Año III
La Habana
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Al violar las apariencias
Assata Shakur EE.UU.


A 30 años de eliminadas las leyes segregacionistas en Estados Unidos, bajo el maquillaje de la democracia late una discriminación racial que nunca ha desaparecido. A nivel de gobierno se despliega una afinada represión que los políticos de derecha fomentan, en una campaña enérgica contra todo atisbo de justicia social.
 

Assata Shakur

Han transcurrido 30 años de la derogación de las leyes que sustentaban el sistema de segregación racial y 130 de la abolición de la esclavitud en Estados Unidos. Sin embargo, para el afro-norteamericano nacido y criado en ese país la esclavitud sigue siendo una realidad cercana. Las apariencias han cambiado, pero en esencia la discriminación racial es aún parte de la vida de ese pueblo.

Detrás de la maquillada y mal llamada democracia existe una hipocresía deslumbrante. Actualmente apenas puede hablarse de racismo oculto o sutil, pues es abierto y cruel, maligno y mortal. El vocabulario empleado es diferente, el estilo también: pero la vida del afro-norteamericano sigue vinculada la opresión, la represión y la explotación económica. En público, los códigos sustituyen la retórica racista más ofensiva, mientras que en privado está de moda el lenguaje del Ku Klux Klan. La segregación de facto remplaza a las leyes del apartheid; en otras palabras, lo que otrora era totalmente blanco se ha convertido en fundamentalmente blanco.

La represión gubernamental ha tomado el lugar de los esclavistas y del uso del látigo. En la práctica, todas las instituciones económicas, políticas y sociales del país defienden y perpetúan la filosofía de la supremacía blanca, mientras la mayoría defiende los intereses de la privilegiada clase blanca en el poder. Aunque el gobierno norteamericano se presenta como ejemplo a seguir por el resto del mundo, la difícil situación de los 33 millones de negros desmiente ese reclamo.

Las estadísticas revelan la existencia de un patrón nada favorable. Según el Buró de Censos de esa nación, el 33,1% de los afro-norteamericanos vive en la pobreza y el 49,9% de los niños negros también, pero la situación es peor para los que viven solo con sus madres. En realidad, la mujer negra jefa de familia gana en estos momentos menos que en 1979, por lo que el 65,9% de sus hijos vive en la pobreza. En muchos de los casos el afro-norteamericano gana solo una fracción de lo que devenga el blanco y posee incluso una fracción más pequeña en bienes materiales. Esta diferencia en los ingresos no se le puede atribuir tan solo a disparidades en el nivel educacional. El profesional negro recibe el 71% en comparación con el blanco. El índice de desempleo oficial de la población negra es de casi el 14,5%, más del doble del de la población blanca; entre los jóvenes de 16 a 24 años de edad supera el 40%.

La gran parte de los adolescentes negros asiste a escuelas con escaso aprovisionamiento, abarrotadas de estudiantes, donde reciben una enseñanza de calidad interior. Según la Asociación Nacional de Juntas Escolares, el 63.3% de los niños negros acude a colegios segregacionistas. En los grandes ghetos la cifra supera el 80%. Como disponen de menos becas y el precio de la matrícula aumenta vertiginosamente muy pocos afro-norteamericanos pueden costearse los estudios superiores.

Las condiciones de vida del pueblo afro-norteamericano no son saludables. En comparación con la comunidad blanca, la esperanza de vida es de casi cinco años menos; el 20% no tiene asegurada la salud pública o el acceso a la atención médica adecuada. La tasa de mortalidad infantil entre la población negra es el doble en relación con la blanca y en los ghetos es mayor que en muchos países del Tercer Mundo. Por ejemplo, en Harlem es de 23,4% más que en Jamaica o en Panamá. El índice de supervivencia de los hombres a la edad de 65 años es inferior en esa ciudad que en Bangladesh. Además el afro-norteamericano tiene más probabilidades de morir prematuramente a causa de afecciones cardíacas, asma, pulmonía y cáncer. Más del 80% de los fallecidos por enfermedades tratables o previsibles con una atención médica diaria, son personas de color.

La población negra padece la discriminación en todos los aspectos de la vida. La discriminan los bancos, las asociaciones de préstamos bancarios, las compañías de seguro. Estudios recientes han demostrado que más del 50% de ellos la experimenta cuando intentan alquilar o comprar una casa;  se ven obligados a pagar precios más altos por un inmueble, un auto u otros bienes de consumo.

Aunque no se encuentran empleos en esas comunidades, sí están inundadas de todo tipo de drogas. Por otra parte, las grandes compañías invierten millones de dólares en llenarlas de anuncios que estimulan el uso del tabaco, del alcohol e implícitamente de estupefacientes. Los jóvenes sin trabajo, que no pueden pagar la universidad y no ven futuro alguno, se convierten en instrumentos de una industria con miles y miles de millones de dólares, controlada por algunos de los personajes más poderosos de esa sociedad.

Debido a las guerras por las drogas, la violencia de las pandillas, la ira mal encausada y la represión policial, un hombre negro tiene 14 probabilidades más de ser asesinado que cualquier otro miembro de la sociedad norteamericana blanca. Asimismo, el homicidio constituye la causa principal de muerte del joven negro. Marginados por la sociedad, los afro-norteamericanos están obligados a vivir en un ambiente hostil que desprecia su cultura, no respeta su historia y es completamente indiferente a sus necesidades básicas.

A medida que Estados Unidos se convierte en un Estado totalitario, peligra mucho más la situación de los afro-norteamericanos, chivos expiatorios de Norteamérica, sospechosos perennes de la actual campaña de persecución; la policía los detiene y registra por rutina. Uno de cada dos hombres negros será arrestado en la vida. Hoy más de un millón de personas se hallan detrás de las rejas; ese país tiene la tasa de encarcelamiento más alta del mundo: 1 432 por cada 100 mil en el caso de los negros, y 203 por cada 100 mil en el de los blancos; el 25% de los jóvenes negros están en la cárcel o bajo la supervisión del sistema penal.

No obstante, constituir solo el 12.7% de la población de Estados Unidos, los negros representan el 40% de los condenados a pena de muerte; hay más de 100 presos políticos, en su mayoría personas de color opuestas a las políticas del gobierno o blancas que apoyan la liberación de ese pueblo oprimido. Numerosos presos políticos guardan prisión hace más de 20 años, pero la administración yanqui se niega a considerar su libertad. Mumia Abujamal, quien espera por la pena de muerte, es un luchador afro-norteamericano acusado de participación activa en el Movimiento Negro de Liberación. En las décadas del '60 y '70 el Gobierno, mediante su programa de contrainteligencia, intentó “incriminar” dicho movimiento, llamando terroristas y matones a los activistas políticos. En el presente, ese mismo Gobierno pretende hacer otro tanto con todo el pueblo.

Los medios de difusión, por otra parte, llevan a cabo una campaña cada vez más hostil contra el pueblo negro. La televisión presenta a la mayoría de los afro-norteamericanos como delincuentes, proxenetas, prostitutas, drogadictos y bandoleros, mientras los blancos aparecen como ciudadanos decentes. Si bien muchos de quienes disfrutan de la seguridad social son blancos, según los medios de comunicación son mayoritariamente los negros. Si bien muchos de los narcómanos son blancos, esos órganos señalan que muchos son negros.

Mientras las compañías estadounidenses ganan miles de millones de dólares promoviendo la violencia a través del cine, la televisión, los videos y otros; los medios publicitarios dan a entender que son los negros quienes viven en ella. Sutilmente o no, los presentan como una raza inferior, como seres agresivos, menos inteligentes, menos informados y generalmente haraganes, gordos, sin atractivos físicos, mentirosos e incompetentes. Entre los pocos de que se habla positivamente están los deportistas, artistas, profesionales y la policía. La imagen del superhéroe blanco y de su compinche negro y del sargento negro, “patriota” por demás, que ama el “sistema” ha sustituido al viejo estereotipo del chofer y la criada negros.

LA PEOR CAMPAÑA

Más recientemente, en la arena política tiene lugar la campaña más inmoral contra el pueblo afro-norteamericano. Los políticos de la derecha han iniciado una enérgica guerra contra la acción afirmativa, al atacar todo programa que apoye remotamente la justicia social. En una de las campañas más racistas librada, en la historia de Estados Unidos, los candidatos del Partido Republicano apelaron a los temores e inseguridades de los electores blancos, dando a entender que todo esfuerzo de la población negra y otras personas de color para lograr la igualdad económica y política va en contra de los intereses de la raza blanca. Incluso se utilizaron frases escogidas y códigos para llamar la atención de los blancos que temían perder sus trabajos y privilegios sociales.

Los demagogos republicanos prometieron acabar con el “trato preferencial” y la “burocracia del bienestar”, o sea, terminar con la política gubernamental de lucha contra el racismo y ayuda a los pobres. A quienes expresan la más mínima preocupación por la discriminación racial o la difícil situación del pobre se les califica de “liberales de corazón sangrante” o “benefactores”.

Una vez electos, los congresistas de derecha se apresuraron a poner en práctica el “Contrato con América”, o para ser más exactos, un convenio firmado con la clase rica o media alta, con la Norteamérica blanca. Una de las primeras cosas que hicieron fue asegurarse de que negros y latinos no llegaran a tener jamás el poder dentro del Congreso. Ese órgano, compuesto en un 90% por blancos y en un 90% por hombres, dejó de financiar inmediatamente el caucus negro e hispano.

Este contrato del Partido Republicano es uno de los programas más diabólicos puestos en vigor por un partido político, pues resulta un llamado a negarle todo apoyo y bienestar a las madres adolescentes; a no beneficiar a los inmigrantes legales; desestima elevar el estipendio de las madres con varios hijos y con derecho a la asistencia social; reduce a cinco años la ayuda y por solo dos años consecutivos como máximo.

El plan no solo aumentaría el presupuesto destinado a la defensa, sino que eliminaría el programa nacional de almuerzo en las escuelas —que se les garantiza gratis o barato a los niños pobres—, así como el proyecto del gobierno para la alimentación de las embarazadas e infantes necesitados. Además, podría modificar el código penal de 1994 asignando 10 mil 500 millones de dólares a la construcción de cárceles; otros 10 mil millones al incremento de las fuerzas policiales; disminuiría la posibilidad de apelación de los sentenciados a muerte y prolongaría las condenas. Evidentemente, el aspecto más inhumano de este “contrato” es la creación de orfanatos para alojar a los cinco millones de niños que quedarían sin hogar y sin dinero al perder sus padres la ayuda económica.

Pero los afro-norteamericanos no son las únicas víctimas de los ataques derechistas: los latinos, los asiáticos, los nativos, los pobres y la clase obrera lo son también. Por ejemplo, en California se aprobó la xenofóbica propuesta conocida como Ley 187, que impedirá a los inmigrantes indocumentados y a sus hijos acudir a la escuela o recibir atención médica.

Los republicanos también han instalado en posiciones de poder a notables y ultrarreaccionarios elementos racistas. De esta forma, con Jesse Helms y Strom Thurman al frente de los comités de Relaciones Exteriores y de las Fuerzas Armadas del Senado, respectivamente, se desatan los racistas e imperialistas más recalcitrantes, que andan sueltos por todo el mundo.

Fue precisamente Helms quien describió el Acta por los Derechos Civiles de 1966 —que abolió las leyes de segregación racial—  como “la legislación más peligrosa presentada al Congreso”. A solo horas de la victoria republicana en las más recientes elecciones, ya hablaba de invadir a Cuba. Extremista anticomunista, incluso instó a elaborar un plan de acción para una era post Castro. Como jefe del ya citado órgano, Helms apoya el cese de la ayuda para el desarrollo internacional principalmente en África, y la reducción de los fondos dedicados a los programas de las Naciones Unidas.

La actual política del gobierno norteamericano tiene un carácter racista, imperialista y antihumano. La política interna de discriminación racial elogia a la también racista y despiadada política exterior.

El gobierno acusa a los pobres y a las naciones pobres de serlo. Pero si lo son es porque se les explota. La política terrorista llevada a cabo dentro del país pretenden aplicarla a nivel internacional; no les interesa el desarrollo social ni dentro ni fuera del territorio estadounidense. Por ello los desposeídos del mundo no tienen otra opción sino luchar. No existe otra alternativa para quienes están comprometidos con la justicia social. Y lucharemos.

Assata Shakur es representante de la Organización “Freedom Now”, EE.UU.

Tomado de: TRIcontinental No 132

 

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