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Todo pueblo tiene su loco, sus mitos y sus borrachos
famosos, casi siempre envueltos estos últimos en alguna
escandalosa historia con cuernos de por medio. Son
personajes endémicos que a veces sirven hasta como
puntos de referencia para orientar a los forasteros. En
uno de esos safaris que acostumbro a preparar con los
amigos para conocer pueblos de nombres tan sugerentes
como Báez, Blume Caliente, Remanganagua, La Ñáñara...
tuvimos la suerte de asistir a un almuerzo gratuito en
un pueblito de Sancti Spiritus llamado Buena Sombra, que
por cierto, no había allí más sombra que la de los
estrechos portales de las casonas, por la casi total
ausencia de árboles. Cosa extraña.
Pues llegados a Buena Sombra a eso de las 10:00 a.m.,
luego de una larga caminata y partidos del hambre,
preguntamos a un paisano dónde se podía uno meter algo
en el buche, a lo que contestó haciendo una mueca que
más desalentadora no podría ser:
―Compay, a esta hora aquí no hay ni dónde amarrar la
chiva, pero mire usté, coja por ese trillo y a unas 10
casas, tira pa´ esta mano y pregunte allí, que siempre
hay gente, por esta dirección: Salvador Vásquez, entre
Cepero y Peje Prieto, donde puede que encuentren abierta
una fiambrera.
―Y sin más, azuzó al penco y se perdió loma abajo.
Arrancamos nosotros siguiendo las orientaciones del
hombre y efectivamente al doblar, a unos pocos metros se
encontraban tres viejos de aspecto venerable,
enfrascados en prender una hornilla de carbón, y un
chamaco que sentado en una piedra escamaba dos truchas
jandangas. Dimos los buenos días y preguntamos por la
dirección recibida anteriormente. Aquello fue el
acabose. El muchachón al oírnos se había caído de
espaldas soltando unas carcajadas tan contagiosas que
provocó en nosotros la riza, pese a la seriedad de los
viejos.
―La cosa era ya evidente, el condenao guajiro por
dirección nos había dado nombre y seudónimo de los tres
borrachos más connotados del pueblo. Para suerte
nuestra, los viejos eran de naturaleza bonachona y se
dieron cuenta del timo, y luego de nuestras disculpas
nos invitaron a probar de la sazón de Cepero y a beber
con ellos de un ron bastante maluco, que por supuesto,
sería el colmo despreciar.
―Como ya les conté, las truchas eran de ley. Tronco de
pejes. El viejo les hizo 12 cortes, seis por cada lado,
sin llegarle al espinazo. Luego las untó con jugo de
toronja, sal y albahaca macerada y después de un rato y
unos buches, las fue acomodando, una a una, en un sartén
enorme y mediado de manteca de puerco, que ya estaba
bien caliente. Cosa de 15 minutos, les dio la vuelta con
mucha delicadeza y al rato ya teníamos encima de unas
hojas de plátano, aquellas dos bellezas troceadas y unas
galletonas también pasadas por manteca que devoramos
entre rizas recordando el incidente que nos juntó en
aquel singular almuerzo. Más tarde, al despedirnos,
supimos que el causante de nuestro encuentro era otro
borracho de fama y un habitual de esos picnic que
llevaba por sobrenombre: Pirolo.
Nada. Cosas del campo que le pasan a
cualquiera.
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