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En la
narrativa cubana de la última década, fueron
mayoritarias las recreaciones de grupos sociales que
los mass media tocaban tangencialmente. Así, las
experiencias de balseros, prostitutas, gays, lesbianas y
roqueros, accedieron a un público nacional ávido. La
abundancia de estas recreaciones, justificada por la
dinámica de los 90, signó la década. Recreaciones que se
centraron en las experiencias de la raza blanca,
resultando las recreaciones de las experiencias de
negros y mestizos, exiguas y, casi siempre, marginales.
La publicación en el 2003, por la Editorial Letras
Cubanas, de la novela Las criadas de La Habana,
del escritor santaclareño Pedro Pérez Sarduy constituyó
un signo halagüeño acerca de la posibilidad de que en
esta década, esas experiencias ocupen mayor espacio en
la narrativa cubana.
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El
autor desarrolla su ficción desde la vida de Marta,
una criada de raza negra, que laboró en la ciudad de
La Habana en las décadas del 40 y el 50.
La narración recrea el mundo de las criadas de la
burguesía blanca habanera, y algunas experiencias de
servidumbre posteriores a 1959, dentro y fuera de la
Isla. El
lenguaje, ameno y fluido, sirve de soporte a
construcciones de ambientes muy logradas.
Descripciones, diálogos y resúmenes, son integrados
para dar la sensación de realidad íntima en la vida
de los personajes, en cuya elaboración Sarduy logra
grandes aciertos, en especial Marta, quien es la
narradora de la historia,
y cuyas humanas contradicciones mantienen la
atención del lector. Las incoherencias detectables
en la narración, provienen de las elecciones del
autor al estructurar el relato, lo que es
independiente del carácter fragmentario de los
recuerdos de la protagonista, quien se interesa en
registrar los sucesos de su vida, un pasatiempo en
el que involucra a sus amigas.
Esto salta a la
vista al analizar el texto, que está dividido en tres
capítulos: Uno contiene la vida
de Marta, su entorno familiar en la provincia de Las
Villas, la relación con su primer esposo, hasta su
divorcio, y la consiguiente precariedad económica, que
la obliga a abandonar a sus hijos y emigrar a la capital
a trabajar como criada,
hasta el triunfo de
la revolución y sus primeras repercusiones, entre ellas
el éxodo de las criadas a otros trabajos. Intermedio
abarca la vida de Marta con su segundo esposo, y su
amistad con Inés, una amiga criada, y con la hija de
esta, Graciela. El punto culminante es la partida de
Graciela a los EE.UU., en el éxodo del Mariel. Dos
se centra en historia de Graciela en EE.UU., en sus
peripecias para establecerse. El clímax lo constituye su
regreso a Cuba para visitar a la madre. El libro termina
con la despedida entre madre e hija, en el aeropuerto
habanero, en presencia de Marta.
Paulatinamente Marta pasa a ser mera narradora de la
vida ajena, desplazándose el protagonismo a Graciela, lo
que va en detrimento de la historia de la narradora, más
aún cuando esa inserción no aporta ningún acontecimiento
vital a su historia, resultando una anécdota larga. La
alternancia de ambos relatos, a medida que leía, me
llevó a recordar otro
libro que también disfruté mucho: Pepe Antonio,
de Álvaro de la Iglesia. Esta novela aborda episodios de
la vida del patriota cubano, y a estos episodios se
entrelaza la vida de una pareja que vive su amor durante
el asedio de los ingleses. El problema es que esa
historia llega a opacar a la central, al punto que uno
se pregunta por qué la novela lleva ese título.
Idéntica pregunta me
hice al leer Las criadas de La Habana. Sobre todo
porque la historia de Graciela me resultó más
interesante, aunque solo fuese porque me reveló una
experiencia que resulta más sensible a mi generación.
Es en
esa experiencia donde, a mi juicio, se halla la
explicación de la elección del autor de insertar esa
historia: la vida en el exilio, desde la perspectiva de
un(a) emigrante negro(a). A todas luces, denota el
interés de Sarduy, quien la ha experimentado de primera
mano, de trasmitir una visión de esa problemática. En la
articulación de las historias se resiente el verismo
que, en cada una por separado, logra el autor. La
historia de Graciela es en sí misma coherente, pero el
conocimiento que Marta posee de ella no es verosímil. La
narración en ocasiones más que en primera persona se
siente en tercera, con una omnisciencia injustificada.
Esa
omnisciencia resulta una consecuencia de la articulación
de ambos relatos, pero esto no conspira contra la
coherencia entre el carácter de los personajes y sus
reacciones verbales y conductuales en la novela.
Hallamos en Sarduy mesura al emitir valoraciones sobre
el proceso revolucionario en Cuba, sobre la realidad de
la inmigración cubana en EE.UU., y acerca del problema
racial, tanto en el exilio como en la Isla, temas en los
que muchos autores olvidan las diferencias entre
narrativa y discurso. El que Sarduy lo recordase impidió
durante años la publicación de la novela. En una
entrevista concedida a La Jiribilla, el autor
afirmó que a los editores extranjeros la novela no les
parecía lo suficientemente anticastrista.
Lo cierto es que, consideraciones extraliterarias
incluidas, esta novela brinda un entretenimiento
inteligente, y con ella Sarduy sienta un reto a su
producción posterior, en la que deberá superar un texto
con visibles aciertos, de los cuales
no es el menor
asumirla desde el, tan denigrado, compromiso racial.
Fuentes consultadas:
1 - Pedro Pérez Sarduy: Las criadas de La Habana.
Editorial Letras Cubanas. 2003.
2 - Nirma Acosta Santana:
Del lado de la cultura. En: Revista de
cultura cubana La Jiribilla, número 60, del mes
de junio de 2002.
También
fueron comunes las recreaciones del período comprendido
en las décadas del 70 y el 80, específicamente las
experiencias bélicas en África. No así las recreaciones
de períodos históricos anteriores al triunfo de la
Revolución.
Este relato
se elabora desde hechos reales de la vida familiar del
autor. De hecho, la ilustración de cubierta de las
portadas de la edición puertorriqueña y de la cubana, es
una foto familiar de Sarduy, concerniente al inicio del
relato.
Su
publicación en el 2002 por la Editorial Plaza Mayor, en
su Colección Cultura Cubana, rompió el manto de silencio
arrojado sobre la novela.
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