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"La identidad no deja de ser una especie de juego
virtual al que nos es imprescindible referirnos para
explicar cierto tipo de cosas, pero sin que tenga nunca
una existencia real,... un límite al cual no corresponde
en realidad ninguna experiencia."
Lévi-Strauss,
La identidad.
NOTA
INTRODUCTORIA
Desde los tiempos de
los godos, visigodos, vándalos, alanos... y durante su
dominación, se fortaleció en la Península ibérica la
herencia cultural del mundo islámico. Entre los siglos
VIII y XV, el islam se aventuró fuera de sus territorios
árabes hacia el Oriente Próximo para convertirse en la
religión dominante en muchas partes de África, Asia y la
península, ocupando la mayor parte del territorio
español a la muerte de don Rodrigo, último rey godo.
Esta islamización
global llevó nombres, palabras, alfabeto, arquitectura,
actitudes sociales y valores culturales árabes a pueblos
de todo el mundo. Ibn Batuta, gran viajero marroquí del
siglo XIV, pasó décadas visitando el amplio dar
al-Islam. Viajó desde Malí, África y España en
occidente hasta el Sudeste asiático y los puertos de las
costas chinas en oriente. Mientras que el cristiano
Marco Polo siempre se consideró un extranjero en sus
viajes, sin embargo, Ibn Batuta durante sus viajes
encontraba siempre gentes que compartían su visión
general del mundo y sus valores sociales.
En el siglo XV, con
la expulsión de Boabdil, último rey de Granada, acontece
lo que se dio en llamar el descubrimiento de América por
el mundo occidental europeo. Así
comenzaron nuestros vínculos con el mundo árabe,
herencia cultural que nos fue legada tras ocho siglos de
dominación islámica de la Península ibérica y su
influencia en el África subsahariana, de donde llegó a
tierras de América la mayor cantidad de negros esclavos.
De esta manera comienza nuestra historia, llena de
encuentros y desencuentros hasta llegar a su influencia
en la arquitectura colonial habanera.
En un
acercamiento a los componentes de la etno-nación cubana
podemos ver que este es el resultado histórico-cultural
y poblacional de los conglomerados multiétnicos:
hispánico, africano, chino y antillano principalmente,
que se fusionaron de manera compleja y disímil desde el
siglo XVI, hasta crear una entidad étnica nueva basada
en una población endógena, con capacidad
autorreproductiva propia no dependiente de las
corrientes que le dan origen. Siendo el crisol de
orígenes de sus habitantes, este es uno de los rasgos
más distintivos de la ciudad respecto de las otras
provincias. La identidad del capitalino está
identificada con nuestra ciudad, su contexto
sociohistórico, sus tradiciones y costumbres las que nos
distingue del resto de los hombres y mujeres de otras
ciudades y naciones.
Dentro
de estos grupos étnicos encontramos a los españoles y a
los árabes, los cuales ejercieron marcada influencia en
nuestra cultura. Dentro de esta subyace el legado
hispano-musulmán que en el proceso de conquista y
colonización, España volcó en nuestras tierras de
América como parte de la cultura material y espiritual,
permeada de la onda y benéfica influencia árabe y, que
aún prevalece en muchas de nuestras costumbres, en la
forma de nombrar muchas cosas, al verse enriquecido
nuestro idioma español por millones de vocablos
derivados de la lengua de los árabes, así como la
arquitectura, los oficios, la farmacopea, etcétera.
La
presencia árabe en San Cristóbal de La Habana. Su
influencia en la cultura.
Luego de
una aproximación general a la presencia árabe, nos
detenemos en el habanero de hoy quien después de medio
milenio de la llegada del almirante Cristóbal Colón,
emplea en su cotidianidad hábitos culinarios como el
arroz, la acelga o el azafrán o en el lenguaje militar
términos como atalaya o alférez por citar algunos
arabismos que se destacan en nuestro cotidiano hablar
como jarra, alfombra o almohada.
Dentro
de este caudal cultural de la sabiduría árabe se
destacan los exponentes del arte mudéjar que engloba
aquellas manifestaciones artísticas, arte que encontró
sus orígenes en España desde finales del siglo XII hasta
principios del siglo XVI cuya principal característica
es el empleo de formas y técnicas de origen árabe en la
construcción de obras en territorio cristiano, con sus
antecedentes islámicos caracterizados por una decoración
caligráfica íntimamente ligados a la doctrina islámica y
que se desarrollaron desde los primeros tiempos de su
religión, los cuales se conservan en la fachada e
interiores de templos y casas, obra de los arquitectos
moros que estuvieron por más de ochocientos años en la
Península ibérica en carácter de dominación y que luego
de la reconquista alcanzaron su máximo esplendor en la
fusión de los estilos góticos, renacentista y barroco.
En Cuba
la presencia árabe se nos revela a través del
mudejarismo de las fachadas e interiores, los techos de
alfarjes, de los que aún quedan muestras en las
construcciones de La Habana, Remedios, Camagüey y
Santiago de Cuba, levantadas estas entre los años 1617 y
1730.
Los
primeros moriscos
llegaron a América con las tropas peninsulares, hasta
1543, fecha en que una Real Cédula prohibió que pasaran
al Nuevo Mundo. Siete décadas después Felipe III ordenó
su expulsión definitiva de Granada, en 1617, fecha en
que aproximadamente se marca el apogeo de las
manifestaciones mudéjares en algunas colonias americanas
entre las que sobresalen México y Cuba.
Esta
presencia se hizo evidente en las construcciones
mudéjares que se fueron extendiendo a lo largo y ancho
del continente americano por lo que se afirmó que en el
Nuevo Mundo hay tantas como en España, empleadas estas
en las misiones de California, Texas, Nuevo México y en
las jesuitas del Paraguay, todas pertenecientes al
dominio español.
Con la
fiebre constructiva del siglo XVII que se desató en Cuba
―en particular en La Habana― como consecuencia del
mejoramiento de las condiciones económicas de la colonia
y del desarrollo profesional de los maestros artesanos
(andaluces, moriscos e isleños) aumentaron las
construcciones religiosas y civiles, influenciadas por
Sevilla, principal puerto de contacto con las Indias
Occidentales, y lugar en donde radicaba la Casa de
Contratación.
CARACTERÍSTICAS DE LOS ALFARJES CUBANOS
Dentro
del mosaico cultural caribeño, Cuba fue, sin lugar a
duda, el espacio por excelencia para el desarrollo del
mudejarismo. Las características de nuestro clima
requerían de espacios amplios y frescos para sus
interiores y gozaban de la abundancia de maderas
preciosas en los alfarjes de los templos y viviendas.
Aunque estas se diferencian de los moriscos españoles,
se pueden apreciar las supervivencias de las técnicas
constructivas, análogas a la de los peninsulares y en
los que estos alcanzaron gran maestría en el ensamblaje
e integración de las piezas de maderas.
Aun con
la simplificación en las armaduras, las técnicas
constructivas no se vieron afectadas. De ello nos
recuerda J. Weiss.
“El tipo más usado fue el par y nudillo, en el cual las
vigas inclinadas o pares se enlazaban a cierta altura
con otros horizontales o nudillos formado a modo de una
A.”
Las
lancerías mudéjares fueron introducidas a partir de
figuras geométricas por los artesanos criollos. De los
arquitectos, maestros de obras y carpinteros que lo
crearon, poco o casi nada se conoce, así como tampoco
se sabe nada del resto de los obreros, esclavos que con
su sudor dieron vida a estas formas arquitectónicas.
Junto a
los alfarjes, las viviendas del siglo XVII presentan
rasgos análogos a los presentados por las viviendas
moriscas en Granada, Toledo y Segovia. Dentro de las
características que más sobresalen de este tipo de
arquitectura, tanto en España como en América, están el
pequeño patio interior, así como el traspatio, semejante
a las que se construyeron en La Habana, con “análoga
disposición características de algunas casas moriscas,
especialmente las granadinas”.
Dentro
del conjunto de características de la vivienda morisca
hispana resalta la visión del patio que queda oculta de
la vista desde la calle por medio de puertas no ocultas
o pasadizos acodados, cumpliendo la norma musulmana de
mantener la privacidad de la casa, y según Prat Puig,
de las treinta construcciones primitivas de ese período,
solo tres tenían el acceso enfrentado al patio, portadas
que penetraban al zaguán que servía de vestíbulo, a la
vez que el espacio servía para guardar el coche o la
calesa.
Otro de
los aspectos más sobresalientes y reiterados dentro de
estas viviendas de La Habana está la reproducción de la
planta alta e imagen de la baja, aledaño a los balcones
y los pisos. Junto a estas manifestaciones de la misma
capital y otras ciudades están las rejas de celosías
torneadas en madera “cuyos barrotes muy gruesos dejan
entre ellos espacios menores que el diámetro de ellos
mismos. Propiamente son rejas, pues impiden el acceso al
interior; pero, además, son celosías, ya que su
disposición impide darse cuenta desde afuera de que
acontece en el interior, en tanto que desde adentro se
ve claramente lo que ocurre afuera”
de esta, localizamos un prototipo en el Seminario Mayor
de San Carlos y San Ambrosio limítrofe a la Catedral de
La Habana.
Dentro
de este marco de características y diferencias, las más
notables se encuentran en las fachadas de las viviendas;
las casas de los peninsulares están caracterizadas por
la sobriedad y los escasos balcones, a diferencia de las
viviendas latinoamericanas y caribeñas, caracterizadas
por el amplio y voluminoso balconaje, lo cual significó
una transformación de los paseadores y galerías
colocadas a lo alto de las fachadas de las casas de hoy,
así como, por las características del país, la época, en
los interiores se abandonó detalles como los azulejos
decorativos y la yesería, aun cuando, dentro de los
elementos de la arquitectura morisca, las fachadas de
las residencias primitivas, mantuvieron soluciones
típicas dentro de la espiritualidad islámica.
A MODO
DE CONCLUSIONES
Cuando
hoy conocemos la oriundez y hasta la magnitud numérica
de cada componente de nuestra raza, incluso con
precisión de fechas de entrada a este maravilloso
escenario histórico constituido por lo que se ha dado en
llamar el proceso de la cubanía. Es preciso volver a
repensar esta para que no se nos escape de la mano la
sustancia humana, más allá del intercambio de sangre, de
la formación de un registro común de emociones, de una
mentalidad y una memoria colectivas.
No
estaría de más, como sugiere Umberto Eco, que en la
práctica de los análisis e interpretaciones
socioculturales, nos fuéramos acostumbrando a “sustituir
la noción de idea por la de unidad semántica, que se
identifica, no en la mente humana, sino en el contexto
de la cultura”, en el que toda hermenéutica adquiere su
verdadero contexto semántico y el significado concreto
de su auténtica perspectiva histórica, sin olvidar jamás
que la diversidad cultural es tan importante para la
supervivencia de la humanidad como la biodiversidad para
la estabilidad y permanencia del planeta Tierra.
Aproximarnos a la herencia cultural de los distintos
pueblos que de una forma u otra han venido a enriquecer
nuestra identidad nacional, nos permite reconocernos
dentro del calidoscopio cultural de la humanidad, legado
que, además, nos distingue de otros pueblos como una
parte de ellos, por lo que nos legaron, y como pueblo
diferente, por lo que somos.
Hace
tiempo que la antropología nos ha enseñado el carácter
simbólico de la cultura, dándose en una misma época, y
en un mismo espacio la coexistencia de varios códigos de
comprensión e interpretación de la realidad, códigos
ligados necesariamente a la historia de los sistemas
culturales, historia que como muestra simbólica
representa los muchos rostros de una nación.
Por eso,
las creencias, y concretamente las fundacionales
sociales, sean cuales sean sus contenidos y las
diferentes formas en que puedan expresarse y
representarse, constituyen referencias originarias ―
“explícitas o implícitas”― dinámicas, porque son
producidas por las sociedades históricas que las fundan,
sobre las bases de las culturas e identidades populares,
y que se presentan, no como un bloque homogéneo, donde
la coexistencia de múltiples mentalidades es lo que
permite explicar la unidad y la diversidad de la misma
cultura, los procesos de construcción y reconstrucción
de las identidades, su dinámica interna, el conflicto y
el cambio.
Las
distintas formas de expresar la espiritualidad
constituyen aristas de nuestra cultura, formas
culturales surgidas de tejido social e histórico de la
cubanía, expresión nacida de la necesidad de
autoafirmación de los miles de hombres y mujeres que en
condiciones vergonzantes fueron traídos a América, y que
hoy son la sal y luz de estas tierras. Reflejo del
rostro de nuestro ser de cubanos, característica
sobresaliente de nuestra psicología social, de nuestra
cultura popular, auténtico recurso de nuestra identidad
en la defensa de la independencia y soberanía nacional.
Es
imposible comprender a fondo nuestra historia y mucho
menos el alma de nuestros pueblos americanos si no nos
apoyamos sobre el legado de mitos, leyendas, historias,
valores y conocimientos de todo tipo, sus formas de
comprender y aprender el sentido popular de la historia,
la visión optimista o pesimista, heroica o mesiánica,
circular o lineal que un pueblo tiene de su pasado y su
devenir, registro de los abismales enfrentamientos,
avances, torceduras y retrocesos que se transmite
pacientemente de generación a generación y que se
expresan en la cotidianidad como manifestación de la
conciencia de nuestros pueblos y, por tanto, de la
cubanía.
BIBLIOGRAFÍA.
Harris, Marvin. Introducción a la
antropología general. Madrid, Alianza, 1981.
Lévi-Strauss, Claude. Antropología
estructural. Mito, sociedad, humanidades. México, siglo
XXI, 1979.
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