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Santiago Rodríguez
Olazábal trabajaba plantificadamente para un proyecto en
el Centro de Arte y Naturaleza de Madrid y otro en la
galería cubana La Casona cuando le pidieron que ocupara
durante el verano una de las salas transitorias del
Edificio de Arte Cubano del Museo de Bellas Artes.
Hacerlo significaba trabajar muy duro, “pero como no
exponía en el Museo desde el año 92 dije que sí y asumí
el reto. Me puse de acuerdo con Corina Matamoros,
curadora especializada en el arte cubano de los años 80
y 90, le llevé bocetos e hicimos el trabajo de mesa y a
partir de ahí a crear en función de otra exposición”.
El artista comenzó a
generar nuevas obras al mismo tiempo que iba
dibujando para España y dejando un poco para después las
piezas pensadas para La Casona, donde actualmente expone
Ewé tete.
Las dos muestras en Cuba cuentan de obras instalativas y
obras planas con objetos tridimensionales incorporados.
“Siempre estudio el
espacio para luego hacer piezas que funcionen y se
apropien del lugar. En el Museo el eje fue Onilé,
el espíritu protector de la tierra, quien presidía la
exposición con una obra conformada por una casita, un
gran mandala de tierra y caligrafías.”
Grandes dimensiones
llevan muchas de sus creaciones, sin embargo; “nunca he
tenido que desarmar ninguna, he corrido con buena
suerte y las adquieren museos y otras instituciones o
fundaciones dedicadas al arte, además de algunos
coleccionistas privados. El propio Museo Nacional tiene
más de veinte adquiridas o donadas por mí desde 1989.
Una de ellas viajará a Brasil próximamente en una
muestra colectiva de arte cubano. Otra, de la reciente
muestra, ya está seleccionada para un proyecto en los
EE.UU. para el año 2007.”
Aunque es el único
representante de la generación de los 80 que ha expuesto
dos veces en Bellas Artes, este artista no se
caracteriza por una presencia constante en los centros
de promoción y exhibición del arte, pero desde su
reaparición en el 2002 en las galerías Pequeño Espacio y
Habana algo ha cambiado en ese sentido.
“Ha variado, pero no
con todo el interés. Como mi obra no es fácilmente
comerciable por los formatos, los soportes y los
materiales, hay ciertas reservas en las que también
puede influir mi actitud de no pretender ser un artista
de los llamados “de la Gran Escena”.
No obstante, su
reconocimiento es innegable tanto en Cuba como
internacionalmente, sobre todo por una obra sólida
dedicada en profundidad a reflejar los cultos
afrocubanos.
“Yo soy religioso
desde niño y cuando entré a la Escuela de arte
comprendí que era un tema que se podía explotar
creativamente. Claro está, como un niño que empieza a
erguirse, luego aprende a caminar hasta tomar un paso
con fuerza, y ahora a mis 50 años es que creo que estoy
listo para correr, a trote, porque pienso que esta es
una carrera de fondo y no de velocidad.”
¿Pero no temes
Santiago que esa fuente religiosa tan constante se te
agote como posibilidad de mantener una evolución en tu
trabajo?
“Te respondo con algo
que decía mi bisabuelo, un sacerdote de Ifá: No alcanzan
tres vidas para aprender la filosofía, el entendimiento
y la sabiduría de la religión Orisha.”
“Entonces no puede
ser inagotable el tema, nos agotamos nosotros pero el
tema es inmortal y lo demuestran sus escrituras y su
pensamiento, Ifá nunca muere, ni termina, ni se detiene.
Siempre está adelante, adelante, adelante.”
Aunque no son muchos
los que han trabajo la religiosidad negra y su
sincretismo desde lo más adentro, hay una saga de
grandes nombres que han dejado para el arte cubano una
historia sobre el tema.
“Cuando nací, Lam ya
estaba vivo y estaba haciendo arte, Roberto Diago ya
estaba haciendo arte, Portocarrero ya había hecho sus
vírgenes y diablitos. Cuando era estudiante, existía un
Mendive ante quien me llevaron un día y cuando le mostré
dos de mis pequeñas obras me dijo: ‘Eso me recuerda al
Mendive de la primera etapa’.”
“Para mí es uno de
los elogios más grandes que ha tenido mi obra, porque a
pesar de que hay quienes han expresado sus reservas
sobre la obra de Mendive, yo lo considero uno de los
maestros indiscutibles del arte cubano. Así que solo soy
un continuador del tema desde un punto muy personal, muy
desde adentro, una pieza más que trabaja a su manera de
ver y hacer artísticamente ese mundo.”
¿Y lo haces
consciente de pertenecer a la generación de los 80?
“Uno nunca puede
sentirse aislado de su generación porque uno es un ser
social que vive inmerso en una época. Quieras o no
quieras tienes que respirar, mirar y pensar a la manera
de esa época. Yo fui uno de los estudiantes que salió a
la calle a buscar y que tuve la suerte de pertenecer a
esa ruptura del arte cubano que marcó pautas importantes
en los años 80, como antes lo hizo la generación de los
40, contrarios a otras como la de los 70 que pudo, pero
no supo hacerlo. Entonces, la nuestra estableció una
diferencia que incluso abarcó otras manifestaciones como
el teatro.”
De la expresión de
las concepciones ideoestéticas de aquella generación
nacida a partir de la exposición Volumen I,
emergió un pensamiento colectivo acerca del hacer por un
nuevo arte nacional, amén de estar influido por
corrientes artísticas foráneas, pero válidas para
cambiar sobre nuestra propia historia.
“Soy uno más de ese
grupo que quiso expresar lo que tenía adentro, lo que
veía mi ojo y lo que procesaba mi conciencia con los
códigos y presupuestos propios de mi generación, y los
resultados llegan hasta ahora con transformaciones y
evoluciones formales que responden a esa ideoestética.”
Y por pertenecer a
esa generación eres un consecuente instalacionista y
seguidor de la etnográfica afrocuabana.
“El proceso de crear
obras instalativas ha venido con el tiempo, pero me
considero un creador de objetos de valor estético
basados en el pensamiento de mi religión. De mi
generación hubo otros que tocaron el tema de alguna u
otra manera, como José Bedia, Rubén Torres Llorca,
Rodríguez Brey, incluso Elso, pero a mi manera de ver lo
hicieron muy epidérmicamente. En el caso de Belkis Ayón,
tomó un camino muy álgido para su condición de mujer que
tropezó con un mundo reservado exclusivamente para
hombres. Creo que fue bastante, pero bastante audaz. Una
artista para respetar, que aunque no se consideraba a sí
misma una gran dibujante, ahí están las imágenes de sus
colografías.”
¿Esperas que alguien
de las nuevas generaciones llegue hasta tu patio a
enseñarte algo como tú lo hiciste con Mendive?
No sigo mucho lo que
hacen los demás. Trato de mantenerme informado sobre lo
que necesito. No soy de frecuentar exposiciones e
inauguraciones, tal vez por eso no muchos van a las
mías. Fui a casa de Mendive porque me llevó Eliseo
Valdés, amigo y escultor de los 80. Pero ojalá alguien
viniera a mi puerta, no para que hubiese un seguidor de
mi obra, sino para encontrar a un continuador de esta
historia. |