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La antesala de esta entrevista es el portal del Palacio
del Segundo Cabo, en La Habana Vieja, donde corre una
brisa inusitada, presagio de aguaceros. José Saramago
presenta en Cuba su novela El Evangelio según
Jesucristo, y aunque el escritor se anuncia aquí
para las 11:00 de la mañana, muchos lo han estado
esperando desde tres horas antes. Cuando aparece el
Nobel portugués con su esposa, la periodista y
traductora Pilar del Río, no hay un espacio libre junto
a las antiquísimas columnas de la sede del Instituto
Cubano del Libro, ni en sus alrededores. La gente se ha
subido en los bancos de la plaza vecina y algún lector
temerario se cuelga de un árbol para tomar fotos por
encima de la multitud.
Cuando el matrimonio se retira a la casa donde se
hospeda y en la que se producirá esta conversación,
se han vendido 1 118 libros al precio de 20 pesos
—“0.75 euros”, le traducirá Pilar a su marido— y
José habrá estado firmando ejemplares por más de dos
horas. “Un señor me contó que vino en una
motocicleta manejando desde Matanzas (ciudad a cien
kilómetros de La Habana)”, dice agotado y feliz,
antes de comenzar el diálogo que se produce tal y
como lo leerán ustedes, salvo con una breve
interrupción.
Pilar ha recibido una llamada de Jonan Fernández,
coordinador de ELKARRI, una organización que promueve la
solución pacífica en el País Vasco. Él le ha dado la
noticia de que ETA ha decidido suspender las acciones
armadas contra las personas electas de los partidos
políticos en España. Jonan le ha dicho por teléfono:
“sin tirar cohetes se ha logrado algo. Es un proceso
todavía largo, pero es un peldaño más”.
Mientras transcurría la hora y media de conversación con
Saramago en una de las habitaciones de la casa, ella
traducía muy cerca de nosotros la novela más reciente
del Nobel, Las intermitencias de la muerte. La
obra, que se presentará simultáneamente en noviembre de
este año en todos los países de América Latina y Canadá,
es un texto más breve que sus entregas anteriores —algo
más de 200 páginas— y comienza con la frase “Al día
siguiente, no murió nadie”.
Aunque parezcan piezas dispersas de un rompecabezas, los
hechos de esta tarde relacionados con Saramago —la
entrevista, la noticia de ETA, la nueva obra, las
palabras en la presentación de El Evangelio según
Jesucristo— están atados con una misma cuerda: “Todo
en este mundo, o casi todo, lleva por delante dos
palabras: ‘mandar’ y ‘matar’. Hay que romper esa
lógica”.
CUBA
—No voy a preguntarle qué lo hizo venir a Cuba, porque
ya esa respuesta usted la dio y fue bastante
manipulada...
—Pues sí te la quiero contestar a ti para dejarlo claro
de una vez: vine, sencillamente, porque me han invitado.
—Bien, pero empecemos por un ejercicio de memoria:
¿cuándo usted se entera de que Cuba existe en este
mundo?
—Durante la invasión de Bahía de Cochinos, en el año…
—Abril de 1961…
—Yo no vivía en Lisboa, sino en un pueblo que está muy
cerca. Iba y venía en tren, y recuerdo con una nitidez
extraordinaria la lectura de un periódico de Portugal
que anunciaba la invasión como un triunfo de los
enemigos de la Revolución. Había un titular a toda
página y describía lo ocurrido, no con muchos detalles
—recuerda que era la época en Portugal de los presidios,
las censuras—. Me chocó profundamente el tono de
triunfalismo que el periódico exhibía. Al día siguiente
sentí un placer casi maligno cuando el periódico no tuvo
más remedio que decir que el intento de invasión había
fracasado.
—De esa etapa es también su recuerdo del Che, que
describió en un artículo publicado en Cuba no hace
mucho: “Al Portugal infeliz y amordazado de Salazar y de
Caetano, llegó un día el retrato clandestino de Ernesto
Guevara”.
—Ese retrato llegó y nos conmovió a todos... Existía una
izquierda activa, seria y trabajadora que lo vio como un
referente… Y también había, por encima, o por debajo,
como se quiera entender, una izquierda que podemos
llamar intelectual que a veces con buena fe convirtió al
Che en una especie de icono. Eso ocurrió mucho menos
entre gente de la clase obrera, que en lo que llamábamos
desde entonces la izquierda afectiva, que en el fondo
siguieron al Che y a la Revolución Cubana como si fueran
modas.
“No quiere decir que
no existiera ahí incluso alguna o mucha sinceridad, pero
también había un poco de oportunismo. Cuando el tiempo
pasó y el Che había muerto, y las cosas se normalizaron
de alguna forma, la izquierda dejó de parecerle a mucha
gente esa especie de aurora, de algo que iluminaba todo
espacio. Fue entonces cuando escribí que el retrato del
Che desapareció de la pared y en algunos casos se tiró a
la basura. Ese texto es a la vez un homenaje al Che
Guevara, y también, una mirada irónica sobre la
inestabilidad de las ideologías, donde a veces se estima
más lo superficial que lo profundo”.
—También decía en ese artículo que aquel “era el retrato
de la dignidad suprema del ser humano”.
—Sí, sí, eso es sin duda. Y para muchísima gente... No
estoy diciendo que la figura del Che para esas personas
hubiera perdido importancia. Era la vida la que había
cambiado. Ellos mismos se vieron cambiados y sin
demasiadas ideas progresistas. Y, por lo tanto, el
retrato de Che Guevara dejó de representar para ellos lo
que representaba antes. Se cansaron y donde estaba el
Che, pusieron otra cosa.
“Si pudiéramos hablar con ellos, estoy seguro de que no
tendrían ninguna duda en reconocer que si hubo una
persona en los tiempos recientes que ha dado al mundo un
ejemplo de dignidad, un ideal realmente supremo, ese ha
sido el Che Guevara. Y lo mejor de todo es que uno
también se encuentra continuamente con chicos y chicas
que saben todo lo que hay que saber sobre la vida y
sobre las acciones de Che Guevara, y que llevan su
camiseta, pero de corazón”.
—Recuerdo cuando leí por primera vez
El cuento de la isla desconocida, una hermosa
parábola del viaje del individuo hacia sí mismo, hacia
los demás, hacia la isla en que vivimos. ¿Qué ha
descubierto Saramago en estos días en esta Isla
desconocida, mentida, satanizada, que es Cuba?
—Después de los conflictos que generaron —como se sabe—
una reacción mía, no mucho tiempo después tuve
oportunidad de firmar un documento defendiendo a Cuba.
Pero incluso más tarde me quedé con la idea de que tal
vez Cuba ya no me quería, y que la culpa —si de culpa se
puede hablar— es mía, porque he sido yo el que he dicho
“no estoy de acuerdo, y etcétera, etcétera”. Es decir,
yo pensaba: Cuba no es algo ajeno a mi propia vida, a
mis propios sentimientos, pero seguramente Cuba ya no me
quiere...
“A partir de un momento me empezaron a llegar señales
que desmentían esas dudas —conversaciones con la
embajadora en Madrid, Isabel Allende y otros mensajes
que llegaban—. Y yo decía: bueno, las cosas finalmente
no se han perdido, no se han roto, y me quedé así. Para
venir aquí, como es lógico, tenía que tener un motivo y
llegó la invitación.
“Viajamos aquí después de visitar Canadá, y hemos
recibido Pilar y yo la amistad de siempre, y quizá un
poco más. No quiere decir con más amistad, sino como si
aquí los que nos han recibido tuvieran la preocupación
de decir: ‘te queremos, te estamos expresando ese querer
nuestro de una forma quizá mayor, no pienses que nos
quedaron pequeños rencores’. Nadie me ha dicho esto pero
uno lo siente. Todo eso se ha recompuesto, a pesar de
que lo que dije entonces, con mucho dolor y sin querer
romper definitivamente con Cuba, ha sido celebrado,
manipulado, usado. Después se han dado cuenta que las
cosas no iban por ahí y empezaron a aparecer versiones:
Saramago está otra vez con Cuba y no sé qué. En fin, lo
que importa es que estoy aquí, que soy amigo de Cuba y
que la manipulación mediática no me quita el sueño.
Tengo otras cosas que me quitan el sueño”.
OPERACIÓN MILAGRO
—En abril usted firmó el llamamiento de intelectuales
del mundo que denunció las maniobras de Estados Unidos
contra Cuba en Ginebra. Ahí se decía que “EE.UU. no
tiene autoridad moral para erigirse en juez de los
derechos humanos en Cuba”. ¿Lo que ha visto en estos
días corrobora esa afirmación?
—Absolutamente. Esta vez nosotros hemos tenido la
oportunidad de conocer un poco más. Hemos estado en dos
lugares muy importantes: la Universidad de las Ciencias
Informáticas (UCI) y la Escuela Latinoamericana de
Medicina (ELAM).
“En la Universidad de Ciencias Informáticas hubo un
momento en que me emocioné mucho. Los chicos me contaron
que allí se recibe a las personas que vienen de
Venezuela con catarata, retinosis, y que los cuidan, que
a veces llegan un abuelo y un nieto ciegos, y que han
regresado a su país mirándose, uno al otro, diciéndole
uno al otro: ‘Yo soy tu abuelo, y puedo mirarte’, y el
nieto: ‘Abuelo, sí, ahora puedo yo mirarte’. Estas
cosas tocan directamente al corazón de uno. Que eso
ocurra es maravilloso”.
—Pudiera decirse que es tema para otro
Ensayo sobre la ceguera…
—Pero aquí había una especie de contradicción que no es
tal. Estábamos en la Universidad de las Ciencias
Informáticas, y eso parte de un principio obviamente
equivocado, que en donde se estudia tales cosas no puede
ocurrir algo que tiene que ver con los sentimientos, con
la compasión, con la solidaridad. Una universidad
informática supone algo muy frío, y en este caso no es
así...
“He tenido dos desprendimientos de retina y dos
cataratas. Yo sé muy bien qué es todo esto. Si me
hubiera ocurrido a principios del siglo pasado, estaría
ciego. Y sé que muchísima gente está ciega y que
pudieran dejar de estarlo si muchos más hicieran lo que
hace Cuba.
“Aquí la Operación Milagro me parece una denominación
justa. No en el sentido de que lo que pasa sea obra de
una intervención sobrenatural, no; nada más natural...
Lo que pasa es que para estos venezolanos y para muchos
otros latinoamericanos —me han dicho que este año se
operarán más de 100 000— que no tenían ninguna esperanza
de recuperar la visión; cuando la recuperan, son ellos
mismos quienes lo entienden como milagro. Por lo tanto,
creo que quien bautizó esa operación con el nombre de
Operación Milagro, ha hecho muy bien”.
—¿Y qué pasó en la Escuela Latinoamericana de Ciencias
Médicas?
—Una emoción de otra naturaleza. Allí vi chicos y
chicas, más chicas que chicos —parece que hay 51 por
ciento de mujeres— de toda Latinoamérica, de África,
incluso de Estados Unidos, insertados en algo concreto,
no en una teoría, o en cualquier cosa que tuviera que
ver con una utopía futura imposible de realizar. Y todo
esto lo hace un solo país, que establece una corriente
distinta de comunicación entre los pueblos de
Latinoamérica, capaz de encontrar objetivos comunes, de
trabajar unidos para llegar a ellos. Y otra cosa
curiosa: tanto en la ELAM como en la escuela de Ciencias
Informáticas vimos espectáculos preparados por los
propios estudiantes, donde los que bailaban, bailaban
muy bien; los que cantaban, cantaban muy bien; los que
tocaban, tocaban muy bien, y esas cosas no se encuentran
fácilmente. La acogida que nos dieron fue inolvidable.
Uno lloraba abrazando a esos chicos.
—Usted hablaba en la Universidad de La Habana de que
Cuba había hecho posible la internacionalización de la
solidaridad...
—Eso es increíble. El más puro, el más auténtico, el más
desinteresado movimiento de solidaridad nace
precisamente en uno de los países más desprotegidos, más
pobres, que es a la vez como una especie de foco que
irradia solidaridad de una forma natural, espontánea,
como si tuviera que ser una consecuencia lógica de todo
cuanto pasa aquí. Cada vez que hay un movimiento de
solidaridad internacionalista, empieza en Cuba y va a
Venezuela, va y ha ido a África, a Haití. No es
necesario convocar a la población cubana a un referendo
para ver si están de acuerdo o no con ir a Venezuela, o
a Haití, o a donde sea, porque es justo; es como si este
pueblo fuera solidario por naturaleza, pero más bien por
educación, por algo aprendido, porque la solidaridad
también se aprende.
BLANCO DE TERRORISMO
—No solo no se habla de eso, tampoco de algo que ha
dicho y repetido muchas veces, con toda razón, Noam
Chomsky: “Cuba es probablemente el blanco de más
terrorismo de todos los países del mundo”.
—Hay cosas que son obvias, pero nadie se quiere dar
cuenta de que lo son. Pero cuando alguien mira lo obvio
y lo muestra y lo explica, entonces, lo obvio pasa a una
dimensión completamente distinta. Los hechos están allí
para demostrar que efectivamente Cuba, o por lo menos la
Cuba que nació con la Revolución, no ha sido nunca un
país que puede ser acusado de cualquier forma de
terrorismo.
“Hay una acción diabolizante, sistemática, por todos los
medios posibles, de la estructura de poder en el mundo,
para ocultar esa verdad obvia que ha rescatado Chomsky.
Por lo que se dice continuamente pareciera que no tiene
el mundo otro problema que Cuba, cuando esta Isla no es
seguramente uno de los países que más preocupaciones da
a los habitantes de este planeta. Más bien lo contrario.
Cuba no es, y no ha sido nunca un país de donde haya
salido una acción terrorista. Cosa que no puede decir
Estados Unidos”.
—El caso de Posada Carriles, como el de Bin Laden, es
paradigmático. Los monstruos de la CIA terminaron
practicando alegremente lo que aprendieron de sus
maestros…
—Estados Unidos está tratando de impedir que Posada
Carriles hable. Si es que lo manda a Venezuela —y yo no
estoy nada seguro de que lo extraditen—, aunque me
gustaría, claro.
—Pero si cumplen lo que establecen sus leyes, tendrán
que extraditarlo.
-—Cuando sucedió el caso de Elián, no tuvieron más
remedio que cumplirla. Pero en ese caso no había de por
medio planes de terrorismo. Elián era solo un niño que
estaba donde no debía estar y pasó a estar donde,
efectivamente, debía estar. Posada es otra cosa. A mí no
me sorprendería nada que si la situación se complica, si
la presión internacional actúa sobre Estados Unidos para
que cumpla la ley, se aparezca un “loco” y lo mate, en
el momento en que el terrorista esté yendo de un lugar a
otro. No sería la primera vez que allí pasa. Todo puede
ocurrir.
—Es importante tener en cuenta que este caso no está
aislado de los hechos que están ocurriendo en el
continente. Por ejemplo, de la decisión de Argentina de
anular las dos leyes que consagraban la impunidad de los
crímenes de la dictadura militar. ¿Habrá esperanzas de
generar un movimiento hacia la justicia?
—Creo que sí. Es una revolución que este país haya
decidido derogar esas leyes que habían intentado ignorar
que hay en Argentina muchísimos criminales impunes,
incluso activos en el ejército. Lo trascendente es que
eso no va a quedar limitado a las fronteras de
Argentina. Otros países de la región han pasado por
situaciones similares, y va a ser muy difícil que ante
ese ejemplo, las instituciones, los partidos y los
ciudadanos de esos otros países queden indiferentes a la
nueva actitud de Argentina. Vivimos en un mundo que no
tiene conciencia de sí mismo y si se acepta alguna vez,
y así lo parece, es muy difícil que en América Latina
esto no sea el principio de una ola, una ola que de
alguna forma pueda barrer de criminales todo el
continente. Incluidos los criminales como Posada
Carriles.
—Sin embargo, mientras eso ocurre el Pentágono acaba de
anunciar que no solo no va a cerrar los campos de
tortura al estilo del de Guantánamo, sino que los va a
ampliar.
—Guantánamo no es el único centro de torturas
norteamericano, y algunos de ellos seguramente han sido
ampliados sin que Estados Unidos se sintiera en la
necesidad de anunciarlo.
“Pero es una mala señal y evidentemente un mal indicio
que no ostente incluso alguna resistencia en los medios
de comunicación norteamericanos. Hay voces débiles, muy
débiles, como la del otro día en The New York Times, que
ha pedido que se cierre esa cárcel”.
—¿Usted cree que habrá algo después de esta travesía en
el desierto?
—La situación es muy grave, pero algo se puede hacer
todavía. Ahora bien, sin utopías. He estado en Porto
Alegre, en el Foro Social Mundial, y decidí llevar allí
algo que me preocupa hace años de años: la utopía. Si yo
pudiera, borraría no solo de los análisis, sino también
de la mente de las personas el concepto de utopía. No
era una provocación. La utopía ha hecho más daño a la
izquierda que beneficio; en primer lugar, porque no es
algo que uno espere ver realizado en su vida, no; se
pone ahí en el futuro, en un lugar que no sabe ni dónde
ni cuándo será. Una utopía es un conjunto de
articulaciones, de necesidades, de deseos, de ilusiones,
de sueños. Si uno es consciente de que no lo puede
realizar en el tiempo en que vive, qué sentido tiene.
¿Cómo es que podemos tener la seguridad de que 150 años
después, cuando ninguno de los que ha construido esa
utopía estará vivo, las personas tendrán algún interés
en un proyecto que no es suyo, que pertenece a un
pasado?
“Seguir hablando de utopía como un instrumento, digamos
del ideario, de la ideología de la izquierda, me parece
un atentado contra la lógica y el sentido común. Eso lo
tengo clarísimo.
“Después de exponer todo esto, les decía: pero yo puedo
proponer a todos vosotros una utopía, ahora mismo, y esa
utopía se llama simplemente, mañana, mañana; porque
mañana todos podemos pensar que estaremos vivos aún y lo
que hayamos hecho hoy, tendrá consecuencias. Por tanto,
acabemos con la utopía que no nos va a servir de nada.
Abajo la utopía”.
—Algo que no publican los medios es su decisión de no
viajar ni recibir ningún premio de Estados Unidos…
—Ni premio, ni doctorado Honoris Causa ni presentaciones
de libros. No estoy dispuesto a ser humillado por la
policía de Estados Unidos. Es cierto que yo podría
colocarme en otra postura, que sería razonable. Esa es
una puerta por donde uno pudiera salir, pero que a mí,
personalmente, no me sirve. Yo pudiera decir que haga
lo que haga la policía de Estados Unidos, no puede
humillarme. No es una reacción de mal humor, es un
conjunto de cosas. La fisonomía fascista de Estados
Unidos hoy es bastante completa. Lo que antes sería
objetivo más o menos disfrazado hoy está ahí con toda
claridad y toda rotundidad.
“Está clarísimo que Estados Unidos se está preparando
para la Tercera Guerra Mundial, probablemente contra
China. En Uzbekistán, ya hay bases norteamericanas. Mi
esperanza es que la opinión pública mundial, que a veces
es una cosa muy abstracta, logre algo similar a lo que
pasó con Vietnam, que paró la guerra. Despertar un gran
movimiento en la opinión pública que frene el fascismo
es algo posible, si la gente se toma con gusto pensar
que con su persona y con la persona de su vecino puede
hacer algo”.
EL ALBA
—En Venezuela usted dijo que “la osadía de este país
puede traer cambios significativos en la historia”. ¿Qué
tipo de cambios?
—En la historia del continente americano. Es evidente
que ya la región ha empezado a cambiar de una manera que
todavía no es muy clara. En América Latina está pasando
algo, y eso nos permite pensar que este inicio de cambio
puede ir mucho más allá e ir mucho más hondo. Es el caso
de Venezuela, Argentina, Chile, Bolivia, Brasil,
Uruguay. Si ellos, y también nosotros, por ejemplo, se
ayudan, colaboran unos con los otros, no empiezan a
poner intereses particulares por encima de los intereses
de Latinoamérica; veremos el despertar de Bolívar y de
otros que miraron a América como un todo.
—Eso, exactamente, es el sentido y el contenido de la
Alternativa Bolivariana para las Américas, el ALBA.
—Creo que podemos estar en el principio de una vida
nueva, en el principio de un camino, de aquel del que
hablaba el poeta Antonio Machado: “Caminante no hay
camino, se hace camino al andar”. El camino todavía no
está, pero empieza a dibujarse una dirección, o un punto
adonde quizá se llegue mañana o pasado mañana o algún
día.
—Hugo Chávez habla de un socialismo del siglo XXI, que
se parece muchísimo a lo que usted también ha defendido:
“el socialismo del espíritu”. ¿Cree que el futuro andará
por ahí?
—Sí, sí. Mira, es que si las cosas no pasan por el
espíritu, por muy logradas que hayan sido en otro campo,
no tienen sentido. Hace casi dos años integré un grupo
con el entonces presidente de la Unión Europea, Romano
Prodi, que me había encargado reflexionar sobre lo que
debía ser el futuro del hombre. Hemos elaborado un
documento muy serio que ahora estará en un cajón donde
buceará alguien que no sabe nada del asunto. Prodi se
reunió con nosotros —unas 15 ó 16 personas—: había
historiadores, había grandes economistas y el único
escritor era yo. Él comenzó aquel encuentro diciendo:
“Europa ha fracasado, y ha fracasado, ¿por qué? Porque
nosotros nos equivocamos, pensamos que integrando la
economía, lo demás vendría por añadidura, y nos damos
cuenta de que no, que hay que volver a la política”.
“Volver a la política no es, en sí misma, una
recomendación. Se trata de ir al espíritu. Si no pasamos
todos los asuntos por el espíritu, no hay ninguna
garantía de que los cambios pasen por nosotros.
“Recuerdo que al derrumbarse la Unión Soviética, todo el
mundo se preguntaba: ¿dónde está el hombre nuevo? ¿Qué
es lo que ha pasado? No existió ni existiría en un
modelo como ese. Si no cambiamos, no nos cambiamos; es
decir, si no cambiamos de vida, no cambiamos la vida.
Cuando digo cambiar de vida, no es dejar de ser albañil
para pasar a ser médico. No es eso. Hay que cambiar la
forma de entender el mundo. El mundo necesita acción;
pero no se llega a la acción sin que eso haya sido
elaborado por el espíritu. Uno de los grandes males que
tiene nuestra época, es que no tenemos ideas y parece
que los políticos —y ahora hablo de los políticos de
izquierda—, no se dan cuenta de una realidad: la derecha
no necesita ideas; pero la izquierda no va a ninguna
parte si no las tiene. Ese es el problema”. |