|
Apenas una hora antes diluviaba. Febrero
decidió abrir con agua su último lunes y el montaje de
todo el escenario del concierto final de Silvio
Rodríguez, luego de una gira por varias provincias de la
Isla, se hizo bajo una persistente llovizna que no cesó
en todo el día. A la noche, apenas una hora antes de
comenzar, la escalinata de la Universidad de La Habana
era cubierta desde el cielo por una áspera, gruesa y
helada cortina de agua. Aún así, húmedamente amorosos de
la canción y la poesía, acudieron en masa los ángeles.
Mojados, con el pelo y el ánimo goteando alegrías y
prisas por llegar entre tregua y tregua de la lluvia,
fuimos llenando la escalinata de la Universidad de La
Habana. Los rugosos escalones nos recibían esta vez con
ojos oscuros y luces repetidas al revés desde el espejo
irregular de los charcos. Una escampada y de prisa se
ponía a punto el escenario. Al cesar el fuego del agua
empiezan, desde todos los rincones de la ciudad, a
sumarse cada vez más fieles. “Si escampa sobre las
nueve, tocaré aunque sea para treinta personas”, dicen
que mandó a decir el trovador. Y ya pasada la hora se
empieza a sentir la clásica agitación de los inicios de
concierto, mezcla de impaciencia y gozo por ese
irrepetible regalo que está a punto de acontecer.
|
 |
Al fondo de la escena, una hermosa composición
refleja el leitmotiv de la gira. “Hacia una cultura de
la naturaleza”, reza el lema de la ilustración. Bien el
ponerle versos y acordes a quien nos pone vida. Vale en
tiempos como estos recordar nuestra deuda y nuestro
respeto a la madre Natura. Sobre un fondo oscuro dos
siluetas, un hombre y una mujer, llenos de mundo, unen
sus manos y entregan quizás a un niño desnudo una vida,
un pájaro, un futuro. Aquí en el presente se aplaude, se
ilumina la noche al fin sin lluvias, y el trovador, con
la casa y la guitarra tomada por las flores, invita
desde el canto a unirse a su festín de colores.
Junto a Silvio, el trío Trovarroco, Oliver Valdés, en
la percusión y Niurka González en la flauta, suman sus
sonidos a este empeño. Y otra vez sucede la magia de
escuchar, sin adornos ni artificios vanos, la verdadera
lengua de la poesía, el idioma de la legítima canción.
Temas de su más reciente registro, Cita con ángeles,
nos recuerdan la soledad de un “Sinuhé”, triste y sin
secretos bajo los misiles que muerden a la vieja Bagdad;
los aquelarres de brujas y contrahechos de “Camelot”; el
vuelo de un “Pedacito de papel al viento” y los amores
escritos, conservados en algún trozo de libreta; la
“Leyenda de los amantes” que, como nosotros ahora al
verso y al canto, se dan del todo, húmedamente.
|
 |
Pero la naturaleza, sabiéndose invitada, regresa una y
otra vez. El cielo se enrojece, quién sabe si de euforia
o deseo o alegría por la noche trovera, y nos azota con
nuevas aguas, o nuevos besos según dijo el trovador al
comienzo. Entre las canciones de su último disco, Silvio
deja volar otra vez temas antológicos, “Playa Girón”,
“El día en que voy a partir”, “El papalote” y más
lluvia.
Mojados todos, público, técnicos, músicos y el
trovador, casi se avecina el fin, bajo ya intensas
ráfagas del aguacero. Pero las nubes, quizás no deseando
llover sobre mojado o sabiéndose viajeras de la
eternidad en cierta canción, que no se canta ahora para
no invocarlas, nos dan un respiro. Los Trovarroco
regalan en un tema instrumental un excelente homenaje a
Compay Segundo, el inolvidable Francisco Repilado. Y los
solos del tres de Maikel, los arpegios precisos de
Rachid y la grave voz desde el contrabajo de Bacaró, nos
devuelven un poco el calor y no importa la ropa
empapada.
|
 |
Vuelve Silvio y con él la lluvia. Llueve sobre el pedido
de una mano del curador en “Alabanzas”, que debiera
hacer acallar la incontinencia de las alturas y otras
incontinencias más actuales; llueve mientras pasa un
“Unicornio”, a pura guitarra, y una gota de
transparencia brilla desde su cuerno mítico. Otra vez
arrecia la emoción de las nubes, en franco, violento
restallar de gotas contra todos. Pero hoy están, estamos
aquí sus ángeles, los fieles. Y con alas terrenales de
sombrillas, con ese amor del público al buen arte,
cubriéndose con capas y abrigos, o con tragos y besos,
nadie piensa siquiera en rendirse. Y el trovador tampoco
lo hace. Técnicos, camarógrafos, sonidistas y los
músicos también ametrallados por la lluvia, en
profesional y amorosa entrega, acompañan a Silvio. Un
Silvio que hoy quiere pagar el acto de amor de quienes
lo siguen y por eso no nos abandona. Bajo un intenso
aguacero empiezan a sumarse los bises.
|
 |
Silvio sale de escena y una y otra vez regresa
apremiado por los aplausos. Se suceden “Verónica” y su
mar, un “Ojalá” cálido en voces de todos, cálido como
una llama para detener esta fría nevada líquida de
febrero, una “Pequeña serenata”, esta vez nocturna e
inmensa. Así, tres, cinco, seis veces se va el poeta y
regresa al escenario. Finalmente, a esta cita con sus
ángeles responde el trovador cantando la suya. Los seres
alados de este mundo, a coro en emoción con Silvio y los
otros, querubes de buenas obras que intentan salvarnos
desde versos y gargantas, logramos juntos el milagro. La
lluvia retrocede aunque solo sea para dejar escuchar la
larga ovación agradecida que regala el público al
artista y su equipo. Lo han dado todo allí arriba. No
son treinta, sino quién sabe cuántas veces treinta,
cuántas veces cien o mil, como en la vallejiana Masa,
las manos y pechos que agradecen este concierto.
|
 |
Vamos de vuelta, al regreso sobre la ciudad mojada que
nos refleja al revés en ojos oscuros y en el espejo
irregular de muchos charcos. Poco dura la paz;
nuevamente la lluvia, ya sin remordimientos, se deja
caer sobre La Habana. Pero ahora, prendidos del brazo y
el beso húmedo y cálido y canto de ella, suerte de otra
buena lluvia al lado; prestos a otra vez vivir y rabiar
y luchar; rumbo a hacer el amor o a soñarlo, al menos
por hoy, con una canción al compás de los latidos y
algún ángel cruzándonos la sien, nos sentimos un tilín
mejores, un mucho menos egoístas. |