Año IV
La Habana
2005

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EL ESPECIALISTA
Enrique Serna


Gerardo Ibáñez ha descubierto que tiene una catarata en el ojo derecho. Se quiere operar en México, pero su mujer, obstinada en preservar y de ser posible mejorar el status de la familia, lo convence de operarse en una clínica de Rochester donde todo lo controlan por computadora: “Con la vista no se juega, mi amor”. Resignado a gastar una fortuna en la extirpación de la catarata, Gerardo toma el avión a Rochester en compañía de su esposa, que desde la primera mañana se da vuelo haciendo turismo quirúrgico: envía postales a sus amigas, compra un equipo de sonido, videocasetera, botas para la nieve (por si vuelve a caer en el Ajusco) y un armario de aspirinas americanas “mucho mejores que las de México”.

El centro médico de la ciudad es una Disneylandia de medicina. Llevados por andaderas eléctricas, Gerardo y su consorte se encandilan viendo los televisores  que dan información sobre los trasplantes de hígado, cerebro y colon realizados en el hospital, juegan con un robot que vende refrescos, se miden la presión en un aparato que funciona con dos quarters. Una bilingüe y guapa edecán los conduce a la sala de ingreso. Gerardo le cuenta la historia de su ojo enfermo y ella la traduce a un médico de color que sonríe y hasta coquetea con la señora Alcántara. De ahí los mandan a la División de Oftalmología, un rascacielos de 28 pisos con pasillos que huelen a salud y a bosque. Sesión de preguntas con otro médico encantador: edad, cuadro clínico, nacionalidad del paciente, volumen diario de cerilla y lagañas, hábitos sexuales, fecha de la primera vacuna contra la polio. El interrogatorio termina con un traslado a la sección de Oftalmocirugía. El siguiente doctor, menos simpático, pero de aspecto más profesional, examina con una linterna el ojo de Gerardo, murmura algo incomprensible y ordena a la edecán que lleve al paciente a la División Especial de Cristalinos y Córneas.

El nuevo médico habla español. Gerardo se siente aliviado, hace chistes sobre su enfermedad y pide tímidamente que lo dejen fumar. No se  permiten y encima se lleva un regaño. La enfermera le coloca un temible sombrero metálico lleno de botones y cables conectados a una pantalla de computadora. El médico hispanohablante descifra los signos de la pantalla y ordena que lleven a Gerardo a la Subdivisión Latinoamericana de Cristalinos y Córneas. Cuatro exámenes más con distintos doctores.

Gerardo empieza a fastidiarse de tantas preguntas y análisis. Cada nuevo médico pertenece a un departamento más especializado: Oftalmocirugía Mexicana, Sección Cristalinos; Oftalmología del Distrito Federal, Sección Cristalinos, Área de Adultos Mayores de 45 Años... Mareado y deshecho, pero gratamente sorprendido por la fabulosa sofisticación del hospital, Gerardo recorre pasillos y consultorios hasta llegar a un cubículo del piso 22 que según la traductora será la última escala del recorrido. Al entrar se queda paralizado: hay un retrato suyo en la pared. Un pelirrojo de gafas lo abraza efusivamente: "Soy Andrew McGregor, especialista en su ojo derecho. Me siento muy  honrado en conocerlo".

Gerardo titubea: ¿Es una burla, un truco para sacarle más dinero? Notando su perplejidad, McGregor le muestra un diploma de la Universidad de Stanford donde consta que se doctoró en el ojo derecho de Gerardo Alcántara, mexican citizen. "¿Y el izquierdo quién lo estudia?", pregunta Gerardo, incrédulo. "Mi colega John Perkins, de South Dakota. Mire usted, aquí tengo un recuerdo del último congreso de especialistas en su organismo", McGregor le muestra una foto en la que 20 doctores brindan con champaña en el hotel Mirage de Las Vegas. A continuación da los nombres de todos los especialistas, incluyendo a Murria, el ginecólogo, último de izquierda a derecha, "por si usted decidiera cambiar de sexo". Gerardo mira la foto con un sentimiento de ultraje. ¿Cómo es posible que todos esos parásitos vivan de su cuerpo y jamás lo hayan curado de nada? ¿No debería exigirles una indemnización? Mientras McGregor lo examina, se tranquiliza pensando que después de todo, por zángano que sea, McGregor es el médico mejor capacitado para operarlo.

El final de la historia es edificante: McGregor, teórico de un ojo que no conocía en la práctica, deja tuerto a Gerardo y recibe una pensiónvitalicia por haber perdido su objeto de estudio. Culpabilizada, la señora Alcántara se suicida tragándose un frasco de aspirinas americanas. Gerardo la medio llora.

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