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Un imperio fundado por la guerra tiene que
mantenerse a sí mismo mediante la guerra.
Montesquieu |
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Mumia Abu-Jama |
Pocas naciones hablan
tan alto y tan a menudo de los derechos humanos como
Estados Unidos. Algunas administraciones presidenciales
norteamericanas se han dedicado a la “promoción y
preservación” de los derechos humanos.
Resulta común para
nosotros escuchar a las elites nacionales hablar sobre
derechos humanos, ¿pero qué significa ello en el mundo
verdadero? Para la mayoría de los miembros de la
Comisión de Derechos Humanos de la ONU, evidentemente
esa palabrería en realidad no significa mucho, si
tenemos en cuenta que la Comisión recientemente expulsó
a Estados Unidos de su membresía mediante el voto
secreto, aunque las razones sean menos conocidas.
Quizás fue ira internacional contra la constante prédica
de Estados Unidos sobre la cuestión; quizás una reacción
global hacia cómo Estados Unidos actúa a nivel
internacional; quizás el reconocimiento de la evidente
contradicción entre lo que una nación dice y lo que un
imperio realmente hace. Pues, las naciones tienen que
reconocer algún límite a lo que pueden hacer más allá de
sus fronteras, en tanto que los imperios, por su propia
definición, dominan a otras naciones Estados a través de
medios económicos o militares, para satisfacer sus
intereses.
El historiador
británico Arnold J. Toynbee comparó a Estados Unidos con
el antiguo imperio romano: “Estados Unidos es hoy día el
líder de un movimiento mundial contrarrevolucionario en
defensa de intereses creados. Representa ahora lo que
Roma representó. Roma apoyó consecuentemente a los ricos
contra los pobres en todas las comunidades extranjeras
que cayeron bajo su égida, y dado que los pobres, hasta
ahora, han sido siempre y en todas partes mucho más
numerosos que los ricos, la política de Roma fue hecha
para la desigualdad, la injusticia v la menor felicidad
posible de la mayoría”.
Dentro del imperio se
da mucha importancia a los derechos humanos, pero no se
hace igual reclamo para aquellos que están en otras
tierras. Al igual que la antigua Roma, Estados Unidos ve
a la gente en el extranjero más como sujetos que
como personas. Se supone que ellos trabajen en sus
territorios por menos dinero para las corporaciones
norteamericanas, sin protección ambiental e incluso con
menos derechos laborales. En épocas de conflicto armado
(provocados por intereses corporativos), las
poblaciones civiles son el blanco. ¿Quién puede negar
esto después de Hiroshima o Nagasaki, después de la
masacre de Vietnam, después de la devastación que
actualmente se lleva a cabo contra Iraq?
Dentro del imperio,
¿dónde está el derecho humano a una vivienda? ¿Dónde
está el derecho humano a un trabajo? ¿Dónde está el
derecho humano a una educación? En Estados Unidos, con
más riqueza que ningún otro imperio anterior, el tema de
los derechos humanos resuena en medio de la agobiante
falta de vivienda, la amarga pobreza y escuelas que no
son, sino campos de entrenamiento para prisiones.
¿Cómo puede una
nación que se enorgullece de “respetar” derechos humanos
ser la mayor traficante de armas en el mundo y
patrocinadora de la mayoría de las dictaduras y
torturadores del mundo? De Sudáfrica a Chile, de Camboya
a Colombia, Estados Unidos ha entrenado, financiado,
apoyado e instigado a algunos de los gobiernos más
represivos del mundo contra sus propios pueblos.
En cuanto a la ley
internacional, al imperio norteamericano no pudiera
importarle menos, según apunta el especialista en
política C. Douglas Lummis: “Es un escándalo en la ley
internacional contemporánea, no lo olvide, el hecho de
que mientras la destrucción sin motivo de pueblos,
ciudades y aldeas es un crimen de guerra existente desde
hace mucho tiempo, el bombardeo de ciudades desde
aviones no solo queda sin castigo, sino virtualmente sin
acusación. El bombardeo aéreo es terrorismo de Estado.
El terrorismo de los ricos, que ha quemado y hecho
estallar en pedazos a más inocentes en las últimas seis
décadas que todo el terrorismo de Estado que jamás haya
existido. Algo ha nublado nuestra conciencia ante esa
realidad”.
La sola noción del
imperio se rebela contra cualquier limitante impuesta
por fuerzas externas. Él es una ley en sí mismo. Es una
manifestación de los poderosos y los ricos contra los
débiles y los pobres. Para los derechos humanos es una
versión actualizada del antiguo "derecho divino de los
reyes", ya que no es sino el derecho a explotar. Ser un
imperio significa no tener que pedir excusas jamás.
Tomado de: TRIcontinental No
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