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En los portales del Palacio del Segundo Cabo muy cerca
de la Madre Ceiba de San Cristóbal de La Habana, en la
noche del 25 de febrero, fue bautizada la Farola de Oggún,
dios de los hierros y del monte, curandero mayor, e
insignia mayor del Carnaval de La Habana 2005. Oficiada
por el etnólogo, poeta, escritor y Premio Nacional de
Literatura Miguel Barnet, la ceremonia de bautizo
comenzó con la plegaria a la Ceiba, majestad divina
que amparará los diez días y las diez noches del
Carnaval que comenzó en el Malecón Habanero.
Junto
a Barnet, fueron padrinos de la Farola, el gran
percusionista Tata Güines, el músico Pellito El Afrokán,
la doctora Virtudes Feliú, y los directores de
tradicionales comparsas: Digna Sánchez (La Jardinera),
Orestes Vasallo (La FEU), Haydée López (Los Marqueses) y
Félix Reyes (La Boyera).
El
bautizo a la Farola de Oggún fue festejado frente a la
Plaza de Armas con los tambores de Efik Yawaremo y el
baile de sus diablitos.
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Fiesta cubana,
caribeña fiesta mayor, clamor de sonidos, chisporroteo
de luces, serpentinas bajo un cielo cálido y estrellado.
La Habana ante el
umbral de su más deslumbrante y gregaria fiesta popular.
Bailes procesionales, comparsas de vieja tradición,
diversión lúdica, el Carnaval de La Habana, impúdico
como todo carnaval, gozoso y participativo, desde mañana
romperá tabúes, liberará energías contenidas, producirá
goce estético en las muchedumbres y regirá por varios
días el destino de la ciudad.
Carnestolenda
primaria y ancestral, fiesta de la cosecha, el Carnaval
de La Habana vuelve a su fecha original del mes de
febrero para alegrar la vida de los habaneros.
Evocador de viejas
procesiones y salidas de los cabildos africanos pero
marcados por una socialidad más plena, el Carnaval de
San Cristóbal de La Habana luce sus galas con antiguas
comparsas, farolas y personajes que rememoran a los más
populares como el Mpaka, los Kokorikamos, la Kulona, la
Mojiganga y los írenes o diablitos gangas o carabalíes.
Comparsas de las más viejas como El Alacrán, Las
Jardineras, Las Bolleras y los Marqueses de Atarés.
Viejas costumbres que rememoran un pasado que marcó un
signo indeleble en nuestra idiosincrasia. Mascaradas
litúrgicas de raíz africana, bailes y cantos de piquetes
cubanos, holgorio y diversión, mojiganga; de múltiples
formas que asustaban y divertían a la vez a pequeños y
mayores.
Nuestro carnaval
habanero recupera los hilos de su tradición y retorna a
las raíces para ofrendar hoy un tributo a la ceiba,
árbol emblemático y sagrado de los cubanos, intocable,
intumbable, erguido majestuosamente en el tiempo
y en la
sacralidad. La madre
ceiba, en cuya copa moran en armoniosa unión Iroko y
Sanfankon, Aggayú Solá y Changó.
La ceiba ni se corta
ni se quema, nadie se atreve a tumbarla; ella permanece
ahí, enhiesta, centenaria y adorada. En sus raíces los
ebbos para la salud o la prosperidad, para el amor o el
desamor. En su tronco los espíritus de los muertos, los
mfumbi, todos del panteón congo porque ella es la madre
protectora y el recinto también de todos los orishas.
¡Alabada seas ceiba
madre que viste nacer a nuestra amada Ciudad de San
Cristóbal!
Que cuando los dedos
de los paseantes te toquen los bendigas y fortifiques a
cada uno que te venere con tu imán y tu poderosa
energía.
Que nos alivies de
las penas del alma y cubras a esta fiesta de todos con
tu manto de fino algodón.
¡Oh, majestad divina
insignia de nuestro carnaval, llegue a ti esta plegaria.
Desde tu alto trono bendícenos que seremos siempre tus
fieles devotos!
¡Abasí, Changó, Iroko,
Aggayú Sol, Modupue!
¡Que la farola de
Oggún dios del monte y de los hierros, rompa con su danza
dionisíaca y comience el carnaval!
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