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“La autoridad no va
nunca con el odio.”
-- Eurípides (480-406 a. J. C.), poeta griego. |
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What kind of 'democracy' is this?

Vivimos en un reino de desprecio político casi
universal. Sin importar de qué partido sean, los
políticos son empleados de otros, y no se trata ni
remotamente de aquellos que les dieron su voto, sin de
aquellos que pueden financiarlos.
Ah, pero no salen a decirlo en público (casi nunca);
pero mire usted cómo tratan los políticos a quienes se
dicen ser sus votantes. El denominador común es la
traición. El antiguo presidente, Bill Clinton
perfeccionó esta actitud hasta convertirla en un gran
arte. Más tarde o más temprano, virtualmente todos los
que votaron por él fueron traicionados. Y en realidad no
se trata de algo personal: ésa es la forma en que fue
diseñado y se ha desarrollado el sistema.
Para muchos de los hombres que acostumbramos a llamar
“los padres que fundaron la nación”, la palabra
“democracia” era una mala palabra. Odiaban y temían idea
de la democracia. El delegado de Nueva York a Convención
Constitucional de 1789, Alexander Hamilton, admiraba la
monarquía, y buscaba maneras de controlar “la
sorprendente violencia y turbulencia del espíritu
democrático” [ver Jerry Fresia: “Towards an American
Revolution: Exposing the Constitution & Other Illusions*
(Boston: South End Press, 1988), p. 16]. El historiador
Brian Price lo ha expresado claramente durante una
conferencia en el Evergreen College de Olimpia,
Washington, al preguntar:
¿Es posible para una clase que extermina a los pueblos
nativos de las Américas y los sustituye por gentes
arrancadas por la fuerza de África, gentes que luego
denigra y deshumaniza al convertirlos en esclavos,
mientras abarata y degrada su propia clase obrera - es
posible para esa clase crear la democracia y la
igualdad, y proponer la causa de la libertad humana? (Fresia,
p. 5)
Le ha tomado siglos de lucha a los africanos, los
obreros, las mujeres, y otros, comenzar a erigir algo
parecido a la democracia. Sin embargo, como en un
péndulo, las cosas oscilan de un extremo al otro, nada
permanece inmóvil. Cuando los amigos dejan de luchar,
otros intereses aparecen y recomienzan la lucha.
En la estructura política actual, los acaudalados
elementos anti-democráticos continúan sufragando guerras
mediante la compra (o el alquiler) de los políticos,
quienes a su vez usan sus posiciones para proteger los
intereses económicos de sus benefactores. De tal modo,
sin ruido, casi invisiblemente, a través de ambos
partidos -los Demócratas y los Republicanos-, la silente
marcha del globalismo ha llegado a dominar casi todas
las áreas de nuestras vidas. La WTO, el FMI, y otros
pactos internacionales, al apoyar los esfuerzos del
comercio internacional, trinchan los espacios donde
alguna vez existió un pequeño vestigio de democracia y
se comen el corazón de las comunidades locales.
Y la guerra, puesto que los Estados la usan para
movilizar al pueblo en sentidos que de otro modo nunca
hubiese aceptado, no es sino un instrumento en esta
guerra comercial global. Es decir, hablando en serio:
¿Cree en realidad alguien que el propósito de la guerra
de Iraq es instaurar la democracia?
La gran líder socialista, Emma Goldman, en su juicio
anti-belicista (por oponerse a la Primera Guerra
Mundial), dijo:
“¿Siendo en verdad tan pobres en materia de democracia,
cómo podemos compartirla con el mundo?” [Howard Zinn &
Anthony Arnove, “Voices of a People's History of the
United States”. (NY: Seven Stories Press, 2004), p. 23].
E incluso si aceptamos la estructura política actual,
¿cómo podemos reconciliar este sistema en que “el
ganador toma todo” con una idea de democracia? Incluso
en los parlamentos de Europa, en Inglaterra, o Francia,
o Alemania, los partidos minoritarios obtienen una
representación proporcional a la cantidad de sus votos.
Aquí, el 51% de los votos significa el 100% del poder.
¿Y el 49%? Nada.
Realmente, en América no creemos en la democracia, ni
hemos creído jamás. América cree en la dominación. Y
punto.
Es la dominación lo que se exporta al Medio Oriente, del
mismo modo que se exportó hace 100 años a los Países
Indios; a Ocklahoma, y a los territorios de Méjico.
“Democracia” era entonces una mala palabra, y es una
mala palabra hoy, que se usa sólo como una máscara para
ocultar otra cosa.
¿De qué otro modo, si no es en nombre de la democracia,
podemos estar tan dominados, tan controlados, tan
aquiescentes? ¿De qué otro modo podemos estar tan
impotentes, frente a una represión cada vez mayor?
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