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La práctica de la violencia, como toda acción,
transforma al mundo, pero el cambio más probable es
hacia un mundo más violento.
Hannah Arendt: On Violence
Imaginemos por un
momento que nos encontramos en una colonia afluente de
la Ciudad de México. De repente, un vagabundo cuya
apariencia recuerda sin sutileza alguna a Karl Marx
suelta dos disparos en la ventana de un restaurante de
lujo, y mata por la espalda a un prominente hombre de
negocios. En otra parte de la ciudad, algún tiempo antes
o después, un choque entre un automóvil que huía de un
grupo de delincuentes y el vehículo de una modelo
extranjera es el punto de partida de una serie de
sucesos que entrelazan la vida de personajes urbanos.
Estas imágenes, provenientes del filme Amores perros,
de Alejandro González Iñarritu,1 son
sintomáticas de la transgresión que la criminalidad y la
violencia llevan a cabo en un espacio urbano
clasemediero cuya sensación de seguridad se desvanece
junto con el estado priísta en México. Neoliberal y
violenta, en tensión constante entre los imaginarios
nacionalistas y el deseo de proyección trasnacional, la
cultura mexicana de fin de siglo se enfrentó a la falta
de un centro de gravedad que determinara su postura
política. Esta cultura inestable ha producido en los
últimos años nuevas imágenes de violencia que alegorizan
el sentido de incertidumbre producido por la caída del
estado paternalista y de las ideologías atadas al
nacionalismo revolucionario. El resultado es un
reposicionamiento cultural de la violencia, que ha
pasado de ser una manifestación marginal a convertirse
en el centro mismo de una nueva identidad emergente que
comienza a definir ciudadanías e imaginarios en la
transición.
La violencia es cada
vez más una categoría privilegiada del
análisis cultural en
la América Latina, conforme ha permitido la construcción
de una nueva cartografía cultural cuyos ejes son la
experiencia urbana y la sensación de inseguridad social
como instancias de conformación de un nuevo sentido de
comunidad.2 En este orden de ideas, Susana
Rotker ha apuntado que la sensación de inseguridad en
las capitales latinoamericanas «ha ido cambiando el modo
de relacionarse con el espacio urbano, con los
semejantes, con el Estado, con el concepto mismo de
ciudadanía».3 En el caso de México, la
emergencia de estas «ciudadanías del miedo» coincide con
el derrumbe de las nociones de ciudadanía emanadas del
discurso priísta, y en cierto sentido viene a llenar un
vacío identitario creado por las radicales
transformaciones políticas y culturales de los años 90.
En este punto, conforme la violencia y la criminalidad
ocupan un espacio mayor en el imaginario cotidiano de
los mexicanos y en la imagen que México proyecta hacia
el exterior, quiero proponer una lectura de Amores
perros en función de una paradójica articulación
ideológica. Por un lado, Amores perros es el
producto más acabado del imaginario generado en las
clases medias urbanas del interior del país, grupos
sociales que ven afectados sus intereses de clase e
inventan mitologías de lo marginal como forma de
sublimar sus miedos e inseguridades. Por otro, la
película apela a un mercado trasnacional que
reinterpreta la violencia como alegoría de nuevas
posibilidades de articulación política tras la caída del
Muro de Berlín. De esta manera, Amores perros
resulta la versión más acabada de una nueva forma de
comodificación de México y la América Latina: la
configuración de un imaginario que, simultáneamente,
apela a la visión del mundo sustentada por los grupos
privilegiados del neoliberalismo regional y al
voluntarismo político de sectores progresistas y
seudoprogresistas de la intelectualidad occidental, en
desesperada búsqueda de nuevas formas de relacionarse
con el llamado tercer mundo.
La interpretación de
la violencia en Amores perros emerge de una
matriz ideológica bastante más conservadora que lo que
sus sofisticados recursos formales permitiría suponer.
Tras la máscara formal, las historias que componen la
película tienen como eje temático la familia. Ya Paul
Julian Smith
ha señalado que la ausencia de la figura paterna es un
motivo constante a lo largo del filme.4 Yendo
más lejos, vale la pena observar que el catalizador de
las acciones en las tres secciones de la película es o
un adulterio o un abandono familiar. En la primera,
Octavio, interpretado por Gael García Bernal, se enamora
de Susana, la esposa maltratada de su hermano Ramiro. En
su intento de liberar a Susana de la violencia de su
marido (y, por supuesto, de quedarse con ella), Octavio
ingresa al circuito clandestino de peleas de perros,
aventura que desemboca en la persecución a la que referí
al principio de este texto. La segunda historia se
centra en Daniel y Valeria. Daniel es un hombre de
familia que deja a su mujer e hijas para irse a vivir
con su amante. Valeria, sin embargo, se ve inmiscuida en
el mismo accidente automovilístico que Octavio y
comienza un proceso en el que su vida con Daniel se
convertirá en un infierno. En la tercera historia, el
Chivo es un asesino a sueldo, al final de una odisea
personal que comenzó cuando dejó a su familia en los 70
para unirse a un grupo revolucionario. La trama de la
película, entonces, se construye a partir de las
consecuencias de estos actos. Aunque la unidad
superficial de la película sea dada por el
entrecruzamiento de historias debido al accidente
automovilístico, en realidad la estructura de la
película se arma alrededor de alegorías (por no decir
parábolas) que reflexionan respecto a las consecuencias
de una red de decisiones morales. Tomemos, por ejemplo,
al Chivo: este personaje decide dejar a su familia en
nombre de la revolución. A partir de ahí comienza una
serie de decisiones morales que incluyen alienarse en
definitiva de su familia (nunca los contacta después del
abandono, y su hija, Maru, piensa que ha muerto),
convertirse en asesino, etc. El camino de la redención
comienza también con una decisión moral. En su último
trabajo, en vez de cumplir con el encargo de un hombre
de matar a su hermano (quien, incidentalmente, es un
adúltero), el Chivo decide confrontarlos a ambos en
cuanto se entera de la relación familiar.5 En
suma, este desarrollo narrativo, que se puede seguir en
líneas más o menos parecidas en las otras dos historias,
sugiere que los personajes son siempre juzgados en
términos de una moral trascendentalista que no admite
circunstancias: no importa aquí la justicia o no de la
causa del Chivo. Importa simplemente el abandono
familiar, lo cual lo equipara a Daniel, el adúltero de
la segunda historia, quien también deja a su familia. En
el código moral de la película, no hay diferencia entre
Daniel y el Chivo. El hecho de que el primero dejó a su
familia por otra mujer y el segundo por una causa
social, no tiene ninguna relevancia frente al abandono
mismo. Y el destino de ambos personajes es paralelo:
como consecuencia de sus acciones ambos pasan por un
purgatorio (el accidente de Valeria o el descenso a la
criminalidad) y al final abren la posibilidad de
regresar a su familia (Daniel llama por teléfono a su
esposa sin atreverse a hablar, el Chivo graba un mensaje
a Maru en la contestadora).
Uno se pregunta qué
pasaría si se invirtiera por un momento esta escala de
valores. Por ejemplo, extrapolando un poco de la ética
de Alain Badiou,6 uno podría releer la
historia de Octavio y Susana desde un sistema de valores
que no tiene que ver con absolutos. En la escala de la
película, el error trágico de Octavio, su deseo adúltero
por su cuñada, lo conduce a otra serie de malas
decisiones: su ingreso a la red criminal de peleas de
perros, su intento de enfrentar a uno de los criminales
mayores del barrio, su decisión de acuchillarlo después
de que este balaceara a su perro, etc. Los tres
personajes de la primera historia, en consecuencia,
recibirán un castigo «justo»: Ramiro, asaltante y marido
abusador y adúltero, morirá en un tiroteo durante un
asalto; Octavio, que intenta usurpar la esposa a su
hermano y financiar su acto con actividades ilegales,
termina solo, malherido físicamente y sin dinero, en una
terminal de autobuses; de Susana no sabemos mucho, quizá
como pequeña tregua por su eventual fidelidad a su
esposo, pero a fin de cuentas, como cedió a la
tentación, termina sola, con un hijo y embarazada. Si
sacamos al adulterio como motor del juicio que la trama
ejerce en sus propios personajes, la interpretación de
los hechos podría ser muy diferente. En la ética de
Badiou, el enamoramiento es uno de los posibles
«acontecimientos» de los cuales emerge una verdad
específica. La ética, a grandes rasgos, se funda en la
fidelidad a este acontecimiento y al seguimiento de las
leyes y consecuencias emanadas de él. Esto adquiere una
dimensión ética particular si se considera que la pareja
es algo que trasciende al sujeto e implica un compromiso
de este con algo que lo excede. La consecuencia, por
supuesto, es que si la base de la ética se da en la
verdad del acontecimiento, cualquier criterio moral
absoluto (como la censura del adulterio per se)
no se aplica.
Si Octavio y Susana se enamoran, y uno sigue esta lógica
a contrapelo de la trama de la película, entonces
podemos pensar en una posible narrativa que no concluya
en el castigo a Octavio. Además, Badiou plantea que la
función principal del acontecimiento es precisamente
nombrar un vacío dentro de una situación.7 De
esta suerte, en la cotidianidad familiar de Susana y
Octavio, la consumación de su atracción precisamente
abre un proyecto que era impensable en los términos
originales de su vida. Por ello, Octavio es hasta el
final de la película un personaje ético en este sentido:
sus actos siempre se encuentran en fidelidad a la verdad
emergida del acontecimiento. Al actuar en consistencia
con su enamoramiento, se arriesga por la posibilidad de
proveer a Susana de una vida mejor. ¿No sería una
posible decisión ética ir en contra de las
prescripciones contra el adulterio en una circunstancia
como la de Susana? Esta posibilidad nos dice mucho de la
apuesta ideológica de la película: no se trata de poner
a los personajes en un conjunto de circunstancias a
partir de las cuales se miden sus decisiones, sino de
crear una vara moral absoluta que mide a todos con los
mismos criterios. La moral planteada aquí es, a fin de
cuentas, conservadora: la reivindicación de valores
familiares incuestionables en tres circunstancias muy
diferentes. Por ello, la relación de Octavio y Susana es
representada de una manera incómoda: la posibilidad
ética emergida de ella está siempre cancelada a priori
por el moralismo con el que el filme interpreta a sus
personajes.
Esta contraposición
entre una moral conservadora fincada en la familia y una
posible ética del acontecimiento es muy clara
precisamente en la representación que el filme hace del
primer encuentro sexual entre Octavio y Susana. Paul
Julian Smith
plantea que, aun cuando este encuentro es enfatizado por
la película misma (al ser puesto en escena con una
música de fondo después de media hora sin ese recurso),
todos los encuentros amorosos se ven interrumpidos por
una suerte de ruido: la primera vez está presente el
bebé de Susana junto a ellos; la segunda no sólo incluye
a Octavio viéndose en un espejo roto, sino también es
parte de un montaje que incluye a Ramiro teniendo
relaciones sexuales con una compañera de trabajo, peleas
de perros y una música mucho más agresiva («Sí señor»,
de Control Machete).8 Dicho de otra manera,
el acontecimiento que permitiría ver el amor de Susana y
Octavio a otra luz y que, en consecuencia, fincaría las
bases de una interpretación más empática de su historia,
se ve interrumpido siempre por recordatorios que inducen
dimensiones de culpa: el bebé nos recuerda la ilegalidad
de la relación y de sus consecuencias posibles, como la
violación de su inocencia; el montaje relaciona a la
pareja con los errores de Ramiro, pero también con el
acto criminal emanado del intento de Octavio por ganar
el amor de Susana. Cualquier posibilidad de transformar
la situación de los personajes es cancelada por la
narrativa misma del filme.
Precisamente porque
el centro del filme es esta narrativa maestra del
adulterio, todas las manifestaciones de la violencia en
la película, sean fortuitas (como el accidente de auto)
o no, son consecuencia directa o indirecta de acciones
morales y nunca son interpretadas desde un sustrato
social. Como ha observado Laura Podalsky, la película
usa un registro afectivo proveniente de las telenovelas
como una forma de oscurecer y cuestionar el registro
político y social de las acciones. Esto, continúa
Podalsky, manifestaría «una crisis epistemológica que ha
desestabilizado el entendimiento que el sujeto tiene de
la sociedad contemporánea y, quizá de manera más
importante, su habilidad de hacer propuestas sustantivas
para un futuro mejor».9 Carlos Monsiváis ha
enfatizado esto en su análisis de la estructura
melodramática del thriller y hace una observación
particularmente pertinente a la lectura de Amores
perros: «El
cine retiene el melodrama y para ello lo actualiza y le
consigue un ámbito apropiado: la descomposición social.»
En esta dimensión, el cine de la violencia «se
constituye en el espejo distorsionado de feria donde los
personajes viven con energía grotesca los papeles antes
inconcebibles».10 Esta estructura narrativa
tiene consecuencias profundas en términos de la manera
en que la violencia es entendida por la clase media
conservadora en México, cuyos puntos de vista son
representados por esta película. A fin de cuentas, desde
su utilización por los novelistas liberales del xix,
pasando por el cine de los años 30 hasta el emporio de
Televisa, el melodrama ha sido consistentemente
utilizado por las clases dominantes para generar
imaginarios y consensos que después son naturalizados
por los espectadores. El recurso al melodrama en
Amores perros es la última instancia de este
proceso.
La ideología
conservadora de Amores perros, entonces, no se
reduce a la historia de tres atentados contra la moral.
La historia del Chivo no sólo transmite el fracaso del
discurso utópico y revolucionario de la generación de
los 60, sino que en más de un sentido alegoriza las
interpretaciones que la «ciudadanía del miedo» de la
burguesía capitalina incorpora a su imaginario. El
asesino es el punto culminante de la decadencia moral a
la que este imaginario atribuye la emergencia de la
violencia urbana. En primer lugar, toda la violencia se
desencadena, como mencioné anteriormente, por una serie
de decisiones personales: el abandono de la familia, la
participación en un movimiento clandestino, la decisión
de convertirse en sicario al salir de la cárcel, etc.
Más aún, conforme uno sigue la trayectoria del
personaje, hay que enfatizar que el regreso a la familia
es su única posibilidad de redención. Por ello, el
último trabajo del Chivo, que implica, una vez más, a un
adúltero y a un hermano traicionero, se resuelve no con
el asesinato sino con una suerte de ética de ángel
exterminador en la cual el Chivo se convierte en agente
de una justicia salomónica. Finalmente, cuando decide
recuperar a Maru, su hija, él se corta el pelo y se
rasura, transformando su apariencia reminiscente de Marx
en una imagen algo grotesca de un hombre de bien. En
este sentido, no es en absoluto sorprendente que la
manera en que la película presenta su evolución, el paso
de revolucionario a prisionero y después a criminal, es
natural y desautoriza profundamente la narrativa de la
disidencia: el Chivo es encarcelado por un atentado con
bomba (nótese aquí la reducción del revolucionario a
terrorista, especialmente en un país cuyos movimientos
de izquierda no se caracterizaron particularmente por la
violencia revolucionaria), encarcelado y después
incorporado al crimen por oficio de un agente policial
corrupto. ¿No es ésta la manera en que la clase media
conservadora concibe al revolucionario? Desde su
perspectiva, cualquier amenaza al statu quo
privilegiado de las zonas adineradas de
la Ciudad de México
es concebida como criminalidad: el disidente que pone
una bomba en un centro comercial y el asesino que mata
por contrato a alguien a plena luz del día son la misma
persona, puesto que ambas acciones ejercen similar
transgresión de la burbuja protectora de las clases
medias y altas. Cualquier razón ética, política o
ideológica más allá de ese simple hecho resulta, desde
la perspectiva de la película, irrelevante.
Todo este entramado
lleva a pensar que Amores perros, lejos de ser
una película de vocación progresista, se trata
simplemente de un catálogo de los miedos de la burguesía
urbana. Estos miedos son interpretados por ella
precisamente desde la escala moral conservadora que
considera a la violencia el producto, no de profundas
diferencias sociales y económicas, sino de la decadencia
de los valores familiares que acompañan la caída del
Estado fuerte a partir de 1968. Por ello, pese a que
González Iñarritu ha expresado en varias entrevistas la
idea de que el crimen es el medio de subsistencia de las
clases pobres,11 la película no hace ningún
esfuerzo por problematizar la posición ética de sus
personajes, y todo funciona en una suerte de justicia
divina en la cual cada quien obtiene los resultados de
sus decisiones en términos de una moral en blanco y
negro: los adúlteros fracasan, la mujer hermosa queda
mutilada y los que abandonan a la familia viven en el
purgatorio de la nostalgia. Este imaginario permite
inferir que esta «ciudadanía del miedo» en particular no
conduce, como sugiere Rotker al final de su famoso
texto, a la emergencia de movimientos que reconocen «la
diferencia como espacio de profundización de la
democracia y la autogestión»,12 sino al
surgimiento de imágenes que profundizan aún más el
abismo social, económico y cultural en el que se finca
la violencia.
Para entender mejor
este problema, es posible contraponer Amores perros
con otras dos representaciones de la violencia emergidas
en tiempos de neoliberalismo: Todo el poder,
filme de Fernando Sariñana, que aparece poco antes de la
película de González Iñarritu, y Nostalgia de la
sombra, novela de
Eduardo Antonio
Parra.13
Todo el poder cuenta la historia de un director
de documentales desempleado que, tras haber sido víctima
varias veces de la delincuencia capitalina, y perder en
un asalto la camioneta de su ex esposa decide hacer algo
al respecto. Con un grupo de amigos, comienza a rastrear
a los delincuentes, en una investigación que lo lleva a
un comandante de la policía capitalina (un personaje
carnavalesco llamado Elvis Quijano, por su pretensión de
parecerse al Rey del Rock) y a
Julián Luna,
comisionado de seguridad pública del Distrito Federal.
Esa película tiene muchas cosas en común con Amores
perros: es comercial, financiada con capital
privado, distribuida con el respaldo de una campaña
publicitaria sin precedentes en su momento (Amores
perros será el punto máximo de esta estrategia).14
Asimismo, se trata a fin de cuentas de un filme hecho
exclusivamente para la clase media urbana que habla de
los mismos temores frente a la inseguridad, y basado más
literalmente en la representación de una «ciudadanía del
miedo» que, en efecto, crea una red de solidaridad
social que permite enfrentar la situación. A pesar de
que Todo el poder está muy lejos de las
pretensiones formales de Amores perros y de que,
por añadidura, en la primera la pobreza es simple y
sencillamente invisible,15 se trata de un
filme que, en el fondo, ofrece una interpretación más
política del crimen. El punto crucial aquí es el hecho
de que en Todo el poder la violencia y el crimen
están íntimamente ligados a la red institucional de
corrupción del estado neoliberal. En vez de caer en el
facilismo de parodiar la ineptitud de las autoridades,
la película se interesa en un problema mucho más
profundo: la colusión entre el poder político y la
criminalidad. De esta manera, el sistema policial
presentado en Todo el poder es una combinación de
una profunda ineptitud burocrática (vemos en una escena
a una secretaria que ignora a los denunciantes porque
está comiendo en su escritorio), una presencia constante
de los delincuentes en la fuerza policial (los miembros
de la banda de delincuentes incluso tienen oficinas en
el ministerio público y, a la larga, nos enteramos de
que Elvis Quijano es el líder de la banda) y la puesta
en escena de simulacros de justicia para crear la
apariencia de que se está investigando al crimen (otra
escena representa un careo entre un grupo de asaltados y
una serie de delincuentes escogidos al azar, organizado
por Quijano en una investigación de un asalto que él
mismo condujo). Esto escala incluso a los niveles más
altos del poder político. Julián Luna resulta al final
ser el organizador de la banda de delincuentes. La
crítica de la película es tan fuerte que Luna, en sus
apariciones televisivas, habla con un tono y una
prosodia que imitan casi a la perfección la retórica
política utilizada por Carlos Salinas y Ernesto Zedillo,
los dos presidentes más prominentes de la fase
neoliberal del PRI. Luna, entonces, representa una doble
cara del institucionalismo neoliberal que, en la vida
real, se manifestó en la caída de Carlos Salinas: un
sistema político que busca mantener una máscara de
eficiencia y modernización (como muestra la escena donde
Luna busca diseñar una campaña publicitaria que enfatice
la reducción estadística de la criminalidad), mientras
que es partícipe directo de los problemas que busca
resolver.
Si bien es cierto
que, pese a todo lo anterior, Todo el poder es
una película que termina por banalizar el problema del
crimen al disolverlo en una comedia de enredos, la
comparación permite enfatizar un punto muy significativo
respecto a la interpretación de la criminalidad en
Amores perros: las instituciones políticas son
completamente invisibles. El único representante de la
ley presente, el policía judicial que administra los
contratos del Chivo, aparece completamente aislado y sin
relación alguna con el cuerpo policiaco. Es,
simplemente, otro más de los personajes (in)morales del
filme. Este vacío no sólo posibilita la reducción de la
violencia y la criminalidad al moralismo que describí
anteriormente, sino que resulta en una profunda
incapacidad de articular una crítica verdaderamente
política del neoliberalismo y su violencia. Con esto no
quiero decir que la aparición literal de las
instituciones del Estado sea la condición sine qua
non de una crítica política, sino que en ningún
momento del filme aparece una manifestación de la
violencia o del crimen que no sea ultimadamente
reducible a una decisión moral. Tanto González Iñarritu
mismo como la
crítica del filme han enfatizado en demasía la ubicación
histórica de Amores perros para señalar su
relación con el México de la transición. Claudia
Schaefer, por ejemplo, ha subrayado que «el filme ubica
la desesperación de sus personajes en un escenario
innegablemente político».16 Me parece, sin
embargo, que este «escenario innegablemente político»
existe más en el contexto sociohistórico de la película
que en ella misma. En el fondo, esta interpretación
sigue una fórmula un poco imprecisa: la Ciudad de México
representa, en palabras de Carlos Bonfil, «una
modernidad que sólo ofrece la proliferación de la
injusticia social, la corrupción política y el dogma
neoliberal»;17 en consecuencia, ubicar una
película en esa ciudad y mostrar esas contradicciones
representa ya una puesta en escena política.
Independientemente de la posibilidad de sustentar una
aseveración así en otros contextos, en Amores perros
resulta una interpretación imprecisa dado que ni la
injusticia, ni la corrupción, ni el neoliberalismo
tienen nada que ver con la trama del filme: en su
estructura narrativa no existe una relación causal de
ningún tipo entre esos factores y los sucesos narrados.
La «dimensión política» de Amores perros parece
radicar más bien en el voluntarismo de sus espectadores
que, en un momento de algidez política en el país,
impone sobre la película una figuración crítica que
simplemente no está allí. Siendo justos con Amores
perros, en los términos de la película es posible
argumentar que la historia de Daniel y Valeria ofrece
una crítica de la inmoralidad de las clases neoliberales
emergentes.18 En efecto, Daniel y Valeria son
parte de la industria mediática (él es editor de una
revista de espectáculos; ella, una modelo exitosa que
participa en una campaña de mucho renombre), sector que
gozó de un particular ascenso en los años del
neoliberalismo. En otras palabras, Daniel y Valeria son
parte de esa nueva burguesía urbana cuya fortuna es
parte no del dinero «viejo» del país, sino de las
industrias emergentes. Algo similar puede decirse de los
hermanos relacionados con el contrato del Chivo: dos
jóvenes empresarios parte de un negocio familiar. La
inmoralidad, entonces, no se reduce a los pobres que
optan por el crimen: esta burguesía también es
responsable de adulterios, abandonos y fratricidios.
Esta clase emergente, en los ojos de la película, es
también parte activa de la decadencia moral y de la
descomposición social. Esto, sin embargo, no cambia en
nada el hecho de que su crítica de esta clase social es
también moralista y apolítica: son simplemente otros
intérpretes de la misma sinfonía de inmoralidad.19
Antes de pasar a la
cuestión de por qué, pese a todo lo que he dicho hasta
aquí, sigue persistiendo la interpretación política de
la película, me interesa hacer una desviación para
ilustrar una alternativa a las narraciones de la
violencia que no pasa ni por el moralismo de Amores
perros ni por el literalismo de Todo el poder.
La novela Nostalgia de la sombra es un texto que
problematiza profundamente las interpretaciones
moralistas de la violencia al trazar la trayectoria que
transforma a un hombre común y corriente en asesino por
medio de un recorrido por las distintas
territorialidades de la violencia urbana. En su artículo
«¿Guerreros o ciudadanos?», Rossana Reguillo ha
clasificado en tres campos de sentido la forma en que
los imaginarios urbanos representan la violencia: «un
territorio habitado por la pobreza; un tiempo nocturno y
de excepción y un entorno caracterizado por el
relajamiento moral y por los vicios».20 Si
hubiera que describir la importancia de la novela de
Parra en las representaciones mexicanas de la violencia,
se podría decir que quizá es el texto que mejor
problematiza esos tres campos de sentido. Narra la
historia de Ramiro Mendoza Elizondo, un hombre de
familia que es atacado en las calles de Monterrey.
Después del ataque, mata a los agresores y en vez de
volver a su familia, comienza una odisea que lo lleva a
la frontera, a los basureros y a la prisión, y que
desemboca en su conversión en asesino a sueldo. La
novela se estructura en dos tiempos intercalados: por un
lado, el proceso de Ramiro, que va de ciudadano a
asesino, y, por otro, las reservas que a Ramiro le
produce el hecho de que su contrato más reciente es una
mujer.
El mundo que transita
Ramiro es fascinante porque la violencia no es fruto de
elecciones morales sino algo que sucede, que está
presente y que es una parte constitutiva del tejido
social de los distintos espacios que va transitando. En
otras palabras, la violencia no funciona como un
continuum indiferenciado que equipara, como sucede
en Amores perros, la violencia política con el
crimen o la violencia intrafamiliar. Más bien, la
pobreza, la violencia y otros factores sociales se
vuelven indicadores polivalentes cuyas consecuencias se
manifiestan en función de sus relaciones con otros
componentes del tejido social.21 Así, en la
frontera, la violencia es un instrumento utilizado por
aquellos que controlan el poder de cruzarla; en los
basureros, es un mecanismo relacionado con un sistema
particular de honores y supervivencias, y en los
espacios del crimen organizado funciona siempre en
relación con los intereses económicos y políticos de los
estratos privilegiados de la sociedad. De esta manera,
volviendo a las categorías de Reguillo, no sólo
encontramos en Nostalgia de la sombra una
narrativa de la violencia ajena a la idea de
«relajamiento moral», sino que las relaciones
deterministas entre pobreza y violencia se encuentran
problematizadas de raíz. Los personajes de la novela no
son violentos porque son pobres. La violencia es, más
bien, un código de sociabilidad que ingresa al espacio
urbano como estrategia de relación social y como
componente de la subjetividad. A diferencia de la
«ciudadanía del miedo», que en el fondo plantea a la
violencia como una otredad que busca mantenerse fuera
del ámbito del individuo, Nostalgia de la sombra
es la narrativa de una «ciudadanía por la violencia»,
donde ésta no es un enemigo a vencer, sino un componente
que atraviesa subjetividades y comunidades y que es
parte irrevocable de ambas.
En este orden de
ideas, la estructura dual de la novela permite discernir
dos funciones de la violencia: por un lado, es el
instrumento que permite a Ramiro vincularse y separarse
de los distintos territorios que va recorriendo; por
otro, es un elemento constitutivo de su personalidad,
completamente normalizado hacia dentro de la narrativa.
El acto violento fundacional del que surge Ramiro,
cuando asesina a tres tipos que buscaban matarlo, se
convierte en una marca que transforma radicalmente la
subjetividad del personaje. Sintomáticamente, esta
transformación es descrita por una frase: «El miedo se
había esfumado para siempre.»22 Aquí,
entonces, se puede comprender que una «ciudadanía del
miedo» como la planteada por Amores perros o
Todo el poder se desvanece en cuanto un acto de
violencia desplaza al burgués clasemediero del centro
urbano a los márgenes. Esta nueva formación del sujeto
urbano se abre precisamente en el momento en que el
miedo deja de ser lo que sustenta el sentido de
ciudadanía y la violencia se integra a la constelación
de lo cotidiano. Por esto, la novela de Parra no narra
una ansiedad diseñada por los temores de los grupos
privilegiados, sino un mundo con diversas capas
ideológicas y sociales al que resulta imposible
aproximarse desde un código moral fijo. Así, la
ciudadanía clásica y la vida de familia no se conciben
en el texto como el origen de una escala moral o como un
espacio de seguridad. Son, más bien, sombras: fantasmas
que acechan al «ciudadano por la violencia» que siempre
habita su complejo espacio social desde la pérdida. Como
ha señalado ya
Miguel Rodríguez
Lozano, la sombra articula en una sola imagen la
nostalgia de lo perdido y la presencia de la noche como
alegorización de la violencia.23 De esta
manera, la noche no se concibe como el tiempo de la
violencia, sino como la alegoría de un estado de duelo
que en cierto sentido refleja la caída de las
certidumbres identitarias en el México violento y
neoliberal.
El ejemplo de
Nostalgia de la sombra nos indica que la
representación de la violencia sólo puede ser política
cuando se comprende su lugar en una red social que la
trasciende. En otras palabras, la violencia per se
no tiene valencia política alguna y, por ello, asumir
sin más que un filme o una novela son políticos porque
representan la violencia urbana es sumamente impreciso.
La violencia, más bien, es un elemento que se usa
estratégicamente en las representaciones culturales para
la validación de perspectivas políticas y sociales
específicas.24 Por ello, en Amores perros,
donde la violencia es autoevidente y no está
problematizada en su dimensión social, sirve como
indicador de las consecuencias de la caída moral del
país. La violencia es el argumento que el discurso
conservador invoca para advertir de los peligros de la
inmoralidad. En esto, Amores perros no está lejos
ni del melodrama televisivo ni del costumbrismo
decimonónico que interpretaba al crimen como enfermedad
y como consecuencia de la decadencia moral.25
Todo lo que he venido
argumentando conduce a preguntarse por qué Amores
perros es una película tan exitosa en tanto
representación de la violencia, considerando los
profundos problemas ideológicos detrás de su narrativa.
La respuesta es su inusitada capacidad de convertir a la
violencia y el crimen en productos de consumo. El origen
de esto es el hecho de que Amores perros es la
película más costosa de la historia del país, filmada,
por añadidura, exclusivamente con capital privado.26
Por ello, la recuperación de la inversión se convirtió
en un problema particular, dado que ninguna película
mexicana en la historia había recaudado una cantidad
equivalente al costo de producción del filme. Por tanto,
apelar con una intensidad sin precedentes al mercado
internacional y a la clase media que normalmente ve sólo
cine de Hollywood era crucial para el éxito de la
película. Esta necesidad lleva a Amores perros a
tomar una decisión crucial, acertada y llena de
consecuencias: evitar el aparato burocrático del cine
mexicano, controlado por el Instituto Mexicano de
Cinematografía.27 En este punto, Amores
perros renuncia a la red tradicional de distribución
del cine mexicano, que normalmente pasa por una corrida
comercial modesta, un par de festivales internacionales
y alguna temporada en los cineclubes. Al pasar a la
iniciativa privada, Amores perros apostó a no ser
concebida simplemente como «cine
de arte» para una minoría selecta y apuntó a un público
mayor.
La segunda
consecuencia a tomar en consideración es la manera en
que Amores perros se concibe de una manera
distinta al cine de autor que ha florecido en México
bajo la égida del Imcine. A diferencia de cineastas como
Arturo Ripstein o Jorge Fons,
Alejandro González
Iñarritu no es un cineasta «de escuela». Sus orígenes
están en la industria de la comunicación. Por un lado,
fue uno de los locutores de radio más conocidos en WFM,
una estación comercial de mucho éxito en la Ciudad de
México. Por otro, fue uno de los publicistas centrales
de los años del neoliberalismo, detrás de campañas
publicitarias que redefinieron el mercado (como las de
la Secretaría de Turismo de México) y dueño de una
compañía de publicidad. De hecho, González Iñarritu se
define como «autodidacta» cuando habla de su ingreso al
cine.28 Tomando en cuenta este factor, me
parece que hay que concebir a Amores perros no
como una obra cinematográfica en el mismo nivel que el
llamado «cine de arte», sino como un producto
empaquetado y publicitado para su venta. Amores
perros, entonces, rebasa con mucho la película y su
realización. Parte del producto Amores perros
incluye la elaboración de una banda sonora que agrupa no
sólo los temas musicales de la película sino un conjunto
de canciones «inspiradas» en la película, es decir,
encargadas a algunas de las figuras centrales de la
escena musical mexicana (Julieta Venegas, Control
Machete et al.). Con ello, dentro del mercado
nacional, Amores perros perfecciona una
estrategia iniciada con Sexo, pudor y lágrimas,
de Antonio Serrano:29 apelar a un público ya
constituido por los grupos de rock alternativo (público
que incluye a la clase media joven que también asiste a
ver los filmes de Hollywood) para crear interés en la
película. Esto viene acompañado por una nueva estrategia
de filmación, más cercana al videoclip que al ritmo
lento del cine mexicano de autor (por ejemplo, las
películas de Ripstein). Por ello, Amores perros
nos enfrenta a una estética visual vertiginosa,
dinámica, que significa una renovación profunda del cine
mexicano, la cual, a su vez, lleva a una renovación de
su público: conforme el cine comienza a hablar el
lenguaje del videoclip popularizado por la cadena
estadunidense MTV, la audiencia de dicho modo de
producción cultural se acerca al cine. En este sentido,
es crucial comprender el papel que el oficio de
publicista de Iñarritu tiene en su estética. El lenguaje
visual de los comerciales, por un lado, y sus
conocimientos en términos de empaquetar sus productos
definen el lugar que Amores perros tiene en el
cine mexicano: el ingreso de estos discursos externos al
canon cinematográfico conduce a una renovación que
hubiera sido imposible desde las estéticas prevalentes.
Por ello, si algún crédito merece esta película, es
precisamente la ruptura con ciertos estereotipos del
cine mexicano de la industria cinematográfica nacional y
extranjera: ya no se trata ni de la «visión estetizada
de la sociedad latinoamericana» y el nihilismo visual de
Arturo Ripstein,30 ni de la idea de un México
folclorizado y lleno de guitarras y narcotraficantes,
como se ve en las películas de Robert Rodríguez.31
González Iñarritu ha declarado incansablemente su
intención de romper con esto para representar «el mundo
en el que vivo»,32 y ciertamente uno no puede
sino compartir esta vocación. Sin embargo, este
propósito no sólo naufraga por el moralismo que he
venido exponiendo hasta aquí, sino también por su
consecuencia narrativa: la violencia. A fin de cuentas,
González Iñarritu rompe con el exotismo heredado del
realismo mágico (es proverbial el caso de Como agua
para chocolate, de Alfonso Arau)33 y del
México sucio del Western norteamericano (el caso
de Robert Rodríguez), para instaurar un nuevo exotismo:
el del México vertiginoso, violento, posmoderno. Con
esto, evidentemente, no quiero decir que no exista
violencia en el mundo mexicano. Más bien, Amores
perros opera en un nuevo mundo cinematográfico donde
la violencia es la nueva cifra de lo latinoamericano.
La representación de
la violencia en Amores perros se basa en una
aporía profunda entre fondo y forma. Por un lado, la
película entrega a los espectadores de la clase media
mexicana un discurso testimonial y casi terapéutico de
la violencia, en la que se puede identificar una escala
de valores similar a la del neoconservadurismo mexicano
representado por la candidatura presidencial de Vicente
Fox. Por otro, tenemos un sistema audiovisual que
transmite la
imagen de una subcultura urbana de grupos musicales de
vanguardia e imágenes vertiginosas del devenir de la
ciudad y que, en un contexto trasnacional, ha llevado a
valoraciones positivas que plantean al filme como una
suerte de fuerza renovadora del cine mexicano de
vocación progresista. Sin embargo, como se ve hasta en
las valoraciones positivas, la película se funda en una
subcultura que oscurece la posibilidad de la
transformación social.34 Esta aporía,
finalmente, es la contradicción misma del neoliberalismo
mexicano: la imagen de un país moderno, de vanguardia,
camino al primer mundo, que utiliza esta máscara para la
preservación de las profundas divisiones de clase y las
ideologías conservadoras que han obstruido a lo largo de
la historia las promesas de cambio.
Esta contradicción
florece si pensamos un poco en la genealogía
específicamente cinematográfica de Amores perros.
La crítica ha
señalado tres filmes que comparten tanto la estética
violenta de González Iñarritu como el éxito
internacional que permitió la recepción de una película
como Amores perros: Crash, de David
Cronenberg; Lola rennt, de Tom Tykwer, y,
muy específicamente, Pulp Fiction, de Quentin
Tarantino.35 Más que discutir las conexiones
visuales y formales entre estos filmes y Amores
perros, algo ya discutido, me interesa señalar
particularmente una diferencia que resulta crucial para
comprender uno de los problemas centrales de la película.
En Tarantino, Tykwer y Cronenberg, la violencia
nunca es social: es metacinematográfica. Apelando
directamente a un discurso posmodernista del simulacro y
el pastiche, estos cineastas plantean una violencia que
siempre es estética y que existe en sus filmes en tanto
es parte de los géneros que revisitan. Esto es claro en
Tarantino, quien apela a una violencia sumamente gráfica
en filmes que apelan al discurso pulp (Pulp
Fiction y Reservoir Dogs) o a géneros menores
como el cine de samurais o el spaghetti western (Kill
Bill), mientras que un thriller más centrado
en la trama, como Jackie Brown, tiene una
cantidad notablemente menor de violencia. El punto con
esto es observar que el cine de Tarantino es
esencialmente asocial: su violencia no tiene base alguna
en lo social o en lo político. Simplemente se trata de
un simulacro estético de géneros clásicos del cine. El
centro del cine de Tarantino, como el de Cronenberg, no
es la violencia, sino el cine mismo.
El cine de Tarantino
resulta en una revolución estilística del cine
contemporáneo, cuyas ramificaciones escapan a las
intenciones del presente trabajo.36 Sin
embargo, en el caso preciso de Amores perros,
existe una apropiación de este discurso de la violencia
que se basa en una lectura problemática de Pulp
Fiction: la apropiación de un discurso esencialmente
metacinematográfico para la expresión de una
problemática social. Para ponerlo de otro modo, el
simulacro de Tarantino es puesto en escena por González
Iñarritu para una narrativa a fin de cuentas realista.
El motivo de esta apropiación puede rastrearse en la
emergencia de la ciudad como centro del discurso visual
del cine mexicano. A diferencia del cine nacionalista
tradicional y de los espacios provincianos y rurales de
Ripstein y otros cineastas, Amores perros aspira
a capturar la Ciudad de México en medio de una tradición
cinematográfica que carece de un estilo para hacerlo. El
problema estilístico al que se enfrenta Amores perros
puede definirse invocando a Jesús Martín-Barbero:
«Mirada desde la heterogeneidad de la experiencia, la
ciudad desafía nuestros hábitos mentales hasta el punto
de tornarla impensable.»37 En este sentido,
la estética de González Iñarritu intuye que el ingreso
de este espacio al imaginario cinematográfico requiere
de un nuevo lenguaje. A fin de cuentas, como el propio
Martín-Barbero observa a propósito de Benjamin, siempre
ha existido una relación entre las emergentes
mediaciones del cine y la transformación de la
experiencia urbana.38 De esta manera, el
discurso de Tarantino posibilita a González Iñarritu
incorporar al cine una nueva forma de dar cuenta de esta
experiencia. Marvin D’Lugo apunta en esta dirección
cuando observa que González Iñarritu usa las pulp
fictions para «sustentar las vidas de los personajes
en la ciudad», y que la «ficción definitiva es la de una
modernidad fácil que casi todos los personajes parecen
suscribir».39
Sin embargo, esta
elección estética lleva consigo el problema central de
su insuficiencia. El lenguaje de Tarantino no está
construido para hablar del caos urbano, sino del cine y
sus estereotipos. Esto genera un punto ciego crucial,
que también se puede articular desde Martín-Barbero: «Lo
que está ahí en juego no es tanto la dificultad de
pensar integradamente
la ciudad como la
posibilidad de percibirla en cuanto asunto
público, y no como mera sumatoria de intereses
privados.» Esto lleva a Martín-Barbero a advertir de un
peligro: «Resulta entonces indispensable deslindar la
posibilidad de una mirada de conjunto a la
ciudad, de su nostálgica complicidad con la idea de
unidad o identidad perdida, conducentes a un pesimismo
culturalista que nos está impidiendo comprender de qué
están hechas las fracturas que la estallan».40
Por ello, si conectamos esto con el discurso moralista
que he planteado en las páginas anteriores, Amores
perros crea sólo la impresión de un discurso
progresista de lo urbano: en el fondo, su narrativa es
«un pesimismo culturalista» que es incapaz de dar cuenta
de las profundas contradicciones políticas y sociales
que atraviesan el mundo narrado por la película. En este
sentido, no queda más que admitir que, pese a su lucha
por romper con estereotipos sociales, Amores perros
acaba cayendo en ellos. Jorge Ayala Blanco señala
con mucha precisión las únicas clases sociales presentes
–«Estrato lumpen o clase dominante, sin nada en el
medio»–, una actitud ética problemática –«El bestialismo
es la única idea/vivencia del humanismo»–, y un concepto
de ciudad finalmente irreal: «Una exasperada e
hipotética urbe grotescamente antihumana se reduce a
espacios sin lugar y lugares sin espacio.»41
Inconcientemente, el discurso de Amores perros no
escapa de la tendencia metagenérica de Tarantino: es, en
parte, un simulacro del costumbrismo y, en parte, una
estetización del melodrama telenovelesco. No es de ni
ninguna manera casual que, al preguntársele «¿Qué piensa
de la violencia?», la respuesta de González Iñarritu
fuera ésta: «Es parte de nuestra naturaleza,
lamentablemente. Lleva mucho dolor, para quien la genera
o la recibe, también confusión. Ese estar en contra de
nuestra naturaleza forma parte de nosotros.»42
Ni social, ni política, ni económica. La violencia de
Amores perros es natural. Y estética. En este
sentido, no debemos olvidar que, en el mismo texto al
que refiere Martín-Barbero, Benjamin advierte los
peligros de la estetización de la política y la
violencia. Y Benjamin observa también que el camino no
es la estetización de la política sino la politización
del arte.43 En consecuencia, la falla última
de Amores perros es partir de una base
esencialmente moralista en su interpretación de la
violencia: de ahí que nunca pueda articular esa
dimensión pública tan crucial a Martín-Barbero y que, en
su incapacidad de trascender la esfera de las vidas
privadas, la politización de la violencia sea, en fin,
imposible.44
Una lectura de
Amores perros como la que he elaborado hasta aquí no
puede sino concluir con una interrogación del creciente
estatuto de la violencia como indicador privilegiado de
la experiencia latinoamericana. El otro resultado de la
estética tarantinesca adoptada por Amores perros
ha sido la legibilidad que le concedió en mercados
cinematográficos internacionales. Baste recordar que
Pulp Fiction fue una película muy bien recibida en
circuitos como Cannes, Sundance y los Óscares, lugares
donde Amores perros construyó su audiencia
internacional a raíz de la concesión del Premio de la
Semana de la
Crítica de Cannes. Amores perros forma parte de
una tendencia mayor de filmes latinoamericanos de la
violencia que han tenido una corrida sumamente exitosa
en los mercados metropolitanos: junto con ella,
Cidade de Deus, de Fernando Meirelles y Kátia Luna,
y La virgen de los sicarios, de Barbet
Schroeder, han tenido una recepción muy superior al
promedio de los filmes latinoamericanos. Esta situación,
junto a otras manifestaciones culturales, como la
literatura picaresca,45 o la cada vez más
popular novela negra,46 ha desplazado la
forma en que el discurso metropolitano concibe a la
América Latina. Para usar un término de Sylvia Molloy,
el «imperativo realista-mágico» comienza a ser
acompañado por un «imperativo violento».47 En
una suerte de neomacondismo perverso, el discurso de
civilización y barbarie se rearticula conforme los
espectadores metropolitanos empiezan a pensar una
otredad fundada en la violencia. Los placeres del
trópico vienen aderezados con el exotismo de la miseria.
Mabel Moraña ha
advertido los peligros de «la construcción de
la nueva versión
posmoderna de la América Latina elaborada desde los
centros [que] responde en gran medida a [los] propósitos
[de] hacer de la América Latina un constructo que
confirme la centralidad y el vanguardismo teórico
globalizante de quienes la interpretan y aspiran a
representarla discursivamente.»48 Moraña
ataca el «boom del subalterno» como intento de «abarcar
a todos aquellos sectores subordinados a los discursos y
praxis del poder». Aquí me parece que habría que
articular una crítica al «boom de la violencia» que
podría caracterizarse en los mismos términos que usa
Moraña: la violencia es promovida como «parte de una
agenda exterior, vinculada a un mercado donde aquella
noción se afirma como un valor de uso e intercambio
ideológico y como marca de un producto que se incorpora,
a través de diversas estrategias de promoción y
reproducción ideológica, al consumo cultural
globalizado.»49 Amores perros, en este
sentido, apela a una emergente conceptualización de la
América Latina (y de buena parte del tercer mundo) como
espacio de la violencia, como el lugar donde sucede una
vida vertiginosa de miseria y otredad que fascina a las
audiencias seudoprogresistas de los festivales
internacionales. Precisamente porque Amores perros
requería de este éxito para recuperar su inversión,
su lenguaje cinematográfico y sus campañas publicitarias
se ajustan a este «imperativo violento». No es en
absoluto casual que el éxito internacional de la
película precediera al éxito nacional. Una vez que la
enorme campaña de publicidad de la película redituó en
el reconocimiento en Cannes, las audiencias mexicanas
adquirieron un sentido renovado de orgullo nacional y
fueron a ver la película.50 Para ponerlo de
un modo aún menos eufemístico, una vez que la
intelectualidad metropolitana aprobó la película como
representante de un «cine mexicano» aceptable,51
los mexicanos se convencieron de que el filme los
representaba orgullosamente. Difícil encontrar un
retrato más convincente del neocolonialismo prevalente
en estos fenómenos.
Si uno es consistente
con una lectura crítica no sólo de Amores perros
sino del campo semántico de la violencia que empieza a
configurar el imaginario latinoamericano, la única
conclusión posible es evitar a toda costa caer en estas
representaciones. Carlos Monsiváis ha demostrado
el papel que el cine
ha desempeñado en la conformación de identidades en
nuestra región52 y, conforme películas como
Amores perros encuentran grados inusitados de
aceptación hacia dentro de nuestros países, también
comenzamos a naturalizar la visión de la violencia que
se presenta y a aceptarla como constitutiva de nuestra
identidad. Esto, creo, debe ser resistido. Si bien sería
absurdo postular que la violencia no es una situación
presente en la vida cotidiana de las urbes
latinoamericanas, esta categoría nos dice cada vez
menos. Martín Hopenhayn ha observado que la droga y la
violencia son dos fantasmas, precisamente porque hay una
brecha entre su percepción y su realidad.53
Amores perros es un resultado de esos fantasmas:
una percepción cultural profundamente errónea de la
violencia de nuestros países, reproducida constantemente
en los espacios nacionales y trasnacionales. Amores
perros nos ayuda a ver que la violencia como
categoría de análisis es un arma de dos filos: en
términos trasnacionales, contribuye a la otrificación de
la América Latina como sitio de la barbarie y como
espacio incapaz de articular un discurso verdaderamente
político; en términos nacionales, contribuye a
fortalecer el proyecto de la clase media neoliberal y la
exclusión de sujetos marginales del espacio ciudadano.
Rossana Reguillo describe así este fenómeno:
«Fortalecida una clase media relativamente ilustrada y
sedentaria, afianzado el modelo desarrollista y en pleno
ascenso la inserción del país en las dinámicas
internacionales, se cerró la pinza para terminar de
dibujar un imaginario que convirtió a estos actores en
enemigos de la modernidad y en portadores potenciales
del peligro del retorno.»54 Aceptar la
violencia como marca identitaria y como signo de
representación de nuestros países en el mercado
trasatlántico de signos implica, en el fondo, hacerle el
juego tanto al neocolonialismo como al neoliberalismo
operantes en estos discursos. Toda referencia a la
violencia debería ser una crítica de la violencia, una
comprensión de sus profundas raíces económicas, sociales
y políticas. Sobre todo, comprender que lo que define a
la experiencia latinoamericana es un legado
contradictorio de colonialismo y resistencia, de
conflicto y heterogeneidad. La violencia es sólo un
producto de esas relaciones: ponerla en el centro del
análisis o de la producción cultural no hace sino dejar
de lado las preguntas centrales de nuestra cultura para
abrir paso a un imaginario donde la violencia y el
conflicto social están irrevocablemente naturalizados. Y
conforme la violencia se convierte en un indicador cada
vez más privilegiado en el entendimiento de la cultura
latinoamericana, también valdría la pena dejar abierta
la pregunta sobre la profunda despolitización que esto
implica tanto en el ámbito académico de los estudios
culturales como en la manera en que las identidades
sociales y comunitarias se acoplan a la violencia última
de la política neoliberal. Celebrar Amores perros
como una revolución del cine latinoamericano, pese a los
innegables méritos del filme, resulta en la complicidad
con un modelo de comprensión que disuelve nuestros
conflictos en un moralismo barato disfrazado de cultura
de vanguardia. Nuestro continente requiere, con
urgencia, un espíritu crítico sofisticado que no se deje
llevar por las modas de una percepción que, en última
instancia, no es sino la última manifestación de una
larga tradición imperial.
(Una versión inglesa de este artículo aparecerá en el
vol. 15, número 1 (marzo 2006) del Journal of Latin
American Cultural Studies).
Notas
1
México, Altavista Films/Zeta Films, 2000.
2
Cf. específicamente los volúmenes colectivos Susana
Rotker (ed.): Ciudadanías del miedo, Caracas,
2002, y Mabel Moraña (ed.): Espacio urbano,
comunicación y violencia, Pittsburgh, 2002.
Ambos recopilan una muestra bastante representativa de
este giro a la violencia.
3
Susana Rotker (ed.): Op. cit.
(en n.
2), p. 14.
4
Paul Julian Smith: Amores
perros, Londres, 2003, p. 14.
5
Vuelvo a esta escena en particular un poco más adelante.
6
Alain Badiou: Ethics. An Essay in the Understanding
of Evil, Londres, 2001.
7
Ibid., p. 69.
8
Paul Julian Smith: Op. cit. (en n. 4), p. 44.
9
Laura Podalsky: «Affecting Legacies. Historical Memory
and Contemporary Structures of Feeling in
Madagascar
and Amores Perros», Screen,
a. 44, No. 3, 2003, p. 284.
10
Carlos Monsiváis: «El melodrama:
“No te vayas, mi amor, que es inmoral llorar a solas”»,
Hermann Herlinghaus (ed.): Narraciones anacrónicas de
la modernidad. Melodrama e intermedialidad en América
Latina, Santiago de Chile, 2002, p. 120. Cabe
destacar que aquí Monsiváis ejemplifica este proceso con
Pulp Fiction de Quentin Tarantino, filme con
enormes resonancias en Amores
perros.
11
Cf. Claudia Schaefer: Bored to Distraction,
Albany, 2003, p. 87.
12
Susana Rotker (ed.): Op. cit.
(en n.
2), p. 18.
13
Eduardo Antonio Parra: Nostalgia de la sombra,
México D.F., 2003.
14
Me referiré con más detalle a la producción de Amores
perros y a su campaña publicitaria.
15
De hecho, Todo el poder está muy lejos de ser una
película defendible como modelo para el cine mexicano.
Jorge Ayala Blanco (La fugacidad del cine mexicano,
México D.F., 2001. p. 471) apunta con mucha
precisión a los profundos problemas ideológicos de la
película: «[Todo el poder] es un falso
thriller de éxito prefabricado, un clasista abandono
a toda temática de la pobreza […], una oda a los dilemas
cilantroperejileros de la autista clase media nacional
con robable camioneta Cherokee del año.»A pesar de que
comparto la crítica de Ayala Blanco, me parece todavía
salvable el hecho de que, siendo un filme cínicamente (u
honestamente) comercial, tenga una dimensión política
que un filme más pretencioso como Amores perros
simplemente no articula.
16
Claudia Schaefer: Op. cit. (en n. 11), p. 87.
17
Idem.
18
Debo este punto a Juan Poblete, quien me lo hizo notar
durante mi ponencia de LASA.
19
La historia de Daniel y Valeria también genera lecturas
feministas. En la interpretación de Deborah Shaw (Contemporary
Cinema of Latin America. 10 Key Films, Nueva
York, 2003, pp. 64-66), por ejemplo, sugiere que los
personajes manifiestan una caída del discurso del
machismo y, por ende, articulan una crítica al
patriarcado. Valeria, incluso, es interpretada por Shaw
como un personaje que, en tanto modelo, valida el
patriarcado y sus estructuras sociales y raciales (ella
es una modelo europea que valida el racismo de los
medios de comunicación, vedados a personas «de color») y
que el accidente y su mutilación se pueden ver como una
suerte de final feliz que permite abrir la posibilidad
de una vida «posmodelo». Aun cuando Shaw reconoce
dimensiones del discurso conservador de Amores perros
(como la trayectoria del Chivo respecto a sus ideales
revolucionarios), la interpretación de la crítica al
«patriarcado» me parece un poco voluntarista. No
comparto, por ejemplo, sus conclusiones respecto a
Valeria. Aun cuando tiene razón en señalar que Valeria
ocupa un lugar que legitima el patriarcalismo (en tanto
modelo que, además, acepta que un hombre deje a su
familia por ella) y el racismo (capitalizando el ser
europea en una televisión que excluye a la mayoría
racial del país), el final feliz no existe. Existe un
juicio moral que no pasa por la crítica al
patriarcalismo sino por su lógica misma: al ser la mujer
adúltera, recibe un castigo bastante fuerte, mientras
que Daniel simplemente termina regresando con su
familia. Para la misma falta hay castigos diferentes,
según el género de quien la cometa.
20
Rossana Reguillo: «¿Guerreros o ciudadanos? Violencia(s).
Una cartografía de las interacciones urbanas», Mabel
Moraña (ed.): Op. cit. (en n. 2), p. 56.
21
Con esto, no quiero que mi argumento se reduzca a una
afirmación anacrónica de la novela como género
«superior» o «más complejo» que el cine, ni me interesa
sustentar una defensa nostálgica de la novela como
figuración privilegiada de lo social. El punto que
quiero ilustrar es una concepción de la violencia como
algo más complejo que un conjunto de decisiones morales,
algo que en Nostalgia de la sombra se ve muy
claramente. Esto por supuesto se vincula con el simple
hecho de que la novela de Parra no tiene necesidad de
responder a las expectativas comerciales de Amores
perros o de Todo el poder y, por ende, no
está atada a la visión clasemediera del mundo.
22
Eduardo Antonio Parra: Op. cit. (en n. 13), p.
55.
23
Miguel Rodríguez Lozano: «Sin límites ficcionales.
Nostalgia de la sombra de Eduardo Antonio Parra»,
Revista de Literatura Mexicana Contemporánea, No.
21, 2003, p. 69.
24
Este punto se puede ver, por ejemplo, en la comparación
que John Beverley establece entre Cidade de Deus,
de Fernando Meirelles y Kátia Luna, y las cintas de
Víctor Gaviria. Beverley observa que, si bien ambas
tratan problemáticas análogas (por ejemplo, pandillas,
drogas, etc.), existe una diferencia estructural
importante: la primera es una Bildungsroman de un
joven que sale del barrio e ingresa a la vida burguesa
(sustentando en consecuencia una ideología ultimadamente
clasemediera), mientras que Gaviria se relaciona más con
un proyecto de representación de la subalternidad. «“Los
últimos serán los primeros”: Notas sobre el cine de
Víctor Gaviria», Osamayor, a. XV, No. 34.
25
Un ejemplo es, de Julio Guerrero, La génesis del
crimen en México (1900), México, 1996, que
condensaba las visiones del positivismo sobre el tema.
Sería sin duda instructivo comparar la construcción de
tipos de un libro como este con los estereotipos que se
manejan en muchas narrativas de la violencia.
26
El repaso de la producción de Amores perros que
hago aquí se basa ampliamente en el detallado balance
llevado a cabo por Smith en su libro (cit. en n. 4)
sobre la película.
27
Un breve recuento del fracaso del Imcine y la emergencia
del cine comercial se puede encontrar en Contemporary
Cinema of Latin America, cit. (en n. 19), pp. 52-53.
www.clubcultura.com/clubcine/ amoresperros/ perros02.htm
29
Sexo, pudor y lágrimas es quizá la película que
comienza el nuevo cine mexicano comercial a finales de
los 90. Es una comedia de enredos que incluye a dos
parejas cuya relación está en crisis y a dos figuras
externas que las ponen en peligro. Se trata de una
película que sigue una lógica similar a una miríada de
filmes sobre la infidelidad que emergen en el México de
la segunda mitad de los 90, lógica que resuena en
Amores perros.
Fidel Moral ha señalado que la lógica de
la película está basada en «castigar a los libres y
condenar a los disfuncionales a seguir juntos» (cit. en
La fugacidad del cine mexicano, cit. [en n. 15],
p. 443), lógica que no está demasiado lejos de la
película de González Iñarritu. En cuanto a la banda
sonora, el tema principal de la película fue encargado a
Aleks Syntek, un artista pop, y el éxito de la canción
sin duda contribuyó al interés en el filme y a su
eventual éxito. Marvin D’Lugo («Amores perros», The
Cinema of Latin America, Londres, 2003, p. 227) ha
rastreado también la estrategia de la banda sonora en
relación con el cine de Quentin Tarantino. Cabría
precisar que hay una diferencia con Tarantino: mientras
este produce bandas sonoras completamente articuladas al
desarrollo y la estética de sus filmes, una parte
considerable de las canciones en la banda sonora de
Amores perros ni siquiera aparece en la película.
30
Este punto lo hace Marvin D’Lugo: Op. cit. (en n.
29), p. 229.
31
El ejemplo más claro de esto es Once upon a time in
Mexico, donde Robert Rodríguez toma su visión
estereotipada de la frontera (desarrollada desde su
primer filme, El mariachi) y la mezcla con el
lenguaje visual del narcocine de los hermanos Almada y
el cine de ficheras del lopezportillismo. El resultado
es una acumulación de estereotipos que rompen con
cualquier problematización cinematográfica del país. Se
trata, simplemente, de un proyecto metacinematográfico
que tiene que ver más con las referencias textuales y
cinematográficas de Rodríguez que con México. Esta
estética también está muy presente en filmes
norteamericanos recientes, como The Mexican,
de Gore Verbinski, o Traffic, de
Steven Soderbergh.
32
Cit. por Deborah Shaw: Op. cit. (en n. 19), p.
54.
33
Para un contraste entre esta película y Amores perros,
cf. Deborah Shaw: Op. cit. supra, pp. 36 y
ss.
34
Cf., por ejemplo, Juan Antonio Serna: «El discurso de la
subcultura transgresora en el film mexicano Amores
perros», Ciberletras 7, http://www.lehman.cuny.edu/
faculty/guinazu/ciberletras/v07/serna.html.
35
Cf. Marvin D’ Lugo: Op. cit.
(en n.
29), p. 227 y Claudia Schaefer: Op. cit. (en n.
11), pp. 86-88.
36
El estudio más interesante hasta la fecha del cine de
Tarantino y sus implicaciones puede encontrarse en Fred
Botting y Scott Wilson: The Tarantinian Ethics,
Londres, 2001.
37
Jesús Martín Barbero: Al sur de la modernidad.
Comunicación, globalización y multiculturalidad,
Pittsburgh, 2001, p. 127.
38
Jesús Martín Barbero: «Las ciudades que median los
miedos», Mabel Moraña (ed.): Op. cit. (en n. 2),
p. 25. El texto de Walter Benjamin referido es La
obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica,
México, 2003.
39
Marvin D’Lugo: Op. cit. (en n. 29), p. 227.
40
Jesús Martín Barbero: Op. cit. (en n. 37), pp.
127-128.
41
Jorge Ayala Blanco: Op. cit. (en n. 15), p.
486.
42
«Un puzzle canino», cit. (en n. 28).
43
Walter Benjamin: Op. cit. (en n. 38), pp. 96-99.
44
Un contrapunto que uno podría pensar con respecto a esto
es la obra de Carlos Monsiváis, quien busca dar cuenta
de la urbe desde sus espacios públicos y articulando una
crítica profunda a los discursos morales de la
burguesía. Cf. su libro Los
rituales del caos,
México, 1996. Esto lo he discutido en mi artículo
«De ironía, desubicación, cultura popular y sentimiento
nacional: Carlos Monsiváis en el cambio de siglo»,
Revista de Literatura Mexicana Contemporánea, No.
20, 2003, pp 15-23.
45
Este término se refiere a la narrativa colombiana
reciente que figura la violencia desde la historia de
los sicarios, jóvenes asesinos relacionados con el mundo
de los carteles. Entre los autores de esta línea vale la
pena destacar a Fernando Vallejo, Jorge Franco Ramos y
Mario Mendoza.
46
Cf. Persephone Braham: Crimes
against the State, Crimes against Persons: Detective
Fictions in
Cuba and Mexico,
Minneapolis, 2004.
47
Silvia Molloy: «Latin America in the US Imaginary:
Postcolonialism, Translation and the Magic Realist
Imperative», Mabel Moraña (ed.): Ideologies of
Hispanism, Nashville, 2005, pp. 189-200.
48
Mabel Moraña: «El boom del subalterno», Santiago
Castro-Gómez y Eduardo Mendieta (eds.): Teorías sin
disciplina. Latinoamericanismo, poscolonialidad y
globalización en debate, México, D.F., 1998,
p. 239.
49
Ibid, p. 240.
50
El recuento se puede encontrar en Smith, cit. (en n. 4),
pp. 13-27.
51
Smith observa que la competencia del Óscar de ese año en
particular fue caracterizada por la prensa como
poseedora de un «acento hispano», debido a la
participación de Amores perros con dos de los
productos más recientes del neoexotismo del cine
independiente estadunidense: Befote Night Falls,
de Julian Schnabel y Traffic, de Steven
Soderbergh.
52
Carlos Monsiváis: A través del
espejo.
El
cine mexicano y su público,
México D.F., 1994. El libro incluye también un texto de
Carlos Bonfil.
53
Martin Hopenhayn: «Droga y violencia: fantasmas de la
nueva metrópoli latinoamericana», Mabel Moraña (ed.):
Op. cit. (en n. 2), pp. 69-88. El interés principal
de este artículo es que, tras un detallado análisis
sociológico, Hopenhayn demuestra que la realidad de la
droga y la violencia opera muchas veces en sentido
contrario a las ideas recibidas por las manifestaciones
culturales.
54
Rossana Reguillo: Op. cit. (en n. 20), p. 60. |