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Existencialismo en primer plano
Joel del Río La Habana


Tras el eclipse cultural que significó la Segunda Guerra Mundial para ciudades como Berlín, Viena y Praga, la capital francesa recuperó su primacía en los universos culturales de la moda, la literatura de vanguardia y el teatro mundial. Uno de los más poderosos movimientos filosóficos y literarios de la postguerra surgió precisamente en París, fue capitaneado por Jean-Paul Sartre y se conoció con el nombre de existencialismo. Consagrado novelista con La náusea, y con el ciclo de relatos titulados Los caminos de la libertad, teorizó en los ensayos El ser y la nada, y en Crítica de la razón dialéctica, sobre un surtido de conceptos que integraron el llamado existencialismo materialista.

Sus obras de ficción, para narraciones literarias y el teatro, trasmitían sus doctrinas mediante la sicología fenomenológica, siempre signada por el realismo extremo, chocante, en una suerte de naturalismo quintaesenciado, discernible sobre todo por la manera de hablar de sus personajes (común, coloquial, incluso marginal), y por las acciones chocantes que ellos emprenden, acciones propias de personas colocadas en el límite de la razón y la locura, gestos que solo buscan confirmar la esencia humana cada vez más desfigurada y en fuga. En las obras teatrales A puerta cerrada, Las manos sucias y El diablo y el buen Dios, el autor propone, mediante personajes-tesis, la importancia, o la imposibilidad, del compromiso con la acción, en medio de agudas parálisis sicológicas o contradicciones políticas y sociales. Los personajes sartreanos con frecuencia poseen la dolorosa certeza de saber que el mundo debe ser cambiado, pero muchas veces también están seguros de que tal vez no valga la pena.

Harto difícil fue llevar a la pantalla narraciones afincadas en héroes que suelen reflexionar sobre sí mismos, y sobre su interioridad espiritual, a partir de una de las fundamentales del filósofo: la realidad y la existencia humana son reductibles a la nada, aunque esa misma existencia sea capaz de romper los atavismos de la realidad y afirmarse con absoluta potencia. La filosofía de Sartre potencia la libertad absoluta del individuo, más allá de todo prejuicio o rienda, y exalta la autonomía para elegir el modo de vivir, hasta ese mismo punto donde se disuelve y anula toda necesidad. El impacto de tales ideas no tardó en verificarse en la gran pantalla, aunque el academicismo del cine francés de finales de los años cuarenta, y principios de los cincuenta, no se manifestó demasiado apto para trasmitir las sutilezas filosóficas del escritor.

El propio Sartre escibió el guión de Le Jeux son faits (La suerte está echada, Francia, 1947) que dirigió el reconocido y formalista Jean Delannoy, con el protagonismo de Marcel Pagliero y Micheline Presle, en un tono entre poético y pesimista, que algunos críticos vieron cual evidente toma de distancia respecto a la euforia izquierdista que recorrió Europa, en el momento inmediato al fin de la Segunda Guerra Mundial. De todos modos, en el guión se percibe el lamento, típico sartreano, de que Francia había perdido la oportunidad de hacer su revolución proletaria alrededor del año 1945.

Con todo y estos apuntes de sesgo político, La suerte está echada cuenta el romance, con ribetes fantásticos, entre una dama de sociedad y un obrero izquierdista, justo antes de que mueran. Los burócratas del cielo deciden regalarles una segunda oportunidad a los enamorados y así continúa la trama, muy similar a la de un filme norteamericano ligeramente anterior titulado Heaven can Wait (1943), dirigido por el mago de la comedia mundana, el alemán Ernst Lubitsch, y a otros filmes más contemporáneos y populares, relacionados con la vida después de la muerte, como Always (de Steven Spielberg), Fantasma (con Demi Moore y Patrick Swayze), Meet Joe Black (con Brad Pitt “personificando” a la muerte), y Lo que traen los sueños (con Robin Williams rescatando a su amada de entre los muertos). A pesar de que el filme escrito por Sartre padecía las rigideces academicistas típica del cine francés de esta época (que muy pronto provocó los desbordes de la nueva ola), se destacaba el diseño escenográfico, de fuerte inspiración cubista, para presentar el segmento correspondiente al Paraíso. 

La segunda de las adaptaciones al cine del mundo sartreano fue La P... Respectueuse (La ramera respetuosa, Francia, 1952) que también contó con el célebre escritor en plan de guionista. Codirigida por Marcel Pagliero y Charles Brabant, el filme se resentía por tres factores fundamentales: la falsedad que implicaba reconstruir los bajos fondos sureños de Norteamérica (donde se desarrolla la acción) en los estudios de Courbevoie; las estólidas actuaciones de un reparto ineficaz (particularmente Barbara Laage como la ramera que menciona el título), y el demasiado obvio empeño de los realizadores en denunciar y criticar un mundo racista y sombrío, de gente pasiva y resignada.

En el cuento de Sartre titulado L’Amour Redempteur, se inspiró el equipo de talentosos guionistas integrado por Jean Aurenche, Pierre Bost y Jean Clouzot, para realizar una adaptación al cine en combinación con el director del filme, el eficaz Yves Allegret. La titularon Les Orgueilleux (Los orgullosos, Francia, 1953) y, ahora sí, se incluía un buen presupuesto, rodaje en espléndidos paisajes mexicanos divinamente fotografiados (las imágenes corrieron a cargo de Alex Phillips, que había trabajado con asiduidad en México), además de la plana mayor de los profesionales del cine galo en aquel momento. Gerard Philipe y Michele Morgan eran el centro romántico de una historia que intentó reforzar la atmósfera exótica, y subrayar el tema del crecimiento moral ante las dificultades. Una turista francesa se ve atrapada en el México semiselvático, y allí encuentra a un doctor alcoholizado, quien se ve redimido por la compulsión del romance, y por la urgencia de luchar contra una epidemia que azota el lugar.

Viciada por la extrema teatralidad que la puesta en pantalla no supo evitar, Huis Clos (Sin salida, Francia, 1954) fue una adaptación de Pierre Laroche, a partir de la obra de teatro escrita por Sartre, que protagonizaron la célebre Arletty, Frank Villard y Gaby Silva. Dirigida por Jacqueline Audry, esta versión cinematográfica presenta un grupo de personas confinadas en una suerte de sombrío hotel, metáfora de la antesala del infierno. La limitación del espacio es lo que provoca esa sensación de encierro escénico que no supieron ni quisieron ocultar los realizadores. Uno de los personajes confinados es una madre que asesinó a su propio hijo, el otro es un revolucionario que traicionó a sus camaradas, más allá aparece una lesbiana con tendencias suicidas... todos están condenados a compartir este espacio a lo largo de la eternidad, sin remisión ni paliativos.

Este tipo de filmes, que emplea como coartada dramatúrgica la coexistencia forzosa de un buen grupo de personajes diversos y opuestos, aportaría luego una serie de filmes memorables entre los cuales se encuentran algunos de filiación sartreana más o menos evidente, y por cierto bien ubicados entre los más importantes de sus respectivas épocas: Doce hombres en pugna, El ángel exterminador, Baile de ilusiones,

Pieza inconclusa para piano mecánico, La estrategia del caracol y muchos otros donde, a la manera de Sartre, salta a la vista el más agrio de los pesimismo respecto a toda posible redención del ser humano, y a veces, en sordina, se deja escapar un dejo de esperanza para quienes intentan materializar la utopía de un mundo menos inclinado a las miserias amordazantes, las lesiones al prójimo y los valladares a la inteligencia. El legado del extraordinario escritor al cine trasciende con mucho el puñado de filmes inspirados directamente en sus obras. Sus ideas no solo contribuyeron a cambiar los manuales de filosofía, sino que lograron el milagro de que muchos seres humanos pensaran su existencia con mayor detenimiento y profundidad. 

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