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Poses que vuelan, saltos con la fugacidad de un instante
y con la consistencia de la eternidad. Gestos que dicen,
de una vez, tanto como mil palabras. Historia de un lago
contada en un baile, y, como él, mágica y embrujadora.
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Sadaise
Arencibia y Miguelángel Blanco fueron los silfos de la
noche inaugural de la temporada de invierno del Ballet
Nacional de Cuba. La versión de Alicia Alonso a El
lago de los cisnes, de Marius Petipa fue la pieza
escogida para ello. Los bailarines principales de ese
prestigioso cuerpo de baile se tornaron cisne hechizado
y príncipe medieval respectivamente sin la intervención
de una fantástica varita y sí gracias a un alto poder de
interpretación salido desde bien adentro, desdeñado, en
ocasiones, en el ballet clásico en pos de conseguir
virtuosismo y unas impecables técnicas.
Eso no
quiere decir que la técnica se les escapase a estas dos
jóvenes pero importantes figuras del ballet cubano, por
el contrario, los elásticos e increíbles saltos de
Miguelángel, o la Sadaise dueña
total del escenario gracias a sus giros por el tablado,
arrancaban gritos de ¡bravo! y cerradas ovaciones a los
entusiasmados y fervorosos presentes.
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Pero no
solo los astros brillaron esa noche. Un cuerpo de baile
muy joven pero bien acoplado, con mucha destreza y
profesionalidad, acompañó a las figuras principales.
Esto resulta fundamental si recordamos como hace un
tiempo, uno de los puntos débiles de nuestro ballet, era
precisamente el contraste dramático entre los
magistrales protagonistas de las historias danzadas, y
el desempeño
de
los personajes secundarios.
La
escenografía y la música también sumaron puntos a favor
de
El lago
de los cisnes.
Los decorados y vestuarios a tono con la época de la
trama y una apropiada y sugerente iluminación
contribuyeron a generar la inevitable atmósfera de
misterio y romance idílico que debe tener esta puesta en
escena.
El acompañamiento de la Orquesta Sinfónica del Gran
Teatro de La Habana, dirigida por el maestro Iván del
Prado, fue la savia melódica que nutrió el baile de los
cisnes.
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Tal vez
alguien se pregunte, ante este torrente de elogios, si
esa noche no hubo imperfecciones, y la respuesta por
supuesto, es afirmativa, como lo será, imagino yo,
siempre que se trate de algo concerniente a cualquier
acción humana. Pero el resbalón de una bailarina, o la
nota tal vez un poco alta de un músico de la orquesta,
son detalles que en mi opinión pierden relevancia cuando
en conjunto, la obra representada es capaz de producir
escalofríos colectivos en un público que se levanta con
la piel de puntas al finalizar la función, para aplaudir
desenfrenadamente hasta que las manos le duelan. |