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Escribir es
poner algo al abrigo de la muerte. La frase no es mía.
Es de André Gide. Es por ello que entro en cámara lenta
a este campo minado que es la memoria. Ya dije en otra
ocasión que el año mil novecientos 80 tuvo un mes de
abril verdaderamente cruel sin el permiso de T. S. Eliot.
Ahí están los periódicos, unas fotos de unos primos en
la distancia y una canción levantisca.
Hay una trinidad
que no puedo disociar de mi historia de vida: Jorge
Luis Borges / años 80 / Silvio Rodríguez. Todo en
una mezcla de misterio, autocensura y sobresalto.
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Lobaína, Miguel Ángel:
"Los reyes no caen del cielo". Calografia. 1995.
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Los libros nos
llegaban en correos de brujos directamente de Buenos
Aires y los forrábamos con páginas de revistas
soviéticas. La música llegaba de La Habana a Las Tozas
en grabaciones piratas y en off, que hacían menos
densas las tardes de ese verano. Bebíamos Té Flor de Oro
mientras allá afuera llegaban los rumores del premio
Cervantes a un ciego “con problemas ideológicos” y en
San Salvador asesinaban a un arzobispo.
Convencidos, como
decía el viejo Walt Whitman, de que un hombre no es
solamente lo que está comprendido entre pies y cabeza,
queríamos de algún modo tener una mujer que nos
estremeciera. Podía llamarse Amalia Simone, María Kodama,
o simplemente Yoko Ono. Todo eso con la desgarradora
certeza de saber que no teníamos nada, “sólo una tarde
en que se puede respirar".
Avanzaba la década
como un tren rumbo a la nada. Leíamos entre sospechosos
e irreverentes Cuerpo a cuerpo, de David Viñas, y
General a caballo, de Lisandro Otero. El
exdictador Anastasio Somoza era ajusticiado en el
Paraguay. En los entresijos del olvido alguien canta "ay
de estos días terribles / ay de lo indescriptible" y
salíamos a la noche de la Isla, a los parques
imposibles, a las muchachas furiosas como una aceituna
sólo vista en sueños.
Seguíamos con Borges
y Gelman y Cintio Vitier y Fernández Retamar con su
"Circunstancia" y "Juana", mientras El niño aquel
de Senel Paz daba un golpe de gracia mustio e irónico a
la infancia, que se iba justo ahora que "no queríamos
estar lejos de la casa y el árbol".
Entro y salgo muy
despacio de este campo minado, y de algún modo
contradigo a André Gide con aquello de que escribir es
poner algo al abrigo de la muerte, pues ahora es que
comprendo que J. L. Borges / los 80 / y sobre todo las
canciones de Silvio Rodríguez, fueron mi verdadero
nacimiento.
Tomado de
Silvio: te debo esta canción, selección de poemas
inspirados en la obra del trovador cubano, Ediciones
Santiago, 2004. |