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Silvio Rodríguez cantando a Sindo Garay bajo la
inefable imagen de José Martí
en la cima del Pico Real del Turquino el 28 de enero
de 1989. |
Aquellas primeras canciones de Silvio que apenas se
podían escuchar en la radio
—cuando
todavía, incluso, no se había fundado el Movimiento de
la Nueva Trova—
desde el principio me llamaron a la complicidad. Su
lírica daba sobrios y certeros golpes de martillo
sobre los asuntos, que trepando por las riesgosas
escaleras de la juventud, comenzaban a ser mis
preocupaciones fundamentales.
De
aquellos días a las fechas que vivimos, en medio de
tantas lluvias y sequías, he perdido y ganado
amigos; he dejado paisajes y me he inventado
parajes mejores; abandoné ropas y otras prendas en
mis albergues sucesivos…, y las canciones de Silvio,
como frutas encendidas en nuestro árbol espiritual,
se mantienen en vela. Al lado de las primeras
—aquellas
que de mano en mano se dejaban escuchar desde las
primeras precarias grabadoras—
están las canciones de los años posteriores, hijas
de nuestras circunstancias más recientes.
Estoy
seguro de que comenzó a hacer canciones para tratar de
explicarse a sí mismo en relación con el tiempo suyo,
que es el nuestro, sin otras mayores pretensiones.
Sucede que este trovador, a fuerza de ser visceralmente
humano, adelanta palabras que pudieran haber sido
dichas por la inmensa mayoría de sus coetáneos paisanos.
En el laboreo de ya muchos años de creación, Silvio se
ha convertido en virtud del predicado de sus canciones,
en una de las mejores formas de ser del pensamiento
incitador de los afanes cubanos.
Ahora
que ha vuelto a andar por las grandes ciudades de la
Patria, alzando su canto desde Manzanillo a la
legendaria escalinata de la Universidad de La Habana, se
me ocurre meditar sobre algunas de las principales
razones para que los que estamos comprometidos con los
que aman y fundan, tengamos su obra como el mejor
espejo. Hay por encima de cualquier otra, una enorme
virtud en Silvio Rodríguez, a partir de la cual se
articulan otros factores concurrentes. Y es su sentido
de consecuencia con la canción y con el proceso
revolucionario del cual es él resultado trascendente.
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Casi
siempre en Cuba, desde que es una nación con conciencia
de su identidad, ha correspondido a la canción popular
darnos más repuestas sobre lo humano y lo divino, que
algunos textos de convencional proyección filosófica. La
obra de Silvio es sabrosa prueba de ellos. Agradecidos
nos tenemos que sentir los pueblos que como el nuestro
ostentan la obra de juglares como Sindo Garay, nacido en
nuestro decisivo siglo XIX y Silvio Rodríguez, que es
como casi todos en nuestra casa grande, una criatura del
siglo XX, dando las necesarias guerras por la belleza en
los tramos iniciales del tercer milenio.
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