Año IV
La Habana
2005

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¿DÓNDE QUIERES QUE TE PONGA EL PLATO?
La trucha frita de Buena Sombra
El Guajiro de El Crucero


Todo pueblo tiene su loco, sus mitos y sus borrachos famosos, casi siempre envueltos estos últimos en alguna escandalosa historia con cuernos de por medio. Son personajes endémicos que a veces sirven hasta como puntos de referencia para orientar a los forasteros. En uno de esos safaris que acostumbro a preparar con los amigos para conocer pueblos de nombres tan sugerentes como Báez, Blume Caliente, Remanganagua, La Ñáñara...  tuvimos la suerte de asistir a un almuerzo gratuito en un pueblito de Sancti Spiritus llamado Buena Sombra, que por cierto, no había allí más sombra que la de los estrechos portales de las casonas, por la casi total ausencia de árboles. Cosa extraña.


Pues llegados a Buena Sombra a eso de las 10:00 a.m., luego de una larga caminata y partidos del hambre, preguntamos a un paisano dónde se podía uno meter algo en el buche, a lo que contestó haciendo una mueca que más desalentadora no podría ser:  
 

―Compay, a esta hora aquí no hay ni dónde amarrar la chiva, pero mire usté, coja por ese trillo y a unas 10 casas, tira pa´ esta mano y pregunte allí, que siempre hay gente, por esta dirección: Salvador Vásquez, entre Cepero y Peje Prieto, donde puede que encuentren abierta una fiambrera.
 

―Y sin más, azuzó al penco y se perdió loma abajo. Arrancamos nosotros siguiendo las orientaciones del hombre y efectivamente al doblar, a unos pocos metros se encontraban tres viejos de aspecto venerable, enfrascados en  prender una hornilla de carbón, y un chamaco que sentado en una piedra escamaba dos truchas jandangas. Dimos los buenos días y preguntamos por la dirección recibida anteriormente. Aquello fue el acabose. El muchachón al oírnos se había caído de espaldas soltando unas carcajadas tan contagiosas que provocó en nosotros la riza, pese a la seriedad de los viejos.
 

―La cosa era ya evidente, el condenao guajiro por dirección nos había dado nombre y seudónimo de los tres borrachos más connotados del pueblo. Para suerte nuestra, los viejos eran de naturaleza bonachona y se dieron cuenta del timo, y luego de nuestras disculpas nos invitaron a probar de la sazón de Cepero y a beber con ellos de un ron bastante maluco, que por supuesto, sería el colmo despreciar.
 

―Como ya les conté, las truchas eran de ley. Tronco de pejes. El viejo les hizo 12 cortes, seis por cada lado, sin llegarle al espinazo. Luego las untó con jugo de toronja, sal y albahaca macerada y después de un rato y unos buches, las fue acomodando, una a una, en un sartén enorme y mediado de manteca de puerco, que ya estaba bien caliente. Cosa de 15 minutos, les dio la vuelta con mucha delicadeza y al rato ya teníamos encima de unas hojas de plátano, aquellas dos bellezas troceadas y unas galletonas también pasadas por manteca que devoramos entre rizas recordando el incidente que nos juntó en aquel singular almuerzo. Más tarde, al despedirnos, supimos que el causante de nuestro encuentro era otro borracho de fama y un habitual de esos picnic que llevaba por sobrenombre: Pirolo.

Nada. Cosas del campo que le pasan a cualquiera.    

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