Año IV
La Habana

26 de NOVIEMBRE
al 2 de DICIEMBRE
de
2005

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TEMPORADA DE INVIERNO DEL BALLET NACIONAL DE CUBA
Vuelos en un lago
Yinett Polanco La Habana


Poses que vuelan, saltos con la fugacidad de un instante y con la consistencia de la eternidad. Gestos que dicen, de una vez, tanto como mil palabras. Historia de un lago contada en un baile, y, como él, mágica y embrujadora.

Sadaise Arencibia y Miguelángel Blanco fueron los silfos de la noche inaugural de la temporada de invierno del Ballet Nacional de Cuba. La versión de Alicia Alonso a El lago de los cisnes, de Marius Petipa fue la pieza escogida para ello. Los bailarines principales de ese prestigioso cuerpo de baile se tornaron cisne hechizado y príncipe medieval respectivamente sin la intervención de una fantástica varita y sí gracias a un alto poder de interpretación salido desde bien adentro, desdeñado, en ocasiones, en el ballet clásico en pos de conseguir virtuosismo y unas impecables técnicas.

Eso no quiere decir que la técnica se les escapase a estas dos jóvenes pero importantes figuras del ballet cubano, por el contrario, los elásticos e increíbles saltos de Miguelángel, o la Sadaise due
ña total del escenario gracias a sus giros por el tablado, arrancaban gritos de ¡bravo! y cerradas ovaciones a los entusiasmados y fervorosos presentes.

Pero no solo los astros brillaron esa noche. Un cuerpo de baile muy joven pero bien acoplado, con mucha destreza y profesionalidad, acompañó a las figuras principales. Esto resulta fundamental si recordamos como hace un tiempo, uno de los puntos débiles de nuestro ballet, era precisamente el contraste dramático entre los magistrales protagonistas de las historias danzadas, y el desempeño de los personajes secundarios.

La escenografía y la música también sumaron puntos a favor de El lago de los cisnes. Los decorados y vestuarios a tono con la época de la trama y una apropiada y sugerente iluminación contribuyeron a generar la inevitable atmósfera de misterio y romance idílico que debe tener esta puesta en escena. El acompañamiento de la Orquesta Sinfónica del Gran Teatro de La Habana, dirigida por el maestro Iván del Prado, fue la savia melódica que nutrió el baile de los cisnes.

Tal vez alguien se pregunte, ante este torrente de elogios, si esa noche no hubo imperfecciones, y la respuesta por supuesto, es afirmativa, como lo será, imagino yo, siempre que se trate de algo concerniente a cualquier acción humana. Pero el resbalón de una bailarina, o la nota tal vez un poco alta de un músico de la orquesta, son detalles que en mi opinión pierden relevancia cuando en conjunto, la obra representada es capaz de producir escalofríos colectivos en un público que se levanta con la piel de puntas al finalizar la función, para aplaudir desenfrenadamente hasta que las manos le duelan.

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