Año IV
La Habana
2005

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Tu locura es tu razón
Omar Valiño
La Habana
Fotos:
Xavier Carvajal


En Cuba, país de quijotes, no podía pasar inadvertido el cuarto centenario del inicio de la andadura de la celebérrima figura cervantina, gracias a la aparición en 1605 de la primera parte de El Quijote.

Dentro del ámbito escénico, una de las sólidas “acciones” del festejo ha corrido a cargo de un elenco del Teatro Nacional de Guiñol bajo la dirección de Armando Morales: la puesta en escena de El Quijote anda, de Freddy Artiles. Fechada en La Habana en mayo de 2000, la pieza no responde, como indica su año de conclusión, a una entrega ocasional en función del muy promocionado aniversario, sino a un diálogo, seguramente extenso, entre el dramaturgo y el personaje-símbolo creado por Miguel de Cervantes. La “traducción” a un paisaje dramático, específicamente titiritero, así lo demuestra. Porque Artiles sintetiza más que la novela o sus sucesos esenciales el espíritu de ella a través de su protagonista, acudiendo, por supuesto, a personajes y pasajes infaltables e igualmente simbólicos en sí mismos.

Continuando con la acentuada tradición nacional de mezclar títeres y actores sobre el escenario para representar una obra con muñecos, el autor propone dos espacios fundamentales con diferentes funciones: “El retablo” para las figuras animadas y en general para los lugares de la acción vinculados a El Quijote, “El espacio anterior” como reino de los actores que encarnan los personajes opuestos a las locas andanzas del señor. A tal precisión y la síntesis arriba descrita, pueden añadirse como virtudes del texto la inscripción en él de imágenes eminentemente titiriteras y la centralidad de un discurso que apuesta por un Quijote auto consciente de su juego a la locura como estrategia frente a la injusticia  y el orden establecido.

Armando Morales respeta la propuesta de Freddy Artiles. Erige una pequeña plataforma en el centro del espacio escénico, en su borde final coloca un ropero del cual saldrán telas, piezas de vestuario, accesorios y máscaras para la asunción, por parte de los cuatro actores (Armando, María Luisa de la Cruz, Lázaro Hernández y Rigel González), de los distintos roles. Enriqueciendo la perspectiva espacial, las varas desnudas coronando el escenario, cayendo como un techo detrás del cual asoma un hermoso sol filtrado por un vitral cubano.

Muy en la estética del director, todo está al servicio del títere, no de los intérpretes. Las dos actrices y los dos actores se intercambian la representación de voces y acciones de los personajes principales. Los cuadros de la estructura dramática son acentuados por el tratamiento nada ilusionista que le confiere Morales al transcurrir de la historia y al uso de los recursos estilísticos, siempre subrayando al público la presencia de la convención del teatro, sublimando la expresión del arte de las figuras animadas.  

Los muñecos (de piso articulados) con su toque solemne y su cierta humanidad, junto al preciso diseño de la escena general y sus detalles por el director, así como la música de Manuel de Falla, el diseño de luces de Enrique Fraginal y el desempeño de las dos parejas,  sirven de manera coherente a los objetivos trazados por Armando Morales para su lectura de la obra de Artiles.

Lo no conseguido estaría en la pérdida de atención que generan los fragmentos tensados por la preponderancia de un verbo en ocasiones demasiado intelectual para la dinámica titiritera, como en el caso del detenimiento en la solución que, desde su punto de vista, Ama, Cura y Bachiller Carrasco buscan para salvar a Quijote a través del “falso” encuentro de armas entre caballeros andantes o en la insistencia por parte de los mismos de exorcizar la locura del protagonista. Pero ello no es insoluble siguiendo las pautas ya establecidas por el montaje.

Sin embargo, cualquier escollo del espectáculo ha de ser asumido por su equipo de realización con el mismo espíritu que transmiten  a través de él. Así como El Quijote no  puede ser derrotado  más que en apariencia por el Bachiller Carrasco, y por eso renace siempre de su muerte, El Quijote anda no puede sino defender su atractiva y riesgosa apuesta de ideas y de estética. Sencillamente, porque, como señala el autor, su locura es su razón.                      

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