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En abril de 1923 se
celebró un Congreso de mujeres cubanas, el primero de
tal naturaleza en la Isla.
Las sesiones de
trabajo se desarrollaron en el hemiciclo de la antigua
Academia de Ciencias.
Entre las participantes se destacó
una oradora de solo 22 años, Secretaria de la comisión
de propaganda, quien a pesar de ser muy joven, ya
andaba en trajines periodísticos desde los 18, y se
perfilaba como una inquieta luchadora política. Era ya
conocida como Loló de la Torriente y además sería a lo
largo de su fructífera vida, abogada, maestra,
editorialista, crítica, ensayista y escritora.
Al morir dejaba una
papelería que se extendía por 660 folios, y que el
estudioso Virgilio López Lemus se ha propuesto
publicar.
La conocí
personalmente. Había ido a verla llevada por Enrique de
la Osa ―con quien Loló tenía una entrañable relación―,
para un trabajo sobre Antonio Guiteras, y a pesar de no
sentirse bien me dedicó toda una tarde. Me regaló
entonces un ejemplar
de Mi casa en
la Tierra (edición
de 1956),
autografiado
por ella, a pesar de
tener las manos arqueadas por la artritis lo que le
hacía la vida difícil; sin embargo, contestó todas mis
preguntas y más, aparte de hacerlo con un buen humor que
nadie sabe de dónde lo sacaba, en el estado en que
estaba.
Loló tenía esa
capacidad de dedicarse en cuerpo y alma a todo cuanto la
entusiasmaba.
En la abogacía
siempre estuvo a favor de los de abajo. Su actitud en
defensa de las obreras y estudiantes, encarceladas por
Gerardo Machado en la entonces Isla de Pinos, se destacó
entre muchos otros abogados, y sería una de sus mejores
obras en las ciencias del derecho.
Si en el primer
Congreso de mujeres sobresalió por su discurso, en
el segundo ofreció una disertación sobre la “Necesidad
de conceder a la mujer el acceso al desempeño, en todas
las categorías, de aquellos cargos públicos que
impliquen gobierno y administración de intereses
morales y materiales de su sexo”.
Tales
consideraciones ―y otras de aquella extensa
conferencia―
están aún vigentes; la colocan entre las primeras
personalidades cubanas ―sin distinguir sexo― que más se
preocuparon por cambiar la percepción del universo
femenino en su época y a lo largo de la historia
nacional.
Tal vez la zona más
vasta y que mejor ha perdurado sea la de ensayista. Su
primer trabajo en el género,
La Habana de Cecilia
Valdés,
significó un punto de partida de los estudios que
incluirían a lo mejor de la intelectualidad cubana,
fundamentalmente la contemporánea.
Tiempo Hermoso
e Imagen en dos tiempos,
son dos de las
muestras más relevantes de su labor investigadora.
Testimonio desde
dentro es
una deleitable historia de Cuba y México en la primera
mitad del siglo XX, contada por una mujer perspicaz,
divertida y profunda.
Los dos primeros
libros no pueden ser ignorados por quien tenga la
pretensión de saber de muchos de nuestros principales
intelectuales: Tiempo Hermoso, que compila sus
textos sobre arte y literatura, nos lleva entre otros
temas de calibre a la obra de Gertrudis Gómez de
Avellaneda; nos habla de un poeta de la Revolución y de
una época a través de un poeta, cuando evoca a Rubén
Martínez Villena y José Zacarías Tallet.
Puede no compartirse
las ideas de Loló sobre Lezama Lima, pero nadie debiera
darse el lujo de obviar sus estudios sobre el hombre que
anduvo “viviendo sin ruido”; ni sus análisis sobre
Muerte de Narciso ni su reseña de aquella deliciosa
conversación sobre la visión voluptuosa de una fuente
de ensalada de aguacate presidiendo la mesa lezamiana.
Para esta cubana que nació en Manzanillo un 22 de agosto
―¿1906-1907?― la vida le puso momentos estelares: los 14
años en México, su entrada allí en el periodismo
profesional ―su primera entrevista en México se la hizo
a John Steinbeck, el novelista de Las Viñas de
la
Ira―;
el
recorrido
por toda Latinoamérica y su amistad con muchos mexicanos
de valía, su amor por Cuba, su participación en las
luchas sociales y en la vida intelectual, intensas y
productivas hasta su muerte ocurrida en La Habana en
1983. |