Año III
La Habana
Semana 5 - 12
MARZO
de 2005

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Bladimir Zamora Céspedes La Habana
Fotos: Archivos de El Caimán Barbudo



Silvio Rodríguez cantando a Sindo Garay bajo la inefable imagen de José Martí
en la cima del Pico Real del Turquino el 28 de enero de 1989.

Aquellas primeras canciones de Silvio que apenas se podían escuchar en la radio cuando todavía, incluso, no se había fundado el Movimiento de la Nueva Trova desde el principio me llamaron a la complicidad. Su lírica daba  sobrios y certeros  golpes de martillo sobre los asuntos, que trepando por las riesgosas escaleras de la juventud, comenzaban a ser mis preocupaciones fundamentales.

De aquellos días a las fechas que vivimos, en medio de tantas lluvias y sequías, he perdido y ganado amigos; he dejado paisajes y me he inventado  parajes mejores; abandoné ropas y otras prendas en mis albergues sucesivos…, y las canciones de Silvio, como frutas encendidas en nuestro árbol espiritual, se mantienen en vela. Al lado de las primeras aquellas que de mano en mano se dejaban escuchar desde las primeras precarias grabadoras están las canciones de los años posteriores, hijas de nuestras circunstancias más recientes.

Estoy seguro de que comenzó a hacer canciones para tratar de explicarse a sí mismo en  relación con el tiempo suyo, que es el nuestro, sin otras mayores pretensiones. Sucede que este trovador, a fuerza de ser visceralmente  humano,  adelanta palabras que pudieran haber sido dichas por la inmensa mayoría de sus coetáneos paisanos. En el laboreo de ya muchos años de creación, Silvio se ha convertido en virtud del predicado de sus canciones, en una de las mejores formas de ser del pensamiento incitador de los afanes cubanos.

Ahora que ha vuelto a andar por las grandes ciudades de la Patria, alzando su canto desde Manzanillo a la legendaria escalinata de la Universidad de La Habana, se me ocurre meditar sobre algunas de las principales razones para que los que estamos comprometidos con los que aman y fundan, tengamos su obra como el mejor espejo. Hay por encima de cualquier otra, una enorme virtud en Silvio Rodríguez, a partir de la cual se articulan otros factores concurrentes. Y es su sentido de consecuencia con la canción y con el proceso revolucionario del cual es él resultado trascendente.

Casi siempre en Cuba, desde que es una nación con conciencia de su identidad, ha correspondido a la canción popular darnos más repuestas sobre lo humano y lo divino, que algunos textos de convencional proyección filosófica. La obra de Silvio es sabrosa prueba de ellos. Agradecidos nos tenemos que sentir los pueblos que como el nuestro ostentan la obra de juglares como Sindo Garay, nacido en nuestro decisivo siglo XIX y Silvio Rodríguez, que es como casi todos en nuestra casa grande, una criatura del siglo XX, dando las necesarias guerras por la belleza en los tramos iniciales del tercer milenio.
 

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