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LOS ÁRABES EN LA HABANA
Influencia morisca
en la arquitectura habanera
Francisco D. Morillas Valdés
[1] y Marlene Marjorie Del Valle Torres[2] La Habana


"La identidad no deja de ser una especie de juego virtual al que nos es imprescindible referirnos para explicar cierto tipo de cosas, pero sin que tenga nunca una existencia real,... un límite al cual no corresponde en realidad ninguna experiencia."

Lévi-Strauss, La identidad.

NOTA INTRODUCTORIA

Desde los tiempos de los godos, visigodos, vándalos, alanos... y durante su dominación, se fortaleció en la Península ibérica la herencia cultural del mundo islámico. Entre los siglos VIII y XV, el islam se aventuró fuera de sus territorios árabes hacia el Oriente Próximo para convertirse en la religión dominante en muchas partes de África, Asia y la península,  ocupando la mayor parte del territorio español a la muerte de don Rodrigo, último rey godo.

Esta islamización global llevó nombres, palabras, alfabeto, arquitectura, actitudes sociales y valores culturales árabes a pueblos de todo el mundo. Ibn Batuta, gran viajero marroquí del siglo XIV, pasó décadas visitando el amplio dar al-Islam. Viajó desde Malí, África y España en occidente hasta el Sudeste asiático y los puertos de las costas chinas en oriente. Mientras que el cristiano Marco Polo siempre se consideró un extranjero en sus viajes, sin embargo, Ibn Batuta durante sus viajes encontraba siempre gentes que compartían su visión general del mundo y sus valores sociales.

En el siglo XV, con la expulsión de Boabdil, último rey de Granada, acontece lo que se dio en llamar el descubrimiento de América por el mundo occidental europeo. Así comenzaron nuestros vínculos con el mundo árabe, herencia cultural que nos fue legada tras ocho siglos de dominación islámica de la Península ibérica y su influencia en el África subsahariana, de donde llegó a tierras de América la mayor cantidad de negros esclavos. De esta manera comienza nuestra historia, llena de encuentros y desencuentros hasta llegar a su influencia en la arquitectura colonial habanera.

En un acercamiento a los componentes de la etno-nación cubana podemos ver que este es el resultado histórico-cultural y poblacional de los conglomerados multiétnicos: hispánico, africano, chino y antillano principalmente, que se fusionaron de manera compleja y disímil desde el siglo XVI, hasta crear una entidad étnica nueva basada en una población endógena, con capacidad autorreproductiva propia no dependiente de las corrientes que le dan origen. Siendo el crisol de orígenes de sus habitantes, este es uno de los rasgos más distintivos de la ciudad respecto de las otras provincias. La identidad del capitalino está identificada con nuestra ciudad, su contexto sociohistórico, sus tradiciones y costumbres las que nos distingue del resto de los hombres y mujeres de otras ciudades y naciones.

Dentro de estos grupos étnicos encontramos a los españoles y a los árabes, los cuales ejercieron marcada influencia en nuestra cultura.    Dentro de esta subyace el legado hispano-musulmán que en el proceso de conquista y colonización, España volcó en nuestras tierras de América como parte de la cultura material y espiritual, permeada de la onda y benéfica influencia árabe y, que aún prevalece en muchas de nuestras costumbres, en la forma de nombrar muchas cosas, al verse enriquecido nuestro idioma español por millones de vocablos derivados de la lengua de los árabes, así como la arquitectura, los oficios, la farmacopea, etcétera.

La presencia árabe en San Cristóbal de La Habana. Su influencia en la cultura.

Luego de una aproximación general a la presencia árabe, nos detenemos en el habanero de hoy quien después de medio milenio de la llegada del almirante Cristóbal Colón, emplea en su cotidianidad hábitos culinarios como el arroz, la acelga o el azafrán o en el lenguaje militar términos como atalaya o alférez por citar algunos arabismos que se destacan en nuestro cotidiano hablar como jarra, alfombra o almohada.

Dentro de este caudal cultural de la sabiduría árabe se destacan los exponentes del arte mudéjar que engloba aquellas manifestaciones artísticas, arte que encontró sus orígenes en España desde finales del siglo XII hasta principios del siglo XVI cuya principal característica es el empleo de formas y técnicas de origen árabe en la construcción de obras en territorio cristiano, con sus antecedentes islámicos caracterizados por una decoración caligráfica íntimamente ligados a la doctrina islámica y que se desarrollaron desde los primeros tiempos de su religión, los cuales se conservan en la fachada e interiores de templos y casas, obra de los arquitectos moros que estuvieron por más de ochocientos años en la Península ibérica en carácter de dominación y que luego de la reconquista alcanzaron su máximo esplendor en la fusión de los estilos góticos, renacentista y barroco.

En Cuba la presencia árabe se nos revela a través del mudejarismo de las fachadas e interiores, los techos de alfarjes, de los que aún quedan muestras en las construcciones de La Habana, Remedios, Camagüey y Santiago de Cuba, levantadas estas entre los años 1617 y 1730.

Los primeros moriscos[1] llegaron a América con las tropas peninsulares, hasta 1543, fecha en que una Real Cédula prohibió que pasaran al Nuevo Mundo. Siete décadas después Felipe III ordenó su expulsión definitiva de Granada, en 1617, fecha en que aproximadamente se marca el apogeo de las manifestaciones mudéjares en algunas colonias americanas entre las que sobresalen México y Cuba. 

Esta presencia se hizo evidente en las construcciones mudéjares que se fueron extendiendo a lo largo y ancho del continente americano por lo que se afirmó que en el Nuevo Mundo hay tantas como en España, empleadas estas en las misiones de California, Texas, Nuevo México y en las jesuitas del Paraguay, todas pertenecientes al dominio español.

Con la fiebre constructiva del siglo XVII que se desató en Cuba ―en particular en La Habana― como consecuencia del mejoramiento de las condiciones económicas de la colonia y del desarrollo profesional de los maestros artesanos (andaluces, moriscos e isleños) aumentaron las construcciones religiosas y civiles, influenciadas por Sevilla, principal puerto de contacto con las Indias Occidentales, y lugar en donde radicaba la Casa de Contratación.

CARACTERÍSTICAS DE LOS ALFARJES CUBANOS

Dentro del mosaico cultural caribeño, Cuba fue, sin lugar a duda, el espacio por excelencia para el desarrollo del mudejarismo. Las características de nuestro clima requerían de espacios amplios y frescos para sus interiores y gozaban de la abundancia de maderas preciosas en los alfarjes de los templos y viviendas.  Aunque estas se diferencian de los moriscos españoles, se pueden apreciar las supervivencias de las técnicas constructivas, análogas a la de los peninsulares y en los que estos alcanzaron gran maestría en el ensamblaje e integración de las piezas de maderas.

Aun con la simplificación en las armaduras, las técnicas constructivas no se vieron afectadas.  De ello nos recuerda J. Weiss[2].

“El tipo más usado fue el par y nudillo, en el cual las vigas inclinadas o pares se enlazaban a cierta altura con otros horizontales o nudillos formado a modo de una A.”

Las lancerías mudéjares fueron introducidas a partir de figuras geométricas por los artesanos criollos.  De los arquitectos, maestros de obras y carpinteros que lo crearon, poco  o casi nada se conoce, así como tampoco se sabe nada del resto de los obreros, esclavos que con su sudor dieron vida a estas formas arquitectónicas.

Junto a los alfarjes, las viviendas del siglo XVII presentan rasgos análogos a los presentados por las viviendas moriscas en Granada, Toledo y Segovia.   Dentro de las características que más sobresalen de este tipo de arquitectura, tanto en España como en América, están el pequeño patio interior, así como el traspatio, semejante a las que se construyeron en La Habana, con “análoga disposición características de algunas casas moriscas, especialmente las granadinas[3].

Dentro del conjunto de características de la vivienda morisca hispana resalta la visión del patio que queda oculta de la vista desde la calle por medio de puertas no ocultas o pasadizos acodados, cumpliendo la norma musulmana de mantener la privacidad de la casa, y según Prat Puig[4], de las treinta construcciones primitivas de ese período, solo tres tenían el acceso enfrentado al patio, portadas que penetraban al zaguán que servía de vestíbulo, a la vez que el espacio servía para guardar el coche o la calesa.

Otro de los aspectos más sobresalientes y reiterados dentro de estas viviendas de La Habana está la reproducción de la planta alta e imagen de la baja, aledaño a los balcones y los pisos. Junto a estas manifestaciones de la misma capital y otras ciudades están las rejas de celosías torneadas en madera “cuyos barrotes muy gruesos dejan entre ellos espacios menores que el diámetro de ellos mismos. Propiamente son rejas, pues impiden el acceso al interior; pero, además, son celosías, ya que su disposición impide darse cuenta desde afuera de que acontece en el interior, en tanto que desde adentro se ve claramente lo que ocurre afuera”[5]   de esta, localizamos un prototipo en el Seminario Mayor de San Carlos y San Ambrosio limítrofe a la Catedral de La Habana.

Dentro de este marco de características y diferencias, las más notables se encuentran en las fachadas de las viviendas; las casas de los peninsulares están caracterizadas por la sobriedad y los escasos balcones, a diferencia de las viviendas latinoamericanas y caribeñas, caracterizadas por el amplio y voluminoso balconaje, lo cual significó una transformación de los paseadores y galerías colocadas a lo alto de las fachadas de las casas de hoy, así como, por las características del país, la época, en los interiores se abandonó detalles como los azulejos decorativos y la yesería, aun cuando, dentro de los elementos de la arquitectura morisca, las fachadas de las residencias primitivas, mantuvieron soluciones típicas dentro de la espiritualidad islámica.

A MODO DE CONCLUSIONES

Cuando hoy conocemos la oriundez y hasta la magnitud numérica de cada componente de nuestra raza,  incluso con precisión de fechas de entrada a este maravilloso escenario histórico constituido por lo que se ha dado en llamar el proceso de la cubanía. Es preciso volver a repensar esta para que no se nos escape de la mano la sustancia humana, más allá del intercambio de sangre, de la formación de un registro común de emociones, de una mentalidad y una memoria colectivas.

No estaría de más, como sugiere Umberto Eco, que en la práctica de los análisis e interpretaciones socioculturales, nos fuéramos acostumbrando a “sustituir la noción de idea por la de unidad semántica, que se identifica, no en la mente humana, sino en el contexto de la cultura”, en el que toda hermenéutica adquiere su verdadero contexto semántico y el significado concreto de su auténtica perspectiva histórica, sin olvidar jamás que la diversidad cultural es tan importante para la supervivencia de la humanidad como la biodiversidad para la estabilidad y permanencia del planeta Tierra.

Aproximarnos a la herencia cultural de los distintos pueblos que de una forma u otra han venido a enriquecer nuestra identidad nacional, nos permite reconocernos dentro del calidoscopio cultural de la humanidad, legado que, además, nos distingue de otros pueblos como una parte de ellos, por lo que nos legaron, y como pueblo diferente, por lo que somos.

Hace tiempo que la antropología nos ha enseñado el carácter simbólico de la cultura, dándose en una misma época, y en un mismo espacio la coexistencia de varios códigos de comprensión e interpretación de la realidad, códigos ligados necesariamente a la historia de los sistemas culturales, historia que como muestra simbólica representa los muchos rostros de una nación.

Por eso, las creencias, y concretamente las fundacionales sociales, sean cuales sean sus contenidos y las diferentes formas en que puedan expresarse y representarse, constituyen referencias originarias ― “explícitas o implícitas”― dinámicas, porque son producidas por las sociedades históricas que las fundan, sobre las bases de las culturas e identidades populares, y que se presentan, no como un bloque homogéneo, donde la coexistencia de múltiples mentalidades es lo que permite explicar la unidad y la diversidad de la misma cultura, los procesos de construcción y reconstrucción de las identidades, su dinámica interna, el conflicto y el cambio.  

Las distintas formas de expresar la espiritualidad constituyen aristas de nuestra cultura, formas culturales surgidas de tejido social e histórico de la cubanía, expresión nacida de la necesidad de autoafirmación de los miles de hombres y mujeres que en condiciones vergonzantes fueron traídos a América, y que hoy son la sal y luz  de estas tierras. Reflejo del rostro de nuestro ser de cubanos, característica sobresaliente de nuestra psicología social, de nuestra cultura popular, auténtico recurso de nuestra identidad en la defensa de la independencia y soberanía nacional.

Es imposible comprender a fondo  nuestra historia y mucho menos el alma de nuestros pueblos americanos si no nos apoyamos sobre el legado de mitos, leyendas, historias, valores y conocimientos de todo tipo, sus formas de comprender y aprender el sentido popular de la historia, la visión optimista o pesimista, heroica o mesiánica, circular o lineal que un pueblo tiene de su pasado y su devenir, registro de los abismales enfrentamientos, avances, torceduras y retrocesos que se transmite pacientemente de generación a generación y que se expresan en la cotidianidad como manifestación de la conciencia de nuestros pueblos y, por tanto, de la cubanía.

BIBLIOGRAFÍA.

Weiss Joaquín. Arquitectura Colonial Cubana.  Editorial Arte y Literatura.   La Habana. 1979. Pág. 85

Prat Puig. F. El prebarroco en Cuba, una escuela criolla de arquitectura morisca.  S/e, La Habana, 1946.

Guanche, Jesús.  Componentes étnicos de la nación cubana.  Colección La Fuente Viva. Ediciones  Unión-Fundación Fernando  Ortiz. La Habana. 1996.

Harris, Marvin.  Introducción a la antropología general. Madrid, Alianza, 1981.

Lévi-Strauss, Claude. Antropología estructural. Mito, sociedad, humanidades. México, siglo XXI, 1979.

[1] Moros conversos al cristianismo

[2] Weiss Joaquín. Arquitectura Colonial Cubana.   Editorial Arte y Literatura.   La Habana. 1979. Pág. 85

[3] Prat Puig. F. El prebarroco en Cuba, una escuela criolla de arquitectura morisca.  S/e, La Habana, 1946.

[4] Ídem.

[5] Toussaint, Manuel: Arte mudéjar en América. Editorial Ponua. S.A. México. D.F

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