Año III
La Habana
Semana 5 - 12
MARZO
de 2005

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La lluvia y el ángel
Antonio López Sánchez La Habana
Fotos:
Iván Soca


Apenas una hora antes diluviaba. Febrero decidió abrir con agua su último lunes y el montaje de todo el escenario del concierto final de Silvio Rodríguez, luego de una gira por varias provincias de la Isla, se hizo bajo una persistente llovizna que no cesó en todo el día. A la noche, apenas una hora antes de comenzar, la escalinata de la Universidad de La Habana era cubierta desde el cielo por una áspera, gruesa y helada cortina de agua. Aún así, húmedamente amorosos de la canción y la poesía, acudieron en masa los ángeles.

   Mojados, con el pelo y el ánimo goteando alegrías y prisas por llegar entre tregua y tregua de la lluvia, fuimos llenando la escalinata de la Universidad de La Habana. Los rugosos escalones nos recibían esta vez con ojos oscuros y luces repetidas al revés desde el espejo irregular de los charcos. Una escampada y de prisa se ponía a punto el escenario. Al cesar el fuego del agua empiezan, desde todos los rincones de la ciudad, a sumarse cada vez más fieles. “Si escampa sobre las nueve, tocaré aunque sea para treinta personas”, dicen que mandó a decir el trovador. Y ya pasada la hora se empieza a sentir la clásica agitación de los inicios de concierto, mezcla de impaciencia y gozo por ese irrepetible regalo que está a punto de acontecer.
 


   Al fondo de la escena, una hermosa composición refleja el leitmotiv de la gira. “Hacia una cultura de la naturaleza”, reza el lema de la ilustración. Bien el ponerle versos y acordes a quien nos pone vida. Vale en tiempos como estos recordar nuestra deuda y nuestro respeto a la madre Natura. Sobre un fondo oscuro dos siluetas, un hombre y una mujer, llenos de mundo, unen sus manos y entregan quizás a un niño desnudo una vida, un pájaro, un futuro. Aquí en el presente se aplaude, se ilumina la noche al fin sin lluvias, y el trovador, con la casa y la guitarra tomada por las flores, invita desde el canto a unirse a su festín de colores.

   Junto a Silvio, el trío Trovarroco, Oliver Valdés, en la percusión y Niurka González en la flauta, suman sus sonidos a este empeño. Y otra vez sucede la magia de escuchar, sin adornos ni artificios vanos, la verdadera lengua de la poesía, el idioma de la legítima canción. Temas de su más reciente registro, Cita con ángeles, nos recuerdan la soledad de un “Sinuhé”, triste y sin secretos bajo los misiles que muerden a la vieja Bagdad; los aquelarres de brujas y contrahechos de “Camelot”; el vuelo de un “Pedacito de papel al viento” y los amores escritos, conservados en algún trozo de libreta; la “Leyenda de los amantes” que, como nosotros ahora al verso y al canto, se dan del todo, húmedamente.
 

   Pero la naturaleza, sabiéndose invitada, regresa una y otra vez. El cielo se enrojece, quién sabe si de euforia o deseo o alegría por la noche trovera, y nos azota con nuevas aguas, o nuevos besos según dijo el trovador al comienzo. Entre las canciones de su último disco, Silvio deja volar otra vez temas antológicos, “Playa Girón”, “El día en que voy a partir”, “El papalote” y más lluvia.

   Mojados todos, público, técnicos, músicos y el trovador, casi se avecina el fin, bajo ya intensas ráfagas del aguacero. Pero las nubes, quizás no deseando llover sobre mojado o sabiéndose viajeras de la eternidad en cierta canción, que no se canta ahora para no invocarlas, nos dan un respiro. Los Trovarroco regalan en un tema instrumental un excelente homenaje a Compay Segundo, el inolvidable Francisco Repilado. Y los solos del tres de Maikel, los arpegios precisos de Rachid y la grave voz desde el contrabajo de Bacaró, nos devuelven un poco el calor y no importa la ropa empapada.
 

   Vuelve Silvio y con él la lluvia. Llueve sobre el pedido de una mano del curador en “Alabanzas”, que debiera hacer acallar la incontinencia de las alturas y otras incontinencias más actuales; llueve mientras pasa un “Unicornio”, a pura guitarra, y una gota de transparencia brilla desde su cuerno mítico. Otra vez arrecia la emoción de las nubes, en franco, violento restallar de gotas contra todos. Pero hoy están, estamos aquí sus ángeles, los fieles. Y con alas terrenales de sombrillas, con ese amor del público al buen arte, cubriéndose con capas y abrigos, o con tragos y besos, nadie piensa siquiera en rendirse. Y el trovador tampoco lo hace. Técnicos, camarógrafos, sonidistas y los músicos también ametrallados por la lluvia, en profesional y amorosa entrega, acompañan a Silvio. Un Silvio que hoy quiere pagar el acto de amor de quienes lo siguen y por eso no nos abandona. Bajo un intenso aguacero empiezan a sumarse los bises.
 

   Silvio sale de escena y una y otra vez regresa  apremiado por los aplausos. Se suceden “Verónica” y su mar, un “Ojalá” cálido en voces de todos, cálido como una llama para detener esta fría nevada líquida de febrero, una “Pequeña serenata”, esta vez nocturna e inmensa. Así, tres, cinco, seis veces se va el poeta y regresa al escenario. Finalmente, a esta cita con sus ángeles responde el trovador cantando la suya. Los seres alados de este mundo, a coro en emoción con Silvio y los otros, querubes de buenas obras que intentan salvarnos desde versos y gargantas, logramos juntos el milagro. La lluvia retrocede aunque solo sea para dejar escuchar la larga ovación agradecida que regala el público al artista y su equipo. Lo han dado todo allí arriba. No son treinta, sino quién sabe cuántas veces treinta, cuántas veces cien o mil, como en la vallejiana Masa, las manos y pechos que agradecen este concierto.
 

   Vamos de vuelta, al regreso sobre la ciudad mojada que nos refleja al revés en ojos oscuros y en el espejo irregular de muchos charcos. Poco dura la paz; nuevamente la lluvia, ya sin remordimientos, se deja caer sobre La Habana. Pero ahora, prendidos del brazo y el beso húmedo y cálido y canto de ella, suerte de otra buena lluvia al lado; prestos a otra vez vivir y rabiar y luchar; rumbo a hacer el amor o a soñarlo, al menos por hoy, con una canción al compás de los latidos y algún ángel cruzándonos la sien, nos sentimos un tilín mejores, un mucho menos egoístas.  

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