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El
Ocha Niwe
murió hace apenas unas horas. Y debo escribir unas
líneas. No sé por dónde empezar. ¿Tal vez por una noche
casi a las 12 que tocó suavemente a mi puerta para
pedirme unos fósforos como si se tratara de algo
valiosísimo? ¿O quizás por sus historias del solar, la
pobreza, su abuela, su mamá...? Lo cierto es que sobre
mí se agolpan decenas de recuerdos, algunos de su
apartamento, otros del mío, y un grupo de teatros,
televisión u hospitales.
Porque sí, tengo
el raro privilegio de haber compartido elementos de
la cotidianidad con Lázaro Ros, ese hombre hecho a
base de humildad, que fue, y es, el más grande
akpwon de la música cubana.
Me acerqué a esa
gloria musical porque una amiga común, Natalia Bolívar,
a la que él llamaba madre, me pidió que vigilara si le
hacía falta algo. Así Lázaro empezó a ir a mi casa,
generalmente al mediodía, a tomar un buchito de café y
coger “un humito” antes de que el corazón le diera una
clara advertencia. Luego de aquel ingreso (tres años
atrás) delante de mí nunca fumó, ni bebió, aunque yo
sabía que de vez en vez quemaba un cigarro y a veces se
pasaba de trago. El rito del café lo mantuvimos. Actuaba
como un niño, tanto que una vez que llegó caminando en
zigzag pretendió esconderse para que no lo regañara.
Cuando me hablaba de
su mamá, de Santos Suárez, lugar en el que nació el 11
de mayo de 1925, con picardía narraba cómo de niño se
escapaba para oír y cantar las canciones yorubas. Ya a
los trece años tenía una voz para respetar, pero con
todo “pasé mucho trabajo, mucho, usted no sabe cuánto”,
decía, a la vez que ponía el grito en el cielo por el
precio de una fruta bomba, un mango o una libra de
tomates. Y es que, a pesar de haber recibido altísimos
reconocimientos
―Premio
Nacional de Música, nominación a tres Grammys, entre
numerosos lauros―
seguía siendo un hombre muy humilde.
Tenía una buena
cantidad de libros y una vez me contó que estando ya en
el Conjunto Folklórico Nacional
―del
que fue fundador―
lo sorprendieron leyendo novelitas del oeste y aquella
persona, no recuerdo quién, le dijo que eso solo lo
hacía más bruto, que debía leer otras cosas, y le
prestó libros. Pronto se aficionó a lecturas más
elevadas aún cuando su nivel de instrucción siempre fue
bajo, pero con una gigantesca cultura popular.
Hace un año empezó a
sentir molestias en la garganta. Elizabeth, su doctora,
le recomendó ver un especialista, ella ya presentía el
cáncer. Cuando quizás en el mes de marzo del pasado año
bajé a su apartamento y me confirmó que sí, que tenía
cáncer, lo dijo con los ojos llenos de lágrimas. Traté
de animarlo, pero él sabía que comenzaba su última
lucha. Con todo, fue a Venezuela para ser aclamado y
consentido por el cariño y la fama.
Hace unas semanas se le entregó la Orden Félix Varela y
tan solo unas horas antes de su deceso, perdió todo
sentido de la realidad. Luego quedó dormido, de lado,
según me dijeron. Yo no lo he visto desde que le
tuvieron que practicar la traqueotomía. No quise,
prefiero recordar su voz, ese tesoro que ahora escucho,
desde su disco a Oggun, uno de los trece que grabara con
el sello Unicornio, su inmenso legado a la cultura
cubana, que hoy lo despide con dolor. |