Año IV
La Habana

10 al 16 SEPTIEMBRE
de
2005

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Ni más ni menos
Bladimir Zamora Céspedes La Habana


En los mismos días en que la música cubana cobraba conciencia de sí misma, ya estaba interactuando con la nación norteamericana. Allí, aún antes de que Cuba se quitara el peso del colonialismo español, ya andaban compositores e instrumentistas nuestros por esa nación. Lo cual se incrementó en las primeras décadas del siglo pasado, impulsado sobre todo por el interés de la floreciente industria del disco en EE.UU., que se interesó muy pronto por los músicos nuestros. Desde entonces y hasta hoy los ritmos cubanos siempre han estado cerca del público norteamericano.

En consecuencia, no ha sido nada casual que desde el emplazamiento mismo de las transnacionales del disco, y en particular de aquellas que tienen sus más gruesas acciones económicas en U.S.A., el producto musical discográfico a partir de creaciones originadas en la Isla o concebidas en cualquier sitio por artistas cubanos, ha tenido sostenida presencia.

Esto se hace muy patente en los Premios Grammy, cuyo claro objetivo esencial es potenciar el comercio del disco. Es natural entender que tanto las nominaciones como los ulteriores premios, estén condicionados por ello.  Pensando en la presencia de la música cubana en las anteriores ediciones, como en esta del 2005, de manera general los títulos guardan discos de alto valor estético y esta vez son más abarcadores de las diferentes vertientes: Chapeando, de Juan Formell y Los Van Van, la agrupación por excelencia de nuestros bailadores; Homo Ludens, de Leo Brouwer, mostrando su clásica sencillez relevante; Manuel Guajiro Mirabal y Flor de ausencia, dos de las más recientes entregas del proyecto Buena Vista Social Club ―la primera exaltando la maestría de nuestro más criollo trompetista, por la vía del homenaje a Arsenio Rodríguez; la segunda brindando de nuevo la posibilidad de estar muy cercana de una de las voces infaltables de nuestro entorno espiritual, la de Omara Portuondo―; Paseo, de Gonzalo Rubalcaba y el Nuevo Cuarteto Cubano, reafirmándolo entre los virtuosos del jazz latino; El Kilo, de Orishas, probando que estos cubanos asentados en París, siempre con lo mejor de nuestras raíces en sus sentimientos, sí podían trascender su primer exitoso CD y Cuba le canta a Serrat, expresión de nuestro cariño familiar al cantautor español.

Es natural alegrarse de estas nominaciones y de los posibles futuros premios, porque manejos de mercado transnacional aparte, esto contribuye a la  mayor proyección universal de la música cubana. Lo que de ninguna manera sería serio, es tomar a los Premios Grammy como termómetro de la mayor calidad de un título discográfico. No es muy difícil encontrar álbumes resueltos con los mejores instrumentos estéticos, que nunca serán tocados por esa especie de varita mágica, y no por ello tienen que dejar de ser disfrutados por los amantes de la música cubana  y tampoco deberían de dejar de ser justipreciados por los investigadores y los críticos, que tienen la responsabilidad de hacer memoria y balance de nuestra cultura.
 

   
   
   

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