|
Para mí lo
primero y mas sobresaliente en la personalidad de
Jean-Paul Sartre era su brillante inteligencia y con
ella la dialéctica de su pensamiento; la capacidad para
vincular los más disímiles y contrapuestos elementos; la
coherencia de sus ideas, de las cuales
daba
incesantes muestras
en todo momento y un increíble poder de síntesis. Del
mismo modo que no lo vi reír con frecuencia, tampoco dio
signos nunca de frivolidad o ligereza. Diríase que la
lucidez primaba en cada reflexión, en cada movimiento de
su existencia. Daba la impresión de que para él la vida
era inobjetablemente una aventura intelectual al punto
de que no había persona, acontecimiento u obra de
cualquier índole, que no analizara minuciosamente y
cuestionara hasta desmenuzarlos sin contemplaciones.
|
 |
|
En la despedida de
duelo de las víctimas de la explosión de La
Coubre.
El autor de este trabajo les traduce el discurso
de Fidel |
Fui testigo de
excepción de no pocos de sus juicios, valoraciones y
comentarios al servir en varias ocasiones como
intérprete suyo y de su amiga, la gran escritora Simone
de Beauvoir, durante las visitas que ambos hicieron a
Cuba en febrero-marzo y a fines de octubre de 1960
invitados por el periódico Revolución.
La pugna del gobierno
norteamericano contra Cuba se recrudecía y desde su
arribo a la Isla se interesaron vivamente en el proceso
revolucionario y en los aspectos singulares que lo
caracterizaban y lo distinguían. Basta recordar sus
apreciaciones o leer nuevamente sus declaraciones a la
televisión y a la prensa cubanas, el reportaje "Huracán
sobre el azúcar", que primero publicó en el semanario
L'Express a su regreso a Francia, su ensayo
"Ideología y Revolución", ambos reunidos en un libro con
el título de aquél, para corroborar que la de ellos fue
una entrega porque cada instante lo experimentaron
intensa, apasiosadamente, metidos de lleno, ellos
también, en la atmósfera de efervescencia popular que
sacudía al país. Que años más tarde hayan manifestado
críticas contra las medidas tomadas en el manejo del
caso de un escritor, no es de ningún modo como para
borrar toda referencia a sus viajes a Cuba. Lo que
escribió Sartre sobre la Revolución y en apoyo a Cuba
frente a su poderoso enemigo, escrito está y forma parte
indivisible de su obra y de la historia de este país. Y
lejos de olvidar o censurar sus palabras, sus escritos y
su nombre, pienso que es obsoleto entregar los valores
que sólo pertenecen al patrimonio cultural de la Isla;
tales "obsequios" son propios de posturas y mentalidades
hijas de la intolerancia.
|
 |
|
Con Fidel en la
inauguración de la cuidad escolar Oscar Lucero
en Holguín. |
Los días cubanos del
filósofo y la escritora fueron de exaltación. Quizás uno
de los aspectos que más llamó su atención, y que él
analizó detenidamente, fue el de considerar que se
trataba de una revolución sin ideología. Parecía ser así
en el momento de su visita, particularmente la primera
de ellas, que se prolongó desde fines de febrero hasta
el 22 de marzo. A fuerza de estricta objetividad, es
necesario situarla en el contexto exacto y tomar en
consideración la coyuntura en que se produce su viaje.
No era igual en absoluto febrero-marzo de
1960,
fecha en que llegan
ala Isla, que agosto de ese mismo año en que se
nacionalizan las grandes compañías y los centrales
azucareros norteamericanos o mediado de octubre
―justo
una semana antes de la llegada de ambos a La Habana en
el segundo viaje procedentes de Brasil adonde habían
sido invitados por el novelista Jorge Amado―,
cuando igualmente se nacionalizan las industrias y el
comercio cubanos. El hostigamiento era constante pero
todavía no se había producido la agresión militar en
Girón, que tendría lugar justo un año más tarde, ocasión
en que se define públicamente el carácter
socialista del régimen y, meses más tarde, la adhesión
al marxismo-leninismo como su ideología. De todos modos
la amenaza de invasión era una realidad, tal como se lo
expresara Fidel a Sartre y a Simone de Beauvoir en la
losa del aeropuerto adonde hubo de llevarlos y
despedirlos. Mientras la tripulación de la nave aérea
había retardado su salida en espera
de
que terminara el
diálogo que tenía lugar cerca de la escalerilla, Fidel
les informaba que en Guatemala ya estaba concentrada una
tropa de contrarrevolucionarios y de que se tenían
noticias fidedignas de que la agresión era inminente.
Recuerdo que descendíamos en el ascensor del Hotel
Nacional y cuando se abrió la puerta allí estaba Fidel;
luego, en la ruta hacia el aeropuerto, quiso mostrarle a
los invitados el centro escolar de Ciudad Libertad
construido donde antes estuviera el campamento militar
de Columbia y que había sido inaugurado semanas antes.
Pero en la estrategia
que hasta entonces se seguía, que a su vez era táctica,
es decir, la de la riposta cubana a
cada
medida hostil de
Washington, ¿quién hubiera podido negar el manifiesto
nacionalismo y la poderosa corriente antimperialista
que sustentaban sus más connotados dirigentes?
A fines de la década
de los cuarenta y en la de los cincuenta, Sastre era uno
de los intelectuales más influyentes de la época. No
sólo por su obra filosófica, por sus novelas y por su
exitosa trayectoria como dramaturgo, sino, sobre todo,
por su postura política y ética. Hombre de izquierda, su
actitud crítica lo hizo coincidir en ocasiones con
organizaciones también de izquierda, pero en otras
discrepaba abiertamente desde las publicaciones del
mismo signo o desde las páginas de Les Temps
Modernes, revista que fundó y dirigió durante muchos
años. Aún es tema recurrente su teoría del compromiso
del intelectural con la sociedad y con su tiempo.
|
 |
|
La prensa destacó
la visita de Sastre y Simone de Beauvoir a Cuba |
Yo no lo conocía
personalmente cuando vino a Cuba, pero sí había leído
algunas de sus obras y había visto en París, en salitas
del Barrio Latino, dos de sus piezas de teatro. Seguí su
trayectoria y leí sus polémicas, como miles de jóvenes
atentos al movimiento de las ideas avanzadas en aquel
tiempo marcado también por el macartismo, el stalinismo
y la confrontación este-oeste. Incluso, en mi novela
La búsqueda, el exergo de las dos primeras
ediciones, de 1961 y 1962, lo había tomado de La
Náusea, una de las novelas de Sartre, y rezaba así:
"érase un pobre tipo que se había equivocado
de mundo".
Veinte años después, en 1982, en la tercera edición,
todavía seguía planeando alguna bruja rezagada del
tiempo gris y había que cazarla porque el editor o
alguien, demasiado celoso de sus atribuciones, simple y
llanamente lo suprimió y, con él, por supuesto, el
nombre del autor. Bastaría detenerse en el recorrido que
hicieron Sastre y la Beauvoir por casi
toda
la Isla para darse
cuenta de que su interés fundamental era verse
atrapados y atrapar ellos también el significado de la
tromba revolucionaria.
En La Habana y en
provincias, todo el tiempo nos acompañó Korda que logró
acumular un rico testimonio gráfico de la presencia de
ambos en nuestro país. No olvido que estábamos en la
tribuna donde hablaría Fidel en la inauguración de la
ciudad escolar Oscar Lucero de Holguín, donde se
vivieron momentos de verdadera tensión porque había sido
avistada una avioneta no identificada. Al parecer se
dieron cuenta de que algo anormal estaba ocurriendo y a
petición suya hube de traducir los comentarios en ese
sentido pero Sartre y la Beauvoir, que saboreaban un
helado de mango en su barquillo, impertérritos, no
dieron señal alguna de inquietud. Al terminar el
discurso fueron presentados a Fidel con quien
sostendrían varias entrevistas en ambos viajes.
También estuvieron en
la tribuna durante el sepelio de las víctimas de la
explosión de La Coubre. Muy próximo a ellos estaba el
Che, precisamente en el instante en que Korda lo
fotografió y esa imagen, después de su caída en Bolivia,
se convertiría en la foto más famosa y difundida de la
historia.
Eran días en que se
multiplicaban los golpes y contragolpes políticos,
económicos y el asedio a Cuba no daba tregua; los
acontecimientos se precipitaban. Sartre lo escribiría en
el famoso reportaje sobre su viaje: "era imposible vivir
en aquella isla sin participar en la tensión unánime".
No sé si lo
descubrieron en ese viaje, o en otro anterior que hizo
Sartre a La Habana en 1949, lo cierto es que en medio de
los calores de aquellos días, los dos bebían a veces el
refrescante daiquirí. Sin embargo, hubo de impactarle el
hecho, y así lo diría, del alto índice de abstinencia
alcohólica entre los cubanos, contrariamente a lo que
estaba ocurriendo en Francia donde crecía aceleradamente
el consumo de vino y su terrible secuela.
|
 |
|
De madrugada en el
Mercado Único a ingerir sopa china y arroz frito |
En otras ocasiones él
prefería que le sirvieran jugo de naranja, tal como lo
vi en el agradable entorno del patio de la casona de la
familia Ruíz Bravo en Estrada Palma (hoy Félix Pena)
número 357, en Santiago de Cuba. Toda la familia, el
doctor Ruíz Velasco, su esposa Esperanza Bravo y los
once hijos habían tenido una extraordinaria
participación durante la insurrección. Haydée Santamaría
había llamado desde La Habana rogándole a la familia
que atendiera a los connotados intelectuales franceses.
Creó que esa fue la ocasión en que a todos se nos hizo
evidente lo que es la real hospitalidad porque pocas
veces he visto mayor dedicación e interés de toda una
familia para que sus ilustres huéspedes se sintieran
como en casa. Desde la llegada hasta la despedida en el
aeropuerto, pasando por las conversaciones en ese patio
donde Esperanza Bravo dialogaba con ellos en un francés
muy fluido; sus visitas a la tumba de Martí en Santa lfigenia, al barrio marginal de San Pedrito y al reparto
Nuevo Vista Alegre que se estaba edificando para sus
moradores y que hubo de conmoverlos fuertemente; o los
encuentros que tuvieron con algunos profesores de la
Universidad de Oriente.
Todo
estaba regido por el
propósito de la familia Ruíz Bravo de hacer lo más grata
posible su estancia en esa ciudad.
A esto se sumaron
algunos detalles técnicos, pintorescos e inesperados.
Resulta que al reservar Margarita Ruíz dos habitaciones
para ellos en el hotel Casagranda, nunca imaginó que les
vería en los rostros la expresión de desagrado. A juzgar
portal reacción deseaban compartir la misma pieza. Pero
ella, respetuosa y delicada, al no conocer con precisión
el status de la pareja
―como
no lo conocía nadie, salvo ellos y sus íntimos, a decir
verdad―
sabiamente y cubanamente optó por separar dos
habitaciones. Se sabía que formaban una pareja unida
desde hacía muchísimo tiempo pero nada más. Y esa
pareja, como otras no menos conocidas en la historia de
la literatura, pudo haber sido estrictamente
intelectual y nada más. Estaba claro que probablemente
aplicaban con fidelidad algunas ideas muy propias sobre
la libertad en las formas de relación de la pareja.
Menos mal que la tormenta sólo duró un instante.
En la visita al Morro
de Santiago de Cuba les sirvió de guía el profesor Prats
Puig. A la salida el calor era tan sofocante que los
invitamos a beber algo que refrescara en un café situado
frente a esa fortaleza que domina la bahía. Había allí
una victrola Wurlitzer y Korda seleccionó un número
bailable y movidito, introdujo la moneda, presionó el
botón y se acercó al grupo dando pasillos de bailarín
cubano, extendió la mano hacia la Beauvoir invitándola
a bailar. Esa mujer, tan seria siempre, empezó a
recular y a recular y a huirle a Korda, como al diablo,
que con inaudito desenfado seguía invitándola: Vamos,
vamos, que te voy a enseñar bailes cubanos. Ella seguía
reculando hasta el mostrador y nos miraba espantada a Sartre, a las hermanas Ruíz Bravo, a Juan Francisco
Ibarra, a Lisandro Otero y a mí que los acompañábamos,
como pidiendo auxilio. Korda llegó hasta ponerle la
mano en la cintura tratando de incitarla a bailar pero
se dio cuenta de que la mujer estaba aterrada. Después,
como siempre, la broma criolla suavizó el ambiente tan
grato en que se desenvolvía la visita.
Alguien le preguntó a
Sartre si podría escribir sistemáticamente en un país
con un clima tan caluroso como el de Cuba. Por supuesto
que sí, respondió. Ello no influiría para nada. Sus
palabras las hacía realidad muchas noches, por no decir
casi todas, ya que declinaba invitaciones de toda
especie que no le aportaran al trabajo que ya se había
propuesto escribir sobre Cuba. Se retiraba entonces a su
habitación a escribir las notas de las observaciones y
reflexiones sobre lo ocurrido ese día.
Sin embargo, no se
privó de conocer algunos de los lugares que habían
contribuido a mitificar a La Habana de noche en
aquellos tiempos, como por ejemplo, irse de madrugada a
tomar sopa china y a comer arroz frito en el Mercado
Único. Excepto, claro está, su entrevista con el Che que
tuvo lugar justo a medianoche en el inmenso salón de la
presidencia del Banco Nacional de Cuba en la Habana
Vieja. El Che les brindó café y le ofreció un tabaco a Sartre que él mismo tuvo la amabilidad de encerderle.
Recuerdo que agarraba el tabaco con timidez, por no
decir con temor, como si intentara adaptarse a esa nueva
experiencia, muy diferente de la de fumar cigarros, que
más que tomar entre los dedos daba la sensación de que
los abracaba. Esa vez no tuve necesidad de traducir
porque el Che hablaba un francés correcto. Durante casi
dos horas conversaron sobre asuntos de muy diversa
índole aunque se centró en las relaciones de Cuba con
los Estados Unidos, las medidas y contramedidas que en
aquellos momentos las caldeaban. No recuerdo si esa
misma noche o días más tarde, Sartre aseveró y
posteriormente escribió que "si los Estados Unidos no
existieran, quizás la Revolución Cubana los inventaría:
son ellos los que le conservan su frescura y su
originalidad".
|
 |
|
Una vista de la
bahía santiaguera desde El Morro |
Transcurridos varios
días de estancia en Cuba, quienes los atendíamos
habíamos observado en ellos tal seriedad y rigor en su
trabajo que nos preguntábamos si realmente podía
interesarles o entusiasmarles asistir a Tropicana a
presenciar su archifamoso espectáculo, convertido ya en
un mito internacional. En aquellos momentos lo montaba y
dirigía todavía el famoso coreógrafo Rodney, nombre
artístico de Roderico Neira. En el show, como
característica que perdura aún en estos tiempos,
sobresalía la hermosura de las despampanantes modelos de
un espectáculo a todas luces influenciado por las
grandes producciones musicales de Broadway sin
desestimar el toque hollywoodense. Y una vez que
callaron los tambores y las trompetas y las bailarinas,
bailarines y modelos regresaron a los camerinos, y se
disipó el humo que los envolvía, el filósofo nos dio una
disertación acerca del programa que habíamos visto,
acerca del cabaret como institución y, sobretodo, hizo
una muy seria reflexión a propósito de la autenticidad o
no del espectáculo. Y para ello fue analizando,
describiendo y cuestionando cada uno de los componentes,
el asunto, la proyección, las partes y los protagonistas
principales de aquel burbujeante musical que, sin
discusión, seguía un patrón ya reiterado hasta el
cansancio. Era muy sugestivo, intelectualmente hablando,
su método y el flujo de su pensamiento capaz de
desmontar un fenómeno como aquel que podía parecer tan
trivial.
En el curso de su
segundo viaje que tuvo lugar, si mal no recuerdo, entre
el 22 yel28 de octubre, Sartre observó por la vía tan
sencilla y transparente de escuchar y conversar con la
gente, que en la Isla se habían producido, de marzo a
esa fecha, cambios muy serios y muy importantes. Una
mañana viajamos al central Amistad con los Pueblos en la
región de Güines. Había pertenecido en el pasado al
magnate Gómez Mena y hubo de ser nacionalizado. Conversó
con los obreros y los dirigentes políticos,
administrativos y sindicales de esa industria. Al
regreso a La Habana en el auto explicó el proceso de
radicalización que había observado, tan sólo de escuchar
a sus interlocutores y los términos que utilizaban.
Describió entonces las dos variantes del optimismo y que
él calificaba como el optimismo blando y el optimismo
duro. El blando era el de la exégesis, el de la admisión
o el de la imposición de consignas o lemas que tienen
una base y un fundamento más escolástico que
revolucionario. El optimismo duro es el de quien asume
la justeza de la causa y de los objetivos a alcanzar,
pero a su vez, está plenamente consciente de que a pesar
del cúmulo de dificultades, accidentes y luchas por
enfrentar, con espíritu crítico, fuerte y lúcido, en
algún momento, a corto o a largo plazo, se logrará una
victoria que generará nuevos empeños y nuevos
enfrentamientos y otra victoria que a su vez... porque
ese es el destino de todo revolucionario. Sartre,
escribiría, quizás pensando en revoluciones como la
francesa, la rusa y la mexicana, que "la exterminación
(en una revolución) del adversario y de algunos aliados
no es inevitable, pero es prudente prepararse para
ella. Después de eso, nada garantiza que el nuevo orden
no será aplastado en el huevo por el enemigo de adentro
y de afuera, ni que el movimiento, si es vencedor, no
será desviado por sus combates y por su propia
victoria".
Una mañana de domingo
fueron invitados a compartir con un grupo de escritores
y artistas. El encuentro se produjo en la terraza y más
tarde a la sombra de una arboleda cercana a la que fuera
la casona de descanso del pintor Luis Martínez Pedro en
lo alto de la loma que domina la playa de Jibacoa. Como
en la mayoría de sus conversaciones los temas
predominantes eran la política y también la cultura.
Contemplado en la perspectiva del tiempo me llama la
atención que Simone de Beauvoir, en términos generales,
fue excesivamente discreta en esas reuniones. Imagino
que prefería dejar que fuera Sartre quien se
manifestara, a pesar de ser ella una de las grandes
escritoras del siglo
XX.
|
 |
|
En el mausoleo de
Martí en Santa Ifigenia |
Cada pregunta que se
le formulaba a Sartre, salvo raras excepciones, estaba
relacionada con la candente realidad cubana. En algún
momento se refirió a un experimento reciente del que
había sido testigo: el de campesinos franceses que
manifestaban sus vivencias personales y sociales y sus
preocupaciones a través de actuaciones teatrales.
Momento en el que se habló de los intentos para
organizar en Cuba un movimiento de aficionados que, a
juzgar por los métodos que se usaron en su
implementación y por los resultados, éstos distaron
mucho de los argumentos que se esgrimieron esa mañana.
Quizás los voceros de tales proyectos estaban pensando
ingenuamente en suplantar a los auténticos creadores.
Como si los artistas, los escritores o la cultura de un
país se pudieran improvisar tan caprichosa como
festinadamente.
En esos días
presenció una función de
Mulato,
de Ramiro Guerra, por
el Conjunto de Danza Moderna y, en varias ocasiones,
insistió en que el folclor en Cuba podía ser recuperado
por los jóvenes y fundirse con la cultura moderna sin
que perdiera su carácter. Aunque el empeño era difícil,
sobretodo en Cuba por la riqueza de su folclor, valía la
pena intentarlo. También insistió en que en lo referente
al teatro había que crear mitos y que éstos surgirían de
la propia vida. Y subrayaba que era necesario huir de la
inmediatez y que había que ir al mito, que era lo más
profundo y perdurable. Los tres caminos para llegar a
él, según puntualizara en entrevista que le hizo
Humberto Arenal para Revolución, eran a través de
la historia de la Revolución, a través de la cultura y
por un análisis de la vida cotidiana. De todos modos,
para él la cultura no podía desinteresarse del mundo en
que estaba inmersa, por lo tanto, debía desempeñarse
activamente exponiendo los problemas y los conflictos
de su tiempo, seguramente una de las formas más
profundas y eficaces de enriquecer espiritualmente esa
realidad.
Porque ―como
escribiría― "si consideramos que el hombre es la
superación constante de las contradicciones, entonces
podemos llegar a ser optimistas".
Este
trabajo fue escrito para la revista Revolución y
Cultura, No. 5/97. Año 36. |