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Es de suponer que
cuando uno es gordito reciba más invitaciones a comer.
Tal vez por aquello de que los demás saben que ponerlo
frente a un plato sabroso es una forma ideal para
demostrarnos afecto. También puede funcionar una lógica
contraria. Un gordito hambreado y entusiasta puede
devorar las raciones equivalentes a dos desganados o
corteses comensales. Más allá de las libras y las
apariencias, ya se sabe que cuando te invitan a una cena
o a un almuerzo te están ratificando el aprecio,
propiciando el diálogo, por referirnos a dos de las más
antiguas funciones de esta forma de agasajo. Los cubanos
en España nos formamos un lío con las invitaciones. En
la península si te invitan a “comer” se trata de
almorzar y si la cosa es por la noche se le nombra
cena. Ha ocurrido que el buen criollo se ha confundido
de hora, por novato y se ha perdido el buen yantar. No
quiero pensar que haya sido una paella valenciana
―de
las que preparan en Alicante venturosamente―
porque sería cosa de echarme a llorar nada más que por
la suposición.
La tía Heriberta
―amable,
dispuesta, chévere inquilina de la muy habanera calle de
Teniente Rey―
invitaba a almorzar cuatro o cinco veces al año, pero
era precisa en su modo de ser gentil. Anunciaba una hora
y definía claro a quiénes invitaba. Al principio podía
parecer cruda o excluyente, pero en la práctica, definir
los comensales es el primer paso para que reine un buen
clima en la mesa. Yo heredé al parecer su método y me
gusta invitar o que me inviten, con tanto fervor como
rechazo convertirme en un invitado de última hora, de
esos impuestos que arruinan la planificación familiar.
Entre los convidados con cara de piedra se inscriben los
bebedores caseros que llenan el atardecer de voces altas
y repeticiones, mientras la gente de la casa o se
refugia en la cocina a devorar
―de
forma casi vergonzante―
el arroz con huevo o el trozo de carne. Otra opción es
invitar a los machangones (tipos, en cubano) a compartir
la cena. Los “alegres compadres” casi nunca quieren
comer, ellos están en otra cosa. Y así pasa un rato,
hasta que el noble anfitrión propone la variante
intermedia de “picar algo”. El aperitivo sale muchas
veces del bistec que debía almorzar el niño de la casa
al día siguiente.
Los que andamos por
la cuarentena recordamos la época en que los
restaurantes de La Habana ofertaban sus codiciadas mesas
por teléfono. En esa casi remota década de los 70, quien
mejor comía no era el de más apetito o el de bolsillo
más copioso, sino el que más paciencia y mejor dedo
tenía para capturar el turno telefónico. Ocurría a veces
que se producía un cruce en las líneas y algún gracioso
fingía ser el empleado del restaurante para adjudicarte
un turno falso. Entonces la familia en pleno se
acicalaba y perfumaba, llegaba hasta la puerta de La
Torre o El Monseñor y
―tras
un mal rato―
debía conformarse con uno de aquellos pollos de los Pío
Pío, que entonces nos parecían la opción de los
pobretones y ahora parecen piar en la melancolía de
tiempos módicos.
Invitar o ser
invitado son dos formas milenarias de placer. Algunos
gozan solo de la segunda, como aquel actor amigo y
compadre de media Habana, que anda siempre rebosante de
entusiasmo, pero tiene sus dificultades
―hay
quien dice que congénitas―
para llevarse la mano al bolsillo. Para los que jugamos
en las dos novenas, lo más importante es que nadie nos
mire de reojo si nos servimos más de una vez, que el
teléfono no suene, que no llegue ningún vendedor ante la
puerta. Todas esas gracias a la vez pueden calificarse
como el más dulce de los postres. |