sensaciones e impresiones. Dado que el gusto
no es en realidad tan personal como se creen estos
críticos suelen traducir, arropar y reafirmar con
mayor o menor capacidad expresiva el gusto dominante. Es
el tipo de crítico que se define y delata cuando usa
expresiones como “me sumerjo en el texto”, “dejo que el
texto me invada”, “me enfrento sin prejuicios al texto”
y su tropa constituye el grueso de la palestra crítica
en nuestros retablos literarios.
Los guardianes son más escasos. La fuente de legitimidad
de la que se reclaman es la Literatura (con mayúsculas),
y su tarea vendría marcada por la obligación de mantener
el alto nivel de exigencia señalado por las mejores
obras y autores de la literatura universal. Su vara de
medir sería la excelencia y ésta a su vez vendría
determinada por los logros formales, éticos y estéticos
que la propia historia literaria ha venido determinando
ya sea a modo de canon o de paradigma. El crítico
guardián o “custodio” en términos de Musil, no hablaría
desde su gusto sino desde un criterio que se quiere
impersonal y endógeno en cuanto que sería la propia
literatura la que construye la autoridad, la
competencia, el código y la sentencia. Alcanzar la
categoría de "guardián de la pureza" requiere
conocimiento del campo, de la historia de la literatura,
y un bagaje técnico - vía estilística, estructuralismo
o teoría literaria - a la altura del empeño. La reunión
de estas cualidades hace que su número sea escaso y aún
cuando su extrema escasez los hace deseables, sus
conflictos con los medios (su sentido de la exigencia
suele chocar con la conveniencia informativa) los
convierte en una especie en vías de extinción. Se les
reconoce fácilmente por su recurso a un lenguaje
objetivo, rotundo, sólido y un tanto categórico, en el
que aparecen, a modo de certificados de autoridad, citas
y referencias de autores, obras y críticos contrastados.
La categoría que denominamos tribunos, en clara relación
con los "tribunos de la plebe" de la antigua Roma, ha
desaparecido de nuestro espacio literario. El tribuno
juzga aquello que se hace público (y la literatura es
discurso público) y lo relaciona con el bien común, con
lo que es o sería bueno para la salud de la sociedad –
salud semántica, salud narrativa, salud poética - y por
lo tanto evalúa y juzga desde esa perspectiva la salud
literaria de las obras que se ofertan. El tribuno
encarnaría la defensa de los valores de la comunidad,
entendiendo por ésta la agrupación de ciudadanos
alrededor de un proyecto de convivencia basado en el
bien común. Se siente legitimado y responsable ante la
"polis" y por eso su crítica es, en el sentido
aristotélico del término, una crítica política. No
trasvasa o solapa – ése es su riesgo y acaso su
tentación- lo político a lo literario sino que encuadra
los textos literarios en el contexto inevitable y
general de ese vivir en común donde los textos se
producen, circulan y consumen. Su legitimidad descansa
en lo "público" y su juicio tiene como objeto el uso
público que los autores hagan de la lengua en cuanto
patrimonio colectivo que no sólo contiene palabras o
reglas gramaticales sino también, y muy especialmente,
el conjunto de historias, temas e imaginarios con los
que la sociedad se construye y reconoce. La Sintaxis y
la Poética del convivir.
En sociedades complejas como las nuestras, atravesadas y
constituidas por la lucha de clases y en donde el bien
común es un concepto en disputa, el tribuno opta por
éste, ése o aquél entendimiento y desde esa elección
opera, critica. El crítico como tribuno requiere, como
todos, una tribuna y por tanto precisa que en el
dinamismo social coexistan con relevancia, es decir,
poder y capacidad de expresión real, opciones distintas
sobre el qué sea el bien común. Cuando determinadas
instancias secuestran de manera hegemónica la idea
sobre ese bien común o monopolizan los medios de
producción y expresión que concurren para su
construcción, el tribuno no tiene espacio, es decir, se
asfixia y se extingue.
Estas tres categorías en la práctica cotidiana, es
decir, en el mundo de las revistas y suplementos
literarios, aparecen con perfiles confusos, de faena de
aliño, con ecos de patio de vecindad. Rasgos de cada uno
de ellos se cruzan y entrecruzan y no faltan ejemplos
del catador que cita a Steiner a troche y moche ni del
guardián que se deja llevar por la exaltación lírica,
ni de falsos tribunos que confunden lo político con las
buenas intenciones de izquierda. En la realidad de
nuestro campo literario tal y como hemos venido
comentando sobreabundan los críticos impresionistas, los
guardianes son escasos y los tribunos no aparecen ni
siquiera en aquellas instancias periodísticas que
ligadas en mayor o menor grado a ideologías
políticamente enfrentadas o incómodas para el sistema
(por ejemplo Gara – al menos en las páginas
escritas en castellano-, Mundo Obrero, A Nosa
Terra, Le Monde Diplomatique)
reproducen en sus páginas literarias criterios de juicio
de corte impresionista en donde el humanismo difuso, la
autocelebración y la rebeldía existencialista cuando no
la banalidad metaliteraria aparecen como paradigmas de
la excelencia. Con esta composición no es extrañar que
la crítica literaria en nuestra geografía aparezca como
una acomodada institución mercantil que en su mejor
versión expende certificados de homologación y en su
peor papel –el más abundante- se limita a realizar
trabajos de publicidad más o menos encubierta bajo su
“noble” apariencia de actividad “estética e
independiente”. Una actividad “feliz” sólo alterada muy
superficialmente por las pequeñas envidias, resquemores,
odios, manías y rencores que la lucha por el prestigio y
los estipendios produce, diríase, de manera natural.
Mas de pronto esta arcadia feliz se altera y la “
natural” normalidad se rompe y viene abajo cuando a
modo de carta abierta a la comunidad literaria el
crítico Ignacio Echevarría abre una ventana, deja entrar
la luz y señala con el dedo. Veamos la historia: El
sábado 4 de Septiembre, en pleno reinicio de la
temporada literaria aparece en Babelia, el
suplemento literario de El País (suplemento que
inmerecida o merecidamente continúa siendo la
publicación referencial del espacio literario en lengua
castellana a uno y otro lado del Atlántico) una reseña
del crítico Ignacio Echevarría ( crítico que inmerecida
o merecidamente ocupa una posición referencial en lo que
atañe a la narrativa en lengua castellana) sobre la
versión en castellano de la última novela, El hijo
del acordeonista, del escritor euskaldún Bernardo
Atxaga (que inmerecida o merecidamente ocupa una
posición referencial en la literatura actual en euskara).
La reseña contiene una descalificación rotunda y
contundente de la novela en base a dos argumentos que
en el espacio de la reseña se despliegan
entrelazándose: una escritura blanda para una visión
blanda de la conflictiva realidad vasca, entendiendo
por blando en este contexto aquella cualidad que tiende
a teñir de suavidad lo áspero y a travestir de esencia
las sustancias concretas haciendo sobreactuar lo
idílico: la fusión/confusión de contrarios, en
detrimento de lo conflictivo: el enfrentamiento
dialéctico. Juicio al que la reseña llega desarrollando,
dentro de los límites del género, las necesarias
pruebas, ejemplos y considerandos. Se trata de una
crítica personal – como no podía ser menos – pero su
calificación ya de subjetiva ya de objetiva dependerá
finalmente de la ponderación que los lectores de la
crítica concedan a la solidez, oportunidad, adecuación y
suficiencia de esas pruebas y argumentos sobre los que
se asientan tales conclusiones. Ponderación que si en
principio parecería exigir a su vez una lectura propia y
personal de la novela a fin de tener argumentos “de
primera mano”, en la práctica cotidiana se disculpa
tal posible exigencia por la misma razón que juzgamos
una sentencia aun desconociendo la totalidad del
sumario. Pero nada más recomendable que leer la novela
si se quiere intervenir con más propiedad en el debate.
Desde el interior del propio periódico y “dejando aparte
mi juicio sobre la novela” según le comunicó el
responsable de Opinión al crítico, la reseña fue
calificada de manera estentórea de arma de destrucción
masiva con los consiguientes efectos centrales y
colaterales que hoy conocemos.
Pero malamente se entendería el alcance de la crítica de
Echevarría si se olvidaran las circunstancias nada
circunstanciales que conforman el contexto: el hecho de
que la versión al castellano del libro de Atxaga
aparezca en la editorial Alfaguara perteneciente al
mismo grupo empresarial que el periódico donde se
hospeda el suplemento; el hecho de que con esta edición
el grupo empresarial merced a un importante adelanto
incorporaba a su órbita al escritor- símbolo de la
cultura vasca (en el cuerpo central del colorín
dominical de ese mismo fin de semana el mencionado
diario independiente de la mañana desplegaba a todo
color y paisaje pastel la colaboración estrella del
recién fichado) , y el hecho nada baladí de que la línea
política de ese importante grupo empresarial y
mediático venía y viene proponiendo, al menos desde
las últimas elecciones autonómicas, una vía o
estrategia de salida al conflicto armado que implicaría
su reinterpretación –discutible en todo caso y con la
que el crítico evidentemente discrepa- en clave de su
entendimiento como indeseada secuela psicológica o
política de la guerra civil española. Estrategia que al
parecer la empresa compartiría con fuerzas políticas
como el PSOE, el mismo partido que durante lustros se ha
olvidado de que el túnel sin salida se cegó, en buena
parte y entre otros momentos, aquel día en plena
transición desde la dictadura a la Constitución del 78
en que los representantes de la Platajunta entraron a
dialogar con el Presidente Suárez en base a un
programa de nueve puntos y salieron con un acuerdo
sobre siete que dejó en el camino - nadie ha contado a
cambio de qué- el punto referido a la reivindicación por
parte de las fuerzas democráticas del derecho de
autodeterminación de los que entonces se llamaban los
pueblos ibéricos. Estrategia, nuevo horizonte o nuevo
talante histórico que la novela y el propio y nada
desdeñable capital simbólico del autor legitimarían al
menos implícitamente.
A partir del momento de la aparición de la reseña se
producen distintas reacciones en diferentes ámbitos y
con distintos registros, ocultas algunas de ellas hasta
el momento en que la carta abierta del crítico las pone
encima de la mesa. Por un lado el periódico desplegaría
un espectacular “desagravio de papel” que en sí mismo ya
suponía una fuerte desautorización del crítico. Por
otro, congelaba – “retenía” – sus colaboraciones sin
explicaciones previas y “ad calendas graecas” en lo que
suponía un verdadero acto de censura. Finalmente
convendría destacar que si bien el procedimiento de
reprobación y castigo permanecía en el ámbito interno
de la empresa, a nivel público era obvio que el
expediente de “separación de empleo” era un hecho con
efectos notorios sin que ello pusiese en marcha
movimientos de apoyo o denuncia entre los actores del
campo literario salvo contadísimas excepciones. Muy al
contrario, en diversos medios culturales de Euskadi se
abundó en la descalificación “ad hominem” del crítico
achacándole ideas parafascistas
(extrañamente aplicadas a quien pocas semanas antes
acababa de respaldar a fondo y elogiar muy positivamente
la novela El vano ayer de Isaac Rosa como uno de
los mejores logros de la narrativa actual en razón a su
coherencia y coraje progresista) o torvas intenciones
conspirativas, coincidiendo así, en su indignación y
condena, con los gestores de los intereses mediáticos,
políticos y empresariales del grupo Prisa. Más
sorprendente resulta tal coincidencia si se toma en
cuenta que dejando aparte cuáles sean las simpatías y
posiciones políticas del ciudadano Bernardo Atxaga, la
mirada pastoral e idílica que el crítico achaca con
razón, a nuestro entender, al texto, ciertamente no
deja que por ningún lado asome en la novela ni la lucha
de clases ni el depredador desarrollo de las fuerzas
productivas externas o internas ni cualquier otro
elemento que permita señalar, en la representación que
la narración nos ofrece de Obaba en cuanto espejo del
Euskadi, una mínima visión de izquierdas salvo que,
como en efecto sucede, cualquier denuncia del fascismo
pasado o presente otorgue a cualquiera patente de
izquierda.
En mi opinión, es la suma de estas tres circunstancias
“agravantes” lo que provoca la explosión de ese arma de
destrucción masiva – esta sí- que los empresarios y sus
capataces poseen en sus arsenales y no dudan en utilizar
cuando su territorio se ve seriamente amenazado o
contrariado: el despido, el poder de decidir, de
facto, conceder o retirar el derecho al trabajo que
usurpan desde su posición de detentadores de la
propiedad privada de los medios de producción. El
problema de Ignacio Echevarria como crítico no fue, como
bien argumenta en su carta, el tono contundente de su
reseña, al fin y al cabo coherente con su trayectoria
y su merecida condición de crítico “guardián”, pues
aunque en ocasiones pudiese resultar molesto para el
periódico, tal incomodidad se veía compensada por la
alta dosis de credibilidad y prestigio que con su tarea
transfería al medio. Ni siquiera creo que haya que
buscar las razones del despido – pues de un despido por
“silencio administrativo” se trata- en el choque de
intereses internos que hacen que la empresa se vea en la
tesitura de ser juez y parte y víctima y verdugo de sí
misma pues las contradicciones externas, como la doble
moral en el político, pueden fácilmente rentabilizarse,
gozan de excelente prensa (la propia y ajena) y en
cualquier caso los posibles daños siempre se pueden
reparar. Tampoco entiendo como casus belli el
hecho de que el crítico transparente determinada
posición política respecto al conflicto armado en
Euskadi pues en el propio periódico se han venido
haciendo públicas posturas divergentes al respecto. Lo
intolerable, lo que les ha parecido intolerable a los
propietarios de los medios de producción y expresión de
las palabras de la tribu es que el guardián de la
exigencia literaria abandone su parcela, ese “sacro y
autónomo terreno de lo estético”, saque los pies del
tiesto y se atreva, llevado por su rigor crítico o por
su mera condición de ciudadano, a meterse en el papel y
en los territorios del tribuno que denuncia lo
que desde su opinión entiende como un discurso
narrativo peligroso para la salud moral y política de la
comunidad. Lo que no toleran es que nadie les arrebate
el usufructo de las palabras e historias colectivas. Al
fin y al cabo ellos son los que invierten en la Bolsa de
los significados y de ellos, por tanto, deben ser los
dividendos semánticos. El crítico cruzó la linde de una
propiedad que no se puede franquear impunemente.
Decíamos que Echevarría abrió la ventana, dejó entrar la
luz y señaló con el dedo. E indudablemente pasó lo que
tenía que pasar: que se lo cortaron. Pero también pasó
lo que no siempre pasa: que dio tiempo a mirar y
descubrir lo que el dedo señalaba: que sólo haciéndonos
creer que somos libres consiguen que sigamos siendo sus
esclavos. Porque en la crítica, como en el capitalismo,
la libertad no deja de presentarse como un malentendido.
Y es que si la lectura carga con la ilusión de ser
diálogo de intimidades, la crítica, contra lo que
generalmente se piensa, no es una instancia mediadora
entre el escritor y los lectores. Ese espacio, en las
actuales economías de mercado, corresponde a los
editores, cuyo trabajo consiste en proponer a la
comunidad o mercado aquellas lecturas que en su opinión
- criterio- puedan satisfacer sus deseos, necesidades o
expectativas que, a su vez, los medios de producción de
deseos, necesidades y expectativas han puesto en
circulación. El crítico analiza y valora esas
propuestas y su trabajo le sitúa así entre la edición
y los consumidores de libros. La práctica es engañosa y
tiende a hacernos pensar que los críticos hablan del
trabajo de los escritores o de los escritores cuando en
realidad están hablando de propuestas editoriales. Sería
bueno que los escritores entendiesen que la crítica no
tiene como objeto sus obras en cuanto pertenecientes a
su privacidad sino y sólo en tanto pasan por la decisión
editorial de hacerlas públicas. Sería bueno que los
escritores “agraviados” por la crítica del crítico
entendiesen que la crítica habla de un texto y del
autor del texto “solo y en tanto” productor del texto. Y
sería especialmente conveniente, para no llevarse a
engaño o desengaño, que los críticos también
entendiesen que su trabajo empieza y acaba en las
instancias de la economía política dentro de las
cuales no dejan de ser operarios semánticos, mejor o
peor cualificados, y demandados con mayor o menor
intensidad no por los lectores sino por sus empleadores
reales: los medios de comunicación que son los que
arriendan sus servicios. Y las editoriales, por mucho
que se presenten o quieran verse a sí mismas como
instancias generadoras de Cultura (con Mayúsculas) no
pueden dejar de ser, en última instancia y casi siempre
en primera, un poder económico - grande, mediano o
pequeño - con capacidad de intervenir en lo público,
pues no otra cosa es la tarea de "publicar", pero con la
inevitable necesidad de participar en el juego
económico. La labor del crítico consiste en juzgar desde
sus propios criterios, si los tiene, la conveniencia o
no de esa publicación para la salud semántica de su
comunidad (y lo que puede ser saludable para una
comunidad puede no serlo para otra) pero en sentido
estricto -y el caso Atxaga es prueba evidente- tampoco
recae en ellos, en cuanto personas privadas, esa
capacidad pues son los medios que hacen "públicas" las
críticas los que realmente intervienen en el debate. En
el artículo aparecido en la sección de La defensora
del lector, a propósito del escándalo, Lluis Bassets,
responsable de Opinión y del suplemento Babelia, no duda
en dejarlo claro al hablar del derecho de las empresas
periodísticas a “contratar los artículos que deseen ver
publicados en sus páginas” (aunque no aclara si tienen
derecho a no publicar a aquellos artículos ya
contratados pero que les parezcan inoportunos por las
razones – sus razones – que sean). Más claro imposible.
Y el mismo ejecutivo deja ver que la libertad de
expresión del crítico se refiere al terreno de “las
cuestiones estéticas”, abundando así en nuestra sospecha
de que fue el paso de “guardián” a “tribuno” lo que
provocó la reacción de los responsables del periódico.
Desde esta perspectiva, más impersonal y menos
psicológica, la crítica es en realidad un diálogo entre
dos poderes económicos que como tales poderes quieren y
necesitan trasladar su influencia al ámbito cultural.
Porque ahí es donde el responsable de Babelia se
equivoca al pensar que su derecho a publicar puede
fundamentarse en el deseo de “contratar los artículos
que deseen ver publicados en sus páginas”. Ninguna
empresa capitalista puede obviar que su actividad se
desarrolla en una esfera donde la confianza social es
necesaria y más si esa empresa se mueve en los ámbitos
de la comunicación y la cultura. Una empresa está
obligada a mantener los buenos modales, la apariencia de
que el juego de deberes y derechos es el mismo para
todos porque, si no lo hace, la base del comercio – el
contrato entre iguales- se viene abajo. De ahí que la
defensora del lector recuerde a sus jefes que la mujer
del Cesar no sólo debe ser honrada sino parecerlo. No en
vano la moneda es un ente fiduciario. Y evidentemente y
como el Director del periódico reconoce, algo han
manejado mal a ese respecto. El ejercicio de la
propiedad en sociedades complejas tiene sus límites. E
Ignacio Echevarría, a costa de perder sin duda un dedo,
ha venido a plantearlo. Y los abajo firmantes, Rafael
Conte y Ferlosio y Vargas Llosa y Eduardo Mendoza y
Javier Marías y Francisco Rico y Jorge Herralde y tantos
otros han venido a recordárselo: queremos seguir
sintiéndonos libres y no queremos que nadie de los
nuestros se vea obligado a poner el dedo en la llaga.
Puestas así las cosas, esta historia parece terminar
como las películas norteamericanas que tratan de algún
caso de corrupción: las personas pueden fallar (manejar
mal el asunto) pero el sistema de libertades funciona
(los intelectuales una vez más han puesto al capital en
su sitio y la empresa, vía defensora del lector niega
la mayor – la censura- pero acepta la menor: la torpe
gestión).
El tribuno que no existe ve esta película y se queda
pensativo: articula el argumento, analiza a los
personajes, relee los diálogos, contextualiza los
enunciados, criba los adjetivos e interpreta finalmente
que esta historia nada tiene que ver con finales
felices: no está contando que haya un capitalismo bueno
y un capitalismo malo sino todo lo contrario: que el
desarrollo del capitalismo en esta fase de expansión y
acumulación acelerada está provocando, entre otros
fenómenos, que las empresas, llevadas por la inevitable
lógica de la competencia y la reproducción, necesiten
controlar no solo la producción sino la circulación, la
distribución y el consumo, lo que puede dar lugar a
episodios de sinergias negativas como es el caso.
Sucede que la burguesía, cuya razón de ser es vender y
vender con beneficio, está obligada a acabar con toda
excepción ya sea cultural ya sea laboral y si tiene que
morderse a si misma, se muerde. Asistimos a una historia
empresarial, PRISA contra PRISA en este caso,
pero vale para cualquier otro, que pone en evidencia que
en caso de conflicto entre beneficio y legitimidad, por
mucho que nos desgarremos las ropas en aras de la
cultura, la solución del sistema consiste en hacer del
beneficio la única fuente de legitimidad. El tribuno que
no existe, mientras llega al ágora, piensa que con estas
condiciones objetivas poco espacio parece quedar para el
criterio y las libertades individuales del crítico.
Poco, muy poco, pero sin duda el suficiente para que
unos pierdan su dignidad y otros la defiendan y
mantengan. Y nos recuerda que frente al pesimismo de la
razón permanece el “non serviam” de la voluntad. Se
trata de organizarla, dice, y acaso alguien le reproche
que ese decir ultimo no estaba en la película.
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