Año IV
La Habana
2005

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Se juntan las bendiciones
del cine y la música
Joel del Río La Habana


Cuando se ubican dentro de grandes eventos culturales como el Cubadisco o el Festival Internacional de Cine Latinoamericano, pueden pasar casi inadvertidos pequeñas joyitas que, en otros contextos, pudieran exhibir mejor su resplandor. Si bien el reciente Cubadisco le consagró al menos tres espacios promocionales: una presentación especial para la prensa (hotel Meliá Cohiba), un concierto en la Basílica Menor de San Francisco, y en el cine Chaplin se proyectó la obra íntegra, el documental-musical-oda-a-la-capital Iré Habana merece mayor detenimiento de los medios que el dedicado mientras eran inminentes las urgencias informativas del Cubadisco.

Iré Habana es un proyecto bicúspide: así se llaman tanto el documental, realizado en formato de DVD por Jorge Perugorría y Ángel Alderete, como el CD del compositor y pianista José María Vitier, autor de la música que el documental mencionado recrea en imágenes. En la parte netamente musical de este proyecto, es decir en el CD, intervienen, además de Vitier —por supuesto, como pianista— la cantante Bárbara Llanes, el percusionista Yaroldi Abreu y en el bajo acústico, Jorge Reyes.

Iré Habana (en lengua yoruba) significa “bendición a La Habana”, y algo así resultan en conjunto este documental y el disco de Perugorría, Alderete y Vitier. Ambas creaciones son mucho más que una bendición a la ciudad, se trata también de orgullo, canto emocionado, digna continuación de un quehacer que abarca algunas de las mejores bandas sonoras del cine cubano reciente: El siglo de las luces, Fresa y chocolate, Lista de espera. Pero dejémosle a mi amigo, colega de estas mismas páginas, Bladimir Zamora que se encargue del acercamiento a los entresijos rítmicos y melódicos de esta obra. Yo mejor me concentro en dimensionar la resonancia cinematográfica del documental, y en ubicar a sus autores en el mapa audiovisual de la Isla.

Sin renunciar para nada al mundo de la interpretación, el más internacional de los actores cubanos vuelve a incursionar en la dirección de un documental. Recordar que su debut “oficial” como director ocurrió en la crónica testimonial del regreso-concierto del grupo cubano Habana abierta a sus predios, luego de larga ausencia por encontrarse radicados en España. En aquel empeño por registrar vigorosamente la contagiosa música del excelente grupo —y dejar constancia elocuente de la cálida comunicación con su público de siempre— acompañaba a Perugorría el ya experimentado Arturo Sotto, a quien por cierto el actor conocía muy bien luego de haber sido cómplices en Amor vertical, segundo y último largometraje de Sotto hasta la fecha.

Para ser discretos, quede aquí la escueta constancia de que entre Habana abierta e Iré Habana se percibe la realidad del creador que está ensayando armas en otra manifestación cada vez con mayor tino y destreza. A pesar de que en la primera de las mencionadas lo acompañaba un realizador ya fogueado, y en la segunda estaba codirigiendo un formidable director de fotografía (en la filmografía de Alderete se cuentan María Antonia, Reina y Rey y Las noches de Constantinopla) no hay que dejarse llevar por el prejuicio de que el actor, detrás de las cámaras, no es tan autor como el que más. Defiendo en todo lo que vale el carácter autoral de Perugorría en estos dos documentales habida cuenta de su pródigo y afectivo contacto con la música contemporánea de la Isla (no solo con los de Habana Abierta o José María Vitier, sino también con Carlos Varela o Liuba María Hevia, entre otros) además del desvelo y el apego que provocan en el creador los asuntos netamente cubanos, como pueden serlo la capital, su belleza, sus atmósferas y su conservación. Tal vez Perugorría hubiera sido excelente opción para que dirigiera el video clip de Habáname, aquella canción de Carlos Varela que empieza: “mirando un álbum de fotos de La Habana colonial”...; quizás al actor lo tocó en una zona muy delicada de su sensibilidad aquel parlamento de Diego (en Fresa y chocolate) cuando se conmiseraba por la triste erosión de la bella urbe, y le enseñaba a David a ver la ciudad con otros ojos.

Por cierto, Fresa y chocolate llevaba música de José María Vitier, así que desde entonces, por lo menos, tanto el músico como el actor aparecen vinculados a la banda sonora que acompaña algunas de las mejores imágenes de La Habana. Esta vinculación entre los dos vuelve a florecer ahora, cuando el formato reducido en que se expresa la música de Vitier (aquí se escuchan solo piano, percusión cubana, contrabajo acústico y la voz de la soprano) se comunica a la perfección con imágenes que pretenden recrear el mundo cultural y arquitectónico de la ciudad, en un tono que exuda belleza y armonía, aunque se mueve sin violencias entre lo rapsódico, lo folclórico, lo evocador, lo nostálgico y lo festivo.  

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