Año IV
La Habana
2005

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Invitado a comer
Amado del Pino
La Habana


Es de suponer que cuando uno es gordito reciba más invitaciones a comer. Tal vez por aquello de que los demás saben que ponerlo frente a un plato sabroso es una forma ideal para demostrarnos afecto. También puede funcionar una lógica contraria. Un gordito hambreado y entusiasta puede devorar las raciones equivalentes a dos desganados o corteses comensales. Más allá de las libras y las apariencias, ya se sabe que cuando te invitan a una cena o a un almuerzo te están ratificando el aprecio, propiciando el diálogo, por referirnos a dos de las más antiguas funciones de esta forma de agasajo. Los cubanos en España  nos formamos un lío con las invitaciones. En la península si te invitan a “comer” se trata de almorzar y si la cosa es por la  noche se le nombra cena. Ha ocurrido que el buen criollo se ha confundido de hora, por novato y se ha perdido el buen yantar. No quiero pensar que haya sido una paella valenciana de las que preparan en Alicante venturosamente porque sería cosa de echarme a llorar nada más que por la suposición.

La tía Heriberta amable, dispuesta, chévere inquilina de la muy habanera calle de Teniente Rey invitaba a almorzar cuatro o cinco veces al año, pero era precisa en su modo de ser gentil. Anunciaba una hora y definía claro a quiénes invitaba. Al principio podía parecer cruda o excluyente, pero en la práctica, definir los comensales es el primer paso para que reine un buen clima en la mesa. Yo heredé al parecer su método y me gusta invitar o que me inviten, con tanto fervor como rechazo convertirme en un invitado de última hora, de esos impuestos que arruinan la planificación familiar. Entre los convidados con cara de piedra se inscriben los bebedores caseros que llenan el atardecer de voces altas y repeticiones, mientras la gente de la casa o se refugia en la cocina a devorar de forma casi vergonzante el arroz con huevo o el trozo de carne. Otra opción es invitar a los machangones (tipos, en cubano) a compartir la cena. Los “alegres compadres” casi nunca quieren comer, ellos están en otra cosa. Y así pasa un rato, hasta que el noble anfitrión propone la variante intermedia de “picar algo”. El aperitivo sale muchas veces del bistec que debía almorzar el niño de la casa al día siguiente.

Los que andamos por la cuarentena recordamos la época en que los restaurantes de La Habana ofertaban sus codiciadas mesas por teléfono. En esa casi remota década de los 70, quien mejor comía no era el de más apetito o el de bolsillo más copioso, sino el que más paciencia y mejor dedo tenía para capturar el turno telefónico. Ocurría a veces que se producía un cruce en las líneas y algún gracioso fingía ser el empleado del restaurante para adjudicarte un turno falso. Entonces la familia en pleno se acicalaba y perfumaba, llegaba hasta la  puerta de La Torre o El Monseñor y tras un mal rato debía conformarse con uno de aquellos pollos de los Pío Pío, que entonces nos parecían la opción de los pobretones y ahora parecen piar en la melancolía de tiempos módicos.

Invitar o ser invitado son dos formas milenarias de placer. Algunos gozan solo de la segunda, como aquel actor amigo y compadre de media Habana, que anda siempre rebosante de entusiasmo, pero tiene sus dificultades hay quien dice que congénitas para llevarse la mano al bolsillo. Para los que jugamos en las dos novenas, lo más importante es que nadie nos mire de reojo si nos servimos más de una vez, que el teléfono no suene, que no llegue ningún vendedor ante la puerta. Todas esas gracias a la vez  pueden calificarse como el más dulce de los postres.

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