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Manning Marable |
“Los
estadounidenses que todavía creemos en la igualdad
racial y la justicia social no podemos permanecer
callados cuando millones de nuestros conciudadanos están
siendo avasallados. El complejo industrial de prisiones
raciales es un gran reto político y moral de nuestro
tiempo”.
Más de dos millones
de
norteamericanos
se encuentran en
estos momentos encarcelados en prisiones de estado,
federales y locales en Estados Unidos, la mitad son
hombres y mujeres negros. El devastador costo humano del
encarcelamiento masivo de una por cada 35 personas
dentro de la comunidad negra de Estados Unidos es
inimaginable. Aunque las organizaciones por los derechos
civiles como la
NAACP
e instituciones que
representan los intereses de los negros —iglesias y
mezquitas— han comenzado a prestar atención a este
asunto, francamente no le han dado la importancia que
merece.
Los líderes negros de
todo el país deben poner este asunto como primer
elemento en sus agendas. Necesitamos entender cómo y por
qué la sociedad norteamericana ha llegado hasta el punto
de construir un gran complejo industrial de prisiones.
Por varias razones,
los índices de delitos con violencia —asesinato,
violación y robo— se incrementaron de manera dramática
en las décadas del sesenta, setenta, especialmente en
zonas urbanas. La mitad de los estadounidenses temían
alejarse en la noche una milla de sus hogares y el 90
por ciento de ellos dijeron, en encuestas realizadas,
que el sistema de justicia contra el delito en su país
no estaba siendo severo con los delincuentes. Políticos
como Richard M. Nixon, George Wallace y Ronald Reagan
comenzaron a desarrollar sus campañas de manera exitosa
con el tema de "Ley y Orden". La pena capital, que había
sido abolida por el Tribunal Supremo, se restituyó. Hubo
un agudo crecimiento de los gastos a nivel local, de
estado y federal para hacer cumplir la ley.
Detrás de tanta
retórica antidelictiva había una influencia racial no
tan sutil: la presentación de crudos estereotipos sobre
la relación entre la delincuencia y los negros.
Incidentalmente, estos políticos fueron capaces de
percatarse de que la minoría y los pobres, no la clase
media blanca, eran estadísticamente más susceptibles de
sufrir crímenes de violencia de toda clase. Se planteó
entonces que a los oficiales que velaban por el
cumplimiento de la ley se les debía dar mayor cobertura
en su trabajo, que las sentencias debían ser por mayor
período de tiempo y obligatorias, y que las prisiones no
debían ser para rehabilitar, sino para castigar. A
consecuencia de esto, hubo un gran incremento de
personal y de instalaciones penitenciarias.
Desde 1817 hasta 1981
se habían abierto 33 prisiones en Nueva York y otras 38
fueron construidas entre 1982 y 1999. EL número
de reos en las prisiones de ese estado, cuando la
revuelta en la prisión de Attica, en 1971, era
aproximadamente de 12 500. En 1999 ya la cifra superaba
los 70 000.
En 1974, el número de
convictos en las prisiones de todos los estados llegó a
187 500 y en 1991 se elevó a 711 700. Casi dos tercios
de los convictos no tenían un nivel escolar secundario,
un tercio no tenían empleo cuando fueron arrestados. A
finales de la década del ochenta los índices de
encarcelamiento aumentaron a cifras sin precedentes,
particularmente en el caso de los negros. En diciembre
de 1989 el número de prisioneros en Estados Unidos,
incluyendo las instituciones federales, superaba la
cifra de un millón por primera vez en la historia: el
índice de encarcelamiento de la población general era de
uno por cada
250
ciudadanos.
La proporción para
los afroamericanos fue por encima de 700 por cada
100 000,
casi siete veces más
que los blancos. Alrededor de la mitad de todos los
prisioneros eran negros. El 23 por ciento de los hombres
negros cuyas edades eran de 20 a 29 años estaban
detenidos en prisiones, en libertad bajo palabra,
prisión domiciliaria o esperando juicio. La tasa de
encarcelamiento de los negros en Estados Unidos en 1989
superó la de los que vivían bajo el régimen del
apartheid en Sudáfrica.
A principios de la
década del noventa, los índices de delitos con violencia
comenzaron a disminuir, pero las leyes que ponían a los
infractores en prisión se hicieron más severas. Los
niños, de manera creciente, estaban siendo juzgados en
los tribunales como adultos y sometidos a penalidades
más severas. Leyes como la de California "three strikes
and you are out" (tres
strikes
y estás
out)
eliminaban la
posibilidad de la aplicación de la libertad bajo palabra
a los infractores reincidentes. La gran mayoría de estos
nuevos prisioneros no habían cometido delitos con
violencia y muchos de ellos eran juzgados por delitos
relacionados con drogas, para los cuales las sentencias
eran largos años de prisión. En Nueva York, donde los
latinos y los afroamericanos constituyen el 25 por
ciento de la población total, en 1999 estos constituían
el 83 por ciento de los presos del estado y el 94 por
ciento de todos los penalizados por delitos relacionados
con drogas.
El modelo de
polarización racial que se advierte en estas
estadísticas se confirma en la investigación hecha por
la Comisión de Derechos Civiles, la cual llegó a la
conclusión de que a pesar de que los afroamericanos
representan actualmente solo el 14 por ciento de los
consumidores de drogas a nivel nacional, constituyen el
35 por ciento de los arrestos, el 55 por ciento de los
sentenciados y el 75 por ciento de las altas en prisión
por ese delito. Actualmente, la proporción racial de los
que se encuentran bajo algún tipo de supervisión
correccional, incluyendo los que están en libertad bajo
palabra y prisión domiciliaria, es de uno por cada
quince para los jóvenes blancos, de uno por cada diez
para los jóvenes latinos y de uno por cada tres para los
jóvenes afroamericanos. De acuerdo con las estadísticas,
más de ocho por cada diez hombres afroamericanos serán
arrestados en algún momento de sus vidas.
LEJOS DE LA
REDENCIÓN
La más reciente
innovación en los centros correccionales de Estados
Unidos: "special housing units" (unidades especiales de
albergamiento) conocidas como "las cajas". Celdas con un
diseño único para el confinamiento solitario en las que
los presos permanecen encerrados 23 horas diarias
durante meses o años seguidos. Los bloques de celdas son
electrónicamente monitoreados con una estructura
prefabricada de acero y concreto, con cerca de 14 pies
de largo y 8 y medio de ancho; un espacio aproximado de
120 pies cuadrados. Los dos reos confinados en cada
celda tienen realmente solo 60 pies cuadrados de espacio
disponible o 30 pies cuadrados para cada uno.
Las comidas se les
sirven a través de una pequeña rendija que hay en la
puerta de acero. En la celda está la tasa de baño, el
lavamanos y la ducha. A los prisioneros se les permite
hacer ejercicios durante una hora todos los días en un
pequeño balcón de concreto,
rodeado por gruesos
cables de seguridad conectados directamente con sus
celdas. Los programas de rehabilitación y educación
están prohibidos para ellos.
En 1998 el estado de
Nueva York había puesto a 5 700 reos en unidades
especiales de albergamiento, cerca del 8 por ciento de
todos sus presos. Actualmente se está construyendo una
nueva instalación de máxima seguridad de 750 celdas en
Upstate, Nueva York, que les costará 180 millones a los
que pagan impuestos. Aunque los grupos Amnistía
Internacional y Derechos Humanos han condenado
ampliamente este tipo de instalación, alegando que tales
formas de encarcelamiento constituyen una tortura según
las leyes internacionales, otros estados han seguido el
ejemplo. En 1998 California había construido 2 942 camas
en este tipo de instalación, Mississippi 1 756, Arizona
1 728, Virginia 1 267, Texas 1 229, Louisiana 1 048 y
Florida 1 000. El aislamiento, históricamente catalogado
hasta por los oficiales de los centros correccionales
como una medida disciplinaria extrema, se está
convirtiendo en algo cada vez más común.
La introducción de
estas instalaciones refleja el estado de ánimo general
en el país en el que la población creciente de los
convictos está muy lejos de la redención. “Si a los
infractores de la ley que son condenados se les deja de
considerar como seres humanos, ¿por qué tratarlos con
humanidad?” Este asunto debe ser presentado y
discutido en todos los vecindarios, centros
comunitarios, instituciones religiosas y sedes
sindicales afroamericanas y latinas de todo el país,
porque el asombroso número de víctimas son nuestros
propios hijos, padres, hermanas y hermanos, a quienes
este sistema brutal considera "lejos de la redención".
¿Cuál es el impacto
económico para la sociedad norteamericana de la amplia
expansión de nuestro complejo industrial penitenciario?
Según el investigador del departamento de la justicia
contra el
delito, David
Barlow, de la universidad de Wisconsin en Milwaukee,
entre 1980 y
2000 los
gastos combinados de los gobiernos federales, de estado
y locales en la policía han aumentado cerca de un 400
por ciento. Los gastos de la división de correccionales
para la construcción de nuevas prisiones, mejorar las
condiciones de las existentes, la contratación de más
policías y otros, aumentó aproximadamente
un 100
por ciento.
Aunque
en estos momentos el
precio de construcción de una celda típica es de 70 000,
y 25 000 dólares la supervisión y cuidado de cada
prisionero, actualmente se construyen 1 725 nuevas camas
por semana en recintos penitenciarios.
La fuerza vital
ideológica y cultural que racionaliza y justifica los
encarcelamientos masivos es la percepción estereotipada
de la raza y el delito de la sociedad blanca. Como dijo
Andrew Hacker de manera clara en
1995, es “evidente
que cuando se habla de delitos cometidos por los negros,
la gente no piensa en la evasión de impuestos o
malversación en firmas corredoras. Los delitos que son
generalmente asociados con los negros son más bien
aquellos... que encierran violencia.
Un número de
investigadores han llegado a la conclusión de que el
estereotipo de los afroamericanos como "violentos",
"agresivos", "hostiles" y de "mal genio" tiene gran
influencia en el enjuiciamiento por parte de los blancos
en términos delictivos. De manera general la mayoría de
los blancos tienden a aplicar sanciones más severas a
los acusados negros y latinos que a los blancos que
cometen los mismos delitos. Especialmente los homicidas
de víctimas blancas tienen mayores posibilidades de ser
sentenciados a pena de muerte que los de víctimas
afroamericanas.
En abril de
2000,
apoyándose en
información recopilada por el FBI, el Departamento de
Justicia y seis fundaciones líderes publicaron un
estudio abarcador que contenía amplias disparidades
raciales en cada uno de los niveles del proceso de
justicia juvenil. Los afroamericanos con edades
inferiores a los 18 años constituyen el 15 por ciento de
su grupo de edad a nivel nacional, sin embargo, ellos
representan el 26 por ciento del total de arrestados. De
los jóvenes blancos que incurren en hechos delictivos,
el 66 por ciento son enviados a tribunales juveniles,
mientras que solo el 31 por ciento de los jóvenes
afroamericanos son juzgados allí. Los negros constituyen
el 44 por ciento de los detenidos en recintos juveniles,
el 46 por ciento de los juzgados en tribunales para
adultos y el 58 por ciento de los encerrados en cárceles
de adultos. En términos prácticos, esto quiere decir que
los jóvenes afroamericanos que son arrestados y
condenados por haber cometido un delito tienen seis
veces más posibilidades de ser puestos en prisión que
los blancos.
El estudio revela que
entre los jóvenes que nunca han estado en prisión, los
afroamericanos tienen nueve veces más probabilidades que
los blancos de ser condenados a cumplir en una prisión
juvenil. Entre los acusados por delitos de drogas, los
negros tienen 48 veces más posibilidades que los blancos
de cumplir sanción en una prisión juvenil. Los jóvenes
blancos acusados de delitos con violencia son
encarcelados como promedio 193 días después del juicio,
sin embargo, los afroamericanos 254 días, y los jóvenes
latinos 305 días.
Lo que parece estar
claro es la construcción de un nuevo leviatán de
desigualdad racial en todo nuestro país que carece de la
simplicidad del viejo sistema de Jim Crow con sus
omnipresentes señales en "blanco" y "coloreadas"; sin
embargo, este es en muchos aspectos más devastador
porque se presenta ante el mundo como un sistema que
verdaderamente no tiene en cuenta el color de la piel.
La lucha por la liberación de los negros en la década
del sesenta constituyó mayormente un éxito porque
convenció a la mayoría de la clase media blanca de que
no era económicamente eficiente y que desde el punto de
vista político la discriminación era insostenible e
injustificable.
Los estadounidenses
que todavía creemos en la igualdad racial y la justicia
social no podemos permanecer callados cuando millones de
nuestros conciudadanos están siendo avasallados. El
complejo industrial de prisiones raciales es un gran
reto político y moral de nuestro tiempo.
Durante varios años
he dado conferencias en la famosa prisión Sing Sing como
parte de un programa de maestría patrocinado por el
seminario teológico de Nueva York. En mi última visita,
hace ya varios meses, me di cuenta de que los oficiales
del correccional habían puesto un cartel amarillo sobre
la puerta de entrada pública de la prisión que decía:
"Por estas puertas pasan varios de los oficiales de
correccional más distinguidos del mundo." Le pregunté al
reverendo Bill Webber, director del programa educacional
de la prisión y a otros convictos lo que pensaban acerca
del cartel. "Satánico", me respondió Bill abruptamente.
Un estudiante latino de 35 años
de
edad, llamado Tony,
estuvo de acuerdo con la valoración de Bill, pero además
agregó: "Es hora de enfrentar al demonio."
Manning Marable: Profesor de
Historia y Ciencias Políticas, y director del Instituto
de Investigaciones de los Estudios Afroamericanos, en la
universidad de Columbia.
Tomado de: TRIcontinental No
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