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Hasta 1964
nunca había podido gozar en vivo de una agrupación
sonera de ciudad. Allá en Cauto del Paso, mi pueblecito
rural, las fiestas cotidianas se armaban con guitarras y
poco más, y cuando era una celebración señalada traían
el Órgano de los Hermanos Ajo. Y mira tú, en octubre
del 60, el ciclón Flora lo destruyó casi todo con su
trenza de vientos y agua, incluida la escuela donde
cursaba el sexto grado, razón por la cual tuve que
terminar en un colegio de Victoria de Las Tunas.
En medio del camino de la casa donde me hospedaron y el
colegio había una tabaquería. Me gustaba detenerme un
ratico en la acera del establecimiento a respirar el
aroma que salía de allá adentro, pero un día, más que el
perfume de los habanos, me paralizó justo en la puerta
una música que era nueva a mis oídos, y en mi cabeza de
muchacho provocaba una sensación de estar escuchando la
señal de un viejo conocido.
En eso salió de allí un viejo con aspecto de abuelo
cariñoso y me atreví a preguntarle si esa orquesta que
tocaba en el interior de la fábrica era tunera. “No
muchacho, esos músicos vienen de La Habana. Lo que tú
estás oyendo es el Septeto Nacional”, me dijo. “No sé
quiénes son, pero me gusta mucho lo que hacen”, le
respondí. Asombrado de mi interés, me invitó a pasar y
en un dos por tres estaba yo en un amplio salón repleto
de tabaqueros, que no dejaban su laboreo mientras
escuchaban a los soneros, que con aire de sabrosa
solemnidad estaban al fondo, encima de una tarima
improvisada.
Me acerqué lo más que pude para reparar bien en aquellos
hombres en su mayoría de mucha edad, menos un mulato
mediano que con su voz de clarín rompedor hacía la
historia de una linda sevillana, quien le confesaba a su
marido: me vuelvo loca chiquito/ por la música cubana.
Sin tener la menor noción del tiempo que pasaba, escuché
por vez primera otras muchas composiciones del
repertorio del Nacional: “La cachimba de San Juan”,
“Bardo”, “Échale salsita”, “Esas no son cubanas”… Cuando
terminaron, me fui corriendo para la casa y al indagar
la causa de mi inusual tardanza, les contesté con mucha
satisfacción: “Un tabaquero me invitó a escuchar al
Septeto Nacional”. “Y qué tú hacías oyendo música de
viejos”, me dijo la señora Amparo.
Aquella vez no supe responderle y, sin embargo, el
deslumbramiento espiritual que provocó en mí el disfrute
vivo del son, permanece intacto. De año en año renovado
por el deseo de saber de dónde viene, cómo ha sido su
desarrollo y hacia dónde se dirige, el son cubano es la
expresión musical que mejor nos explica. Gracias a ello
pude conocer después que en 1927 el compositor y
contrabajista Ignacio Piñeiro fundó la agrupación, por
la que a lo largo del siglo XX pasaron otros relevantes
nombres de nuestra música: Abelardo Barroso (voz prima
y claves), Alberto Villalón (guitarra y coro), Lázaro
Herrera (trompeta), Marcelino Guerra (voz segunda y
maracas), Bienvenido Granda (voz prima y claves), Rafael
Ortiz y Carlos Embale, entre otros.
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SEXTETO NACIONAL |
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Primeras Grabaciones (1927-1928) |
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1. |
Suavecito - Versión original |
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2. |
Reliquia de amor - Juan de la Cruz |
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3. |
¿Dónde
vas con el rabo? - Alberto Villalón |
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Sin desdorar a las demás importantes instituciones
septereras, en la medida que transcurrió el tiempo y
pude, pegado a las viejas grabaciones, examinar la
textura expresiva de unos y de otros, me pude explicar
al menos una de las razones de que sin ningún contacto
anterior, un niño de doce años quedara atrapado por la
sonoridad del Nacional. En la conquista de una manera
propia, lo cual era muy importante en un tiempo en el
que abundaba este formato, Piñeiro logró la estilización
del son puro y duro venido de Oriente, serenando el
ritmo y definiendo claramente el lugar de la voz prima,
la voz segunda y también del coro.
Está cayendo la tarde sobre la vieja Habana, mientras
Carlos Embale echa a volar desde su voz, las “Cuatro
Palomas”, de Ignacio, y puedo, sin cerrar los ojos, ser
otra vez el muchacho que conoció en una tabaquería de
Tunas. |