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Se dijo de él que fue
el “primer crítico literario profesional en la
literatura cubana. Es, en varios sentidos un
continuador de Domingo del Monte...”
Nacido en La Habana
el 19 de diciembre de 1839, pareció marcado desde el
primer día por la impronta del magisterio y la
necesidad de comunicar sus ideas. Tuvo que ver,
seguramente, el haber nacido en la casa donde estaba el
Colegio San Fernando que dirigía su padre, un notable
latinista y profesor universitario ―años después en el
mismo inmueble estaría el colegio San Pablo, dirigido
por Mendive―, y haber estudiado desde 1850 en el colegio
San Salvador, que entonces dirigía José de la Luz y
Caballero; de ese centro docente se iría para estudiar
leyes en la Universidad de La Habana ―con un período
madrileño―, para volver luego y trabajar allí como
profesor, hasta poco después de iniciarse la Guerra de
Independencia, cuando emigra, a principios de 1869.
Durante los últimos
años de esa etapa había escrito ya no pocos estudios
entre los que sobresalen los dedicados a Rafael María de
Mendive, Luaces, Zenea, y Luisa Pérez de Zambrana.
“Defensor de esa
poesía nueva” se le llamó también, en alusión a sus
trabajos sobre estos los poetas del 1850, aquella
“segunda generación romántica, con una nota intimista y
melancólica...”
Enrique Piñeyro era
entonces un joven estudioso que empezaba a darse a
conocer en los predios intelectuales habaneros, pero en
opinión de Salvador Bueno estaba “perfectamente
preparado para realizar esta misión crítica”. Eran
conocidas sus actividades en revistas literarias como
Las Revista Habanera―con
Zenea―, y la
Revista del Pueblo,
y a su regreso de
España aparecieron colaboraciones suyas en Cuba
Literaria, sobre todo un trabajo llamado
Apuntes sobre lo
bello.
Muchos han
considerado a Piñeyro como un crítico poco dado a tratar
temas filosóficos o estéticos, sin embargo algunos
estudiosos estiman que no faltaron juicios con
criterios hegelianos para adentrase en el análisis de
las formas de la belleza en la literatura.
Para los analistas de
la obra de Piñeyro existen dos etapas más, la segunda
con marcado acento político, y la tercera, la de la
fecundidad.
Con su emigración
hacia Estados Unidos inició una etapa de orador
brillante, mientras fungía como secretario de José
Morales Lemus, se dedicaba al periodismo en
publicaciones como La Revolución, El Nuevo Mundo,
y además realizaba labores diplomáticas en favor de la
“república en armas”. Tantos y tan intensos fueron esos
años que el gobierno colonial lo “condenó a muerte en
rebeldía”. Con las horas tristes del Pacto del Zanjón
regresa a Cuba, pero el ánimo caldeado que propiciaban
los tristemente célebres “Voluntarios”, le hacen
emigrar de nuevo, esta vez hacia París, donde muere en
1911.
De aquellos años son
resultados sus mejores obras de críticas e historia, los
temas de literatura europea y universal, aunque también
en opinión de varios autores incurre en errores y “pocas
honduras”.
De esa etapa también
es “Poetas Famosos del siglo XIX” y de esa etapa también
los juicios enontrados sobre él, donde se afirma que
era “un Brandes tropical, a quien la circunstancia
política le negó el sosiego necesario para realizar,
como deseaba la historia de la grandes corrientes
literarias del siglo XIX, que realizó Brandes y que
Piñeyro dejó solamente en apuntes”
En opinión de Manuel
Sanguily, Piñeyro “huye de los tonos chillones con el
mismo empeño con que evita los juicios violentos. Su
característica es la moderación, así en el fondo como en
la forma, pareciéndome que siempre está en guardia
contra sí mismo, como en acecho contra cualquier
relámpago que releve la pasión o el sentimiento que él
quiere a toda costa mantener sojuzgados y mudos”, y sin
embargo consideró también que “tiene la necesaria
imaginación para lo que él dice o escribe sea siempre
hermoso”.
Otros criterios más
indulgentes, como el de Salvador Bueno, nos advierten
que Piñeyro había intentado lo que se “ha llamado
`poesía de la crítica´, y en toda su labor literaria,
vaya por los campos de la crítica, de la biografía o de
la historia, prevalece en sus textos la belleza de su
escritura, la concreta actividad de un artista de la
palabra escrita” |