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Se
sabía que Juan Pablo Torres estaba muy enfermo, pero de
todos modos sacudió a los músicos y a los amantes de la
música cubana, la noticia de su muerte el pasado domingo
17 de abril en un hospital de Miami. Se producía el
final de la presencia física de uno de los más
trascendentes trombonistas, entre los surgidos en la
segunda mitad del siglo pasado en nuestra Isla.
Él, como Emiliano
Salvador —ese poderoso pianista del jazz latino—, nació
en Puerto Padre (Actual provincia de Las Tunas), en
agosto de 1946. Recibió de sus padres sus primeras
nociones de músico y demostró su talento. Con apenas 15
años, ya tocaba el bombardino en la Banda Municipal de
su ciudad, aunque poco más tarde sintió una atracción
por el trombón, que no lo abandonó jamás.
A mediados de la
década del 70 Juan Pablo viene a La Habana, a estudiar
en la Escuela Nacional de Arte (ENA), circunstancia que
lo coloca en el preciso lugar que pronto lo confirmaría
no solo como un brillante trombonista, sino también con
elocuentes dotes en la dirección orquestal y una sabrosa
disposición para la composición. Su tránsito por la ENA
le permite ponerse en contacto con valiosas vertientes
de las sonoridades foráneas, sobre todo el jazz
norteamericano, lo cual le sirvió sobre todo para
perfilar su obra autoral, como instrumentista y también
como director, con los pies bien hundidos en los
tradicionales géneros de Cuba.
Dentro de la ENA
integró de manera informal varios piquetes de inquietos
alumnos, que por aquellos años de transformaciones
radicales en las más diversas aristas de la vida del
país, estaban deseosos de experimentar a partir de los
conocimientos recién aprendidos. Cuando todavía no había
terminado sus estudios, según me ha contado el destacado
percusionista Amadito Valdés, Juan Pablo fue llamado a
integrar una sólida Big Band, que llamaron Orquesta
Juvenil de Música Moderna y meses después, en 1967, se
contaba entre quienes fundaron la que se llamó
definitivamente Orquesta de Música Moderna, por supuesto
en calidad de trombonista. Y como sus intereses
creativos no se terminaban en su notable desempeño con
el trombón, en 1976 funda el grupo Algo Nuevo, que como
anuncia su nombre, fue concebido con espíritu de
investigación y renovación de nuevas posibilidades
expresivas, sin soltar el ancla de los géneros criollos.
A estas alturas Juan Pablo compone sin cesar, temas que
tienen, como lo demuestran sus títulos, un rotundo
aliento del patio: “Rumba de cajón”, “Qué melcocha”,
“Raspadura dulce”, “Mulatas en almíbar”...por solo citar
algunos ejemplos.
Por esos años entra a
trabajar como productor musical en la Empresa de
Grabaciones y Ediciones Cubanas (EGREM). Esto le permite
grabar en los históricos estudios de la capitalina calle
San Miguel muchas de sus composiciones —casi cuarenta—
con Algo Nuevo y la propia orquesta de la empresa. Con
su agrupación también hizo versiones novedosas de
compositores clásicos de la Isla, como Lecuona, Félix
Reina y Juan Arrondo.
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En noviembre de
1979, bajo la dirección musical de Juan Pablo Torres se
produce uno de los acontecimientos más importantes, en
materia de grabaciones en un estudio cubano, después de
1959. Se sostuvieron varias descargas, que grabadas,
dieron por resultado cinco discos de vinillo, que hoy
son parte del tesoro patrimonial de nuestra música. Bajo
la batuta de Juan Pablo estuvieron figuras como
Miguelito Cuní, Carlos Embale, Teresa García Caturla,
Pío Leyva, Félix Chapotín, El Guajiro Mirabal, Arturo
Sandoval, Jorge Varona, Pedro Depestre, Enrique Jorrín,
Rafael Lay, Félix Reina, Aguaje, Paquito D/Rivera,
Richard Egües, Rubén González, Niño Rivera, Fabián
García, Tata Güines, Gustavo Tamayo y Amadito Valdés,
entre otros, y claro, Juan Pablo también ponía su
trombón. Las Estrellas de Areíto. Varias generaciones de
músicos comandados justo por uno de los más jóvenes,
dejaron grabado un testimonio monumental, que es
superior en volumen estético que lo logrado en 1996
por Ry Cooder, con Buena Vista Social Club, con la
participación de muchos de los que habían formado parte
de las Estrellas de Areíto.
En su trabajo de
productor musical, Juan Pablo dirigió la grabación de
discos a varios cantantes cubanos. Uno de sus trabajos
más logrados en esta vertiente es aquel álbum de Omara
Portuondo, donde aparece precisamente el bolero “Eso no
lo he dicho yo”, con letra de la poetisa Olga Navarro y
letra de él.
En 1992 decide
radicarse en los EE.UU. y allí tiene la oportunidad de
emprender otros valiosos trabajos discográficos, entre
los que se destaca Maestros Cubanos. Los
originales (2001), en compañía de Bebo Valdés, Paquito
D’ Rivera y Arturo Sandoval.
Juan Pablo decidió
irse a vivir a los EE.UU. y por suerte no fue de los que
tiran la puerta y no miran para atrás. Volvió, luego de
esa decisión que es respetada, y no solo a compartir
unos días con familiares y amigos, sino a grabar en La
Habana, la ciudad suya para siempre, a donde llegó de su
Puerto Padre, para desarrollar una trayectoria
artística, que lo hacen un nombre indispensable en la
historia de nuestra música. Ejemplo de ello es el álbum
Juan Pablo Torres. Son qué chévere, grabado,
mezclado y masterizado en los habaneros estudios Abdala,
entre el 6 y el 11 de marzo del 2000. En él participan
muchos de aquellos colegas, con los cuales hizo música
desde los últimos años 70: Changuito, Tata Güines,
Xavier Zalva, Jorge Reyes... y como si fuera poco, las
notas del CD se deben a uno de los más certeros y
conflictivos musicólogos nuestros: Leonardo Acosta.
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Lo de no volver a ver
a los familiares, los amigos, o las personas importantes
para nuestro fuero, andando por las calles o
coincidiendo en algún sitio, no es trago fácil...pero
cuando se trata de MÚSICOS, como Juan Pablo Torres
—especialmente después de la aparición de los registros
sonoros— otro gallo canta. Puede uno estar seguro de que
no le faltará la compañía de ese trombón soplando las
mejores energías de los cubanos hacia los cuatro
vientos.
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