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La memoria
auditiva de un niño es feroz, excesiva e implacable. He
escuchado las canciones de Silvio, si no desde la
primera vez, sí desde las primeras veces; cantadas por
él o por Elena u Omara. Desde aquella aventura del canal
6 que algunos recuerdan con nostalgia, cuyo tema fue “Un
hombre se levanta”, en la voz de esa Voz ─valga
la redundancia─
que es Sara, y que luego tuve en un disquito de 45 rpm.
Y también, antes de irme para la escuela al mediodía, en
cuarto o quinto grado, escuchaba en ¿Radio Liberación,
Progreso? El vengador, cuyo tema era “Si tengo un
hermano...” y otra vez en el cine
Capitolio, mirando uno de esos antológicos Noticiero
ICAIC (Instituto Cubano de Arte e Industria
Cinematográficos) de Santiago Álvarez, este en homenaje
al Mayor, y esa canción sin tiempo y sin fin... que
todavía puedo evocar emocionado. Sin nostalgia, recuerdo
los años 60 y 70 y parece que el tiempo no ha pasado.
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Knight, Jorge:
"Mi casa ha sido tomada...".
Conté sobre cartulina. 2004. |
Pero el tiempo,
ese cabrón, sí pasa... la ESBEC (Escuela Secundaria
Básica en el Campo) me alejó de la música, mas no de
Silvio; porque en aquellos festivales culturales,
cualquier chamaco de octavo te sonaba cualquiera de
sus canciones, supongo que por distintas,
significativas y abarcadoras. En el SMG (Servicio
Militar General), en una ciudad llamada Cabinda
─que él
conoce porque estuvo antes que yo─
me reencontré con sus canciones, y en noches
terribles de soledad y lejanía, en una oficinita
llena, de discos, libros, equipos de audio y mucho
polvo, volví a escuchar “Días y flores”, “Al final
de este viaje...” y “Rabo de Nube”.
Cuando volví a
Santiago, a fines del 82, recuerdo haberme comprado el
disco Mujeres y lo escuché una y otra vez y ya
para siempre, en un tocadiscos soviético Akord,
sentado en el piso de mosaicos rojos del ínfimo comedor
de la antigua casa de mi hermana Coralia, en el reparto
Santa Bárbara. Si aquellos discos en Angola ─y
luego Unicornio─
deslumbraron, por así decirlo, al poeta en ciernes que
sigo siendo, Mujeres fue ─y
es EL DISCO de Silvio. Entre sus doce temas ─el
exceso es mío─
hay ocho que he oído, oigo y voy a oír siempre,
para siempre.
También en los 80,
tan fecundos en tantas cosas del espíritu, frecuenté a
Eva Aguilar, uruguaya exiliada que me presentó mi
profesora Gladys en el taller literario Roque Dalton.
Eva, madre de Daniel "Tato" Montes, hijo del cantautor
Numa Moraes, me presentó entonces a dos amigos con los
que compartiría en esos años, entre otras cosas porque
oían a Silvio como lo oía yo: el pintor Joel
Aguilera Tamayo y la actriz Mahe. Eva también me
presentó ─en
una de sus visitas a Santiago─
a otra uruguaya, una inteligente bruja y poeta
que se llama María Gravina, una de las mejores personas
que conozco y a la que amo profunda y
entrañablemente. Para mí estar al lado de María
entonces, era estar al lado de Silvio, por varias
razones que no vienen al caso; los interesados lean su
poemario Lázaro vuela rojo, Premio Casa de las
Américas 1979 y sabrán.
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Arrate, Grettel:
"La
Silla". Acrílico sobre tela. 2003. |
Después vinieron sus
giras por Argentina, México... los incesantes
conciertos suyos y de Pablo. Y luego me recuerdo en el
Parque Abel Santamaría en 1984, sentado en el suelo de
granito junto a Teresa Melo, Sergio Pereda y alguien
más, Noel Pérez quizás, escuchando y cantando porque yo
era, he sido y soy, quizás con menos ímpetu
ahora, un incondicional ─palabra
que mucho significa para mí, no importa si la hallan
excesiva─ de
Silvio.
Fanático e
incondicional al fin, ya había comenzado a recortar
─¿otro exceso?
─ todo lo que sobre
él apareció en la prensa de aquellos ─y
estos─ años, y
copié casi todas sus canciones posibles y tuve
casetes Orwo piratas con otras que nunca ha
cantado en público. Eso mucho antes de que apareciera el
libro Que levante la mano la guitarra; mi
ejemplar de aquellos días existe y está tan
maltratado que ya no da más, y eso que tuve otros de
repuesto, pero seguro los regalé a los amigos o a alguna
muchacha de esas noches de parques, trova y
escaleras.
Una tarde del 93,
antes de conocer la nieve y caminando por La Rampa
─¿arriba?,
¿abajo? ─, en
un semáforo, Silvio al timón, me detengo y lo
miro, lo miro quizás impertinentemente, me mira, me
sonrío, me mira con la imperturbable naturalidad de las
personas públicas, tal vez cansado de tantas miradas
sobre él, de tantas palabras dichas sobre, acerca,
encima y contra él; ponen la verde y sigue. Para mí fue
suficiente, nunca ─créame
el que ha seguido leyendo─
he querido conocerlo "en persona", ni lo he perseguido
para que me firme un autógrafo. No he podido, qué va, no
soy así.
Es mejor ver desde lejos lo que se respeta y admira,
para que siga siendo como uno quiere que sea. Y porque
lo supongo agobiado de tantos amigos y conocidos
recientes o históricos, de familiares, de tantas y
tantas entrevistas, preguntas, palabras, de tanto
trabajo, y porque lo que quiero es mantenerlo en mi
Parnaso, no hago nada para verlo o visitarlo, para
después vanagloriarme de haberlo conocido sin quizás
conocerlo.
Porque a estas alturas ya yo lo conozco, esto no es otro
exceso; a Silvio, como él a su Unicornio, nadie
lo conoce como lo conozco yo.
Tomado de
Silvio: te debo esta canción, selección de poemas
inspirados en la obra del trovador cubano, Ediciones
Santiago, 2004. |