Año III
La Habana
Semana 5 - 12
MARZO
de 2005

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Días, giras y flores
Pedro de la Hoz La Habana
Fotos:
Iván Soca
 

No me asombra ver al trovador con la guitarra bajo la lluvia. En el espíritu de Silvio Rodríguez habita un duende que lo impulsa a ir contracorriente, adelantado, transgresor, desde los tiempos en que un puñado de seguidores —unos realmente convencidos de que la era y sus canciones estaban pariendo un corazón, otros por el prurito de la moda— se reunían para escucharlo en la pequeña sala del teatro Hubert de Blanck a la vuelta de un viaje con pescadores o aplaudían su osadía de cantar “Resumen de noticias”, vestido de jeans y calzado con botas cañeras, en un festival de Varadero dominado por el pop y las lentejuelas.

No me asombra verlo plantar un desafío al mal tiempo. En 1989, exactamente el 28 de enero, emprendió otra gira nacional por donde casi nadie imaginó fuera posible: en la punta del Pico Turquino. Después vendría la apoteosis de las masas en los estadios y plazas, inundadas por el poderoso sonido de la banda que lo acompañó entonces, Afrocuba, con la gente coreando de memoria sus canciones antiguas y recientes. Pero allí estaba el símbolo de la voluntad poética, junto al busto que Celia y otros buenos cubanos sembraron en la mayor altura de la Isla, a casi 2 000 metros sobre el nivel del mar, en un fin de mañana frío y transparente, solo con voz y guitarra el trovador.

No me asombra que Silvio se haya prodigado en la Escalinata. Seguro estoy de que si las lluvias del frente frío no hubieran sido impertinentes, el número de personas se habría multiplicado. Pero de haber estado dos personas únicamente, Silvio también habría cantado. A fin de cuentas, como alguna vez dijo el escritor argentino David Viñas, dos personas ya son una multitud. Y para esas pequeñas y enormes multitudes, el trovador se entrega, como en los primeros días de abril de 1980, tras protagonizar un extenso y espectacular concierto en el Estadio Nacional de Chile, a solo tres semanas del retiro de Pinochet del reino del terror. Silvio, el empresario chileno Fernando Meza, su manager Tito Márquez, el médico Jorge Lage y yo entramos a la Prisión Municipal de Santiago. El cantor quería saludar a los presos políticos, en su mayoría combatientes del Frente Manuel Rodríguez. Sin embargo, en medio de la conversación, que debía ser breve y era vigilada por elementos militares de rostros severos en los que se adivinaba la sorpresa del cambio de la situación en el país, apareció una guitarra. Y Silvio interpretó dos canciones: “Historia de una silla” y “Pequeña serenata diurna”. A qué más.

No me asombra que el signo de los tiempos de Silvio siga siendo el de la renovación y la aventura. Las  cuerdas pulsadas del trío Trovarroco, la flauta de Niurka González y el discreto despliegue percusivo de Olivert Valdés me recordaron su vocación por experimentar los más diversos formatos acompañantes, desde la muy sui generis constelación de los tiempos del Grupo de Experimentación Sonora del ICAIC hasta la hazaña sinfónica emprendida junto a Leo Brouwer que conmovió a quienes asistieron a la Plaza de la Revolución en el verano del 2004, sin olvidar el convivio con un estupendo Irakere para la presentación chilena.

No me asombra que Silvio sea Silvio y prosiga entre la rabia, los días y las flores. 

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