|
Cuando
se ubican dentro de grandes eventos culturales como el
Cubadisco o el Festival Internacional de Cine
Latinoamericano, pueden pasar casi inadvertidos pequeñas
joyitas que, en otros contextos, pudieran exhibir mejor
su resplandor. Si bien el reciente Cubadisco le consagró
al menos tres espacios promocionales: una presentación
especial para la prensa (hotel Meliá Cohiba), un
concierto en la Basílica Menor de San Francisco, y en el
cine Chaplin se proyectó la obra íntegra, el
documental-musical-oda-a-la-capital Iré Habana
merece mayor detenimiento de los medios que el dedicado
mientras eran inminentes las urgencias informativas del
Cubadisco.
Iré
Habana es un proyecto bicúspide: así se
llaman tanto el documental, realizado en formato de
DVD por Jorge Perugorría y Ángel Alderete, como el
CD del compositor y pianista José María Vitier,
autor de la música que el documental mencionado
recrea en imágenes. En la parte netamente musical de
este proyecto, es decir en el CD, intervienen,
además de Vitier —por supuesto, como pianista— la
cantante Bárbara Llanes, el percusionista Yaroldi
Abreu y en el bajo acústico, Jorge Reyes.
Iré
Habana
(en lengua yoruba) significa “bendición a La Habana”, y
algo así resultan en conjunto este documental y el disco
de Perugorría, Alderete y Vitier. Ambas creaciones son
mucho más que una bendición a la ciudad, se trata
también de orgullo, canto emocionado, digna continuación
de un quehacer que abarca algunas de las mejores bandas
sonoras del cine cubano reciente: El siglo de las
luces, Fresa y chocolate, Lista de espera.
Pero dejémosle a mi amigo, colega de estas mismas
páginas, Bladimir Zamora que se encargue del
acercamiento a los entresijos rítmicos y melódicos de
esta obra. Yo mejor me concentro en dimensionar la
resonancia cinematográfica del documental, y en ubicar a
sus autores en el mapa audiovisual de la Isla.
Sin
renunciar para nada al mundo de la interpretación, el
más internacional de los actores cubanos vuelve a
incursionar en la dirección de un documental. Recordar
que su debut “oficial” como director ocurrió en la
crónica testimonial del regreso-concierto del grupo
cubano Habana abierta a sus predios, luego de
larga ausencia por encontrarse radicados en España. En
aquel empeño por registrar vigorosamente la contagiosa
música del excelente grupo —y dejar constancia elocuente
de la cálida comunicación con su público de siempre—
acompañaba a Perugorría el ya experimentado Arturo Sotto,
a quien por cierto el actor conocía muy bien luego de
haber sido cómplices en Amor vertical, segundo y
último largometraje de Sotto hasta la fecha.
Para
ser discretos, quede aquí la escueta constancia de que
entre Habana abierta e Iré Habana se
percibe la realidad del creador que está ensayando armas
en otra manifestación cada vez con mayor tino y
destreza. A pesar de que en la primera de las
mencionadas lo acompañaba un realizador ya fogueado, y
en la segunda estaba codirigiendo un formidable director
de fotografía (en la filmografía de Alderete se cuentan
María Antonia, Reina y Rey y Las noches
de Constantinopla) no hay que dejarse llevar por el
prejuicio de que el actor, detrás de las cámaras, no es
tan autor como el que más. Defiendo en todo lo que vale
el carácter autoral de Perugorría en estos dos
documentales habida cuenta de su pródigo y afectivo
contacto con la música contemporánea de la Isla (no solo
con los de Habana Abierta o José María Vitier, sino
también con Carlos Varela o Liuba María Hevia, entre
otros) además del desvelo y el apego que provocan en el
creador los asuntos netamente cubanos, como pueden serlo
la capital, su belleza, sus atmósferas y su
conservación. Tal vez Perugorría hubiera sido excelente
opción para que dirigiera el video clip de Habáname,
aquella canción de Carlos Varela que empieza: “mirando
un álbum de fotos de La Habana colonial”...; quizás al
actor lo tocó en una zona muy delicada de su
sensibilidad aquel parlamento de Diego (en Fresa y
chocolate) cuando se conmiseraba por la triste
erosión de la bella urbe, y le enseñaba a David a ver la
ciudad con otros ojos.
Por
cierto, Fresa y chocolate llevaba música de José
María Vitier, así que desde entonces, por lo menos,
tanto el músico como el actor aparecen vinculados a la
banda sonora que acompaña algunas de las mejores
imágenes de La Habana. Esta vinculación entre los dos
vuelve a florecer ahora, cuando el formato reducido en
que se expresa la música de Vitier (aquí se escuchan
solo piano, percusión cubana, contrabajo acústico y la
voz de la soprano) se comunica a la perfección con
imágenes que pretenden recrear el mundo cultural y
arquitectónico de la ciudad, en un tono que exuda
belleza y armonía, aunque se mueve sin violencias entre
lo rapsódico, lo folclórico, lo evocador, lo nostálgico
y lo festivo. |