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Bajo la
intensa lluvia del frente frío Silvio Rodríguez,
acompañado de Trovarroco, ofreció este lunes 28 de
febrero un concierto que rebasó las dos horas en la
escalinata de la Universidad de La Habana. Una multitud
de estudiantes, cubanos y latinoamericanos, con
banderas, capas y paraguas, corearon junto al trovador,
rompiendo lo imposible.
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No pensé, como
muchos, que esta noche hubiese concierto; la llegada del
Norte (frente frío) con viento y lluvia desde horas de
la mañana, auguraba una nueva suspensión. Tocaba el
cierre de una gira por todo el país bajo el lema “Hacia
una cultura de la naturaleza”, pero la capital estaba
salada. Se pensó primero en el teatro Karl Marx, pero no
pudo ser y se trasladó para la sala del Gran Teatro
García Lorca. A pesar de estar programados dos
conciertos se agotaron en un pestañazo las entradas, y
comenzó la venta y reventa que ya iba, en el trasiego,
por el precio de 20 dólares. Muchos seguidores del
trovador quedarían fuera, mas Silvio se enteró y decidió
acabar con la especulación de cuajo: se montó la tarima
en la escalinata de la colina universitaria. Un nuevo
obstáculo se interpuso en el camino, insistentes
lluvias.
Poco me importa
donde rompa mi estación
si cuando rompa está
rompiendo lo imposible.
Sobre las 8 de la
noche los amigos creamos una red telefónica; llamamos al
local de la FEU, al Hotel Colina (que está frente a la
escalinata), a los Estudios Ojalá, y dondequiera las
dudas; ni el noticiero ni Radio Reloj hablaban de
suspensión.
Sé de muchos amigos
que se dieron por vencidos antes de tiempo; yo estuve a
punto de pecar cuando a las 8 y media de la noche la
lluvia estaba en su apogeo; Anita insistía y yo que era
imposible un concierto al aire libre bajo el agua, ni
que estuviera loco, además la gente del audio no va a
arriesgar los equipos y es hasta peligroso. Ella solo me
embistió con la mirada y dijo resuelta: “Si Silvio da el
concierto y no vamos, te mato”.
He puesto filo al
anhelante corazón
arrojo estrellas a
mecharse contra vientos.
Pasadas las 9 de la
noche, con paraguas, para que Anita se convenciera por
sus propios ojos, partimos. Llegando, algarabía, luces y
Alabanzas en la voz del trovador. Por instantes
(tal era mi incredulidad) pensé que sería música
grabada, pero no, la escalinata era un mar de paraguas,
capas, y banderas, y al centro del escenario el
trovador:
Quien ayer me
daba un beso
ahora me trata de
usted
yo no quiero
aprender eso
ni al derecho ni al
revés.
Abrazo a los primeros
amigos que gozan el temporal y me cuentan que Silvio
había llamado cuando la lluvia arreciaba, sobre las 8 y
30, y había dicho que si cuando él llegara a las 9 había
allí 30 personas, daba el concierto aunque fuese a
guitarra limpia.
Después de
haber sido hermano
Es muy triste ser
señor.
Silvio estira la
frase cual si me estuviera regañando por haber dudado,
Anita me abraza y me marca también con un “Te lo dije,
yo conozco al Ayatola.”
El temporal lejos de
conspirar contra la música o el público, fue un
estímulo; a pesar de que volaba alguna partitura, o los
instrumentos chorrearan agua, disfrutamos una fusión de
Silvio con Trovarroco, Niurka González y el
percusionista Oliver Valdés, más creativa y depurada que
en la anterior ocasión. Así llegaron, entre otras “Camelot”,
“Leyenda de los amantes”, “El papalote”, “Sueño con
serpientes”, una vieja canción con arreglo de sabor
bitleriano “El día en que voy a partir” que nos deparó,
además, la sorpresa de ver a Silvio tocando la armónica,
“Rosana”…
Mientras más
arreciaba la lluvia, el público más ovacionaba. Una
muchacha le gritó una petición:
—Silvio, “Cita con
ángeles”.
El trovador
contestó: —Ahorita, ahorita, ¿están apurados?
Tras el ¡noooooo! a
coro, dijo disfrutando la situación:
—Yo, tampoco.
Los muchachos de
Trovarroco tuvieron un momento para sí, soltando su
virtuosismo con su homenaje a Compay Segundo. Retornó
Silvio y, solo con su guitarra, llevó el concierto al
delirio con “Unicornio” de todos y “Playa Girón”. Se
reincorporaron los músicos con “Canto arena”:
Y la canción de hoy
me sabe a juramento…
“La canción de la
trova” puso el punto final al concierto, demostrando
“que la guitarra es la guitarra sin envejecer”,
pero ya suponíamos que no se iba a ir así de fácil. Ante
la algarabía, se sentó nuevamente con “Ojalá” (cantada
realmente por la multitud) y “Verónica del mar”. Se
despidió; pero el público, no. La lluvia era
persistente, pero más los trovadictos que corearon
Silvio… Silvio… Silvio… hasta verlo resurgir en escena.
—La verdad es que
ustedes son los mejores— expresó satisfecho el
trovador.
La “Cita con
ángeles” ese canto tremendo que nos convoca desde todos
los siglos, parecía el no hay espacio para nada más;
sobre todo tras ese aplauso cerrado que arranca lágrimas
cuando nos susurramos que “el ángel a caballo cae con
los pobres de la tierra”, mientras Niurka frasea con su
flauta unos compases del himno nacional. Pero sí, tras
el delirio con el que nos prometíamos ser “un tilín
mejores y mucho menos egoístas…” llegó el abrazo a la
amante; con los primeros acordes estreché a Anita y miré
hacia la escalinata, la lluvia, iluminada por las luces
era una bendición cayendo sobre los enamorados, de la
trova, de la pareja, de la patria pequeña y de la
humana….
“Vivo en un país
libre, cual solamente puede ser libre…”, dijo Silvio y
dejó que nosotros siguiéramos…
Alguien del público
gritó ¡Viva Silvio!, otro ¡Viva Cuba Libre! Y un
tercero, ¡Viva América! Y un ¡Viva! colectivo, nos
abrazó a todos.
El trovador nos
convocó más que un concierto a desafiar al Norte con el
vuelo de las almas; ni el temporal —el climático y el de
las manquedades humanas— pudieron contra el poder
amoroso de la canción; así, acercándose las doce de la
noche, lanzamos a los tiempos, a una sola voz, el credo
de despedida:
Soy feliz y quiero
que me perdonen por este día los muertos de mi
felicidad.
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