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Gerardo Ibáñez ha descubierto que tiene una catarata en
el ojo derecho. Se quiere operar en México, pero su
mujer, obstinada en preservar y de ser posible mejorar
el status de la familia, lo convence de operarse en una
clínica de Rochester donde todo lo controlan por
computadora: “Con la vista no se juega, mi amor”.
Resignado a gastar una fortuna en la extirpación de la
catarata, Gerardo toma el avión a Rochester en compañía
de su esposa, que desde la primera mañana se da vuelo
haciendo turismo quirúrgico: envía postales a sus
amigas, compra un equipo de sonido, videocasetera, botas
para la nieve (por si vuelve a caer en el Ajusco) y un
armario de aspirinas americanas “mucho mejores que las
de México”.
El centro médico de
la ciudad es una Disneylandia de medicina. Llevados por
andaderas eléctricas, Gerardo y su consorte se
encandilan viendo los televisores que dan información
sobre los trasplantes de hígado, cerebro y colon
realizados en el hospital, juegan con un robot que vende
refrescos, se miden la presión en un aparato que
funciona con dos quarters. Una bilingüe y guapa edecán
los conduce a la sala de ingreso. Gerardo le cuenta la
historia de su ojo enfermo y ella la traduce a un médico
de color que sonríe y hasta coquetea con la señora
Alcántara. De ahí los mandan a la División de
Oftalmología, un rascacielos de 28 pisos con pasillos
que huelen a salud y a bosque. Sesión de preguntas con
otro médico encantador: edad, cuadro clínico,
nacionalidad del paciente, volumen diario de cerilla y
lagañas, hábitos sexuales, fecha de la primera vacuna
contra la polio. El interrogatorio termina con un
traslado a la sección de Oftalmocirugía. El siguiente
doctor, menos simpático, pero de aspecto más
profesional, examina con una linterna el ojo de Gerardo,
murmura algo incomprensible y ordena a la edecán que
lleve al paciente a la División Especial de Cristalinos
y Córneas.
El nuevo
médico habla español. Gerardo se siente aliviado, hace
chistes sobre su enfermedad y pide tímidamente que lo
dejen fumar. No se permiten y encima se lleva un
regaño. La enfermera le coloca un temible sombrero
metálico lleno de botones y cables conectados a una
pantalla de computadora. El médico hispanohablante
descifra los signos de la pantalla y ordena que lleven a
Gerardo a la Subdivisión Latinoamericana de Cristalinos
y Córneas. Cuatro exámenes más con distintos doctores.
Gerardo empieza a fastidiarse de tantas preguntas y
análisis. Cada nuevo médico pertenece a un departamento
más especializado: Oftalmocirugía Mexicana, Sección
Cristalinos; Oftalmología del Distrito Federal, Sección
Cristalinos, Área de Adultos Mayores de 45 Años...
Mareado y deshecho, pero gratamente sorprendido por la
fabulosa sofisticación del hospital, Gerardo recorre
pasillos y consultorios hasta llegar a un cubículo del
piso 22 que según la traductora será la última escala
del recorrido. Al entrar se queda paralizado: hay un
retrato suyo en la pared. Un pelirrojo de gafas lo
abraza efusivamente: "Soy Andrew McGregor, especialista
en su ojo derecho. Me siento muy honrado en conocerlo".
Gerardo titubea: ¿Es
una burla, un truco para sacarle más dinero? Notando su
perplejidad, McGregor le muestra un diploma de la
Universidad de Stanford donde consta que se doctoró en
el ojo derecho de Gerardo Alcántara, mexican citizen.
"¿Y el izquierdo quién lo estudia?", pregunta
Gerardo, incrédulo. "Mi colega John Perkins, de South
Dakota. Mire usted, aquí tengo un recuerdo del último
congreso de especialistas en su organismo", McGregor le
muestra una foto en la que 20 doctores brindan con
champaña en el hotel Mirage de Las Vegas. A continuación
da los nombres de todos los especialistas, incluyendo a
Murria, el ginecólogo, último de izquierda a derecha,
"por si usted decidiera cambiar de sexo". Gerardo mira
la foto con un sentimiento de ultraje. ¿Cómo es posible
que todos esos parásitos vivan de su cuerpo y jamás lo
hayan curado de nada? ¿No debería exigirles una
indemnización? Mientras McGregor lo examina, se
tranquiliza pensando que después de todo, por zángano
que sea, McGregor es el médico mejor capacitado para
operarlo.
El final de la
historia es edificante: McGregor, teórico de un ojo que
no conocía en la práctica, deja tuerto a Gerardo y
recibe una pensiónvitalicia por haber perdido su objeto
de estudio. Culpabilizada, la señora Alcántara se
suicida tragándose un frasco de aspirinas americanas.
Gerardo la medio llora. |