|
No me asombra ver al trovador con la guitarra bajo la
lluvia. En el espíritu de Silvio Rodríguez habita un
duende que lo impulsa a ir contracorriente, adelantado,
transgresor, desde los tiempos en que un puñado de
seguidores —unos realmente convencidos de que la era y
sus canciones estaban pariendo un corazón, otros por el
prurito de la moda— se reunían para escucharlo en la
pequeña sala del teatro Hubert de Blanck a la vuelta de
un viaje con pescadores o aplaudían su osadía de cantar
“Resumen de noticias”, vestido de jeans y calzado con
botas cañeras, en un festival de Varadero dominado por
el pop y las lentejuelas.
No me asombra verlo plantar un desafío al mal
tiempo. En 1989, exactamente el 28 de enero,
emprendió otra gira nacional por donde casi nadie
imaginó fuera posible: en la punta del Pico
Turquino. Después vendría la apoteosis de las masas
en los estadios y plazas, inundadas por el poderoso
sonido de la banda que lo acompañó entonces,
Afrocuba, con la gente coreando de memoria sus
canciones antiguas y recientes. Pero allí estaba el
símbolo de la voluntad poética, junto al busto que
Celia y otros buenos cubanos sembraron en la mayor
altura de la Isla, a casi 2 000 metros sobre el
nivel del mar, en un fin de mañana frío y
transparente, solo con voz y guitarra el trovador.
No me asombra que Silvio se haya prodigado en la
Escalinata. Seguro estoy de que si las lluvias del
frente frío no hubieran sido impertinentes, el número de
personas se habría multiplicado. Pero de haber estado
dos personas únicamente, Silvio también habría cantado.
A fin de cuentas, como alguna vez dijo el escritor
argentino David Viñas, dos personas ya son una multitud.
Y para esas pequeñas y enormes multitudes, el trovador
se entrega, como en los primeros días de abril de 1980,
tras protagonizar un extenso y espectacular concierto en
el Estadio Nacional de Chile, a solo tres semanas del
retiro de Pinochet del reino del terror. Silvio, el
empresario chileno Fernando Meza, su manager Tito
Márquez, el médico Jorge Lage y yo entramos a la Prisión
Municipal de Santiago. El cantor quería saludar a los
presos políticos, en su mayoría combatientes del Frente
Manuel Rodríguez. Sin embargo, en medio de la
conversación, que debía ser breve y era vigilada por
elementos militares de rostros severos en los que se
adivinaba la sorpresa del cambio de la situación en el
país, apareció una guitarra. Y Silvio interpretó dos
canciones: “Historia de una silla” y “Pequeña serenata
diurna”. A qué más.
|
 |
No me asombra que el signo de los tiempos de Silvio siga
siendo el de la renovación y la aventura. Las cuerdas
pulsadas del trío Trovarroco, la flauta de Niurka
González y el discreto despliegue percusivo de Olivert
Valdés me recordaron su vocación por experimentar los
más diversos formatos acompañantes, desde la muy sui
generis constelación de los tiempos del Grupo de
Experimentación Sonora del ICAIC hasta la hazaña
sinfónica emprendida junto a Leo Brouwer que conmovió a
quienes asistieron a la Plaza de la Revolución en el
verano del 2004, sin olvidar el convivio con un
estupendo Irakere para la presentación chilena.
No me asombra que Silvio sea Silvio y prosiga entre la
rabia, los días y las flores.
|