Año IV
La Habana
2005

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¿DÓNDE QUIERES QUE TE PONGA EL PLATO?
Calamar con chévere
El Guajiro de El Crucero


Esta vuelta de ponerle nombre a un plato es del carajo, imagínate tú que se te ocurra o te baje la musa culinaria (que eso a los griegos se les quedó en el tintero ) y de momento tienes una preparación loquísima y sabrosa en la mesa, que te ha salido de lo más inspirada. La prueba tu mujer, tu hermano, un vecino, el  compadre, y te dicen:

De dónde tú sacaste esto mi’jo, cómo se llama. Y a esa hora le quieres buscar la recontrapeluza al plato para titularlo con un nombre  que lo ennoblezca y nada, que casi te da más trabajo el bautizo, que las horas de pie frente al fogón.

Algo así le pasó a Julián. Julián es uno de esos amigos ocasionales que la vida te da el privilegio de conocer, a los que se les coge un cariño repentino, inexplicable. Pues andaba yo por Pinar del Río corriendo mundo y envuelto en buena compañía, de trago en trago y guateque en guateque, cuando en una casita del barrio de Surí, siendo presa de recia borrachera y no teniendo más que calamares, nos dice Julián, que era el anfitrión : Caballero, ahora les voy a hacer un salaíto. Mete mano y coge los calamares, que ya estaban limpios gracias a su precavida esposa. Los sala, los pica y los  pone a hervir en una cazuela con vino casero, mientras nos cuenta que su abuela era una bárbara en materia de mariscos, y que antes de pasar a mejor vida le había dejado esa receta como herencia. Para asombro de todos y motivo de risa, la vieja Claudelina sale con un vasito de ron en la mano de atrás de la cortina y mirándonos con picardía nos aclara que ella no tiene absolutamente nada que ver con aquellos calamares y que ya estaba cansada de ser la excusa del desatino culinario de su nieto. Luego de otros cuentos y jaranas de la abuela, Julián se fue a la cocina y echó un poco de manteca de puerco en la cazuela donde ya se había reducido el vino y le atizó más carbón a la hornilla. Aquello chirrió como un infierno y nos llegó un olor encantador que inundó la salita. Entre lo que nos dimos cuatro guayabazos más, ya venía el hombre con unos calamares dorados que puso en la mesa engastados en unas  rodajas de limón criollo y salpicados con semillas molidas de ají de la puta de tu madre, que aquello lloraba ante los ojos de Dios.

Luego del abundante salaíto, le pregunto por el título de aquellos calamares y él, pega a rascarse la cabeza y a mirarme hecho un rollo, cuando Claudelina, sabiamente nos dice, mientras extiende el vaso hacia la botella de guayabita esperando que la sirvan: esto se llama “Calamar con chévere”, mi’jo, y a la verdad que pa’ picar, no tienen precio.                              

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