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Por supuesto que no estuvo él, de habeas corpus,
porque Robert Mapplethorpe falleció el 9 de marzo de
1989, pero nos llegó finalmente su obra, la de uno de
los grandes artistas del siglo XX, cuando el pasado 13
de diciembre se inauguró Sagrado y Profano, en la
Fototeca de Cuba.
A pesar del bloqueo
norteamericano que limita a la Isla el contacto cultural
con sus vecinos, como lo destacó Michael Word Stout,
presidente de la Fundación Robert Mapplethorpe, de Nueva
York, asistimos a la posibilidad de ver una muestra,
curada por el experto Philip Larratt Smith —también
presente en La Habana—, que ha recorrido varias ciudades
de Europa, Australia, Nueva Zelanda y otras regiones.
Pero más allá de la
dimensión política del suceso, su significación estética
vale por sí sola para lanzar hurras. Oportunidad
única es esta de valorar in situ los aportes de
Mapplethorpe para que la fotografía saltara
definitivamente en el siglo pasado a un reconocimiento
como arte, parigual de las veteranas pintura y
escultura.
Su jugada estética
consistió en retomar el sentido clásico de la
composición y géneros tradicionales como los retratos de
rostros y de cuerpos desnudos o las naturalezas muertas,
y pasarlos por el filtro de luz de la cámara y los
contrastes del blanco y el negro.
De ello dan cuenta
sus abundantes autorretratos, o los torsos desvestidos
de piezas como Lydia o Ken Lydia and Taylor.
“Estetizó”, parejos, en una operación sin precedentes,
el cuerpo de una niña Melia Marden, la cara
de la vejez Alice Neel, la negritud —en las
series Thomas y Ajjito— o el oscuro mundo
sadomaso Helmut, NYC y Joe, NYC.
Logró incluso que la
fotografía compitiera con la pintura en la simulación de
superficies Chest y Nipple. Testimonió una
etapa, con sus celebridades —los pintores Andy Warhol y
Louise Bourgeois, las stars hollywoodenses Susan
Sarandon y Arnold Schawerznegger.
Trascendió lo
puramente artístico hasta encaramarse en la profundidad
de lo científico, con estudios de valor antropológico
que destacan las identidades y diferencias raciales
Ken Mody and Robert Sherman o la anatomía interna
del hombre Skull. Exploró dentro de sí mismo,
en sus conflictos y contradicciones, para hacer aflorar
el drama de la individualidad —sus Self-portraits,
donde se representó a él mismo una vez como diablo y
vestido de mujer en otro.
Hombre que pudiera
ser polémico, por sus elecciones sexuales o su vida
tortuosa, Robbert Mapplethorpe nos ha dejado, sin
embargo, una impronta estética imperecedera y ejemplar.
Su legado marca todavía a muchos artistas
contemporáneos, incluidos varios de los nuestros, como
René Peña, Juan Carlos Alom, Yamila Lomba y Cirenaica
Moreira, entre otros.
Le bastaron un par de
décadas: Nacido el 4 de noviembre de 1946; expuso por
primera vez en Nueva Cork, en 1973; y sus fotografías
recorrieron las principales plazas artísticas del mundo:
Francia, Gran Bretaña, Italia, durante los 70 y los 80,
hasta su prematura muerte en 1989.
Y 48 de entre sus
obras están expuestas ahora en La Habana. Las
suficientes para reconocer, además, su capacidad para
impregnar de erotismo tanto flores (Poppy y
Orchid), como cualquier objetivo que enfocara dentro
del lente, en una batalla interna entre su educación
religiosa y “la singularidad del deseo”, entre sus
demonios internos y la fría concepción católica del
pecado.
De ahí el título dado
a la exposición, Sagrado y Profano, que revela un
manejo irónico de la iconografía religiosa y el interés
por afirmar la belleza y la sensualidad de todo lo
humano, aún cuando no pasemos, para la visión sacra, de
ser criaturas desprendidas del Cielo por causa de la
desobediencia.
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