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De cuando en cuando el andar por los caminos intrincados
de mi archivo de música, me proporciona sorpresas muy
agradables. Hace tan solo unos minutos, buscando un
álbum del Órgano de los Hermanos Ajo, que persiste en
escabullirse, se me puso a tiro de ojo “Danzón. José
Fajardo, su flauta y su Orquesta”, un disco que hace
rato quería volver a escuchar. Y ya lo estoy logrando.
Es por
la tarde y está a punto de derramarse la lluvia sobre la
ciudad. Sin remedio se me ha puesto el ambiente de
danzón. Suena la charanga de Fajardo y la memoria me
tira para aquel enero de 1879, cuando el matancero
Miguel Faílde causó asombro con su nueva pieza “Las
alturas de Simpson”, una noche de sarao en el liceo de
la cubana ciudad de los puentes. Aquel tiempo en que
definitivamente la música creada en la Isla comenzaba a
tener sabor y nombre propios.
Casi
puedo ver en el inmenso salón las parejas, haciendo con
gozosa perfección la sensual coreografía en medio de
arcos y ramos de flores perfumosas. Mientras más allá de
las lindes del balcón la lluvia es ya una fiesta, voy
entrándome cada vez más en la música que propone el
maestro Fajardo, pero no para que se respeta
rigurosamente la escritura echa en dos por cuatro. Ni
para contar que después de los primeros dieciséis
compases, se entra efectivamente en la llamada parte del
clarinete...ni siquiera advierto el momento preciso en
que la flauta asciende con virtuosismo sobre lo demás.
Si tú
supieras, lo que se apodera de mi atención es la
relación que existe entre cada una de las piezas y el
nombre que sus autores le pusieron encima. En algunos
casos es visible la relación entre el título y la
atmósfera musical que se arma, como sucede con el danzón
que abre el álbum, que su autor, el pianista, compositor
y director Silvio Contreras, denominó “Masacre” y que en
la azarosa década del 30 del siglo pasado, pudo
escucharse y bailarse en algunas fiestas habaneras a
partir de la interpretación de la Charanga Hermanos
Contreras. Es el mismo caso de “El cadete
constitucional”, del compositor, profesor, trombonista,
trompetista y director villareño Jacobo González
Rubalcaba, que desde muy joven fue instrumentista y
conductor de varias bandas militares y civiles en
Vueltabajo.
No pocas
veces los danzones, incluso tomando contribuciones del
cancionero trovadoresco, evocan los sentimientos que
provoca la mujer. Así surgió el emblemático “Fefita” del
compositor, clarinetista y director matancero José Urfé.
También “Doña Olga”, del compositor, violinista y
director pinareño Enrique Jorrín. Pero pueden tener
denominaciones más crípticas, como “Almendra” del
compositor y director habanero Abelardito Valdés. O
“Meditación” del pianista, compositor y director
habanero Cheo Belén Puig.
Hay
danzones con nombres virtualmente alejados de lo
artístico, pero que tal vez tuvieron su motivación en
las circunstancias de la fecha en que fueron compuestos,
pienso en “Penicilina”, de Abelardito Valdés. Pero es
que incluso los hay de una sencillez apegada a la
sobriedad cotidiana, como “Una taza de arroz”, de Luis
Carrillo, de quien no tengo información. Me gusta
particularmente la gracia que tuvo para nombrar el
fecundo compositor, pianista y director habanero Eliseo
Grenet, apegado al refrán o al dicharacho del cubano de
a pie. Así surgieron sus danzones “Si muero en la
carretera” y “Si me pides el pesca’o”.
Justo
mientras se apagan los últimos compases de ese danzón,
en la charanga de Fajardo, miro para el balcón y
entiendo que ha caído la noche, cuando todavía a mí me
dan vuelta los nombres y las razones de estas
composiciones, que durante largos años del siglo XX
fueron apareciendo como fibras del inmenso telar de la
música nuestra, donde se mueven con gracia inadvertida
las más variadas formas de ser del cubano. |