Año III
La Habana
Semana 5 - 12
MARZO
de 2005

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J. L. Borges / Los 80 / Silvio Rodríguez
Reynaldo García Blanco La Habana


Escribir es poner algo al abrigo de la muerte. La frase no es mía. Es de André Gide. Es por ello que entro en cámara lenta a este campo minado que es la memoria. Ya dije en otra ocasión que el año mil novecientos 80 tuvo un mes de abril verdaderamente cruel sin el permiso de T. S. Eliot. Ahí están los periódicos, unas fotos de unos primos en la distancia y una canción levantisca.

Hay una trinidad que no puedo disociar de mi historia de vida: Jorge Luis Borges / años 80 / Silvio Rodríguez. Todo en una mezcla de misterio, autocensura y sobresalto.

Lobaína, Miguel Ángel: "Los reyes no caen del cielo". Calografia. 1995.

Los libros nos llegaban en correos de brujos directamente de Buenos Aires y los forrábamos con páginas de revistas soviéticas. La música llegaba de La Habana a Las Tozas en grabaciones piratas y en off, que hacían menos densas las tardes de ese verano. Bebíamos Té Flor de Oro mientras allá afuera llegaban los rumores del premio Cervantes a un ciego “con problemas ideológicos” y en San Salvador asesinaban a un arzobispo.

Convencidos, como decía el viejo Walt Whitman, de que un hombre no es solamente lo que está comprendido entre pies y cabeza, queríamos de algún modo tener una mujer que nos estremeciera. Podía llamarse Amalia Simone, María Kodama, o simplemente Yoko Ono. Todo eso con la desgarradora certeza de saber que no teníamos nada, “sólo una tarde en que se puede respirar".

Avanzaba la década como un tren rumbo a la nada. Leíamos entre sospechosos e irreverentes Cuerpo a cuerpo, de David Viñas, y General a caballo, de Lisandro Otero. El exdictador Anastasio Somoza era ajusticiado en el Paraguay. En los entresijos del olvido alguien canta "ay de estos días terribles / ay de lo indescriptible" y salíamos a la noche de la Isla, a los parques imposibles, a las muchachas furiosas como una aceituna sólo vista en sueños.

Seguíamos con Borges y Gelman y Cintio Vitier y Fernández Retamar con su "Circunstancia" y "Juana", mientras El niño aquel de Senel Paz daba un golpe de gracia mustio e irónico a la infancia, que se iba justo ahora que "no queríamos estar lejos de la casa y el árbol".

Entro y salgo muy despacio de este campo minado, y de algún modo contradigo a André Gide con aquello de que escribir es poner algo al abrigo de la muerte, pues ahora es que comprendo que J. L. Borges / los 80 / y sobre todo las canciones de Silvio Rodríguez, fueron mi verdadero nacimiento.

Tomado de Silvio: te debo esta canción, selección de poemas inspirados en la obra del trovador cubano, Ediciones Santiago, 2004.

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