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Quiero explicarles por qué es tan importante la libertad
de Leonard Peltier.
En el planeta hay bastante más de 200 millones de
indígenas, quizás hasta 300 millones. Viven en seis
continentes y en incontables islas. Y en todas partes
son la especie humana en mayor amenaza de extinción. Sin
embargo, la supervivencia de la humanidad depende de
su salvación.
Leonard Peltier es el símbolo de esa lucha. Me aflige,
entristece e indigna que tantos estadounidenses hayan
olvidado, o quizás no sabido nunca, quién es y qué
representa. Si lo olvidamos, olvidamos la lucha en sí.
Curiosamente, es más conocido fuera del país —en Europa,
en el Canadá, en América del Sur, en Asia y África— que
aquí. Personas progresistas de todo el mundo ven en él
la lucha de todos los pueblos autóctonos por su vida, su
dignidad, su soberanía y su futuro. Y se preguntan:
¿cómo puede este hombre haber estado tanto tiempo en la
cárcel cuando quienes lo retienen conocen de su
inocencia? Aquí, en los Estados Unidos, su voz y el
apremiante mensaje de los pueblos indígenas de todas
partes han sido apagados cuando no silenciados. Quienes
lo pusieron entre barrotes —e insisten en mantenerlo
allí después de casi un cuarto de siglo— creen haberlo
enviado al basurero de la historia, junto con la causa
de todos los pueblos indígenas. No debemos permitir que
esto continúe.
Pienso que puedo explicar mas allá de toda duda fundada
que Leonard Peltier no ha cometido delito alguno.
Incluso de haber sido culpable de disparar el arma que
mató a dos agentes del FBI —y es seguro que no lo hizo—
habría sido en defensa propia y en defensa no solo de su
pueblo, sino del derecho de todas las personas y pueblos
de ser libres de la dominación y la explotación. Ni un
solo testigo creíble dijo haber visto a Leonard apuntar
a alguien en aquel trágico día de junio de 1975 en
Oglala, en la Reserva de Pine Ridge en Dakota del Sur.
No hubo prueba alguna de que matara a alguien, salvo
pruebas inventadas y puramente circunstanciales.
Entre las muchas, muchas cosas que se ocultaron en este
juicio alarmantemente injusto —un juicio que deshonró, y
continúa deshonrando, el sistema judicial
estadounidense— está la desconcertante violencia que se
produjo en la Reserva de Pine Ridge y que condujo
directamente a los sucesos de aquel día. Esa violencia,
dirigida contra el pueblo tradicional de la reserva,
había provocado antes la tragedia conexa y mejor
conocida que giró en torno a la ocupación y cerco, en
1973, de la cercana Wounded Knee. Y esa violencia
aumentó enormemente en los dos años comprendidos entre
1973 y 1975.
En el momento que se produjeron los sucesos de Wounded
Knee en 1973, había pocos agentes del FBI en todo el
estado de Dakota del Sur, y muchas veces solo uno. Pero
en 1975, había sesenta y se les desplegó en forma
aplastante contra una pequeña población india. Durante
aquellos dos años, más de sesenta indios de la Reserva
de Pine Ridge —y hay quien dice que fueron trescientos—
habían muerto de modo violento e inexplicado, en su
inmensa mayoría como resultado de la actividad instigada
por nuestro gobierno federal. Y de esto hay pocas
dudas.
Con complicidad oficial, se brindó armas, entrenamiento
y motivación a un grupo paramilitar de delincuentes que
orgullosamente se dio el nombre de GOON (Guardianes de
la Nación Oglala), a fin de crear una ola de violencia,
que todavía se recuerda como el “reinado del terror”,
contra los indios tradicionales y sus partidarios,
incluido el Movimiento Indio Americano (AIM). Solo en
marzo de 1975 fueron asesinados siete indios y sus
muertes apenas fueron investigadas a pesar de la
presencia de un ejército de agentes del FBI y otros
agentes federales del orden, estaduales y tribales.
Debido a ello, los Ancianos del pueblo lakota (sioux)
pidieron al Movimiento, como habían hecho dos años
atrás en Wounded Knee, que enviara a algunas personas
que los protegieran. Y yo digo: gracias a Dios que el
Movimiento lo hizo.
Un pequeño grupo de miembros valientes y entregados del
Movimiento —menos de diecisiete personas y sólo seis de
ellas hombres, entre ellos Leonard Peltier— llegó a
proteger a los indios tradicionales de la
violencia consentida e iniciada secreta e ilegalmente
por nuestro gobierno. Esos miembros del Movimiento, a
los que se unieron los tradicionales del lugar, armaron
una ciudad de tiendas de campaña, a la que llamaron
“campamento espiritual”, en los lejanos terrenos
propiedad de Harry y Celia Jumping Bull en Pine Ridge,
dos ancianos que temían desesperadamente por la vida de
sus seres queridos debido a las constantes amenazas de
los GOON.
Debemos recordar que aquella fue una época de paranoia
oficial contra todos los grupos disidentes que quedaban
cuando la guerra de Vietnam tocaba a su fin. Todo esto
guardaba relación. No debemos olvidar nunca las
desgarradoras palabras de Martin Luther King Jr. en 1967
cuando se pronunció en contra de la guerra en Vietnam y
declaró: “El mayor proveedor de violencia en el mundo es
mi propio gobierno”.
No cabe la menor duda de que nuestro gobierno estaba
generando violencia en aquella época contra los indios
tradicionales de Pine Ridge como forma de control y
dominio, algunos creen que actuando en nombre de
intereses energéticos que pretendían sustraer las vastas
riquezas minerales sin explotar de la Reserva, en
especial el uranio.
Ahora sabemos, por documentos dados a conocer en los
años noventa con arreglo a la Ley de Libertad de
Información, que el FBI tenía gente en el lugar por lo
menos veinte minutos antes de que los dos carros que
precipitaron el “incidente de Oglala” irrumpieran en el
complejo de Jumping Bull. El gobierno se había estado
preparando para una acción importante.
Durante el juicio a Leonard Peltier celebrado en Fargo,
Dakota del Norte, en 1977, se excluyó gran parte de las
pruebas esenciales sobre los antecedentes del caso. La
mayor exclusión fue la de toda esta violencia instigada
oficialmente, que había dado origen a la tragedia y
conducido a la muerte de sus propios agentes.
¿Por qué estaban allí aquellos hombres del Movimiento?
¿Por qué estaba allí Leonard Peltier? ¡Estaba allí para
proteger al pueblo, a su propio pueblo, que estaba
siendo asesinado! Si eso es un delito, ¿dónde estamos?
Pero los delitos del gobierno no terminaron allí. El
gobierno indujo a todo nuestro sistema de
justicia a cometer perjurio al intimidar a una testigo,
a una mujer india pobre e ignorante, para que declarara
que era la novia de Leonard Peltier y lo había visto
matar a los agentes... y luego se valió de ese
testimonio para extraditar a Leonard del Canadá, a donde
había huido precisamente por temor a la clase de
justicia irregular y arbitraria que iba a recibir en los
tribunales estadounidenses.
Como bien sabía el FBI, esa mujer ni siquiera estaba
allí, no conocía o había visto siquiera a Leonard
Peltier, ¡y el gobierno lo sabía! Todavía me asombra
cómo hablan de esa mujer y la culpan por no haber dicho
la verdad. Porque, mucho después que todo había
terminado, admitieron libremente que “no había un
destello, ni una chispa de prueba” —esas son las
palabras que usaron– de que la mujer fuera testigo de
algo. Admitieron que ni siquiera estaba allí. ¿Es acaso
creíble que se presentara a ofrecer tres declaraciones
juradas de modo voluntario? ¿Qué soportó esa pobre mujer
a manos de sus interrogadores? ¿Qué tipo de abuso? La
misma clase de abuso y manipulación que se perpetraba
contra toda la población tradicional de Pine Ridge... y
por nuestros propios agentes oficiales. Piénsese cómo
la trataron para obligarla a brindar un testimonio
totalmente falso y valerse de ella para atrapar a
Leonard Peltier y traerlo de regreso. ¡Qué acción tan
vergonzosa y criminal! Mientras todo esto permanezca sin
impugnación y castigo, todos nosotros, cada
ciudadano de esta gran nación nuestra, estamos sujetos a
la misma clase de injusticia manifiesta y arrogante.
Los demás encubrimientos de los que se valió el gobierno
para encarcelar a Peltier son increíbles. El laboratorio
del FBI, como sin dudas habrán conocido, ha sido objeto
de toda una serie de informes recientes que lo condenan
por inventar y falsificar pruebas y por incompetencia en
su evaluación. Aun así, la naturaleza atenuante de la
única prueba en contra de Leonard Peltier es tan absurda
que, de ser el laboratorio competente u honesto, la
supuesta prueba carecería de valor alguno. El gobierno,
al procesar a Leonard en forma fraudulenta, encubrió
informes de laboratorio en que se decía que este no
podía relacionar la única bala —ni siquiera era una
bala, sino un casquillo, un casquillo usado—, con lo que
recibió el nombre de “Wichita AR-l5”, la supuesta “arma
asesina”. Inclusive, el FBI dijo relacionar el casquillo
de bala AR-15 —que se sospechaba prueba inventada— con
ese AR-15, aun cuando su propio laboratorio decía que no
se correspondían, y ocultó ilegalmente la prueba en
contra a todo lo largo del juicio a Leonard en Fargo.
Incluso de haber podido hacerlos corresponder, no
hubieran podido poner el arma en manos de Leonard
Peltier y mucho menos demostrar que se trataba del “arma
asesina”. Leonard no estaba a mil quinientas millas del
lugar donde, semanas después del tiroteo de Oglala, se
encontró el arma cerca de Wichita, Kansas. En primer
lugar, ¿cómo pasó este a ser su rifle? Bueno, para eso
tenían un plan. El gobierno afirmó que los indios solo
tenían un AR-15 en la Reserva, pero eso era totalmente
falso, como ellos bien sabían. Y los tribunales después
confirmaron, sin asomo de dudas, que allí había varios
AR-15 y también M-16, que disparan cartuchos calibre
223, el mismo tipo de cartucho de alta velocidad que
presuntamente mató a los agentes del FBI.
En el juicio seguido a Leonard, los acusadores oficiales
reconstruyeron una escena de la cual no tenían prueba
alguna, una escena imaginaria en que un agente, que
supuestamente había sido herido a distancia, se cubría
el rostro con la mano, suplicaba que no lo mataran y
Leonard Peltier le disparaba y lo mataba, después se
volvía y disparaba y mataba al otro agente, ambos a
quemarropa. El único problema es que no había prueba
alguna de ello; ningún testigo declaró algo parecido.
Hasta se intimidó al jurado para que creyera esta
historia totalmente falsa.
Luego, en 1985, después que Leonard había cumplido diez
años de cárcel, uno de los acusadores del gobierno
admitió sinceramente: “No sabíamos quién les disparó a
los agentes”. Eso dijo: “No sabíamos quién les disparó a
los agentes”. ¡Han pasado más de otros diez años y
Leonard Peltier sigue aún en presidio! Está allí,
declarado culpable de dos cargos de asesinato y
cumpliendo dos cadenas perpetuas... ¡por un delito que
el gobierno sabe que no pudo demostrar que
hubiera cometido! Al encarcelar a Leonard Peltier,
quienes lo mantienen apartado de su pueblo continúan la
deshonrosa y antigua política oficial de dominación y
opresión contra los pueblos indios. Leonard Peltier es
el mejor símbolo de esa dominación y opresión sostenida.
¿Es extraño que se le considere “preso político”?
De modo que incluso después que el gobierno admitió no
haber demostrado quién había matado a los agentes, en
lugar de hacer que se liberara a Leonard y abrir así la
puerta a una investigación sobre sus propias fechorías,
pasó a un argumento nuevo e igualmente fraudulento, con
el propósito de mantenerlo en la cárcel: lo acusó de
“complicidad” con quien supuestamente mató a los
agentes. El jurado le había impuesto doble cadena
perpetua porque creyó la historia inventada por el
fiscal de que Leonard había asesinado a sangre fría y a
quemarropa a los agentes heridos, no por un cargo de
“complicidad” que pudo aplicarse igualmente a veintenas
de indios aquel día. Nunca lo hubiera sentenciado al
doble de su vida natural solo por haber estado en la
escena de los hechos, como muchos otros, tratando de
defender a sus ancianos, mujeres e hijos contra la
ilegal y errónea invasión del gobierno a los terrenos
propiedad de Jumping Bull.
En realidad el gobierno no tiene que decirnos quién mató
a los agentes. Los documentos revelan que los
funcionarios no saben quién les disparó y no quieren que
nadie más lo sepa. Desean desesperadamente hacer creer
al mundo que Leonard Peltier es culpable porque en ello
está en juego su reputación.
El presidente de los Estados Unidos, en nombre de la
justicia, puede conmutar esa condena en el momento que
lo desee. Tiene poder completo y absoluto para ello con
arreglo a la Constitución. Debemos exigir que lo haga y
exigir que sea este año, hoy mismo. Todos y cada uno de
nosotros debemos alzar nuestras voces en un coro de
millones, de decenas de millones.
Hasta que esto se produzca, cada día es un nuevo crimen,
cada amanecer es un nuevo crimen, cada crepúsculo es un
nuevo crimen contra la dignidad de los pueblos indios y
el honor de los Estados Unidos de América. Porque
mientras Leonard Peltier esté en la cárcel, todos
nosotros lo estamos.
* Abogado
de Leonard Peltier y ex fiscal
general de los Estados Unidos
Prefacio al libro Escritos desde la cárcel,
publicado por Editorial de Ciencias Sociales, 2004
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