Año IV
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2005

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Loló de la Torriente
La dama inquieta

Josefina Ortega  La Habana


En abril de 1923 se celebró un Congreso de mujeres cubanas,  el primero de tal naturaleza en la Isla.

 Las sesiones de trabajo se desarrollaron en el hemiciclo de la antigua Academia de Ciencias.

Entre las participantes se destacó una oradora de solo 22 años, Secretaria de la comisión de propaganda,  quien a pesar de ser muy joven, ya andaba en trajines periodísticos desde los 18, y se  perfilaba como una inquieta luchadora política. Era ya conocida como Loló de la Torriente y además sería a lo largo de su fructífera vida,  abogada, maestra, editorialista,  crítica, ensayista y escritora.

Al morir dejaba una papelería que se extendía por 660 folios,  y que el estudioso  Virgilio López Lemus se ha propuesto publicar.

La conocí personalmente. Había ido a verla llevada por Enrique de la Osa ―con quien Loló tenía una entrañable relación―, para un trabajo sobre Antonio Guiteras, y a pesar de no sentirse bien me dedicó toda una tarde. Me regaló entonces un ejemplar de Mi casa en la Tierra (edición de 1956), autografiado por ella, a pesar de tener las manos  arqueadas por la artritis lo que le hacía la vida difícil;  sin embargo, contestó todas mis preguntas y más, aparte de hacerlo con un buen humor que nadie sabe de dónde lo sacaba, en el estado en que estaba.

Loló tenía esa capacidad de dedicarse en cuerpo y alma a todo cuanto la entusiasmaba.

En la abogacía siempre estuvo a favor de los de abajo. Su actitud en defensa de las obreras y estudiantes, encarceladas por Gerardo Machado en la entonces Isla de Pinos, se destacó entre muchos otros abogados, y sería  una de sus mejores obras en las ciencias del derecho.

Si en el primer Congreso de mujeres sobresalió por  su  discurso,   en el segundo ofreció una disertación sobre la “Necesidad de conceder a la mujer el acceso al desempeño, en todas las categorías,  de aquellos cargos públicos que impliquen  gobierno y administración de intereses morales y materiales de su sexo”.

Tales consideraciones  ―y otras de aquella extensa conferencia― están aún vigentes;  la colocan entre las primeras personalidades cubanas ―sin distinguir sexo― que más se preocuparon por cambiar la percepción del universo femenino en su época y a lo largo de la historia nacional.

Tal vez la zona más vasta y que mejor ha perdurado sea la de ensayista. Su primer trabajo en el género, La Habana de Cecilia Valdés, significó un punto de partida de los estudios que incluirían a lo mejor de la intelectualidad cubana, fundamentalmente la contemporánea.

Tiempo Hermoso e Imagen en dos tiempos, son dos de las muestras más relevantes de su labor investigadora.

Testimonio desde dentro es una deleitable historia de Cuba y México en la primera mitad del siglo XX,  contada por una mujer perspicaz, divertida y profunda.

Los dos primeros libros no pueden ser ignorados por quien tenga la pretensión de saber de muchos de nuestros principales intelectuales: Tiempo Hermoso, que compila sus textos sobre arte y literatura, nos lleva entre otros temas de calibre a la obra de Gertrudis Gómez de Avellaneda; nos habla de un  poeta de la Revolución y de una época a través de un poeta, cuando evoca a Rubén Martínez Villena y José Zacarías Tallet.

Puede no compartirse las ideas de Loló sobre Lezama Lima, pero nadie debiera darse el lujo de obviar sus estudios sobre el hombre que anduvo “viviendo sin ruido”; ni sus análisis sobre Muerte de Narciso ni su reseña de aquella deliciosa conversación  sobre la visión voluptuosa de una fuente de ensalada de aguacate presidiendo la mesa lezamiana.

Para esta cubana que nació en Manzanillo un 22 de agosto ―¿1906-1907?― la vida le puso momentos estelares: los 14 años en México, su entrada allí en el periodismo profesional ―su primera entrevista en México se la hizo a John Steinbeck, el novelista de Las Viñas de la Ira―; el recorrido por toda Latinoamérica y su amistad con muchos mexicanos de valía, su amor por Cuba, su participación en las luchas sociales y en la vida intelectual, intensas  y productivas  hasta su muerte ocurrida en La Habana en 1983.

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