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Como siempre o casi siempre, cuando no tengo un papel y
tengo que improvisar, normalmente el tema surge en unos
minutos inmediatamente anteriores al instante en que
tengo que empezar a hablar.
Ahora se me
ocurrió la idea cuando estaba subiendo las
escaleras, como subía las escaleras seguramente será
un asunto muy elevado.
Italo Calvino tuvo la
idea de lo que él llamó propuestas para el milenio, y
entre ellas planteó que la literatura debería ser
ligera, no ha quedado muy claro qué es lo que
significaba la intención de Calvino. Tengo la sensación
y la sospecha de que si estuviera vivo no lo diría
porque no me parece que sea muy equilibrado para un
tiempo como el que estamos viviendo, una literatura
ligera. Hay una contradicción tremenda en todo eso.
Significaría que la literatura no tendría nada que ver
con la realidad y si se mira alrededor, nos daríamos
cuenta de que la ligereza está fuera de tiempo y de
lugar.
A raíz de esa idea de
Calvino, en España se organizó hace un par de años un
encuentro, éramos diez personas, para que presentásemos
propuestas para el milenio. Personalmente creo que es
una idea que no tiene mucho sentido. Porque presentar
propuestas para el milenio que viene es completamente
absurdo.
Lo que es interesante
por la envergadura, la estatura intelectual de las
personas que participaron en ese encuentro es que se lo
tomaron en serio. Entonces, había noventa propuestas
para el milenio, donde había de todo, sobre todo
delirio, puro delirio. Al punto de que ahora mismo no me
puedo acordar. A lo mejor porque yo había sido mucho más
modesto y me vi limitado a presentar mejores propuestas
para el día siguiente. Al otro día todo era literatura
fantástica, imaginándonos situaciones para la humanidad,
fuera de lugar. No estoy diciendo que la humanidad no la
venga a necesitar un día o ahora mismo. Pero obviamente
la inviabilidad era total.
Mis propuestas eran
sencillas, muy claras. Eran nueve propuestas que
cualquier persona podría formular. Pero lo que me quedó
sobre todo es la décima propuesta, que será el tema de
mi conversación ligado al trabajo literario. Hasta qué
punto esta última propuesta se encadena con lo que estoy
haciendo. Y era sencillamente el regreso a la filosofía.
Regreso a la
filosofía no en el sentido absurdo de que ahora nos
vamos a convertir todos en filósofos. Filosofía aquí
podría significar exactamente todo lo que esperamos
encontrar en la filosofía, es decir, la reflexión, el
análisis, el espíritu crítico, libre. Es decir, circular
dentro del universo humano donde conceptos de otro tipo
se enfrentan, se encuentran, se juntan, se separan, es
lo que pasa todos los días, pero apuntar la idea de que
si el hombre es un ser pensante, pues entonces que
piense.
Se puede decir, y yo
estaría de acuerdo en principio, que una cosa es la
filosofía y otra la literatura. La literatura no tiene
que ser filosófica al igual que la filosofía no tiene
por qué ser literaria, aunque es cierto que algunos
filósofos han hecho de sus tesis filosóficas magníficas
obras literarias en el sentido de que la calidad del
lenguaje es realmente notable.
Por otra parte, la
tentación del ficcionista, o de cierto tipo de
ficcionista es incapaz de dar un paso en la literatura
que están construyendo sin pensar no solo en lo que eso
significa, sino también en el hecho mismo de lo que
están escribiendo. Eso es lo que me ha ayudado a
regresar a la filosofía en un momento anterior a mi
Nobel, y anterior quizás a la publicación de dos libros
que yo considero importantes.
A partir de El
evangelio según Jesucristo, que será representado en
Cuba y no significa teatralmente representado, sino que
se vuelve a presentar, yo diría que aunque es cierto que
en toda la obra anterior -estoy hablando de la obra de
ficción- aunque es una tendencia en mí, más que eso una
necesidad absoluta, como he dicho antes sobre lo que
estoy haciendo, y también, sobre lo que puede significar
para el lector lo que estoy escribiendo. Esto se observa
no tanto en obras como Levantado del suelo, que
es como una saga, la vida de unos campesinos pobres en
el sur de Portugal, tres generaciones de gente pobre…
ha sido una novela importante porque con ella de alguna
forma he encontrado en su narrador mi propia voz, algo
que necesitaba para pensar y escribir.
Por todo eso, la
verdad histórica no pasa por una interpretación o pasa
por la mirada del tiempo en que esa interpretación se
hace, por lo tanto, es más probable que por motivos
distintos, políticos, ideológicos, la generación
siguiente -si observa el mismo hecho- llegue a
conclusiones distintas. No sabremos nunca detalladamente
qué es lo que sucedió, sobre todo porque la historia que
se cuenta es incompleta.
En primer lugar, la
historia se escribe desde el punto de vista de los
vencedores, los vencidos nunca han escrito la historia.
Se escribe, fatalmente, desde un punto de vista
masculino. La humanidad contada por una mujer o un
equipo de mujeres sería totalmente distinta porque el
punto de vista es otro, incluso la historia de la
humanidad, que de vez en cuando se hace y es una empresa
completamente desproporcionada porque nadie puede
escribirla, pero se intenta, se compra y se vende.
Nace una cantidad de
personas que no van a ser importantes; pero que están en
la vida, trabajan, sufren, son felices, van a la guerra,
se mueren, se salvan. Sobre todo lo que ocurre en la
vida humana, y esto multiplicado por millones de veces,
tenemos que llegar a una conclusión: o toda esa gente
nació para nada y no va a tener ninguna influencia en la
historia, lo que es muy difícil porque para algo ha
vivido o se necesita saber para qué. Napoleón no hubiera
ganado lo que ganó sin aquellos que lo siguieron para
ganar la batalla, aunque se diga que es un estratega
extraordinario, pero aún así se necesita gente dispuesta
a morir, y eso lo tuvo junto a los demás Napoleones que
han infestado nuestra vida. No se trata sencillamente de
que han nacido para ir a la guerra y morir en nombre de
Francia.
Y ahora con esta idea
de que una mariposa aletea en Tokyo y ocasiona un
terremoto en California solo por el hecho de ese aleteo,
imaginen los millones de seres humanos que han muerto, y
si hay una lógica en el mundo, esa muerte tendría que
tener un efecto muchísimo mayor que el simple aleteo de
la mariposa.
No se cuenta esa
historia. Curiosamente un gran historiador francés de la
nouvelle histoire, Georges Duby, empieza un libro
suyo con una pequeña frase: “Imaginemos que”. Cuando uno
se enfrenta a un historiador que en lugar de enunciar
una verdad definitiva entre en el territorio de la
imaginación, de la creación literaria y artística y te
dice “imaginemos que”, es una mirada completamente nueva
sobre los llamados hechos históricos, porque se plantea
la posibilidad de trabajar con la imaginación sobre el
supuesto hecho real.
¿Que por aquí no nos
entenderíamos nunca más? Quizás sea cierto, como
nosotros más o menos necesitamos, llamemos así, de
verdades que se mantengan bien quietecitas, porque si no
uno se desorienta. Vivir sería una experiencia realmente
extraordinaria en la ahistoridad total del sentido de
las cosas que ocurren. A lo mejor sería eso en lo que
Italo Calvino pensaba al decir que la literatura
debería ser ligera en el sentido de que flotara,
aceptando que nada se puede definir.
En la historia de
El cerco de Lisboa se plantea qué es la verdad
histórica.
Luego viene El
evangelio según Jesucristo que es una interpretación
bastante, no quiero decir épica, blasfema, o quizás sí
según el punto de vista.
Lo que me ha
interesado más es el niño Jesús y no ese que llamamos El
Niño Jesús que está en la cuna, sino el que salió de esa
cuna y empezó a vivir. ¿Qué pasará con ese niño, víctima
de la ambición de un Dios que quiere todo el poder y
necesita de una víctima que no tiene la culpa?
El título del libro
nació en circunstancias totalmente extrañas. Un amigo
mío, una persona de buena voluntad, que tiene siempre
una explicación para todo me dice que ha sido inspirado
por Dios, cuando es una explicación sobrenatural, o,
como es el caso, absurda.
Estábamos ambos,
Pilar y yo, en Sevilla, era la hora del almuerzo, y
cruzando la calle en dirección a un kiosco de revistas y
periódicos, mirando al frente leí en portugués “el
evangelio según Jesucristo”. Seguí adelante, de repente
paré, y me dije que no era cierto lo que había visto,
regresé y no estaba ya el titular.
El libro es
profundamente irónico, de alguna manera no deja títere
con cabeza, y tiene muchas cosas que a la iglesia le ha
costado tragar. Una de ellas es que efectivamente Jesús
tuvo hermanos, seis o siete.
Bueno, una virgen que
tiene siete hijos, admitiendo que el mayor, Jesús, nació
de la luz y por lo tanto no ha tenido que pasar por el
vientre de su madre. No sé si aquí la conocen, en
Portugal existe una virgen que se llama La Virgen del O
porque está embarazada, ella ha sido poco a poco
empujada al margen de las creencias y ya nadie piensa en
que la virgen se embarazó.
Efectivamente la
virgen María, la mujer de José, quien tampoco es un
señor de mucha edad, va contra todo lo que tiene que ver
con la tradición de los judíos que se casaban muy
jóvenes porque era necesario tener hijos. Es muy dudoso,
si efectivamente Jesús ha tenido seis o siete hermanos
que el pobre San José aún tuviera capacidad para
proliferar tanto. Si era así era un hombre joven, casado
con una mujer joven que se llamaba María.
Y más. Jesús era un
hombre y se enamoró y tiene una adoración con María
Magdalena. Existe un evangelio apócrifo donde se cuenta
un momento en que están reunidos Jesús, los discípulos y
las mujeres que lo acompañaban, y Jesús besa a María
Magdalena en la boca. Uno de los discípulos le pregunta
a Jesús, por qué quieres tú más a María Magdalena que a
nosotros, y Jesús que podría ser casi gallego, le
contesta con otra pregunta, y por qué crees tú que yo
quiero más a María Magdalena que a vosotros. La cosa se
queda así, no hay respuesta. Claro que Jesús era un
hombre seguido por un grupo de mujeres y hombres, y le
calentaban el cuerpo en las mañanas frías de Judea, y
esto es lo natural y lo humano.
Los que leyeron la
novela pienso que al menos en una cosa estarán de
acuerdo, que el autor, que es un ateo, porque lo soy, no
tengan ninguna duda, ha tratado la figura de Jesús con
respeto total. Con respeto total por el hecho mismo de
que para mí Jesús es un hombre. El Dios yo lo desprecio,
en El evangelio lo maltrato. No así con este
chico, que por otra parte ha tenido que vivir con el
Diablo, que tiene un rebaño enorme de ovejas. El Diablo
vive en un universo paralelo a este, pero con la
diferencia de que en su rebaño las ovejas no mueren,
están allí para siempre. Jesús es educado de alguna
forma por el Diablo.
Con El evangelio
se cierra una puerta y se abre otra. Con Ensayo sobre
la ceguera publicado también aquí, apuntaba al
corazón del ser humano, después de estar mirando -no
diré a la humanidad, pues es una tontería decirlo así- a
lo que yo pensaba que debería ser asunto de mi trabajo,
con una gran angular donde cabía la historia bíblica, la
historia de Portugal.
Yo he escrito un
ensayo que se llama La estatua y la piedra hace
algunos años en que más o menos decía que como novelista
estaba describiendo una estatua. A lo mejor no lo
pensamos mucho, pero una estatua es la superficie de la
piedra después que el escultor ha trabajado sobre ella.
Pero la piedra sigue
siendo piedra más allá de la superficie, y en el fondo
más allá de la superficie no sabe que es estatua.
Entonces a partir de Ensayo…, pasando por
Todos los nombres, La caverna, El hombre
duplicado, Ensayo sobre la lucidez, y la
última novela que se publicará este año Las
intermitencias de la muerte, es mi obsesión llevar
lo más lejos y profundo que yo pueda el significado de
ser humano.
Puede ser fácil,
todos aquí somos seres humanos, no sé si hay algún ser
divino, pero eso es cosa suya.
Conrad
Lorenz dice haber
descubierto el
eslabón entre el mono y el ser humano y ese eslabón
somos nosotros. Por tanto, no monos, pero todavía no
humanos, a lo mejor tiene razón.
Entonces, este
planteamiento ni siquiera tiene que ver con las
preguntas clásicas qué somos, de dónde venimos, adónde
vamos, que no tienen respuestas o algunas de ellas
tienen las respuestas que la ciencia puede
proporcionarnos.
Para mí la pregunta
importante y esa es probablemente la que costará más
trabajo encontrar respuesta es: qué estamos haciendo
aquí. Cada uno contestará yo estoy haciendo mi trabajo,
tengo una vocación para hacer esto o aquello, pero eso
no contesta nada. Ah, bueno, estamos aquí para construir
una sociedad justa, magnífico que lo haga, pero sea cual
sea la respuesta que podamos dar -y podemos dar muchas y
todas magníficas- la pregunta queda intacta: qué es lo
que estamos haciendo aquí.
A partir de Ensayo
sobre la ceguera y con alguna excepción motivada
por la naturaleza de la historia que estaba contando, yo
gano una especie de conciencia incómoda de que todo es
muy pequeño. Y no es muy pequeño en relación con las
vidas astronómicas que no podemos ni siquiera imaginar.
A mí me causa una
especie de vértigo la pregunta qué estamos haciendo aquí
y la respuesta solo puede ser una, en el fondo fondo no
estamos haciendo nada. O mejor estamos haciendo todo lo
que podemos para justificar nuestra propia existencia.
Pero cuando esto se acabe, o porque la galaxia se hunda
en el agujero negro que ya está, o que el sol se apague,
habremos pasado por el tiempo inútilmente, todo
desaparecerá y habremos sido en la vida del universo un
suspiro, nada más que un suspiro.
Esta conciencia que
puede llevarnos a la angustia total, a pensar en lo que
ocurrirá, ya sabemos que no será mañana. A lo mejor ni
siquiera necesitaremos que el sol se apague, puede
ocurrir que mucho antes de eso hayamos destruido el
planeta y es otra hipótesis, por el camino que vamos
seguramente puede ocurrir.
Esto parece que es
una cosa sin relación, pero sí. Las personas pierden su
nombre, un ejemplo en Ensayo sobre la ceguera, en
Todos los nombres hay una sola persona que tiene
nombre y se llama José, no porque sea mi alter ego,
yo buscaba un nombre insignificante y la verdad es que
el más insignificante que encontré fue el mío, luego
viene La caverna donde hay una familia con todos
sus nombres, después en El hombre duplicado
también hay nombres, pero en Ensayo sobre la lucidez
no hay ninguno. En Las intermitencias de la muerte,
que parece un nombre extrañísimo porque la muerte es
definitiva y aquí es intermitente, viene y va, no
significa que se resucite, se divertirán mucho, cuando
hablo de Juan Sebastián Bach, por ejemplo, lo hago con
minúsculas.
Cuando pronuncio su
nombre, ¿pueden ustedes ver alguna mayúscula? Sí, porque
piensan que debe estar una mayúscula, pero lo que digo
es un sonido y no tiene por qué llevar mayúscula, existe
la convención, pero no quiero seguirla.
Hoy por la mañana
estaba en el Taller de Creación Literaria, no es que yo
pusiera en duda la necesidad del taller, pero recordaba
que Shakespeare, ni Dostoievski, ni Dante, ni Cervantes
ni Lezama Lima, Kafka estuvieron en alguno. No quiere
decir que uno no tenga que aprender, pero lo que decía
es que hay que tener cuidado con la teoría, la
literatura se hace escribiendo.
Una chica me decía
que después de terminar de escribir ella confrontaba lo
hecho con la teoría, y no creo que deba ser así. Es lo
mismo que el alfarero que al terminar se pone a analizar
la composición química del búcaro. No le doy ninguna
lección a nadie, sino que simplemente me limito a decir
lo que pienso.
A partir de Ensayo
sobre la ceguera hasta Las intermitencias de la
muerte mi preocupación es: qué es esto, de ser
hombre, mujer, de siendo hombre o mujer, ser niño o ser
viejo, ser esto o ser aquello, ser blanco o negro, qué
significa. Deberíamos saber que la palabra humanidad es
totalmente abstracta, no dice nada. Porque lo que
llamamos humanidad en estos momentos son más de siete
mil millones de personas y cada una de ellas es única.
Cuando Paul Ricard decía, ha muerto hace algunos días,
que el otro es como yo y tiene el derecho de decir yo,
planteaba algo muy serio, y es que todos tenemos derecho
a decir yo con la misma fuerza y ganas con que otros se
habituaron y se acostumbraron a decir yo de generaciones
y generaciones mientras que los demás eran sencillamente
los otros. Esto hay que equilibrarlo. Todos tenemos
derecho a decir yo.
Con esto quiero decir
que cuando terminé mi enunciado de diez propuestas -no
para el milenio sino para el día siguiente, y terminé
diciendo regreso a la filosofía, en el fondo era regreso
al pensar. Con algo que no se puede separar de la
naturaleza del hombre desde el momento en que bajó del
árbol, dejó de andar en cuatro patas y se puso de pie,
cuando intentó el primer instrumento, un palo con el que
podía llegar a un fruto que el brazo no podía alcanzar…
Toda esa historia hasta el día en que estamos es obra
del pensar.
El pensar creo que
es, quitando el otro placer, de acuerdo, sobre todo
porque son incompatibles, el otro no permite que tú
pienses, no te da espacio para eso, aunque sabes que a
veces si piensas no vas a lo otro. Quiero decir que hoy
como escritor, yo, con Premio Nobel o sin Premio Nobel,
con 82 años, considero que el privilegio del ser humano
fue el de ser capaz de pensar, reflexionar, aplicar sus
pequeños instrumentos de un pequeño cerebro que a pesar
de todo contiene una memoria, conocimientos y todo eso
archivado dentro del cerebro, y todo eso hacerlo
funcionar en una obra, que puede ser literaria. O como
personas sencillas que quieren conocer el mundo en que
se encuentran y piensan, y discuten y analizan, y
preguntan. Eso creo que es la única razón por la que
efectivamente vale la pena estar vivos. Y si a la par de
eso se pueden resolver los problemas que son miles, que
impiden a millones y millones de personas no solo
pensar, sino sencillamente vivir, entonces la tarea que
tenemos por delante como seres humanos es inmensa,
infinita y enorme.
Pero siempre tiene
que empezar por donde tiene que terminar para volver a
empezar y para volver a terminar, siempre y siempre.
Pensar, pensar y pensar.
Sesión de preguntas
¿Cómo abre Saramago
la cuarta puerta de la que habla en el prólogo del
Quijote?
Antes debo explicar
qué es el prólogo de El Quijote. Venezuela ha
hecho una versión abreviada para la juventud de El
Quijote. Un libro mucho más pequeño que está
organizado para la lectura de jóvenes.
En Caracas el
Ministro de Cultura cuando estuvimos me invitó a
escribir un prólogo para esa edición. Tengo que decir
que ha sido una invitación arriesgada por parte de quien
piensa que puedo hacerla, pero mucho más arriesgada por
el que decide hacerla. Sobre El Quijote se ha
dicho todo, la bibliografía pasiva es infinita, y cómo
vas a decir algo interesante y no repetir lo que se ha
dicho.
Yo no he dudado, sin
tener muy claro qué podría hacer y por un espacio de
tiempo, se me ocurrió algo que no es inédito, pero en mi
prólogo tiene otras connotaciones, sobre todo otras
consecuencias.
¿Don Quijote está
loco, realmente loco? Lo normal es decir sí. Y si
partimos del principio de que El Quijote no está loco,
quien está loco, suponiendo que hay una locura ahí, es
Alonso Quijano. Él es el Hidalgo que anda por ahí,
leyendo mucho y, según Cervantes, acaba por volverse
loco de tanto leer, imaginar y poco dormir. Por lo
tanto, no es Don Quijote el loco, sino Alonso Quijano o
Don Quijote es el loco de Alonso Quijano. Curiosamente
al final del libro no es Don Quijote quien muere, sino
Quijano.
Hay un nacimiento,
principio y fin de Don Quijote que no coincide con el
principio y fin biológicos de Alonso Quijano. Don
Quijote es algo que está dentro de la vida de Quijano,
pero tiene de cierta forma su propia autonomía total.
Puede que Alonso
Quijano no se haya vuelto loco, por una razón lógica, no
hay en los archivos psiquiátricos ningún caso que se
haya vuelto loco por el hecho de leer mucho o imaginar.
Imaginar es todo lo contrario, es la libertad de pensar.
Yo acabé por unirlo,
colarlo a un recuerdo de un verso de Rimbaud cuando él
dice, La vraie vie est ailleurs, en traducción
libre, La vida auténtica está en otro lugar.
Esto es lo que ha
dicho Rimbaud. Pero yo he concluido que si objetivamente
Alonso Quijano no se volvió loco, su locura es
efectivamente una estrategia de Cervantes para hacer
pasar un personaje que de otra forma la sociedad y su
tiempo no aceptarían, porque una persona en su completo
juicio no haría las tonterías que hace ese hombre. Pero
no son obras de loco, sino de alguien que está pensando
que objetivamente la vida auténtica está en otro lugar.
Es inevitable la conclusión siguiente: que el auténtico
yo está en otro sitio y hay que ir a buscarlo.
La pregunta era cómo
se abrió esa cuarta puerta. Existe una puerta final que
es la puerta para la libertad, porque el saber, la
curiosidad son puertas que sucesivamente uno va
abriendo. Pero al final, existe esa puerta que Alonso
Quijano o Don Quijote abre. No es que haya llegado a la
vida auténtica, probablemente no hay otro remedio que
seguir andando en dirección a ella y no llegar nunca, o
probablemente no llegar nunca a lo que se entendía por
el auténtico yo. Pero Quijano o Don Quijote es un hombre
y va en esa dirección y esa es la libertad: cuando te
buscas a ti mismo y te encuentras con todo lo que eres,
con tus virtudes y defectos, con las cosas malas y
buenas que has hecho, cuando intentas conocerte aun
cuando no te conozcas, aun cuando mantengas las puertas
cerradas en ti.
Una cosa es abrir la
puerta de la libertad para el mundo, otra cosa es
abrirla para ti mismo, esa es más complicada. Cuando te
pones a leer El Quijote y quedas solo por las
tonterías que hace, haciendo cosas que no tienen ningún
sentido, y más, el propio Cervantes está consciente de
eso, tanto que el episodio de Sierra Morena cuando Don
Quijote manda a Sancho Panza a llevar un mensaje a
Dulcinea del Toboso, y hace tonterías porque quiere
imitar a Amadís de Gaula, en lo que dice Don Quijote a
Sancho hay un segmento que me confirma, ya no por
interpretación mía sino por la pluma de Cervantes, que
Alonso Quijano no estaba loco. Dice más o menos así: Tú
vas y le dices a Dulcinea lo que yo te he entregado pero
si no lo haces entonces yo loco de veras, haré esto y
aquello. Son tres palabras que, deliberadamente o porque
le salieron sin darse cuenta, dejó allí y dicen que
realmente Alonso Quijano no se volvió loco,
probablemente lo que pasaba era que estaba aburrido de
su vida, harto de la monotonía y la rutina. Entonces
decidió que iba a cambiar.
¿No se cuenta sobre
los que dicen: “voy a bajar a comprar cigarrillos”, y no
vuelven? Pues de alguna forma, y voy a usar esta
metáfora, Alonso Quijano bajó a buscar cerillas con la
idea de la libertad, la libertad del espíritu.
Alguien me preguntó
el otro día si yo pensaba que se podía ser libre en una
cárcel, y yo he dicho sí, y he dado el ejemplo de Nelson
Mandela. En la cárcel, años y años y su espíritu estaba
libre.
Considero que la obra
literaria, el trabajo literario, el pensar, la
filosofía, el ensayo, eso en que uno se para a
reflexionar sobre lo que sea, es la postura del hombre
que entrega su vida al acto de pensar. Vemos el ejemplo
de los ensayos de Montaigne. Yo estoy aquí para pensar.
Pensar, incluso, a veces, en cosas completamente
insignificantes. Hay muchas cosas en los ensayos de
Montaigne que son totalmente insignificantes, incluso
hay momentos en que habla del estreñimiento del vientre,
pero, bueno, es un tema… Pero mucho más que eso, hay un
ensayo de otro filósofo que se llama más o menos “De
cómo filosofar es aprender a morir”, de una grandeza
total, iluminadora, entiendo una cantidad de cosas que
más o menos sospechaba pero ahí se encuentran claras.
A usted le gusta
hablar mucho de filosofía, se dice que José es un
pesimista, pero yo amo en las obras de José, el amor…
Para mí, Memorial del convento, Ensayo sobre la
ceguera, El Evangelio según Jesucristo son obras que
releo y son bellas historias de amor… José nunca habla
de eso, salvo en entrevistas con periodistas, pero es
extraordinaria la fuerza de las historias de amor en las
obras de Saramago, y la fuerza de las mujeres…
Es cierto… Pero
también es cierto que yo no me propongo nunca escribir
una historia de amor. Si me lo propusiera a lo mejor
caería en los tópicos de siempre y la novela sería un
fracaso. Lo que pasa es que las historias que cuento,
normalmente, creo que en todos los casos ocurre algo que
empieza a adivinarse como una historia de amor y puede
llevar, digamos, hablando de María Magdalena, a
expresiones literarias quizá un poco conceptualistas,
pero también, al final de la novela, cuando ellos se
separan, Jesús le dice, “No puedes venir conmigo”, ella
responde: “Miraré tu sombra si no quieres que te mire a
ti. Y él contesta: “quiero estar donde mi sombra esté,
si allí es donde están tus ojos”. Es un juego de
palabras un poco cultista, un poco conceptista, es más
bien del siglo XVII o XVIII, pero que efectivamente
expresa hasta dónde puede llegar la unión de dos seres.
Ella acepta no mirarlo, pero él no puede prohibir que
ella mire su sombra, pero él le contesta diciendo: yo
quiero estar donde mi sombra esté si ahí están tus ojos…
Son cosas muy bonitas, sí, son muy bonitas, porque
aunque yo sea el autor y no suceda así (RISAS) realmente
son (APLAUSOS)… Y es cierto que pasa en el amor de
Blimunda y Baltasar en el Memorial del Convento.
Yo contaba hoy en el
Taller Literario algo que me sigue sorprendiendo (todos
estamos de acuerdo en que es una historia de amor muy
hermosa, por el hecho mismo de la caracterización de los
personajes y todo lo que ocurre): yo estaba finalizando
la novela, cuando me di cuenta, con sorpresa, que había
escrito casi 400 páginas de una historia de amor sin una
sola palabra de amor. Ellos nunca dicen “te quiero” ,“te
amo” , “tú eres la luz de mis ojos” o cosas como esas,
pero no es que me lo propusiera, creo que ha sido la
fuerza profundísima de esa relación humana que ha hecho
inútil cualquier otra cosa que no fuera la propia
vivencia de ese amor. Se puede expresar en palabras
corrientes, pero el lector sabe que está ahí. Hay una
frase que de todos modos intenta expresar eso, cuando en
un momento se dice, “Mirarse era la casa de ambos”…
(Le señalan un libro
en la mesa) ¿Dime cariño, lo tienes ahí? Pero mira,
Pilar, esta es una cita que debe leer alguien que no
hable como yo hablo… Siéntate aquí… Yo de espectador, de
oyente.
PILAR: Bueno, este es
un libro que han dejado antes para que se firmara, y
como se estaba hablando de historias de amor, he
recordado el final de Memorial del Convento, y
voy a leer unas páginas, porque me parece que está
expresado el amor, y así oímos también la música, la
melodía de lo que escribe Saramago… Es Memorial del
Convento, creo que no está publicado en Cuba, que lo
van a publicar pronto y es la historia de una mujer que
tenía la posibilidad de ver el interior de las personas,
sabía si los seres humanos tenían voluntad o no. Pero
solamente si los miraba cuando ella estaba en ayunas.
Conoció a un hombre que estaba manco por haber combatido
en una guerra contra España, y juntos ayudan al
personaje real de la historia de Portugal a hacer una
máquina voladora. El cura, personaje real, muere en
Toledo, loco, ocultándose de la Inquisición. En la
novela, Baltasar va un día a ver la máquina y de pronto
desaparece, y Blimunda se dedica a buscar a su marido
por todo Portugal:
(LEE FRAGMENTO)
Por favor, imaginar
esto leído por mí… (RISAS)… Este personaje de Blimunda,
que veía más allá de la piel y podía ver incluso lo que
estaba bajo la superficie del suelo cuando estaba en
ayunas, tiene una relación histórica con un personaje en
Portugal, una mujer que se casa con un comerciante
francés en el sur del país. Yo no sé si veía o no, pero
el rey, Don Juan V, le concedió el título de Doña por
eso, y curiosamente hace pocos días, un lector del norte
de Portugal me envió el registro del matrimonio de esa
mujer con ese comerciante francés en el principio del
siglo XVIII… Y ahí está la teoría de la recepción sobre
la que hablábamos, es decir, yo sabía por información
histórica que esa mujer había existido, pero ese lector
me envió la fotocopia del registro de la Iglesia donde
está registrado el matrimonio con ese hombre. Entonces
yo, sabiendo de esta historia, inventé esta otra, en la
que el personaje que tiene esa característica cuando
está en ayunas, es una mujer que no sabemos si es muy
hermosa, y es la historia de la construcción del gran
convento de Mafra, 40 km al norte de Lisboa, una especie
de Escorial, un poco más pequeño. Los personajes que son
verdaderos, sobre todo Blimunda, Baltasar y Bartolomeo,
todos tienen la letra B: Bartolomeo de Guzmán, que es un
personaje histórico, pues tenía que ser B, y cuando me
dispuse a buscar un nombre para ella, que no era fácil,
pues no podía llamarse Joaquina ni Mercedes, con mucho
respeto para las Joaquinas y las Mercedes y las Dolores
y las Flores, tampoco Lola… Entonces busqué un nombre, y
en un vocabulario onomástico, bajando y bajando y
bajando encontré Blimunda y me dije, “Aquí está”, y como
ya tenía dos B, pues entonces el hombre se llamó
Baltasar. Es una novela que llevo en el corazón; hizo a
la gente de fuera mirar hacia allí donde había un
escritor que había escrito una novela que no estaba mal.
En una ocasión
confesó haber escrito La caverna no con sus ideas
políticas, sino con lo que era y con lo que creía. ¿Qué
le impulsa escribir de una manera tan abierta y atrevida
sobre el interior del ser humano?
Yo he querido dejar
bastante claro en lo que he dicho, al preguntar qué es
lo que estamos haciendo aquí, en el espacio, en este
planeta, en una galaxia que no es la más importante del
Universo… Qué casualidad es esta que nos ha puesto aquí…
Aunque yo tengo una teoría, interesantísima, tengo que
decirlo: Como no tiene ningún sentido que Dios se haya
tomado el trabajo de crear el Universo, que no es
pequeña cosa, para poner su creación más sublime, que es
el ser humano, en este planetita sin importancia, la
conclusión es lógica: Dios creó al ser humano para que
poblara el Universo. Es la única conclusión sensata y
equilibrada; si no es así, es completamente inútil un
Universo tan enorme para un ser tan pequeño como
nosotros. Entonces, Dios nos colocó en todo el Universo,
pero como nos hemos comportado mal, al igual que nos
estamos comportando ahora, Dios dijo: si no tengo
cuidado, (RISAS) van a cagar mi Universo que tanto
trabajo me ha costado. Entonces, nos reunió a todos y
nos colocó en la cárcel, en La Tierra como cárcel donde
la especie humana se debía comportar mal en el Universo…
Dios estará seguramente loco mirando, pues como andamos
por ahí haciendo esos intentos de navegación espacial,
debe estar muy atento, porque si volvemos a las andadas…
(RISAS)… Dios ya llegó a la conclusión: la Tierra está
ya perdida, yo no puedo hacer por ella. Pues entonces,
debemos estar aquí, pero si empezamos con la idea de ir
a la Luna y luego a Marte y luego a otra galaxia, Dios
se encargará otra vez de decir: No, no lo permito… Ahí,
ahí, en la cárcel, en la Tierra. Es una teoría. Bien,
qué es lo que eleva a ese hombre: buscar esa respuesta,
qué es lo que somos, claro que sí, pensemos que somos
hijos de Dios, eso es una explicación que da para todo,
nos prometen el Paraíso si nos comportamos bien, o vamos
al Infierno, cosa en que la Iglesia no cree, el Paraíso
o el Infierno, porque no sabe dónde están… El Papa Juan
Pablo II ha dicho: Es que el Cielo es estar bien con
Dios, y el Infierno estar separado de Dios… Si la
Teología llega a esa conclusión, no valía la pena tanta
Inquisición, ni tanto convento, ni tanta tortura ni todo
lo que ha pasado antes… Si es así, bueno, cada uno tiene
sus ideas y su relación con esa supuesta divinidad, que,
por otra parte, no sé por qué tenía que ser aquella…
Cuando los navegantes llegaban a América, traían dos
representantes en los barcos: el soldado y el fraile. El
fraile llegaba y lo primero que decía era: vuestros
dioses son falsos, yo traigo conmigo al verdadero Dios.
Ahí se jodió la marrana (RISAS) Porque efectivamente,
con esa blandura, todo lo que ha pasado ha sido
genocidios, torturas, extorsiones, pueblos aniquilados,
eso ha sido lo que ha traído el fraile… Y cuando el
fraile no convencía, entraba el soldado, con la espada,
con la lanza. Es así, y todo en nombre de Dios. Yo tengo
una obra de teatro, In nomine Dei, sobre el
conflicto en el norte de Alemania, particularmente en la
ciudad de Münster, entre los católicos y los
protestantes anabaptistas, ha sido una cosa horrorosa.
Ambos creyendo en el mismo Dios, y se degollaron, se
torturaron… De esa obra ya se hizo una ópera que se
estrenó en Münster hace años, que después fue a Italia y
a Portugal… Y lo que yo digo es una cosa muy sencilla,
que no entiendo cómo la gente no se da cuenta: matar en
nombre de Dios es hacer de Dios un asesino. Si Dios es
el creador de la vida no puede ser un asesino. No
deberíamos permitírnoslo, ni permitirlo, pero ocurre
todos los días. Entonces, esta especie inteligente,
sensible, capaz de amar como Blimunda y Baltasar y en la
realidad como personas de ficción pero personas reales,
capaces de ser Nelson Mandela u otras personas
extraordinarias que sabemos que existen, es a la vez la
bestia, el monstruo que anda por ahí… ¿La literatura
puede resolver esto? No. Puede tal vez hacerlo más
claro, tornarlo más evidente, y cada uno que saque sus
conclusiones. Nada más. Muchas gracias.
Versión de la intervención del escritor
portugués José Saramago, Premio Nobel de Literatura, el
viernes 17 de junio de 2005 en la sala Che Guevara de la
Casa de las Américas.
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