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Cuando César Pedroso decidió probarse a sí mismo al
frente de una orquesta, sabía demasiado los riesgos que
afrontaba. Fueron largos y fragorosos sus años como
pianista de Los Van Van, esa emblemática agrupación de
la música popular cubana contemporánea, a la que Pupy
(digámosle como todos le conocen) aportó su talento
interpretativo, sus composiciones, y una contribución de
primer orden al estilo.
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Ejercicio baldío al que no pocos sucumben es aquel
que trata de especular entre el antes y después de
Pupy Pedroso. Si se miran, o mejor dicho, se oyen
bien las cosas, Los Van Van han seguido su camino de
gloria y Pupy ha fundado el suyo propio. Trazados no
paralelos, sino confluyentes. Periplos que permiten
hablar de multiplicación de resultados. Pupy y Los
que Son Son no van a la zaga de nadie ni de nada. En
un plazo de tiempo relativamente corto han
conseguido que el público conecte con su propuesta.
Se han hecho imprescindibles en el panorama actual
de la música bailable en la Isla. La gente los
reconoce, aplaude y respeta.
A la Empresa de Grabaciones y Ediciones Musicales (EGREM)
no le ha pasado inadvertida la dimensión popular de la
orquesta de Pupy: aquí está un nuevo disco, Pupy y mi
timba cerrá.
El título ofrece una de las claves que definen el
quehacer del compositor, orquestador y tecladista. Más
allá de disquisiciones musicológicas que en otro espacio
deben tener lugar, si la timba es un sonido con entidad
propia, caracterizado por tumbaos pianísticos de fuertes
acentos percutivos, entramados con las pulsiones del
bajo, los parches y la campana, en cierta medida se debe
a las acometidas incorporadas por Pupy a una concepción
interpretativa, que fue madurando a partir de su
experiencia vital y artística.
No olvidemos algunos elementos esenciales en su hoja de
vida: el nacimiento en la Timba, un curioso barrio de la
capital cubana que en nada tiene que ver con el
apelativo que distingue a los nuevos desarrollos de la
música cubana, y el contacto con el entorno del barrio
de Pogolotti, el mismo de Los Papines y Oscar Valdés; el
legado heredado de su abuelo, un notable flautista, y su
padre, El Nene, con bien ganada reputación en el piano;
su ya mencionado tránsito por Los Van Van desde su
fundación; un toma y daca permanente con los bailadores,
una fructífera interacción entre el discurso de la
academia y el de la calle; el oído abierto a las
innovaciones rítmicas de nuestros mejores
percusionistas; y la conexión con el gusto renovador de
los más jóvenes exponentes de nuestra música popular.
Todo ello se expresa, de un modo u otro, en Mi timba
cerrá, desde el mismo primer tema hasta el popurrí
que cierra el disco. Estamos ante un álbum hecho a la
medida de los bailadores, tanto para los que se mueven
según los dictados de los bailes en pareja incitados por
la tradición sonera como para aquellos que de manera
aparentemente espontánea dan rienda suelta a la rotación
de brazos y caderas.
Son unos y otros bailadores y bailadoras los que
disfrutarán de estos once temas que repasan la
cotidianidad insular, con sus aristas costumbristas, su
carga de crítica social, sus intemperancias
sentimentales y sus fibras identitarias.
Los que Son Son suenan también a la medida del ingenio
de Pupy Pedroso: las voces de Pepe Gómez, Mandy Cantero
y Yannier Miyán se ajustan a la demanda de su director y
al carácter de los temas. El virtuosismo se agazapa en
función de que quienes marquen el paso lo hagan con
prestancia en la pista de baile.
Ya han llegado noticias de Japón y EE.U., países donde
el fonograma prontamente ha ganado adeptos. Y se respira
la ansiedad de los alemanes y los holandeses aficionados
a la música de baile cubana.
Pupy sabe jugar con el público y la actualidad. Eso sí,
desde el mayor decoro artístico posible.
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