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I.
En
un no tan reciente viaje académico a los Estados
Unidos, tuve la oportunidad de leer uno de los
peores libros de mi vida: Pequeñas infamias
de Carmen Posadas1. Esta novela, ganadora
en 1998 del siempre dudoso Premio Planeta, se
encontraba entre las seis lecturas de un curso de
novela española del siglo XX, al lado de Cela, Luis
Martín Santos, Ramón Sender, Delibes y Juan Benet.
La irrupción de este libro en un catálogo en el que
a todas luces desentonaba se debió a que respondía a
tres necesidades del curso: la lectura de una mujer,
la ejemplificación de la literatura española
reciente y la posibilidad de que el texto se pudiera
adquirir sin problemas en los Estados Unidos. Por lo
tanto, Carmen Posadas mataba tres pájaros de un
tiro.
Al
momento de comenzar la lectura, traté de limpiarme de
prejuicios, a pesar de que sabía que el Premio Planeta
suele premiar libros muy malos y que Carmen Posadas era
una figura del jet-set peninsular, cuyo público
coincide con el de la revista Hola. Por supuesto,
el desastre fue inevitable. Se trata de un texto plagado
de lugares comunes, entre los que destacan un epígrafe
de Macbeth completamente fuera de contexto, un
libro de cocina en el centro del misterio (cualquier
semejanza es puro cálculo mercadotécnico) y una trama “a
lo Agatha Christie” (sic de una reseña publicada por una
eminente profesora de Purdue University) tan previsible
que uno termina preguntándose para qué perdió el tiempo
en la lectura de las 338 páginas del libro. Aún así, he
de admitir que no me extraña en lo absoluto que haya
ganado el premio ni que el tiro de más de 210 000
ejemplares haya tenido una corrida comercial exitosa. La
novela es muy digerible, con una prosa calculada para un
público poco exigente, formado con las lecturas de John
Grisham y compañía, y con una trama que asemeja una
película hollywoodense de bajo presupuesto.
El
problema radica cuando uno se pregunta cómo es que
semejante libro llega a las manos de lectores
universitarios como un texto “representativo” de la
literatura española actual. Fuera de estudiarlo como un
simple fenómeno de masas (cosa que no sucedió), la
novela carece de cualquier interés crítico. No tiene
recursos interesantes ni puede considerársele
representativa de nada, puesto que en categorías
académicas de moda como “escritura femenina en España”,
“nueva narrativa peninsular” o “Spanish detective
fiction” se pueden encasillar rivales de mucho mayor
calibre. Sirvan como ejemplo Carmen Martín Gaite,
Enrique Vila-Matas y Antonio Muñoz Molina. La respuesta
es inquietante. La presencia de esos textos es el
síntoma último de una enfermedad que sufren muchos de
los ámbitos literarios de nuestros días, a saber, la
homogeneización estética de las obras literarias ante el
predominio de políticas mercadológicas sobre cualquier
otro criterio editorial. El problema tiene muchas
manifestaciones. La que más ha influido es la triste
convergencia entre los criterios del mercado y los
intereses políticos de la crítica literaria, tanto
académica como periodística. Por un lado, diversos
estudios de mercado han “demostrado” que el público
“amplio” de la literatura son mujeres de clase media que
no tienen trabajo o que desempeñan empleos poco
demandantes, puesto que son el sector de población que
cuenta tanto con el poder adquisitivo como con el tiempo
para la lectura. En otras palabras, esto no quiere decir
que no existan mujeres independientes, con trabajos
demandantes y nivel cultural alto, sino que los aparatos
corporativos contribuyen a perpetuar semejantes
prejuicios y a producir farsas culturales fundándose en
ellos. Por otra parte, la vigorosa emergencia de los “cultural
studies”, encabezada su versión mediocre por un
feminismo mal entendido y por lo que Robert Hughes ha
llamado acertadamente “la cultura de la queja”, ha
llevado a la errada idea de que igualdad de
oportunidades culturales significa leer autores de
minorías, antes discriminados por los prejuicios
chauvinistas solo por el valor heroico de su existencia.
Esta
combinación ha provocado que los filtros que
anteriormente permitían la discriminación de textos no
funcionen o funcionen mal. El best-seller, que
siempre ha existido, era antes una herramienta de las
editoriales para financiar propuestas más arriesgadas.
Hoy, las novelas calculadas como productos de mercado se
venden como si fueran representativas de la mejor
literatura. La crítica literaria, por otra parte, se
encuentra ligada a una tendencia seudoprogresista que
considera la estética como una imposición imperialista,
o a medios periodísticos íntimamente ligados a las
editoriales que fomentan la literatura comercial. De
esta manera, llegamos a grados absurdos, como el hecho
de que el Rómulo Gallegos, premio que en el pasado fuera
concedido a obras fundamentales como Cien años de
soledad o Palinuro de México, se otorgara en
1997 a Mal de amores de Ángeles Mastretta, una
novela mediana incluso en comparación con otras obras de
su autora, pero que contaba con el padrinazgo de una
casa editorial de gran poder (Alfaguara) y con el
respaldo de una creciente tendencia de mala literatura
femenina, gracias a la cual el premio de Mastretta
validaba indirectamente a las decanas del género: Isabel
Allende y Laura Esquivel. Más triste aún resulta pensar
que Mal de amores obtuvo el premio a costa de
Santa Evita de Tomás Eloy Martínez, una de las
novelas fundamentales de los últimos años. Además, ¿qué
puede ser más paternalista y condescendiente que decir
que un premio se le debe otorgar a una mujer o a la
“escritura femenina”, como si las escritoras pudieran
ser metidas en un ghetto crítico y como si no hubiera
muchas escritoras estupendas que no necesitan el
encasillamiento para demostrar su valía?
El
problema de fondo es que la literatura ha dejado de ser
un compromiso y se ha convertido en un commodity
que busca un lugar en la circulación de capitales y en
lo que hoy se llama “industria cultural”. Este problema
lleva a hacer algunos matices con respecto a los
ejemplos que he usado hasta aquí. Primero, el mercado no
se debe satanizar. En su momento, García Márquez y
Umberto Eco fueron tremendos éxitos de venta, sin que
esto demerite en lo más mínimo su calidad. Así mismo,
eso que se llama “escritura femenina” nos ha dejado
verdaderas obras maestras como
La hora
de la estrella
de Clarice Lispector e incluso grandes análisis críticos
como el que hizo Heléne Cixous de la novelista
brasileña. Sin embargo, detrás de estos casos hay algo
que no existe en mucha de la literatura que circula hoy
en día: compromiso y riesgo. García Márquez, pese a
todo, escribió una novela profundamente arriesgada en
momentos en que el canon reconocía el realismo duro de
la “novela de la tierra”. Eco, un semiólogo reconocido,
se atrevió a mezclar un género menor con su enorme
cultura libresca y el resultado fue sin duda una
ganancia tanto para la policíaca como para la novela
erudita. Clarice Lispector se atreve a ridiculizar a los
autores que dicen narrar al “pueblo” en el momento en
que el populismo parece ser la corriente literaria
privilegiada en los círculos intelectuales de izquierda.
Y Heléne Cixous, en medio de la academia francesa tuvo
el tino de encontrarse una escritora brasileña para
dedicarle un libro, cuando cualquier escritora feminista
de su país hubiese servido para “la causa”. Semejante
visión ha sido siempre escasa, pero dudo mucho que los
editores de las transnacionales actuales hubieran
publicado cualquiera de estos cuatro autores si hoy les
hubieran llegado esos manuscritos con firmas
desconocidas.
En otras
palabras, la noción de literatura, un problemático
concepto que siempre está y debe estar en revisión, ha
ido perdiendo su densidad estética e intelectual. En el
momento en que creadores, editores, crítica y público
coinciden en señalar obras escritas por autores
mediocres como ejemplos de literatura, este término deja
de garantizar cierta calidad o compromiso. Más bien, se
fomenta la construcción de un público pretencioso que
busca adquirir cierto prestigio con sus semejantes a
través de una figura impostada de intelectual. El
concepto detrás de lugares como la Colonia Condesa
consiste en proporcionar a las clases económicamente
solventes de una bohemia falsa (y bastante costosa).
Esto se debe precisamente a la capacidad de algunos
empresarios de convertir a la cultura en una necesidad
social, lo cual genera un consumo y, por ende, una
lucrativa actividad económica. En apariencia esto no
tendría nada de malo, puesto que, bien guiado, podría
darle a las actividades culturales la sustentabilidad
económica que les permitiría librarse tanto del
mecenazgo estatal como de la necesidad de los cada vez
más escasos esfuerzos heroicos y desinteresados de los
creadores y difusores. El problema es que el consumo
real de actividades culturales (llámese literatura de
calidad, cine “de arte”, teatro universitario, etc.)
requiere una formación educativa que muy pocas
instituciones proporcionan y que, por ende, muy pocos
miembros del nuevo público bohemio tienen. Entonces,
como el negocio debe sostenerse y como resultaría
imposible elevar el nivel cultural general de la
población, resulta más fácil sustentar el ego de las
audiencias con productos literarios, teatrales o
cinematográficos que, superficialmente, dan la
apariencia de sofisticación artística, pero que carecen
de fondo. Cualquiera que haya visto las películas El
piano o Amores perros sin dejarse llevar por
la faramalla publicitaria que las rodea puede darse
cuenta de la magnitud del problema.
El
problema con esta atmósfera es que no solo existen
autores mediocres dominando el mercado (lo cual tampoco
es ninguna novedad), sino que escritores muy buenos
surgen de una atmósfera cultural vacía que los lleva a
crear una literatura en donde no tienen nada que decir.
Un ejemplo claro es Javier Marías. En un artículo sobre
la crisis actual de la novela española, Pablo Sánchez
opina que Marías “encarna los valores dominantes del
mercado novelístico español: el minidrama con apariencia
de prosa ligera para lecturas en el transporte público”.
Incluso, Sánchez cita el calificativo que Francisco
Umbral le adjudica a Marías: el escritor “angloaburrido”2.
En lo personal, Marías no me desagrada del todo.
Vidas escritas es un libro fascinante, mientras que
Mañana en la batalla piensa en mí es un
impresionante despliegue estilístico. El problema es que
Marías, con su hipnótico dominio del idioma y sus
considerables conocimientos literarios, se ha convertido
en el maestro de la literatura que no dice nada. Detrás
de las elucubraciones estilísticas, no hay nada más que
historias inexistentes (Todas las almas) o
efectistas (Corazón tan blanco), todas
completamente olvidables después de salir del encanto
que provocan al leerlas. El problema es que cuando uno
ve la calidad literaria de Vidas escritas, quizá
uno de los ejemplos más brillantes de crítica literaria
lúdica hoy en día, o su impresionante traducción del
Tristram Shandy, no queda más que lamentar el
desperdicio de un escritor con semejantes dotes,
desperdicio que se debe tanto a la necesidad de
acomodarse al mercado como a la dificultad de generar
atmósferas culturales exigentes en nuestros días.
¿Cómo
remediar esta situación? Es evidente que el mundo está
lleno de experiencias culturales que valen la pena y que
podrían generar una literatura mucho más interesante. Lo
que falta es que los diferentes actores culturales
comiencen a entregarse a un mayor compromiso con su
actividad y a admitir que las concesiones sobran cuando
uno busca replantear la literatura en el lugar que le
corresponde como instrumento máximo de comprensión del
mundo. Por ello, creo que un regreso a la literatura
“comprometida”, a través de una revisión de este
resbaladizo concepto, es uno de los pasos necesarios.
II.
El fin
de la literatura es una de las canciones favoritas de
los culturólogos de nuestra época. Desde diversas
trincheras, como los estudios culturales anglosajones y
los estudios de medios en América Latina, se ha puesto
énfasis en la creciente falta de pertinencia de la
producción literaria en la experiencia política y
cultural del mundo. Si bien esta visión pareciera un
poco excesiva, considerando que en muchas partes del
mundo el mercado libresco goza de buena salud, sus
postulantes apuntan acertadamente a tres problemas que
se manifiestan en nuestros días. No me refiero lugares
comunes como el exceso de exposición a los medios
electrónicos o la emergencia del cine como lenguaje
cultural privilegiado. Más bien, se trata de tres
problemas implícitos en la producción literaria de
nuestros días. En primer lugar, la práctica literaria es
ejercida desde algunos flancos con un creciente
diletantismo estético que ha reducido su contacto con el
mundo. Si bien es cierto que la literatura es,
necesariamente, una producción cultural de élite y de
consumo minoritario, lo cierto es que el constante
regodeo estético (desde la persistente eslavofilia y
germanofilia de escritores recientes hasta las
constantes repeticiones de propuestas nouveau-romanescas
y poéticas absortas en la forma) ha contribuido a un
vaciamiento constante de la escritura y a un alejamiento
de las comunidades lectoras. El segundo factor radica en
los usos que los conservadores de derecha e izquierda
han impuesto a la literatura. Si bien ya no estamos en
tiempos del realismo socialista o las doctrinas del
mejoramiento moral, la literatura contemporánea se ha
llenado de historias de buena conciencia: narrativas
repetitivas de minorías escritas con el espaldarazo de
la academia bienpensante, memorias y autobiografías
llenas de mensajes edificantes sobre la vida, etc. El
problema de todo esto es que cualquier peso político que
la literatura ha desarrollado a lo largo de su historia
se ha reducido a una caricatura. Pasamos de obras que
provocaban revoluciones, como la dramaturgia de Schiller
o las narraciones de Sartre, a una idea malentendida de
expresión cultural que, en un acto de ingenuidad
absoluta, pretende borrar siglos de conflictos
culturales con la publicación obsesiva de testimonios de
escaso valor literario. Finalmente, la industria
editorial avanza cada vez más hacia un oligopolio de
grandes corporaciones que apuestan muy poco por nuevas
propuestas y que publican continuamente repeticiones de
la misma fórmula: la novela de heroínas idealizadas
dirigidas al público femenil, las narrativas sobre
narcotráfico y violencia urbana o cualquier cosa que
esté vendiendo en el momento. Todo esto, por supuesto,
en creciente detrimento de los cada vez más escasos
editores que apuestan por una literatura más arriesgada.
La única
respuesta que veo a esta situación es un retorno a la
“literatura comprometida”. Sin embargo, como los muros
de Berlín están sentenciados siempre a su caída, este
término debe sacudirse por completo de sus limitadas
connotaciones ideológicas y asumir una acepción mucho
más amplia de compromiso. En este caso, los deberes del
escritor radican en un consenso que incluye el respeto
—no la complacencia— al lector, una postura clara ante
la tradición literaria precedente (un error común de la
literatura que invade nuestras librerías es que ignora o
lee muy superficialmente la literatura anterior) y una
autocrítica consistente, que permite al escritor
ponderar su propia obra a fin de evitar la publicación
de libros que hieren su proyecto personal. Más aún, este
compromiso no deja de ser social, pero ya no se trata
del utopismo simplista que creía que publicar dos mil
ejemplares de una novela de denuncia sirve para cambiar
al mundo. En cambio, se funda en la conciencia de que la
literatura tiene una trascendencia como fenómeno social,
ya que, al igual que otras formas de arte, la literatura
es una de las expresiones más sofisticadas del
imaginario de una época. Preservar el valor estético de
la literatura es una de las últimas formas de
resistencia ante la homogeneización cultural resultado
del proceso globalizador. Por ello, prefiero la
reinvención del término “literatura comprometida” a
utilizar “literatura difícil”, como se hiciera en un
número memorable de Vuelta, puesto que este
último no explicita necesariamente el compromiso del
escritor con una realidad artística
(subrayémoslo) fuera de sus proyectos personales,
mientras que, en una lectura superficial, puede
utilizarse para validar proyectos literarios que caen en
el otro extremo, es decir, que a fuerza de ser tan
pretenciosos se tornan absolutamente ilegibles y pierden
su capacidad de ejercer cualquier función literaria y
social.
Volvamos
al término “literatura comprometida”. La acepción
original, que habla de una literatura en la cual el
texto es un instrumento para la transmisión de un
mensaje de importancia social, no debe ser descartado
a priori. Es claro que el regreso al realismo
socialista o a cualquier teoría literaria basada en la
determinación lineal que una causa política ejercería
sobre la escritura resulta inviable. Sin embargo, el
intelectual es una figura que, por lo regular, se
encuentra relacionada con la esfera pública tanto
nacional como internacional, con la evidente excepción
de los escritores misántropos que desarrollan una obra
fuera del ámbito social. La abrumadora presencia de los
medios de comunicación en nuestros días ha provocado un
boom de lo que, parafraseando a Jean Franco, se
puede llamar el “escritor superstar”. En nuestros
días, no es raro que las opiniones políticas de Mario
Vargas Llosa o Antonio Tabucchi tengan una enorme
autoridad en los medios periodísticos en que se
publican, al grado de que la columna de un escritor y la
de un politólogo sean leídas con el mismo nivel de
respetabilidad. En literatura, esto se traduce
necesariamente en una representación de problemáticas
sociales en los textos narrativos. El centro del
problema radica precisamente en las formas de la
representación.
Veamos
un ejemplo: Los dos novelistas sudafricanos más
importantes de nuestros días son, sin duda, los Premios
Nobel Nadine Gordimer y J. M. Coetzee. La primera
realiza una literatura que pudiéramos llamar “de
denuncia”. Cuando uno se aproxima a las páginas de El
último mundo burgués o de Historia de mi hijo,
la denuncia social es muy clara. De esta manera, las
novelas de Gordimer se centran en las formas en que los
individuos sudafricanos ven sus vidas afectadas por la
realidad social y política de su país. Por ello, estos
libros se enfocan en figuras prototípicas que permiten
una transmisión directa del mensaje, haciendo a la
novela un medio político que busca la suscripción del
lector a las causas sociales. Coetzee, en cambio,
utiliza medios indirectos para la representación del
tema sudafricano. En una de sus obras maestras,
Esperando a los bárbaros, la discriminación del otro
es presentada simbólicamente. La novela habla de la vida
de un cuartel fronterizo, donde el ejército de un país
inexistente espera la invasión de los bárbaros, un grupo
poco definido sobre el cual los protagonistas no saben
nada excepto que resultan una amenaza difícil de
precisar. En este caso, Coetzee toma el problema de la
discriminación del otro y, al estilo de El desierto
de los tártaros de Dino Buzzati, crea un mundo donde
dicho problema se manifiesta de una manera diferente al
de la realidad inmediata, lo que permite aislarlo para
explorar narrativamente su densidad filosófica y
literaria fuera del contexto sudafricano. Así, la novela
de Coetzee mantiene su compromiso con una realidad
social, pero amplía este compromiso a una realidad
literaria, en la cual el problema del racismo se
representa a través de una variante narrativa que
permite representarla en un imaginario mucho más amplio
que la coyuntura social. El resultado es claro. Mientras
Gordimer crea una literatura cuyo interés existe en
tanto su contexto social de producción siga vigente,
Coetzee crea una parábola de la discriminación que, tras
la caída del apartheid, no pierde su poder y
eficacia narrativa. En términos de mercado, esto
significó que las ventas de Nadine Gordimer, en su
momento, fueron muy superiores a las de Coetzee, además
de que obtuvo el Nobel una década antes, pero que, a la
larga, este último ha adquirido un amplio predominio en
el medio literario internacional, como lo testifica la
enorme atención que su obra ha adquirido en los
suplementos culturales alrededor del mundo. Además, si
uno sigue los libros más recientes de Coetzee, como
Desgracia o Elizabeth Costello, podemos ver
que el proyecto de Coetzee tiene un interesante
desdoblamiento que le permitió producir el libro
político más importante de la Sudáfrica post-apartheid
y uno de los tratados ético-literarios más importantes
de nuestro tiempo. Desgracia es muy notable
precisamente porque evade la tentación de la referencia
directa, sea crítica o apologética, al régimen de Nelson
Mandela o a coyunturas políticas, y se dedica al estudio
de las contradicciones humanas de sus personajes,
irremediablemente marcados por una política mucho más
profunda que la de los manifiestos: las relaciones
raciales que marcan un mundo donde el maniqueísmo es
inconcebible.
El
ejemplo tiene otra implicación: las novelas de Coetzee
demandan al lector una competencia mayor que las de
Gordimer. Al ser los libros de esta una literatura en
busca de la adscripción, una legibilidad amplia hace al
mensaje mucho más asequible para un público masivo. Esta
legibilidad, sin embargo, tiene un precio, puesto que la
autora debe sacrificar la densidad literaria e
ideológica. Esto no quiere decir que la literatura
“legible” carezca de densidad, puesto que las novelas de
Gordimer tienen un uso sumamente competente de recursos
literarios. Quiere decir que la necesidad de la autora
de utilizar la literatura para un fin más allá de ella
hizo que su obra perdiera calidad en su función de
representar el imaginario alrededor del racismo y de
Sudáfrica. En otras palabras, aquí el maniqueísmo es
fundamental. Piénsese, por ejemplo, en July’s people,
una novela que se basa en un juego de maniqueísmos: dos
personajes blancos anti-apartheid que se ven
atrapados por un levantamiento. El texto está lleno de
moralejas y personajes justos por los que resulta fácil
sentir empatía y con los que se transmite efectivamente
un profundo determinismo social en el ámbito coyuntural
del apartheid. La desaparición reciente de
Gordimer del medio literario internacional una vez que
cayó el apartheid es el mejor ejemplo de esto.
Coetzee,
por otra parte, es un escritor que no otorga concesiones
literarias. Podemos darnos cuenta que cuando elige el
tema del racismo y de Sudáfrica su denuncia (que también
existe) no busca un consenso general sino una
comprensión específicamente literaria del problema que
lo ocupa. En Desgracia, por ejemplo, destaca la
profunda imperfección de los personajes. El profesor, su
hija, los caciques negros, son matices en una paleta
donde las tonalidades de gris imperan sobre los
extremos. Los personajes nunca se refieren directamente
al apartheid, a rebeliones o al gobierno. Viven
en un mundo donde ellos cometen sus propios errores y
decisiones, un mundo lleno de complejas relaciones
raciales y del cual no se pueden extraer moralejas ni
esperanzas.
Coetzee
no se preocupa porque “su mensaje” llegue a la mayor
cantidad de gente, ni apuesta por una agenda
unidimensional de acción política. Más bien, su obra se
desarrolla en el intento de otorgar una representación
del problema en toda su extensión. Por ello, mientras
Gordimer busca la empatía del lector a toda costa,
Coetzee reta a los lectores a entender el mensaje en
toda su complejidad. Esto lleva al hecho de que,
mientras Gordimer tiene un innegable compromiso social,
el compromiso de Coetzee es primordialmente literario y,
con su novela, consigue una discusión mucho más
interesante del apartheid alejándose del contexto
inmediato, respetando la competencia del lector y
ligándose a una tradición literaria que, como lo
ejemplifica su deuda con un novelista como Buzzati,
trasciende la coyuntura política sin dejar de ser un
producto de las problemáticas de su tiempo. Por ello,
son instrumentales textos como Foe, una relectura
politizada de Robinson Crusoe o su estudio de
Dostoievski en The Master of Petersburg. Parte
del crecimiento literario de Coetzee fue una lectura
novelística profunda de su genealogía literaria antes de
entrar de lleno a una escritura más explícitamente
política. Al ser tanto el imaginario de una época como
sus problemáticas, instancias más allá de lo puramente
político, el compromiso literario trasciende la
discusión de las problemáticas culturales. Es preciso
observar que, aunque estoy usando deliberadamente
ejemplos de literatura con tintes políticos, la
literatura comprometida no se enfoca exclusivamente en
la lucha social, sino que su propósito es la discusión
ficcional del Zeitgeist o espíritu de época. Por
ello, la pregunta crítica crucial es qué tanto la
literatura representa no la realidad, sino la percepción
del mundo, el imaginario y las preocupaciones de una
época creativamente. Esta última palabra es clave
y es donde radica la diferencia central entre Gordimer y
Coetzee.
III
La
literatura latinoamericana de los últimos veinticinco
años se ha desarrollado a través del duelo entre el
mercado y las propuestas arriesgadas. Esto se debe a que
el Boom dejó una herencia contradictoria en el
ámbito continental. Por un lado, favoreció la
construcción de un enorme mercado editorial sin
precedentes, que permite una difusión multinacional de
las obras literarias. Este mercado, sin embargo, sufrió
una considerable transformación en los años ochenta,
principalmente debido a la caída del franquismo, que
permitió a España crear toda una oferta de autores
nacionales que ya no tenían que luchar contra la
censura. Asimismo, esta oferta, reforzada con premios
millonarios, se enfrentó a un público que ya no tenía
interés en la literatura como estrategia culta de
resistencia a la opresión política, volcándose en
propuestas que ofrecían esparcimiento a los lectores.
Esto explica, entre otras cosas, la explosión de novelas
policíacas y románticas observada en la España de los
años ochenta. Esta provincialización y mercantilización
de uno de los enclaves del Boom llevaron a los
autores latinoamericanos a la necesidad de competir con
el nuevo mercado. De esta manera, García Márquez y
compañía fueron convertidos en fórmulas de éxito por sus
epígonos, encabezados por Isabel Allende.
La
situación en España se sumó a la caída del mercado de
Buenos Aires vía la dictadura y a la crisis cultural en
el México de principios de los ochenta, suscitada
principalmente por las políticas populistas del
lopezportillismo. Esto provocó el surgimiento de una
literatura que, buscando lecturas menos fáciles del
Boom, se encerró en modos literarios crípticos, cuyo
resultado fue hacer las nuevas novelas inaccesibles para
un público cada vez más formado por los medios masivos.
En algunos casos, las novelas eran inentendibles porque
era la única manera de sortear la censura. En otros, los
escritores empezaron a fomentar el desprecio al gran
público, por lo cual escribían obras que requerían a un
lector determinado. De hecho, todavía hoy encontramos
autores de obras herméticas que se validan a través de
un profundo (y muchas veces fingido) desdén al mercado.
Por ello, la literatura más representativa en América
Latina durante los setenta y los ochenta consiste en
obras de gran factura literaria que han requerido muchos
años para consolidarse entre un público selecto con la
formación necesaria para acceder a ellas: Cola de
lagartija de Luisa Valenzuela, Yo el supremo
de Augusto Roa Bastos, The Buenos Aires Affair de
Manuel Puig o La importancia de llamarse
Daniel Santos
de Luis Rafael Sánchez, por poner sólo algunos ejemplos.
Dentro
de este mundo de polaridades, una serie de escritores
comenzaron a crear una nueva “literatura comprometida”,
que planteaba nuevas representaciones del imaginario
nacional y regional a partir de la experimentación con
formas y elementos narrativos que habían sido pasados
por alto. Todo periodo de renovación narrativa implica
la creación de una multitud de obras fallidas, pero los
años ochenta fueron el periodo de incubación de la gran
literatura de nuestros días. De este periodo surge uno
de los autores clave para comprender la literatura
latinoamericana de nuestros días, quizá uno de los
escritores en producción más importantes: Ricardo Piglia.
Aunque Piglia escribe desde un par de décadas antes, es
en los ochenta, con Respiración artificial cuando
se consolida como una presencia fundamental.
Respiración artificial,
reeditada en 2001 por Anagrama para el mercado en habla
hispana, es quizá una de las novelas más importantes en
español de los últimos veinticinco años. La reedición
para mercado amplio es tan solo la culminación de un
proceso de consolidación a través de la circulación
limitada del libro. Piglia, hasta recibir el Premio
Planeta Argentina por Plata quemada, era un autor
que circulaba casi exclusivamente entre escritores y
académicos. En mi caso particular, la novela llegó a mis
manos en un curso universitario denominado “Los raros”,
lo cual solo testimonia el rol que el texto de Piglia ha
jugado hasta muy recientemente fuera de la Argentina. Al
leer la novela, resulta muy claro que el texto es un
punto de llegada de la literatura argentina. Piglia
utiliza lúdicamente, a la manera borgiana, un
impresionante conjunto de elementos literarios que pocas
veces se ven juntos en una novela: cartas, diarios,
conversaciones, misterio policiaco, e incluso una
discusión sobre literatura argentina que abarca
puntualmente casi todo el canon argentino de un modo que
podría considerarse incluso ensayístico. Esta
conversación es una verdadera puesta en práctica de la
crítica literaria como ficción narrativa. Las ideas de
Piglia sobre Borges resultan iluminadoras en medio de la
multitud de lugares comunes que rodean la obra del autor
de El aleph. Su recuperación de Roberto Arlt y
Macedonio Fernández, otros dos miembros prominentes del
club de los raros, hace que la literatura argentina
tenga todo un nuevo sentido, puesto que el grupo de
Sur se encuentra con un par de contendientes cuya
importancia aún es subestimada.
Piglia,
en varias entrevistas, ha referido que escribió la
novela en tiempos de la dictadura. Bajo esta influencia
Piglia evita los dos caminos posibles: la alegorización
excesiva de la dictadura en los términos del carnaval y
lo grotesco (tal como lo haría Luisa Valenzuela) o la
escritura de una novela de demanda que presentara los
horrores del régimen con la mediación de un narrador
crítico y directo (como se trata en la reciente película
Garage Olimpo). Piglia decide que su camino de
resistencia es la comprensión de la cultura argentina,
cultura que existe fuera de los límites del
irracionalismo militar. Cuenta Edward Said que
Mimesis fue escrito por Erich Auerbach como una
manera de recuperar el valor de la cultura occidental en
un periodo (la Segunda Guerra Mundial) en que parecía
encaminarse hacia su autodestrucción. Piglia, al igual
que el gran crítico alemán, se da cuenta de que el
propósito de una resistencia cultural no radica en la
denuncia novelística, sino en el ejercicio de opciones
narrativas que permitan la representación del imaginario
cultural en una época en que se ve en peligro. Por ello,
pienso que Respiración artificial es uno de los
ejemplos más claros de literatura comprometida. Con el
enorme peso de las fórmulas del Boom y la
tentación de la denuncia encima, Piglia decide
arriesgarse con un texto difícil, quizá imposible de
publicar, pero que cumple su misión de una manera sutil
y perfecta.
Piglia,
como lo fue Cervantes en su momento, es un escritor que
toma plena conciencia de su función no a través de la
construcción de una figura plana de intelectual
comprometido, sino de la escritura de una obra
plenamente conciente de su carácter literario. Esto, por
supuesto, es el resultado de una lectura muy detenida de
Borges, que se ha traducido, en términos creativos, en
una reelaboración de la poética del autor de
Ficciones. En lugar de hacer una lectura superficial
con la creación de artificiosos juegos epigonales,
Piglia construye una trama tremendamente compleja a
partir de un postulado cuidadosamente construido: un
escritor del siglo XIX, Enrique Ossorio, se propone la
escritura de una novela utópica epistolar, donde las
cartas del porvenir describan la sociedad argentina de
1979. Sin que esto esté explicitado, la estructura
novelística da a entender que las cartas de dicha novela
son las que se intercambian Emilio Renzi, el
protagonista de la novela y de buena parte de la obra de
Piglia, y Marcelo Maggi, un estudioso de la vida de
Ossorio con un misterio nunca aclarado atrás de él. Por
si fuera poco, las cartas, en un fragmento de la novela,
son revisadas por un oscuro funcionario llamado Arocena
que, a la vez, puede ser caracterizado como un censor de
la dictadura argentina y como el narrador de la novela
de Ossorio. El juego continúa enredándose ad
infinitum, al grado de que, conforme uno lo va
leyendo, otorga sensaciones encontradas al lector, entre
el desconcierto ante la inesperada complejidad de la
trama y la percepción de que la novela tiene mucho que
decir más allá de lo aparente.
A
Respiración artificial es necesario sumar la segunda
novela de Piglia,
La
ciudad ausente,
una obra
en la cual se hace una apología al arte de contar
historias como resistencia a la represión a través de un
relato lleno de pequeñas historias autónomas y fundado
en la teoría de la máquina de narrar de Macedonio
Fernández. Como se puede observar, ambas novelas tienen
trasfondos profundamente políticos, pero la estrategia
narrativa se enfoca al reconocimiento de una cultura y
un imaginario argentinos infinitamente más amplios. Las
novelas de Piglia representan efectivamente este
imaginario, tanto en el fondo, que discute
brillantemente la cultura del país y cuestiones como el
europeísmo, como en la forma, que retoma los postulados
de autores fundamentales de la literatura argentina y
los empuja a nuevas implicaciones literarias. No deberá
sorprendernos que la summa de la literatura
argentina que Piglia está llevando a cabo se convierta
no solo en una de las propuestas más influyentes, sino
en una verdadera salida al problema del vaciamiento de
lo literario que he venido discutiendo. A la larga, creo
que el camino tomado por Piglia, camino que cada vez
adquiere más lectores y adeptos, será una de las vetas
de la renovación literaria que América Latina necesita
para acabar con la nociva influencia de la literatura
vacía. Una literatura así de comprometida con su
tradición, con el mundo y con la historia ofrece una
posibilidad de investir de nuevo la literatura con su
pertinencia cultural.
IV
Como
mencioné anteriormente, Edward Said cuenta, en su
aclamado Orientalism, que Erich Auerbach escribió
Mimesis, su obra maestra, durante su forzado
exilio en Turquía para escapar del nazismo. El libro
tenía una meta: exponer la cultura occidental y sus
grandes periodos en “el último momento en que todavía
tenía su integridad y su coherencia civilizadora”.
Evidentemente, Said toma esta anécdota para ejemplificar
situaciones relacionadas con el tema de la cultura
occidental frente a la oriental. En mi caso, sin
soslayar la investigación del gran crítico palestino,
creo que la anécdota subraya otra situación en la que
hoy resulta necesario detenerse: la crítica literaria
como acto vital. Para Auerbach, la crítica literaria se
convirtió en la única salida posible, en la única forma
de enfrentar una crisis personal y cultural en un mundo
que parecía caerse a pedazos. El resultado, una de las
obras maestras del siglo. Un lector actual podría pensar
(como yo mismo pensé la primera vez que leí el texto)
que se trata de un libro demasiado “técnico”, donde el
énfasis en ciertos criterios filológicos parece
excesivo. Sin embargo, poco a poco uno comprende que el
rigor metodológico, acompañado por la deslumbrante
erudición de Auerbach, es parte indispensable del gesto.
Si rastrear un concepto filológico a través del devenir
literario de Occidente es una respuesta al olvido y
malversación de la historia llevados a cabo por el
régimen nazi, el rigor metodológico es la estrategia
perfecta de resistencia frente al irracionalismo y al
decaimiento de las ideas que cualquier régimen
totalitario conlleva. En otras palabras, Mimesis
es un acto vital de crítica literaria, en el que la
lectura personal y el trabajo profesionalizado alrededor
de ella se convierten en la última esperanza para
recuperar los valores deshechos por una época.
El
problema de si la crítica literaria es una forma de
creación análoga a la de sus objetos de estudio se
refiere directamente a otra obra maestra de la crítica
literaria, en este caso mucho más heterodoxa, al grado
de que se puede incluso dudar si se trata de crítica o
de otra cosa: La tumba sin sosiego de Cyril
Connolly. Este libro contiene la frase inicial más
impresionante que he leído en mi vida: “Cuantos más
libros leemos, mejor advertimos que la función más
genuina de un escritor es producir una obra maestra y
que ninguna otra finalidad tiene la menor importancia”.
La afirmación parece incuestionable, aunque muchos
escritores de hoy en día se regodeen en la escritura de
obras en serie. La pregunta aquí es si se le puede pedir
a un crítico literario lo mismo. Las obras maestras, sin
duda, existen. Basta leer los trabajos de Benjamin sobre
Baudelaire para comprobarlo. Sin embargo, las obras
maestras de crítica parecen ser muchas menos en
comparación con otros géneros, especialmente
considerando que el número de personas dedicadas a la
crítica es, para bien o para mal, superior al de poetas
y narradores. La pregunta es compleja, puesto que la
crítica literaria se desarrolla en ámbitos donde la obra
maestra parece imposible: la reseña (a pesar aun de
Borges), la nota de ocasión, la conferencia, etc. Ahora,
otro tanto podría decirse de los cuentos o poemas
aparecidos en suplementos. Evidentemente estas
objeciones son un tanto tramposas, porque es evidente
que la afirmación de Connolly se refiere a un proceso en
el que estos textos juegan un papel muchas veces
importante. Aun así, creo que pedirle literalmente a
todo crítico y a todo escritor una obra maestra no es el
camino en que se debe leer la afirmación. Más bien, la
idea de Connolly se refiere a un compromiso a toda costa
con la escritura. Todo escritor y todo crítico deben
apuntar alto sus miras y hacer del acto de escritura una
pasión vital donde la entrega personal sea el único
criterio. Lo que Connolly quería decir, según lo veo, es
que lo único imperdonable en un escritor es la
mediocridad y el conformismo.
Es obvio
también que no todos los críticos pueden ser Auerbach.
Hoy en día, las situaciones límite son más escasas y, en
ocasiones, más terribles. El crítico literario ya no es
ni el hombre que desarrollaba su vida alrededor de la
crítica, como Samuel Johnson, ni el héroe que trabajaba
en medio de circunstancias políticas atroces, como el
Bajtin de Siberia o el Benjamin de los Pirineos. Más
bien, se ha convertido en un profesional asalariado que
discute la literatura desde la comodidad del cubículo,
el cafecito o la columna semanal. Esto, por supuesto, no
puede ser satanizado en lo absoluto, ya que las
condiciones adversas nunca son deseables. El hecho de
que un crítico literario pueda tener una situación
económica garantizada, en los mejores casos, permite un
desarrollo pleno de su actividad. Sin embargo, el
carácter burocrático de las instituciones e industrias
culturales son también terreno fértil para la
mediocridad.
Es tan
fácil echarle la culpa de la falta de una crítica
literaria seria a la cooptación y simplificación que
ejercen cotidianamente las academias, a la emergencia de
movimientos ideológicos absurdos que ven en la
literatura un blanco para atacar al poder (o, como dicen
ahora los
yuppies pseudorrevolucionarios, el “Hegemón”) o a una
crítica periodística fundada en las políticas del elogio
mutuo y la membresía en el club de alguna vaca sagrada.
Sin embargo, esas tres cosas han existido desde los
inicios de
la
crítica misma. Basta recordar las monumentales poéticas
normativas del neoclasicismo, la existencia del realismo
socialista o las notas laudatorias de cualquier revista
del modernismo latinoamericano para tener un ejemplo.
Estas tendencias no impidieron la emergencia de un
Samuel Johnson de gran sensibilidad lectora a pesar de
su moralismo galopante, de un Lukacs que, desde la
intensidad de su marxismo, defendía al conservador
Balzac sobre el socialista Zolá o del Rubén Darío de
Los raros, que nos dejó algunos soberbios retratos
literarios, basados en la pura admiración. La pregunta
radica entonces en la forma en que el crítico literario
puede navegar a contracorriente en el río de tentaciones
acomodaticias que es el medio literario contemporáneo.
En
primer lugar, aunque suene contradictorio, se necesita
una reconciliación con las condiciones materiales de
producción de la crítica. En otras palabras, es
necesario comenzar a reconocer que el tenure, el
salario del periódico o los adelantos editoriales, con
todo el daño que han causado, son condiciones sine
qua non de la crítica literaria. Una dimensión de
esto es acabar de una vez por todas con esa simplista
guerra de críticos en la que académicos y no académicos
se desprecian mutuamente. Más bien, es necesario
entender la crítica como un panorama amplio donde cada
uno de sus componentes ejerce distintas funciones: la
filología recupera y publica los textos, el análisis
académico proporciona sistemas de comprensión y, sobre
todo, una estructura educativa, los periódicos son
fundamentales para la difusión de las producciones
literarias, el ensayo subjetivo lanza al mundo una
experiencia individual de lectura. El ensayo y el
paper, nos gusten o no, son dos estrategias de
aproximación igualmente legítimas, necesarias y
limitadas y prescindir de alguna de ellas es o una forma
de autolegitimación ignorante o un camino de
empobrecimiento de la lectura profesional. De esta
suerte, es una responsabilidad ética del crítico la
lectura de la crítica, puesto que ésta solo tiene
sentido como un territorio de diálogo y debate que
reposiciona a la literatura en la esfera pública y en el
ámbito social. Nunca se debe confundir el ensayismo con
el onanismo intelectual, ni el rigor con un simple dogma
de avance profesional.
Centrándonos en la idea del territorio de diálogo y
debate, es necesario repensar la crítica desde varios
ángulos. Por ejemplo, la reseña se ha convertido en un
género donde emergen amiguismos, enemistades, rencores,
homenajes a la vaca sagrada (toda vaca sagrada, hay que
decirlo, ha escrito por lo menos un libro pésimo), pero
rara vez opiniones honestas. ¿Cuántas reseñas del último
libro, malo o bueno, de Carlos Fuentes o Mario Vargas
Llosa se necesitan en realidad? Basta recordar que
cuando salieron La silla del águila y Paraíso
en la otra esquina, dos libros muy malos, recibieron
un alud de reseñas positivas, tal vez incluso por el
miedo del reseñista de ser aquél que levante la cabeza
ante el autor poderoso. Dichos libros, además, no
necesitaban reseñas en primer lugar. Entre el aparato
editorial, el nombre de los autores y la publicidad,
tienen difusión más que suficiente. Más que reseñas, que
en el fondo fueron bastante inútiles, hubieran valido la
pena ensayos que discutieran cuestiones como la
aproximación de Carlos Fuentes a la novela futurista y
su legitimidad como apuesta literaria o la relación
entre el pedagogismo de Vargas Llosa en su aproximación
a Flora Tristán y el fin de la estética de la novela
total. Hacer esto, sin importar si la valoración es
positiva o negativa, le hace justicia a la novela (la
discute en sus propios términos y ayuda a que su mensaje
entre en la esfera pública), al lector (que no necesita
enterarse de la existencia del libro tanto como
encontrar espacios de discusión de libros que
probablemente leerá mucha gente) y al crítico (que puede
desarrollar un texto más personal e interesante que un
elogio barato).
Dicho
esto, las reseñas tendrían una función más interesante,
la de poner en circulación textos de autores menos
leídos, pero cuya aparición en el ámbito de la reseña
contribuya a poner un texto que valga la pena en las
manos de un lector. Aquí entra la responsabilidad ética
del reseñista. Escribir sobre un texto que a uno no le
gusta, cualquiera que sea el motivo, me parece frívolo e
incluso ilegítimo. Una reseña negativa es publicidad
innecesaria para un libro que no vale la pena o un acto
de mezquindad. Esto, por supuesto, abarca cuestiones
como la reseña por encargo. Creo que el reseñista, como
lector profesional, debe dedicarse a elegir libros que
le interesen, que le apasionen y que merezcan aunque sea
un lector más. Fuera de esos límites, la reseña es
inútil.
Dado que
el crítico de cualquier índole es un lector
profesionalizado, el planteamiento de una ética de
lector es fundamental. Leer significa permitir que un
libro deje una huella profunda, entrar en debate con él,
discutirlo, circularlo, regresar a él. Leer por
pretensión o por esnobismo es un acto de cobardía,
porque la literatura no sirve para construir murallas
personales frente al mundo sino para derribarlas. Leer
no sirve para ser mejor persona o un ser humano más
elevado. Esa falacia pseudoética no sirve más que para
justificar fascismos. La lectura es un acto
esencialmente de libertad, donde nos confrontamos
nosotros con el texto, sin imposiciones, en un espacio
donde somos libres de disentir, de aceptar, de debatir y
de conmovernos. Puesto que la meta de toda literatura
comprometida es dicha libertad, su transmisión debe ser
la base de toda crítica. La libertad es lo que buscaba
Auerbach en la tradición occidental o Benjamin en el
flaneurismo. La literatura, como lo supo muy bien
Alfonso Reyes, es ante todo experiencia y la crítica es
la transmisión, aunque imperfecta, de esa experiencia y
sus dimensiones. Cuando el crítico de suplemento busca
rendir homenaje a la manera en que un escritor cambió su
vida, o cuando el crítico académico busca reconstruir
las condiciones sociales y políticas de escritura de un
poema, el fondo es y debe ser el mismo, reconstruir una
experiencia literaria (no en el sentido chato de la
sublimidad estética, consuelo mediocre, sino de una
experiencia que puede ser personal, social, política). A
esto se refiere Edward Said con su genial concepto
worldliness, “mundanidad” en traducción imperfecta.
La literatura lleva el mundo en sí y, como el crítico
palestino observa a lo largo de su libro testamental
Humanism and Democratic Criticism, el humanismo (y
la crítica como parte integral de él) solo puede cumplir
su función emancipatoria si se centra en la búsqueda de
la dimensión humana de la cultura. Esta dimensión es la
experiencia, la libertad, la multidimensionalidad, el
mundo. Sin esto, la crítica no es más que palabras
vacías. Y este vacío es una fuerza destructiva contra la
literatura. La lucha contra este vacío es la meta de
todo crítico comprometido con la literatura.
Notas
1.
Madrid: Planeta, 1998.
2.
Pablo Sánchez. “El olvido del problema”.
La Quimera. Año I No. 4. Puebla, Pue.: Julio Agosto
2001.
Una versión abreviada de este ensayo será
publicada en la antología de ensayo joven mexicano El
hacha puesta en la raíz, compilada por Geney Beltrán
y Verónica Murguía y editada por el Fondo Editorial
Tierra Adentro de México. |