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Esta
vuelta de ponerle nombre a un plato es del carajo,
imagínate tú que se te ocurra o te baje la musa
culinaria (que eso a los griegos se les quedó en el
tintero ) y de momento tienes una preparación loquísima
y sabrosa en la mesa, que te ha salido de lo más
inspirada. La prueba tu mujer, tu hermano, un vecino,
el compadre, y te dicen:
De dónde tú sacaste esto mi’jo, cómo se llama. Y a esa
hora le quieres buscar la recontrapeluza al plato para
titularlo con un nombre que lo ennoblezca y nada, que
casi te da más trabajo el bautizo, que las horas de pie
frente al fogón.
Algo así
le pasó a Julián. Julián es uno de esos amigos
ocasionales que la vida te da el privilegio de conocer,
a los que se les coge un cariño repentino, inexplicable.
Pues andaba yo por Pinar del Río corriendo mundo y
envuelto en buena compañía, de trago en trago y guateque
en guateque, cuando en una casita del barrio de Surí,
siendo presa de recia borrachera y no teniendo más que
calamares, nos dice Julián, que era el anfitrión :
Caballero, ahora les voy a hacer un salaíto. Mete mano y
coge los calamares, que ya estaban limpios gracias a su
precavida esposa. Los sala, los pica y los pone a
hervir en una cazuela con vino casero, mientras nos
cuenta que su abuela era una bárbara en materia de
mariscos, y que antes de pasar a mejor vida le había
dejado esa receta como herencia. Para asombro de todos y
motivo de risa, la vieja Claudelina sale con un vasito
de ron en la mano de atrás de la cortina y mirándonos
con picardía nos aclara que ella no tiene absolutamente
nada que ver con aquellos calamares y que ya estaba
cansada de ser la excusa del desatino culinario de su
nieto. Luego de otros cuentos y jaranas de la abuela,
Julián se fue a la cocina y echó un poco de manteca de
puerco en la cazuela donde ya se había reducido el vino
y le atizó más carbón a la hornilla. Aquello chirrió
como un infierno y nos llegó un olor encantador que
inundó la salita. Entre lo que nos dimos cuatro
guayabazos más, ya venía el hombre con unos calamares
dorados que puso en la mesa engastados en unas rodajas
de limón criollo y salpicados con semillas molidas de
ají de la puta de tu madre, que aquello lloraba ante los
ojos de Dios.
Luego del abundante salaíto, le pregunto por el título
de aquellos calamares y él, pega a rascarse la cabeza y
a mirarme hecho un rollo, cuando Claudelina, sabiamente
nos dice, mientras extiende el vaso hacia la botella de
guayabita esperando que la sirvan: esto se llama
“Calamar con chévere”, mi’jo, y a la verdad que pa’
picar, no tienen precio.
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